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lunes, 25 de junio de 2012

POR NINGUNO DE LOS TRES



Por Jesús Turiso Sebastián.


Una de las características fundamentales de los partidos políticos en México es su pragmatismo. El colmo del pragmatismo político lo leí alguna vez en un cartel publicitario de una candidata, cuyo nombre no pasará a la historia, que rezaba “Vota por mí, porque voy a ganar”. No votes por mí porque tengo el mejor proyecto, o porque soy la mejor para este país o, incluso, porque soy la más guapa y glamurosa. No, vota por mí porque voy a ganar y no te queda más remedio. ¡Qué falta de respeto al electorado, qué atropello a la razón! Este ejemplo demuestra cómo los partidos políticos son verdaderas máquinas de poder que no tienen otra razón de ser que ganar las elecciones y sus mensajes no aportan nada: son como el anuncio de un dentífrico que te te limpia y blanquea más loas dientes que los de la competencia. 
El propio sistema induce a ello. ¿A los candidatos les interesan realmente los electores? Sí, pero solo hasta el día de la elección. De ahí el dicho popular de prometer hasta meter y, una vez metido, nada de lo prometido. La consecución del poder alienta la propia supervivencia de los partidos y la de toda una cohorte de vividores y parásitos que se alimentan del sistema, en el sentido objetivo de la palabra, que necesitan de la victoria de su candidato para subsistir hasta las siguientes elecciones. El resultado de todo ello es que, en muchos casos, los partidos no promuevan al candidato más preparado, apto o eficiente sino al que, por su popularidad social, influencia económica o garantía de éxito les lleve a mantener o lograr el poder en tal o cual municipio o conseguir tal o cual diputación. De esta manera, los candidatos que, en realidad, con dificultad se representan a sí mismos, tampoco representan a sus posibles electores porque, como vemos, son tan solo un engranaje de la máquina de poder. La democracia, como concepto grandilocuente al que todos ellos sin dudarlo apelan y, sin embargo, en la mayoría de los casos desconocen, es prostituida por aquellos que se dicen ser sus representantes y su esencia manipulada con el fin concreto de alcanzar el poder.
Solo lo anteriormente dicho sería razón no solo suficiente, sino necesaria para que el elector reflexivo, sin “estímulos” externos al propio sufragio y de dudosa legalidad electoral, diera la espalda a todos estos aspirantes al servicio público y fidelidad al ciudadano. Sin embargo, lo peor va más allá de la mera disertación teórica y se sitúa en la desazón de la realidad de los propios hechos y situaciones de este proceso electoral.
Para empezar el costo desproporcionado de la campaña electoral y el dinero invertido por los partidos y candidatos en la elección. Con un país con más de 60 millones de pobres, los partidos políticos, con dinero de todos loas mexicanos, se gastan miles de millones de pesos estímulos legales e ilegales para conseguir la presidencia. Este dato habla por sí solo de un sistema político desubicado y de la indecencia de los partidos políticos y sus candidatos. Se trata de una verdadera obscenidad, en el sentido de la tragedia griega de “fuera de escena”, porque no es posible que elección tras elección los candidatos gasten tanto dinero, en muchos casos proveniente de los impuestos de los ciudadanos, y,  por el contrario, los ciudadanos a los que pretenden representar lo poco que ganan no les alcanza, en muchos casos,  ni  para completar la despensa diaria.  En este ambiente, se produce una auténtica contaminación visual y auditiva desde que se conocen los candidatos, e incluso antes, y que se intesifica en los últimos meses conforme se va acercando el día de las votaciones. A uno como ciudadano le termina por ofender ver a los mismos rostros repetidos en vallas publicitarias, autobuses, taxis, coches de particulares, periódicos, etc., y más se indigna uno cuando averigua que algunos de estos candidatos han tenido “amistades peligrosas”, por lo que son investigados por agencias estadounidenses a causa de sus sospechosas conexiones con la delincuencia organizada.   
