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domingo, 22 de noviembre de 2015

¿CIVILIZACIÓN O BARBARIE?: A PROPÓSITO DEL TERROR DEL ISLAM RADICAL.

Por Jesús Turiso Sebastián

De las tres grandes religiones universalistas, el Islam es la más joven de ellas y de las que toma de manera sincrética muchos de sus elementos espirituales. Si vuelvo la mirada a los inicios del el Islam, puedo observar cómo es una religión que se origina entre los nómadas del desierto pero que evoluciona hacia un espíritu expansionista, legitimado en el mandamiento de Mahoma para todo buen creyente de señorear el mundo y expandir la fe. Esta consigna, que forma parte de una cosmovisión guerrera, medieval y expansionista, ha creado formas de vida  y confeccionado una mentalidad, que se han mantenido a lo largo de la historia hasta nuestros días, enarboladas por la rama más reaccionaria y apegada a la tradición de las dos en las que se escindió el Islam tras la muerte del profeta: la Sunni. A partir de aquí, tendríamos que recurrir a entender la mentalidad nómada, pero sobre todo,  el concepto de frontera que tan arraigado está entre los nómadas. François Hartog en El espejo de Heródoto. Ensayo sobre la representación del otro señala cómo la idea de frontera establece dos lados definidos: a un lado, la civilización; al otro, la barbarie. El ejemplo que lo particulariza es el de aquellos musulmanes chiítas que atravesaron esa imaginaria línea fronteriza entre ambos lados e intentaron occidentalizarse al entrar en contacto con la cultura griega, por lo cual fueron asesinados por su propia gente más arraigados en el dogmatismo de la tradición. En la actualidad, podemos ver que este dogmatismo de la tradición continúa dándose en muchos sectores creyentes en la fe del Islam, en los que se observa cómo, por ejemplo, aquel que no profesa su religión es un infiel y, por lo tanto, si se le captura se le puede esclavizar o asesinar, así como a aquellos musulmanes que se apartan de la ortodoxia son degollados por el Estado Islámico.
Se me dirá con razón que esta misma cosmovisión medieval y expansionista es propia también de otras creencias como el cristianismo, sin embargo y a diferencia del Islam, el cristianismo hace tiempo que abandonó la mentalidad medieval. Desde el siglo XV, tal vez por las divisiones internas o simplemente por la fuerza de la inercia de la historia, el cristianismo tuvo que ir adaptando sus creencias, o las interpretaciones originales de ellas, a los distintos tiempos por los que viene transitando. Primero, fue el Humanismo renacentista y, después, la Ilustración y el racionalismo quienes dejen su impronta en la cosmovisión cristiana relajando muchos aspectos de ese dogmatismo medieval apegado al pie de la letra a los versículos de la Biblia. De tal manera, que el cristianismo pasó de estar presente en todos los aspectos públicos y privados de la vida –sociales, políticos, económicos, culturales- a convertirse únicamente en una opción personal y privada. En suma, el mundo occidental cristiano ya hace tiempo que dejó atrás la interpretación de la historia como designio  y  honra de la razón divina. Este mismo proceso no se ha  dado todavía en el Islam. Bien es cierto que también experimentó su propio humanismo con una gran capacidad creadora en los siglos XI al XIII. Sin embargo, hay un momento de su historia en el que este proceso evolutivo no solo se estanca, sino que se cierra a las influencias filosóficas externas –fundamentalmente la filosofía griega aristotélica- que tanto le habían enriquecido y se encierra en una concepción dogmática religiosa medieval de la vida que, entre muchos musulmanes, todavía aún perdura. Cuando el Islam extendió por todo el mundo su credo y se transformó en un religión segura de sī misma, se va a manifestar en una mayor apertura y tolerancia con el otro. Qué diferencia con la actualidad, en la cual el rigorismo de la creencia ha hecho que su religión se afirme en actitudes  intolerantes, mojigatas y altaneras. La diferencia con el mundo cristiano Occidental estriba en que éste salió para no regresar de la caverna platónica –entendida como oscuro al conocimiento y sin la luz de las ideas- y el mundo musulmán, después de haber salido y conocer la luz de las ideas, regresó al reino de la oscuridad porque el exterior a la caverna cegaba sus creencias.
