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lunes, 6 de abril de 2015
NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (I)
Hoy día se escucha a nuestros mayores que el mundo va a la deriva, que no saben qué va a pasar, que vamos cuesta abajo y sin frenos, que el mundo se mueve por la filosofía del pelotazo o búsqueda del dinero fácil y el hedonismo. Las gentes bienpensantes de misa y comunión diaria coinciden en esta observación: dicen que ya no hay valores, que el hombre se mueve por el egoísmo y la individualidad. En lo personal, dudo que no existan valores, al menos, estoy convencido que el valor fundamental por el que nuestras sociedades se mueven es el del dinero, que posibilita el desenfreno del consumo y el imaginario social de la búsqueda de la riqueza, el status o el reconocimiento. Es cierto que el ser humano es ególatra e individualista, pero también puede ser altruista y solidario. Ahora bien, también es cierto que el deseo se pasea en papel moneda o tarjeta de crédito y nos vuelve creyentes de nosotros mismos. No hace mucho era común “el hoy por ti y mañana por mí”, en nuestros días de deriva de nihilismo existencial hemos caído en el “hoy por mí y mañana también” y, como decía mi sabio padre, “el que venga atrás que arree”. Los demás van siendo lo de menos: los que se mueren de hambre, de calamidades, de guerra o de persecuciones irracionales, los vemos por la tele y “¡pobrecitos!, qué terrible desgracia, qué injusta es la vida…”, pero no es nuestra culpa, no somos responsables, qué se puede hacer cuando el mal ya está hecho, lo único que nos resta es lanzar un “Diosito, Diosito que me quede como estoy”. Es de entender, sobre todo en un mundo en el que las demandas de las sociedades son ilimitadas, sin embargo, los recursos, no. Libertad, igualdad y fraternidad son valores a la baja, trasnochados, en un mundo de pura interpretación y donde cualquier interpretación es igualmente válida que otra. Es el relejo de una sociedad en cambio, donde también el cambio de valores ha sido evolutivo.
jueves, 12 de diciembre de 2013
LA MANIPULACIÓN DE LA HISTORIA EN LOS TIEMPOS DE LA DERIVA IDENTITARIA
Por Jesús Turiso Sebastián
Nuestra época
es el periodo de la historia que más interés está dispensando a la historia y,
por ende, la que más está pensando en términos históricos. Nunca hasta ahora el
hombre ha sido tan consciente de la historia y de su relevancia como sujeto
histórico. A pesar de ello, y aunque parezca un contrasentido, en un mundo
sustentado en las bases del pragmatismo, el valor y la función de la historia
está relegado a un papel secundario dentro de nuestra sociedad, cuando no
anecdótico. Los historiadores día sí y día también estamos acostumbrados a
escuchar preguntas del tenor de “para qué sirve la historia”. Más allá de la
incomodidad que pueda ocasionar este tipo de preguntas, que diría Marc Bloch, lo
que denotan es un evidente desconocimiento de la función de la historia y, por
lo tanto, de su valor intrínseco y de su sentido social. A nadie se le ocurre
preguntar por la relevancia o pertinencia de la medicina o de la ingeniería,
sería absurdo, pero de la historia, sí. Ahora bien, si nos damos cuenta, al
preguntar para qué sirve la historia
lo que se está suscitando es una auténtica querella acerca de su legitimidad. Sin
embargo, la historia y el trabajo del historiador en determinados contextos se
va a considerar como fundamental y, es ahí, donde observamos las importantes propiedades balsámicas sociales y políticas que desde el poder político se le conceden y
que se contradicen con los criterios profesionales de los historiadores. Es
entonces cuando se pone el rigor histórico y la Historia con mayúsculas al
servicio de la política, con lo cual deja la historia de ser rigurosa y
científica. El problema
de algunos historiadores es que son sensibles o insensibles a ciertos hechos,
análisis o interpretaciones, lo cual no les permite la posibilidad de separar
al observador de la cosa observada y a la Historia del historiador, que diría
Paul Valery. Desgraciadamente, en
la actualidad se está dando una lamentable actitud de desenterrar las reliquias
del pasado para judicializar la historia, manipulándola para adecuarla a unas
circunstancias o contexto político actuales. El
ejemplo más flagrante de esto lo estamos viendo con la celebración del 12 al 14
de Diciembre del Simposio Espanya contra
Catalunya: una mirada històrica (1714-2014), promovido por el Institut d’Estudis Catalans de Barcelona y organizado
por el Centro de Historia Contemporánea, institución vinculada al Departamento
de Presidencia de la Generalitat de Cataluña.