         Si lo anterior es de por sí triste, sangrante y habla de la inmoralidad del sistema, hay que añadir otra serie de situaciones y rostros del propio sistema que nos sitúa más cerca de una dictadura populista que de una democracia. Uno todavía no entiende cómo a estas alturas de desarrollo de las democracias en el mundo, el sistema mexicano propicia la existencia de diputados plurinominales, pero menos entiende aún que se promocionen públicamente en carteles y propaganda electoral como si realmente fueran a ser elegidos por la ciudadanía, cuando ya han sido designados digitalmente.
Otra situación que demuestra la poca confianza de los candidatos es la ambición de poder de éstos por encima de valores cívicos e ideologías políticas. La utilización  del grave problema de la miseria con fines electorales por parte de algunos candidatos a través de asociaciones, fundaciones, etc.,  para ganar simpatías y adhesión a través de “ayudas” a las necesidades básicas de los más desfavorecidos no solamente roza  la ilegalidad, sino que es sencillamente indecente.  Por otro lado, institucionalmente es común la tendencia a utilizar los bienes o privilegios públicos para favorecer al candidato oficial de turno. Esta situación que en otras democracias sería perseguida y castigada por tratarse de corrupción, en México vemos cómo se solapa y se diluye. Da la sensación de que los mismos mandatarios se mantienen en campaña permanente, porque siguen promocionándose, con dinero público, una vez alcanzado el poder. Esto, sin duda, es un abuso y una falta de pudor democrático.
De esta degradación moral y de este atentado contra el espíritu democrático habla también un epifenómeno que, si bien se da en muchas democracias, en nuestro país se lleva a cabo con total desparpajo: el transfuguismo. Esta circunstancia es ejemplarizada por aquellos precandidatos que en las elecciones primarias dentro de su partido no lograron alcanzar la candidatura o por aquellos que se pasan a otro partido que les ofrece mayores garantías de salir elegido. Así, se da el caso de que precandidatos de partidos conservadores de derecha terminan al otro extremo como candidatos de izquierda comunista o que precandidatos de partidos supuestamente progresistas concurran apoyados por un partido conservador. ¿El mundo al revés? No, la política del oportunismo y la ambición. Oportunismo y ambición que se ve reflejado en las campañas de los candidatos. Ofrecen y dicen lo que un público necesitado precisa escuchar. Cómo voy a votar yo por candidatos que desconozco, que solo conozco a través de carteles publicitarios y eslóganes muy primarios que me prometen la luna pero no ofrecen propuestas reales de mejorar la vida de la ciudadanía. En momentos de debilidad, uno casi entregaría su apoyo incondicional aquel candidato que propusiera un plan efectivo de mejora de los servicios públicos (agua verdaderamente potable y sin cortes cada dos semanas, alcantarillados y desagües que no inunden las calles cuando caen dos gotas de agua)  y se comprometiera a quitar los horrorosos topes y pavimentar las calles repletas de socavones. Estos son problemas reales que la gente padece diariamente, que espera que se solucionen. Sin embargo,  los candidatos nos obsequian con entelequias en forma de promesas que jamás explican cómo van a lograr hacerlas realidad.   
Ante este panorama, al ciudadano reflexivo no le queda otras salidas que declararse insumiso electoral y anular su voto o echarse al monte, liarse a tiros contra tirios y troyanos y empezar una de esas revoluciones que, finalmente, terminan en un sistema tan depravado como el que se pretende sustituir. Qué bueno sería que los ciudadanos recuperáramos la soberanía, si es que alguna vez la tuvimos,  nos plantásemos de una vez por todas y dijéramos a los partidos políticos y a sus candidatos-marioneta del poder –poder fáctico a la sombra que es quien los que ponen o los quitan según sus intereses y necesidades- en las urnas aquello que le espetó el campesino a un aspirante a diputado de buena apariencia, mejores palabras y dudosas intenciones: “desde que te vi venir te conocí la ventaja, tu serás buen albañil pero a mí no me trabajas”. Sería un gran paso para conseguir un sistema que realmente velara por los intereses de todos y no por la ambición y codicia de una minoría oligárquica de poder.   