Es complejo explicarse el porqué en muchas escuelas a los niños se les educa en el odio, en la Yihad como guerra santa contra Occidente para conquistar el mundo para Ála, o por qué personas se llenan el cuerpo de explosivos y se hacen explotar en un mercado de Bagdad o se lían a tiros en un populoso y concurrido distrito de París. Yo quiero pensar que la explicación se debe buscar en cómo a lo largo de la historia se han elaborado no solo lógicas distintas, sino mentalidades diferentes, en algunos casos, opuestas.  Ambos mundos, el occidental y musulmán, a lo largo del tiempo han configurado sus creencias conforme a sus propias necesidades y, en el caso musulmán, también de sus limitaciones y carencias. Desde hace tiempo sostengo, y aquí radica para mí el porqué de la antimodernidad del mundo islámico, que la ilustración, la democracia, la tecnología, en definitiva, la modernidad surgieron en Occidente, dentro de una lógica distinta, es decir, se originaron en el “otro”. Ese otro era aquel con el que habían combatido en guerras durante siglos, ese otro que históricamente ha sido el enemigo más despereciable, que intenta colonizarle con una modernidad ajena, que contemblan como una amenaza inexorable a su identidad y tradición.  Su  mayor tragedia es que, finalmente, su  enemigo  ha resultado triunfante de esta pugna ancestral por  ideas y crencias, que han sido derrotados precisamente por esas ideas y creencias –libertad, derechos humanos, democracia- que en el mundo actual dominan como tendencia histórica, que la cultura de ese enemigo es aberrantemente avasalladora y que el rítmo del paso de la historia se marca según su compás. Por ello, no es dificil entender, que deseen que todo se derrumbe porque su mundo ya está demolido y no tienen nada que perder. En este tenor, viene muy cuenta considerar la reflexión de Gustavo Bueno acerca de la Idea de Sociedad Global (surgida en Occidente) frente a la idea de sociedades locales, aisladas, “en el límite idiotas (idiotés, que significa que solo saben de lo suyo.) Preguntaban a un campesino al final de la Segunda Guerra Mundial: ‘Tú que eres, ¿anglófilo o germanófilo?’. Y él contestaba: ‘Yo soy Teófilo’. Este individuo era un idiota, estaba en lo suyo” (2003). De la misma manera, también están en lo suyo las sociedades dirigidas por el fanatismo religioso. Su idiotés es la respuesta a la idea de Globalización occidental del mundo, sustentada en los mantras que sistemáticamente pronuncian los lideres occidentales y sus portavoces intelectuales: libertad, democracia, libre mercado, etc. y, en este sentido, constituye también una forma de resistencia antiglobalización. Sin embargo, la "idiotés" islámica es asimismo su globalización, ya que, como hemos visto,  en los orígenes del  Islam está el expasionismo y la pretensión imperialista de  extenderla al resto del mundo. Los errores del Occidente primermundista, desarrollado y que se cree poseedor de la verdad absoluta, han sido minimizarla, ignorar su cosmovisión y aplicar su afán uniformador elaborado y trasmitido por algunos de sus profetas orgánicos como Fukuyama o Huntington: porque, aun perteneciendo a la misma civilización no se puede considerar en el mismo plano Afganistán o Irán que los Emiratos Árabes Unidos o Marruecos, como no es lo mismo México que Noruega. Asimismo, la debilidad que ha supuesto para la integración de la práctica del multiculturalismo, valor emergente y con gran predicamento en las sociedades democráticas y tolerantes, está siendo utilizado por el islamismo radical para infiltrarse en nuestras ellas con el fin último de sustituir los valores culturales de occidente e imponer la ideología del Corán.
En la actualidad, los agravios de Occidente, percibidos por una parte importante del mundo musulmán contra el Islam, están sirviendo, en muchos casos, para conseguir una unidad entre las diferentes partes de la Umma (comunidad de creyes del Islam) que antes no se tenía. Ello, sin duda, está generando un mayor resentimiento y rechazo a Occidente, incluso en sectores que no son radicales. La “Primavera Árabe”, que muchos analistas o ¿futurólogos? de Occidente estaban convencidos que traería la libertad y la democracia, y con ello modernidad a esta parte del planeta, se ha quedado, por el momento, en “el cielo puede esperar”. Cuando los dictadores de estos países han ido sucumbiendo por la sublevación popular, sus ciudadanos no sólo no han abrazado la libertad y la democracia como aquellos pronosticaban, sino que, en muchos casos, han caído en brazos del islamismo arcaizante. Recordemos nada más cómo en Argelia el extremismo islámico asesinó a más de cien mil personas en menos de una década. Hay que entender, que en esta mentalidad arcaizante, la política es una prolongación de las creencias religiosas, por lo que la política y la ley civil se someten al imperio de la ley sagrada. Los musulmanes moderados, mas del 85%, sienten por ello que el Islam ha sido secuestrado por grupos extremistas, que no pueden pueden levantar la voz contra ese 15% restante totalmente radicalizado y asesino, sopena de terminar degollados.