Uno de los grandes problemas que dificultan la
neutralidad histórica es la manipulación sistemática de la historia en
contextos políticos determinados -como sucede en la actualidad en Cataluña- para crear unas condiciones
ideológico-culturales para facilitar no solo la imposición de una identidad,
sino para conservar unas relaciones de poder y dominación. De tal manera que el
Simposio Espanya contra Catalunya: una
mirada històrica (1714-2014), ya desde su enunciado y observando los
títulos de las ponencias, manifiesta que se está creando una imagen distorsionada
del pasado y de nuestro presente, construida por, precisamente, intereses de
dominio. Esto, no es historia, es propaganda. Y
no es por casualidad que se lleve a cabo en estos momentos en los que la
reivindicación soberanista y el axioma de la identidad desde el nacionalismo
catalán se hace más ostensible, dentro de una coyuntura muy particular
económica y social que se está viviendo en aquella región de España. Recurrir
al pasado en determinados contextos es especialmente rentable, ya que permite crear las condiciones oportunas
de sensibilidad y conciencia necesaria para elaborar un clima identitario al
que sumar más adeptos. Hacer una historia de los agravios, como plantea este
simposio, es de por sí manipulador, porque la historia no es absoluta, la
historia requiere de que se expliquen sus matices y realidades objetivas,
necesarios para acercarnos lo más posible a la verdad histórica. Dice Todorov
en Los abusos de la memoria que
conmemorar las víctimas del pasado es sumamente gratificador. Esto es evidente
en el caso del nacionalismo catalán, quien está manejado deliberadamente la historia para rememorar los
agravios del pasado -reales o ficticios- en un doble sentido: porque desvía la atención de los
problemas reales y porque, como con acierto afirma Todorov, “ese recuerdo les
permite olvidar –eso esperan- las agresiones por las que se convierten ahora en
culpables”. La realidad de la historia es más compleja y cambiante que un
enunciado como el de “España contra Cataluña”, que presupone que desde 1714
hasta la actualidad ha existido un enfrentamiento continuo de identidades. Ello, desde el punto de vista histórico
es tan falso, como establecer que los catalanes, los occitanos o los sardos del
siglo XVIII, su cosmovisión, su realidad material o sus circunstancias son las
mismas que las de los catalanes, occitanos o sardos del siglo XXI.
Manipulaciones de la historia así, en condiciones propicias de deriva
identitaria, solo pueden traer más manipulación de las conciencias, más
enfrentamiento y, sobre todo, más injusticia -como la historia ha demostrado- para
el verdadero paciente de la política: el ciudadano. Un última reflexión en
forma de pregunta, si la coyuntura actual hubiera sido de crecimiento económico
y bonanza social ¿tendría tanto empuje, importancia y seguimiento la identidad
y sería necesario manipular la historia ad
hoc?
lunes, 25 de junio de 2012
POR NINGUNO DE LOS TRES
Por Jesús Turiso Sebastián.
Una de las características fundamentales de los partidos políticos en
México es su pragmatismo. El colmo del pragmatismo político lo leí alguna vez en un
cartel publicitario de una candidata, cuyo nombre no pasará a la historia, que rezaba “Vota por mí, porque
voy a ganar”. No votes por mí porque tengo el mejor proyecto, o porque soy la mejor para este país o, incluso, porque soy la más guapa y glamurosa. No,
vota por mí porque voy a ganar y no te queda más remedio. ¡Qué falta de respeto
al electorado, qué atropello a la razón! Este ejemplo demuestra cómo los
partidos políticos son verdaderas máquinas de poder que no tienen otra razón de
ser que ganar las elecciones y sus mensajes no aportan nada: son como el anuncio de un dentífrico que te te limpia y blanquea más loas dientes que los de la competencia.
El propio sistema induce a ello. ¿A los candidatos les interesan
realmente los electores? Sí, pero solo hasta el día de la elección. De ahí el
dicho popular de prometer hasta meter y, una vez metido, nada de lo prometido.