martes, 28 de febrero de 2012

TOLERANCE AND MULTICULTURALISM



 Jesús Turiso Sebastián

The late modernity in which we are living is characterized, from the cultural point of view, by two apparently antithetical phenomena, uniformity and diversity.  Nonetheless, and in spite of appearances, these two processes frequently converge in the restriction of individual rights and liberties.  Against the aberrant uniformity that is taking place, there has arisen in the last few years a no less aberrant devotion to a misunderstood diversity.  In many cases this has to do with compromises that serve the dictates of the ideologies that were practiced in last times, for example, turning a blind eye to the atrocities that the Soviet Union committed in many countries, while strenuously censuring the no less atrocious practices of the United States.  Or, more recently, the laxity and sympathy that some "martyrs of the tolerance" have with the armed struggle of ETA in Spain, but that ignores the victims that its terror causes.  That is a necessary evil or collateral damage? 
            Thus, within the semantic sphere that sustains this misunderstood diversity, we are now accustomed to hear expressions such as tolerance and multiculturalism, so fashionable and at the same time inseparable in these days.  Vasconcelos (Mexican thinker) thought that “frequently excessive tolerance weakens and corrupts goodness.”  He was right.  But let us give an example of this that occurred in some societies of the past, an example that is not only possible but real as well.  Let us imagine that a given culture has a tradition of incinerating women along with their husbands when the latter die so that they can travel through eternity accompanied by the woman with whom he was joined by a sacred bond.  Let us further imagine that the justification of this tradition lies in that, since the wife has been the loyal companion that has lived with him until the end, she has the honor of being able to also share, together with her husband, his funeral pyre and eternal life.  There would be very few today, even among the most conspicuous defenders of multiculturalism, that would support these practices.  Thus the question, how far does cultural tolerance go?  The contradictions in this sense are, at the very least, striking.  For example, the stoning of a woman accused of adultery should be censured, but at the same time, products are consumed from underdeveloped countries that have been produced in slavelike or semislavelike conditions. 
            In Europe, an erroneously understood tolerance of cultural diversity is causing “uncomfortable” problems for “enlightened” European societies.  The massive arrival of migrations from African countries with different mentalities has brought about the choice between either respecting the traditions of the immigrants or facilitating their integration into a different culture.  For the defenders of multiculturalism the answer is clear: the establishment of a positive discrimination of the immigrants.  Thus they propose, for example, that certain facets of public life be adapted to the cultural reality of the immigrants and that the public education of their children be bilingual and that it integrate aspects of their identity or that the state subsidize ethnic studies.  Others advocate that democratic states defend and promote pluralism, which necessarily consists in the promotion of different ethnicities and cultures.  Some go even further by maintaining that these immigrants should be given specific territories, with the necessary resources and powers for self-government so as to develop their cultural identity independently of the rest of society.  That would prevent interference by the state, for example, in atavistic practices like subjecting girls to arranged marriages or in ritual practices such as the ablation of the clitoris.  In general, the intrusion of the state is not only badly received, but is also understood as an attempt against the rights of these citizens to develop their own traditions.  Nonetheless, this is something that reveals the contradiction of democratic societies with traditions based in oppression and tribalism.  Now, multiculturalism, understood in these terms, or as implying the defense of cultural groups whose identity would go against democratic principles, presupposes the “coup de grace” of the democratic state. 
            The fact that these kinds of situations should not be permitted does not necessarily mean that either immigrants or diversity have to be feared.  The error lies in condemning immigrants from cultures significantly different from European ones to ethnic ghettos, as happens in some countries, so that they can preserve their identity.  Rather the idea is to encourage interculturalism, that is, the realization of policies of integration in the societies that receive them.  Thus the immigrant is fully incorporated in the new society and enjoys all the corresponding rights, but on the other hand must accept democratic rules. 
            However, under the cover of “political correctness”, the tolerance of diversity in all of its manifestations, the defenders of ethnicity and unique and unrepeatable cultures tend to impose the “everything is relative”, so as not to alter the “purity” and authenticity of traditions.  This is what Alain Touraine called “false multiculturalisms”, sounding more like xenophobia than respect for the other.  In my judgment, in having a strongly communitarian character, multiculturalism restricts individual liberty.  Thus, I firmly believe that the human being as such, his liberty and equality, should be put above his or her belonging to such and such a culture, tribe, social sect or collective identity.  Tolerance of collective cultures and identities should situate itself with respect to the fundamental and universal rights of human beings.  When both sides come into conflict, the human rights enunciated by the United Nations must necessarily prevail.  The fact that in a given society it is customary to devalue, abandon, and even kill a new born girl because there exists a preference, and even a necessity, on the part of the family, for boys, this does not mean that this tradition should be accepted because of a false idea with regard to diversity.  In the end, being tolerant does not imply that one must tolerate foolishness.