 Me da la sensación que las revueltas que han originado en los últimos años la Primavera Árabe no son luchas en pos de la democracia. La democracia en sí no ha sido el fin, en mayoría de los casos, es la excusa para regresar a la esencia del islamismo, como ha sucedido en Libia o como se está dirimendo en Egipto. Pero quitémonos las venda de los ojos: Occidente no ha apoyado a los musulmanes moderados, quienes también padecen el terror de la identidad radical islámica, quienes fundamentalmente ponen los muertos en Oriente Medio y también los desplazados. Occidente no ha sabido ganarse para la causa de la paz y la estabilidad a esa mayoría silenciosa de muslmanes moderados del mundo. Y, no ha sabido ganárselos, porque más allá de darles cobertura militar con armas para que se enfrenten sobre el terreno contra el Estado Islámico, no ha elaborado un plan de apoyo a la sociedad y a todos aquellos imanes que rechazan la violencia y el terrorismo. Además, Occidente tampocó planificó el después de los dictadores de estos países tras la Primavera Árabe, quienes hasta entoces habían ejercido como un muro de conteción y sometimiento del radicalismo islámico, y dejó a estos paises al albur de sus luchas tribales. Creo que un argumento poderoso que explica esta indolencia occidental ha sido porque, a excepción de Israel, estas luchas sucedían a miles de kilómetros de sus fronteras y los daños a la población occidental eran indirectos. Occidente tampoco ha sido consciente de la importancia geoestratégica de Israel como primera línea de defesa contra el terrorismo islamista, porque lo que pueda suceder a Israel será también el destino del mundo.  Los atentados terroristas en un mercado Bagdag, en Nairobi o en un plaza de Kabul han sido históricamente meras “anécdotas” para abrir algún noticiero o portada de periódico en Occidente. Sin embargo, cuando sus intereses de Occidente se ven afectados o entre las víctimas hay occidentales involucrados, nos rasgamso las vestiduras y problema toma una nueva dimensión más trágica. Es entonces, a partir de que el terror traspasa las fronteras del mundo occidental, cuando se plantea en el mundo la necesidad de elaborar un plan de Seguridad Internacional impulsado por la ofensiva diplomática Estados Unidos y Europa. Por otro lado, el palo de algunos  países musulmanes tiene que aguantar también su vela, ya que ellos también son responsables de esta situación de terror que se está dando, con el conocimiento y vista gorda de las naciones desarrolladas. Países como Turquía, Arabia Saudí y Qatar han estado jugando a dos bandos:  por un lado, mantienen amplias y fructíferas relaciones de alianza con Occidente, pero a la vez apoyan a grupos terroristas como el Estado Islámico y Al Qaeda. Este doble actitud sostenida por sus dirigentes no es una novedad, ya que durante décadas lo han venido haciendo: me viene a la memoria el “santificado” Yasir Arafat, Premio Nobel de la Paz, quien sostuvo un doble discurso, por un lado, públicamente condenó el terror, hablaba de pluralismo y tolerancia y, por otro, apoyó en muchos momentos acciones terroristas del brazo armado de la OLP.
 Me cabe, por último, la duda de si existe una verdadera voluntad por parte de Occidente de acabar con el terrorismo o solo reducir su intensidad y el espacio geográfico donde se desarrolla. Porque da la sensación que existen intereses no muy claros para mantener  este status quo, el cual podría justificar no solo el mantenimiento y desarrollo de la industria militar occidental e intereses de mercado de empresas que se lucran con la guerra, sino que además supone un argumento de los gobiernos para limitar cada vez más las libertades ciudadanas bajo el primario pero poderoso argumento de la necesidad de una mayor seguridad. En algún momento tendremos que relegar a un papel secundario estos poco claros intereses, atender a lo importante y tomar partido sin ambigüedades por la  civilización frente a la barbarie. Todavía no queremos ver que de lo que se trata es de una guerra lanzada por el Islam extremista contra los valores de la cultura occidental judeo-cristiana, a los que quieren erradicar a través del terror y la muerte. Creo que hace tiempo que todos debiéramos tomar conciencia de ello y tomar partido claramente por aquellos valores basados en los derechos humanos y no relativizar la barbarie, espero que no sea muy tarde cuando se esto se haga. 