La consecución del poder alienta la propia supervivencia de los partidos y la
de toda una cohorte de vividores y parásitos que se alimentan del sistema, en el sentido objetivo de la palabra, que
necesitan de la victoria de su candidato para subsistir hasta las siguientes
elecciones. El resultado de todo ello es que, en muchos casos, los partidos no
promuevan al candidato más preparado, apto o eficiente sino al que, por su
popularidad social, influencia económica o garantía de éxito les lleve a
mantener o lograr el poder en tal o cual municipio o conseguir tal o cual
diputación. De esta manera, los candidatos que, en realidad, con dificultad se
representan a sí mismos, tampoco representan a sus posibles electores porque,
como vemos, son tan solo un engranaje de la máquina de poder. La democracia,
como concepto grandilocuente al que todos ellos sin dudarlo apelan y, sin
embargo, en la mayoría de los casos desconocen, es prostituida por aquellos que
se dicen ser sus representantes y su esencia manipulada con el fin concreto de
alcanzar el poder.
Solo lo anteriormente dicho sería razón no solo suficiente, sino
necesaria para que el elector reflexivo, sin “estímulos” externos al propio sufragio
y de dudosa legalidad electoral, diera la espalda a todos estos aspirantes al
servicio público y fidelidad al ciudadano. Sin embargo, lo peor va más allá de
la mera disertación teórica y se sitúa en la desazón de la realidad de los propios
hechos y situaciones de este proceso electoral.
Para empezar el costo desproporcionado de la campaña electoral y el
dinero invertido por los partidos y candidatos en la elección. Con un país con
más de 60 millones de pobres, los partidos políticos, con dinero de todos loas
mexicanos, se gastan miles de millones de pesos estímulos legales e ilegales
para conseguir la presidencia. Este dato habla por sí solo de un sistema
político desubicado y de la indecencia de los partidos políticos y sus
candidatos. Se trata de una verdadera obscenidad, en el sentido de la tragedia
griega de “fuera de escena”, porque no es posible que elección tras elección
los candidatos gasten tanto dinero, en muchos casos proveniente de los
impuestos de los ciudadanos, y,
por el contrario, los ciudadanos a los que pretenden representar lo poco
que ganan no les alcanza, en muchos casos, ni para
completar la despensa diaria. En
este ambiente, se produce una auténtica contaminación visual y auditiva desde
que se conocen los candidatos, e incluso antes, y que se intesifica en los
últimos meses conforme se va acercando el día de las votaciones. A uno como
ciudadano le termina por ofender ver a los mismos rostros repetidos en vallas
publicitarias, autobuses, taxis, coches de particulares, periódicos, etc., y
más se indigna uno cuando averigua que algunos de estos candidatos han tenido “amistades
peligrosas”, por lo que son investigados por agencias estadounidenses a causa
de sus sospechosas conexiones con la delincuencia organizada.
Si lo anterior es de por sí triste, sangrante y
habla de la inmoralidad del sistema, hay que añadir otra serie de situaciones y
rostros del propio sistema que nos sitúa más cerca de una dictadura populista
que de una democracia. Uno todavía no entiende cómo a estas alturas de
desarrollo de las democracias en el mundo, el sistema mexicano propicia la
existencia de diputados plurinominales, pero menos entiende aún que se
promocionen públicamente en carteles y propaganda electoral como si realmente
fueran a ser elegidos por la ciudadanía, cuando ya han sido designados
digitalmente.
Otra situación que demuestra la poca confianza de los candidatos es la
ambición de poder de éstos por encima de valores cívicos e ideologías
políticas. La utilización del
grave problema de la miseria con fines electorales por parte de algunos candidatos
a través de asociaciones, fundaciones, etc., para ganar simpatías y adhesión a través de “ayudas” a las
necesidades básicas de los más desfavorecidos no solamente roza la ilegalidad, sino que es
sencillamente indecente. Por otro
lado, institucionalmente es común la tendencia a utilizar los bienes o
privilegios públicos para favorecer al candidato oficial de turno. Esta
situación que en otras democracias sería perseguida y castigada por tratarse de
corrupción, en México vemos cómo se solapa y se diluye. Da la sensación de que
los mismos mandatarios se mantienen en campaña permanente, porque siguen
promocionándose, con dinero público, una vez alcanzado el poder. Esto, sin
duda, es un abuso y una falta de pudor democrático.
De esta degradación moral y de este atentado contra el espíritu
democrático habla también un epifenómeno que, si bien se da en muchas
democracias, en nuestro país se lleva a cabo con total desparpajo: el
transfuguismo. Esta circunstancia es ejemplarizada por aquellos precandidatos que
en las elecciones primarias dentro de su partido no lograron alcanzar la
candidatura o por aquellos que se pasan a otro partido que les ofrece mayores
garantías de salir elegido. Así, se da el caso de que precandidatos de partidos
conservadores de derecha terminan al otro extremo como candidatos de izquierda
comunista o que precandidatos de partidos supuestamente progresistas concurran
apoyados por un partido conservador. ¿El mundo al revés? No, la política del
oportunismo y la ambición. Oportunismo y ambición que se ve reflejado en las
campañas de los candidatos. Ofrecen y dicen lo que un público necesitado
precisa escuchar. Cómo voy a votar yo por candidatos que desconozco, que solo
conozco a través de carteles publicitarios y eslóganes muy primarios que me
prometen la luna pero no ofrecen propuestas reales de mejorar la vida de la
ciudadanía. En momentos de debilidad, uno casi entregaría su apoyo
incondicional aquel candidato que propusiera un plan efectivo de mejora de los
servicios públicos (agua verdaderamente potable y sin cortes cada dos semanas, alcantarillados
y desagües que no inunden las calles cuando caen dos gotas de agua) y se comprometiera a quitar los
horrorosos topes y pavimentar las calles repletas de socavones. Estos son
problemas reales que la gente padece diariamente, que espera que se solucionen.
Sin embargo, los candidatos nos
obsequian con entelequias en forma de promesas que jamás explican cómo van a
lograr hacerlas realidad.
Ante este panorama, al ciudadano reflexivo no le queda otras salidas que declararse insumiso electoral y anular
su voto o echarse al monte, liarse a tiros contra tirios y troyanos y empezar una de esas revoluciones que, finalmente, terminan en un sistema tan depravado como el que se pretende sustituir. Qué bueno sería que los ciudadanos recuperáramos la soberanía, si es que alguna vez la tuvimos, nos plantásemos de una vez por todas y dijéramos
a los partidos políticos y a sus candidatos-marioneta del poder –poder fáctico a la sombra que es quien los que ponen o los quitan según sus intereses y necesidades- en las urnas
aquello que le espetó el campesino a un aspirante a diputado de buena
apariencia, mejores palabras y dudosas intenciones: “desde que te vi venir te
conocí la ventaja, tu serás buen albañil pero a mí no me trabajas”. Sería un
gran paso para conseguir un sistema que realmente velara por los intereses de
todos y no por la ambición y codicia de una minoría oligárquica de poder.
martes, 28 de febrero de 2012
TOLERANCE AND MULTICULTURALISM
Jesús
Turiso Sebastián
The late modernity in which we are living is
characterized, from the cultural point of view, by two apparently antithetical
phenomena, uniformity and diversity.
Nonetheless, and in spite of appearances, these two processes frequently
converge in the restriction of individual rights and liberties. Against the aberrant uniformity that is
taking place, there has arisen in the last few years a no less aberrant
devotion to a misunderstood diversity.
In many cases this has to do with compromises that serve the dictates of
the ideologies that were practiced in last times, for example, turning a blind
eye to the atrocities that the Soviet Union committed in many countries, while
strenuously censuring the no less atrocious practices of the United
States. Or, more recently, the laxity
and sympathy that some "martyrs of the tolerance" have with the armed
struggle of ETA in Spain, but that ignores the victims that its terror
causes. That is a necessary evil or
collateral damage?
Thus,
within the semantic sphere that sustains this misunderstood diversity, we are
now accustomed to hear expressions such as tolerance and multiculturalism, so
fashionable and at the same time inseparable in these days. Vasconcelos (Mexican thinker) thought that
“frequently excessive tolerance weakens and corrupts goodness.” He was right.
But let us give an example of this that occurred in some societies of
the past, an example that is not only possible but real as well. Let us imagine that a given culture has a
tradition of incinerating women along with their husbands when the latter die
so that they can travel through eternity accompanied by the woman with whom he
was joined by a sacred bond. Let us
further imagine that the justification of this tradition lies in that, since
the wife has been the loyal companion that has lived with him until the end,
she has the honor of being able to also share, together with her husband, his
funeral pyre and eternal life. There
would be very few today, even among the most conspicuous defenders of multiculturalism,
that would support these practices. Thus
the question, how far does cultural tolerance go? The contradictions in this sense are, at the
very least, striking. For example, the
stoning of a woman accused of adultery should be censured, but at the same
time, products are consumed from underdeveloped countries that have been
produced in slavelike or semislavelike conditions.