viernes, 11 de septiembre de 2015

LA CORRUPCIÓN COMO CARCOMA SOCIAL (I)


UNA PRIMERA REFLEXIÓN.
“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca” les decía Marcelo a Horacio y a Hammlet en la genial obra de Shakespeare. La putrefacción, sin duda, es uno de los sinónimos del término corrupción. Pues bien, algo podrido huele en nuestro mundo cuando uno de los principales temas de las agendas políticas, de las páginas de los periódicos, de las cabeceras de la radio y televisión, de las conversaciones en la calle, etc., es el de la corrupción. Con esta expresión damos sentido a la percepción que se tiene en amplios sectores de la sociedad de que algo no funciona: democracias virtuales, sistemas financieros que pisotean sin escrúpulos al ser humano y que medran con la especulación, políticos que se pervierten lucrándose y lucrando a los que les rodean con los recursos públicos gracias a la prevaricación, funcionarios públicos que medran con la coima o la mordida, famosos que se ganan sus cuartos mediante el insulto gracias a la telebasura, “ciudadanos” que se aprovechan de la debilidad de otros para sacarles tajada, etc. La corrupción no es algo nuevo, que haya surgido como consecuencia de fenómenos del presente como la globalización o el sistema financiero internacional.
Pues bien, la corrupción, en especial en nuestros días, es una manifestación caracterizada por su complejidad a la hora de analizarla, dado que es difícil de delimitar lo qué es corrupción y de las debilidades propias de la condición humana. La corrupción es vista como cáncer interno de la sociedad y la degeneración de las buenas costumbres, por ello resulta la ruptura de la civilidad, es decir, del pacto social.
En este panorama actual, real, sobre el que se asienta el juego social de nuestra cotidianeidad, pareciera significar la reflexión del genial Sofocleto que distinguía dos tipos de personas en el mundo: los conchudos y los cojudos, cuyo bienestar se sustentaba en aprovecharse de la cojudez de los primeros. Esta visión humorística de la condición humana no es más que el reflejo de un universal histórico: la existencia en todo espacio y en todo tiempo de sujetos pacientes de la historia y de individuos o grupos de individuos agentes de la historia que la han ido construyendo con mañas, malos usos y demasiados abusos en beneficio de sus intereses y la de su clientela. En este sentido, la corrupción es también un universal común en todo tiempo y lugar, por lo tanto, es un fenómeno histórico, y ello es así porque forma parte de la misma condición humana y del ser social que los humanos somos. Así pues, la corrupción es exclusiva de los seres humanos y solo ellos son capaces de manifestarla, porque es un resultado de la racionalidad de la que, por ejemplo, los animales carecen.
El planteamiento que sostengo es que la corrupción que tanto nos atribula en nuestra época y que la sociedad, generalmente, pone su dedo acusador en los políticos, es la consecuencia de la propia podredumbre de nuestras sociedades actuales. Los políticos, banqueros, empresarios, etc., no son más que el reflejo de la propia sociedad. Con ello quiero decir que la corrupción no es algo genético o innato al ser humano, sino que su origen se sitúa en la identidad del zoon politikon, es decir, en el vivir en sociedad. Todos los seres humanos tenemos la capacidad de corrompernos, no es cuestión ni siquiera educación o de cultura. Han existido personajes de cultura elevada y, sin embargo, han pasado a la historia como grandes corruptos. Como ejemplo, pondríamos a el Duque de Lerma, ministro del rey Felipe III, el se enriqueció al convencer en 1601 al rey  para que trasladase la corte de Madrid a Valladolid. Este pillo ministro se lucró gracias a una maniobra de compra de terrenos meses antes del traslado de la Corte, vendiendo después los terrenos al estado a precio de oro a la corona. ¿Se nos hace familiar este fenómeno de especulación inmobiliaria con situaciones actuales de algunos políticos?
Por lo tanto, todos podemos ser corruptos. La buena noticia es que de la misma manera todos podemos ser virtuosos. Del triunfo de la tendencia a la virtud dependerá la ruptura de ese equilibrio inestable entre los dos opuestos a favor de la primacía de las acciones virtuosas.  Platón, situaba las causas de la corrupción en la riqueza y en la indigencia: la primera porque “trae la molicie, la ociosidad y el prurito de novedades”;  la segunda, por su parte, conlleva también “ese mismo prurito y, a más, la vileza y el mal obrar”. Por lo tanto, la virtud sería la antípoda de la corrupción. Y, en este sentido, la virtud sería la capacidad de desarrollar, por encima del mal, la justicia, que es la virtud por la cual una persona dirige sus acciones hacia el bien común. La virtud, consiguientemente, nos orienta a realizar lo correcto, a obrar con justicia con respecto a las demás personas. Según esto, la corrupción, al igual que la virtud, no es una facultad de los seres humanos, sino más bien un hábito. Por lo tanto, la virtud es el hábito opuesto a la corrupción, de tal manera que, como señala Aristóteles en la Ética a Nicómaco, si los hábitos nos alejan del cumplimiento de nuestra naturaleza de cumplir con el bien, se convierten entonces en vicios, es decir, en corrupción.