In
Europe, an erroneously understood tolerance of cultural diversity is causing
“uncomfortable” problems for “enlightened” European societies. The massive arrival of migrations from
African countries with different mentalities has brought about the choice
between either respecting the traditions of the immigrants or facilitating
their integration into a different culture.
For the defenders of multiculturalism the answer is clear: the
establishment of a positive discrimination of the immigrants. Thus they propose, for example, that certain
facets of public life be adapted to the cultural reality of the immigrants and
that the public education of their children be bilingual and that it integrate
aspects of their identity or that the state subsidize ethnic studies. Others advocate that democratic states defend
and promote pluralism, which necessarily consists in the promotion of different
ethnicities and cultures. Some go even
further by maintaining that these immigrants should be given specific
territories, with the necessary resources and powers for self-government so as
to develop their cultural identity independently of the rest of society. That would prevent interference by the state,
for example, in atavistic practices like subjecting girls to arranged marriages
or in ritual practices such as the ablation of the clitoris. In general, the intrusion of the state is not
only badly received, but is also understood as an attempt against the rights of
these citizens to develop their own traditions.
Nonetheless, this is something that reveals the contradiction of
democratic societies with traditions based in oppression and tribalism. Now, multiculturalism, understood in these
terms, or as implying the defense of cultural groups whose identity would go
against democratic principles, presupposes the “coup de grace” of the
democratic state.
The
fact that these kinds of situations should not be permitted does not
necessarily mean that either immigrants or diversity have to be feared. The error lies in condemning immigrants from
cultures significantly different from European ones to ethnic ghettos, as
happens in some countries, so that they can preserve their identity. Rather the idea is to encourage
interculturalism, that is, the realization of policies of integration in the
societies that receive them. Thus the
immigrant is fully incorporated in the new society and enjoys all the
corresponding rights, but on the other hand must accept democratic rules.
However, under the
cover of “political correctness”, the tolerance of diversity in all of its
manifestations, the defenders of ethnicity and unique and unrepeatable cultures
tend to impose the “everything is relative”, so as not to alter the “purity”
and authenticity of traditions. This is
what Alain Touraine called “false multiculturalisms”, sounding more like
xenophobia than respect for the other.
In my judgment, in having a strongly communitarian character,
multiculturalism restricts individual liberty.
Thus, I firmly believe that the human being as such, his liberty and
equality, should be put above his or her belonging to such and such a culture,
tribe, social sect or collective identity.
Tolerance of collective cultures and identities should situate itself
with respect to the fundamental and universal rights of human beings. When both sides come into conflict, the human
rights enunciated by the United Nations must necessarily prevail. The fact that in a given society it is customary
to devalue, abandon, and even kill a new born girl because there exists a preference,
and even a necessity, on the part of the family, for boys, this does not mean
that this tradition should be accepted because of a false idea with regard to
diversity. In the end, being tolerant
does not imply that one must tolerate foolishness.
martes, 10 de enero de 2012
HACIA OTRA FORMA DE HISTORIAR: LA HISTORIA QUE VIENE
Por Jesús Turiso Sebastián
Los sucesos de 1989 con la caída del muro de Berlín, la
ruptura de la política de bloques, la guerra del Golfo Pérsico, la Guerra en la
antigua Yugoslavia; los acontecimientos del 11 de Septiembre
de 2001, de Madrid y Londres, la Guerra del Golfo y la de Afganistán, el recrudecimiento de la guerra en Palestina e Israel, el
establecimiento de un Nuevo Orden Mundial, parecieran dar la razón a las
proclamas de Fukuyama de fin de la
Historia o a Alain Minc[1]
y Umberto Eco[2]
de la llegada de un Nueva Edad, lo
cual demuestra hasta qué punto continuamos pensado con esquemas de la
modernidad. Sin embargo, esto se contradice con las enseñanzas que nos ofrece
el conocimiento histórico acerca de la inexistencia de una meta prevista y
predecible de la humanidad, y ejemplos podríamos encontrar más de uno. La
realidad de la Historia no es tan
evidente como los símiles históricos o los juegos metafóricos nos dan a
entender. La Historia es más
espinosa que los simples métodos interpretativos y mecanicistas de metáforas
donde se pierde la perspectiva, como sucede con las que anteriormente
señalamos. Puede resultar fácil “atar moscas por el rabo” de distintas épocas
con comparaciones o sucesiones repetitivas, en algunos casos, anacrónicas y
ahistóricas. La ideología posmoderna[3],
sin duda, ha tenido mucha culpa de esto. Su crítca feroz a la idea de progreso
y la teoría del todo vale
metodológico lo que incita a no pocos historiadores a albergarse en la
fracmentación. Desaparece la Histotia a favor de la proliferación de historias.
Su carácter destuctivo la inabilita como alternatica a la nueva modernidad annalista y marxista.
Sin embargo, estas corrientes críticas de la historia, que
insistieron en la idea de agotamiento de la teoría histórica y enfetizaron en la idea de la historia
que avanza hacia un final prefijado, tuvieron prescisamente la capacidad provocadora
para sacar a la historia de su letargo dialéctico. Provocaron que la historia
entrara en crisis, es decir, en
crítica y recuperaron un debate postergado acerca del ser y el hacer de la
historia.
Hoy como en el 1949 de Jaspers “nuestra época es la época de
las simplificaciones. Las
consignas, las teorías universales que todo lo explican, las grandes y burdas
antítesis, tienen éxito. Mientras la sencillez cristaliza en símbolos míticos,
la simplificación recurre a absolutos seudocientíficos"[4]. François Chatêlet, al explicar los
rasgos de la conciencia histórica, lo
deja claro: “si el pasado y el presente pertenecen a las esferas de lo mismo, se sitúan en la esfera de la
alteridad. Si es cierto que los episodios pasados ya se desarrollaron, y que
esta dimensión los caracteriza de modo esencial, también es cierto que su
‘pertenencia al pasado’ los diferencia de cualquier otro episodio que podría
parecérseles. La idea de que en la historia haya repeticiones (res gestae), de que ‘no hay nada nuevo
bajo el sol’ e incluso la idea de que se pueden extraer lecciones del pasado,
no tiene sentido sino para una mentalidad no histórica”[5].
Por ello, como historiadores no debemos abandonarnos a la
rigidez, al esquematismo y a la insuficiencia del modelo en nombre de lo
particular. El marxismo es, como dice Braudel, un mundo de modelos.
Precisamente, Sartre se alzó contra ese mundo de modelos que proponía el
marxismo, por rígidos y esquemáticos. Nosotros ahora también tenemos que
levantamos, no contra los modelos sino contra el uso que de ellos se hace
porque, como el marxismo, se ha concedido al modelo valor de ley de explicación
automática, aplicable a todos los lugares y a una sociedad tan diversa como la sociedad de nuestro tiempo. Lucien
Febvre diría que la función del pasado es “organizar el pasado en función del presente”[6].
No cabe duda, entonces, que el conocimiento histórico se lleva a cabo a través
de conexiones entre el pasado y el presente. Y, ya que la historia es una
ciencia del tiempo, deberemos asociarla con las concepciones temporales que se
hayan tenido en un determinado momento (circular o lineal). El tiempo histórico
desempeña, pues, un papel fundamental. En historia se habla de tres velocidades
o tiempos históricos: tiempo corto, tiempo medio y tiempo largo. Entiendo que
para construir un conocimiento histórico completo hay que recurrir casi
necesariamente, sin despreciar las otras velocidades, a la larga duración, a
las permanencias en el tiempo. Así, por ejemplo, muchos caminos construidos por
los romanos eran utilizados en la Edad Medía, en el siglo XVI eran importantes
vías de comunicación que unían Europa y, hoy, sobre esas rutas se han levantado
carreteras y autopistas que están contribuyendo a la vertebración de una Europa
unificada. No por nada se ha dicho desde siempre que ”todos los caminos llevan
a Roma”. Si desde la geografía son comprobables estas continuidades, no es
menos fácil realizar observaciones desde la demografía. El carácter, las formas
y métodos e, incluso, las motivaciones de la emigración española a América son
similares a finales del siglo XV que a mediados del siglo XX. La emigración en
cadena, solo rota por eventuales coyunturas, puede dar buena fe de ello. Estás
mismas permanencias se dan también en el marco cultural. Por ejemplo, la
civilización latina del Bajo Imperio Romano sobrevivió hasta el nacimiento de
las literaturas nacionales bien entrado el siglo XIV. En el campo de la
técnica, la convivencia de permanencias milenarias con la última tecnología
punta puede causarnos sorpresa. En tiempos pretéritos, una de las grandes
revoluciones agrícolas que se produjeron, después del abandono del nomadismo y
la domesticación de determinadas plantas que fueron la base alimenticia en
aquel momento del hombre, fue la invención del arado. El arado romano de
rascado con una reja de hierro tirado por bueyes, con pocas modificaciones,
continúa utilizándose en muchos lugares todavía. Ello no es óbice para poder
encontrarte, como lo hicimos no hace mucho tiempo, con un labrador trabajando
la tierra de la misma manera que se hacía hace más de dos mil años pero
acompañado de un teléfono celular por el que su esposa le iba avisar cuando se
fuera a poner de parto su vaca “Perla” o cuándo la comida estaría lista. Si nos
acercamos ya al ámbito de las mentalidades, el tiempo largo será imprescindible
para poder explicar algunos de los comportamientos que seguimos conservando
desde tiempos pretéritos. Ello no es el resultado, insisto, de la inmovilidad
de la Historia, sino más bien del desarrollo de los tiempos históricos. Y, en
el tiempo más largo, las permanencias que más tardan en modificarse son las de
la mentalidad. Nuestra actitud en torno a la muerte sería un dato demostrativo
de ello. Si nos paseamos por algunas de las iglesias más antiguas de México
podremos observar enterramientos dentro o fuera de ellas. Está práctica que
puede parecernos atávica, de otro tiempo, podemos hallarla presente hoy en día.
Y, es que, todavía está muy incrustada la creencia de que ser enterrado cerca
de las devociones particulares facilita su protección y la ganancia de sus
favores. No cabe duda, que detrás de esta actitud, hoy, igual que hace
cuatrocientos años, se esconde, en muchos casos, un cierto alo de vanidad, de
trascendencia, elemento que forma parte de la mentalidad del hombre en todo
tiempo y espacio. La explicación
de ello se debe a que hay características de nuestro comportamiento que se
perpetúan a través de un tiempo de
larga duración. Pero eso no
significa que la Historia se
repita o que hayamos llegado al final del trayecto histórico. En historia, al
igual que en otras disciplinas humaniísticas, todavía hay mucho “pescado que
vender”.
La Histroriografía actual tiene como pendiente el ser mucho
más plural y dialógica. No podemos prescindir de la interdisciplinaridad.
Siempre se nos viene la imagen del historiador clásico metido entre sus
documentos, libros y datos ajeneo al resto de los saberes. Sin embargo, vemos
cómo discplinas afines a la historia (antropología, geografía, sociología,
literatura, sicología, etc.) han venido siendo aplicadas con éxito por
historiadores marxistas y annalistas. Por ello es nescesario que se
intensifique este diálogo entre distinatas disciplinas. Como ha señalado Carlos
Barros, el posmodernismo nos ha llevado a veces a los historiadores a caer en
la subalternidad, en debates bizantinos a partir de 1989-1991 con los debates
entre Fukuyama y Huntington[7]
“para arrojar luz y polémica sobre el futuro de la humanidad”[8].
Se pretende, entonces, sustituir el paradigma pasado/presente/futuro por
aquello que está todavía por venir.
Por todo ello, la labor del historiador tiene que ir focalizada en una doble dirección. Primero, la de demostrar que siempre han existido futuros plurales y alternativos. Que el determinismo en historia no existe. Para ello tenemos que olvidar el objetivismo mecaniscista, acomañado de secuelas no exentas de fatalismo milenarista y conformismo, de esta manera poderemos conseguir un sujeto histórico más libre, tanto en el pasado como en el presente[9]. La segunda, nos tiene que remitir necesariamente a pensar históricamente en el futuro, de tal manera que nos impida repetir las grandes tragedias que se vivieron en el siglo pasado: fascismo, racismo, nacionalismo tribal y agresivo, fundamentalismo, totalitarismo. Coincidimos en este sentido con Barros, que es necesario construir un nuevo racionalismo, una nueva ilustración “que nos permita seguir progresando” en libertad[10]. Pero para eso debemos abordar, que diría Braudel, en sí mismas y para sí mismas, las realidades sociales[11]. Para ello sería necesario salir de nuestra torre de marfil y también acercarnos a la sociedad a través de una historia más práctica, si se quiere, más comprensible. Los historiadores debemos jugar un papel preponderante dentro de esta demanda social e intelectual. Por eso debemos librar todos los días un combate por nuestra disciplina que, y en ello coincido plenamente con Pierre Villar, sería un “combate contra las barreras entre disciplinas, a favor de una relación orgánica entre historia, economía, geografía, etnología, sociología, por consiguiente a favor de la unidad de la materia y de la reflexión histórica; combate contra las barreras entre especialistas, a favor de una historia comparada de los lugares y de los tiempos, sin exceptuar el presente; combate contra el aislamiento del investigador, en favor del trabajo colectivo; combate contra la investigación ciega en el caos de los hechos, a favor de una investigación conducida por hipótesis y por problemas”[12].
Por todo ello, la labor del historiador tiene que ir focalizada en una doble dirección. Primero, la de demostrar que siempre han existido futuros plurales y alternativos. Que el determinismo en historia no existe. Para ello tenemos que olvidar el objetivismo mecaniscista, acomañado de secuelas no exentas de fatalismo milenarista y conformismo, de esta manera poderemos conseguir un sujeto histórico más libre, tanto en el pasado como en el presente[9]. La segunda, nos tiene que remitir necesariamente a pensar históricamente en el futuro, de tal manera que nos impida repetir las grandes tragedias que se vivieron en el siglo pasado: fascismo, racismo, nacionalismo tribal y agresivo, fundamentalismo, totalitarismo. Coincidimos en este sentido con Barros, que es necesario construir un nuevo racionalismo, una nueva ilustración “que nos permita seguir progresando” en libertad[10]. Pero para eso debemos abordar, que diría Braudel, en sí mismas y para sí mismas, las realidades sociales[11]. Para ello sería necesario salir de nuestra torre de marfil y también acercarnos a la sociedad a través de una historia más práctica, si se quiere, más comprensible. Los historiadores debemos jugar un papel preponderante dentro de esta demanda social e intelectual. Por eso debemos librar todos los días un combate por nuestra disciplina que, y en ello coincido plenamente con Pierre Villar, sería un “combate contra las barreras entre disciplinas, a favor de una relación orgánica entre historia, economía, geografía, etnología, sociología, por consiguiente a favor de la unidad de la materia y de la reflexión histórica; combate contra las barreras entre especialistas, a favor de una historia comparada de los lugares y de los tiempos, sin exceptuar el presente; combate contra el aislamiento del investigador, en favor del trabajo colectivo; combate contra la investigación ciega en el caos de los hechos, a favor de una investigación conducida por hipótesis y por problemas”[12].
[1] MINC, A.: La nueva Edad
Media.El gran vacío ideológico. Madrid, 1994.
[2] ECO, U.: La nueva Edad Media.
Ed. Alianza, Madrid, 1996.
[3] El significado de posmodernismo es tan ambiguo, como el propio
tiempo en que se gesta. Su desarrollo se da en entre 1975 y 1988: La toma de
conciecia de la posmodernidad viene reflejada en Arts und Humanities Citation Index. Y su corpus ideológico viene
recogido en LYOTARD, J.F.: La condición
posmoderna. Ed. Cátedra, 1984
[4] Karl Jasper: Origen y meta de
la Historia. Alianza Universidad, Madrid, 1985, p. 178.
[5] CHATÊLET, François: La
naissance de l’histoire. La formation de la pensée historienee en Grèce.
Minuit, Paris, 1962. Cfr. LE GOFF, J.: Pensar...,
op. cit., p.184.
[6] FEBVRE, Lucien: Combates por
la historia., Ed. Ariel, Barcelona, 1992, p. 245.
[7] Samuel Huntington, asegura que no sólo no estamos ante el fin de la
Historia gracias al establecimiento de “la paz capitalista y libera” predicada
por Fukuyama, sino que predice una más que posible guerra mundial contra los
fundamentalismos religiosos.
[8] BARROS, C.: “La historia que viene”. Ponecia presentada en el
Congreso Internacional Historia a debate, Santiago de
Compostela, 7 al 11 de Julio de 1993.
[9] Ibidem.
[10] Ibidem.
[11] BRAUDEL, F. (1968): La historia y las ciencias sociales.Alianza,
Madrid, 1999, p. 29.
[12] Cfr. SOSA, I.: “Los unsos de la historia. Balance que se refiere
fundamentalmente a los últimos años”, en
ZEA, L. (Comp.) Quinientos años de
histora, sentido y proyección. México, FCE, 1991, p. 84.
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