viernes, 7 de agosto de 2015

IDENTIDAD Y MULTICULTURALISMO: EL NUEVO MITO DE LA CAVERNA

IDENTIDAD Y MULTICULTURALISMO:  EL NUEVO MITO DE LA CAVERNA
Por Jesús Turiso Sebastián.


“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”.
(José Martí)


Hoy día se están produciendo dos fenómenos aparentemente antitéticos: uniformidad y diversidad. Sin embargo, más allá de las apariencias, estos dos procesos confluyen con frecuencia en la contención de derechos y libertades individuales. Contra la aberrante uniformidad que se está dando, de pocos años hacia acá ha surgido la, no menos aberrante, devoción a una diversidad mal entendida. Se trata, en muchos casos, de transigencias al servicio y dictado de ideologías que llevaron en otro tiempo, por ejemplo, a hacer la vista gorda a las atrocidades que cometía la Unión Soviética por el mundo, mientras se censuraban enérgicamente las prácticas no menos atroces de los Estados Unidos.
Los intelectuales, sin duda, tienen mucha responsabilidad en esta situación. Desde algunas corrientes de la antropología, por ejemplo, obsesionadas por encontrar y preservar la singularidad se ha contribuido a amplificar las diferencias. En este sentido, la identidad -que supone una explicación del “yo” frente al “otro”, es decir, la relación del individuo o un grupo de individuos con el resto de la sociedad-, mal expresada, intensifica la práctica de la diferencia segregacionista. Sin embargo, la identidad como tal no es algo con lo cual nacemos, más bien se va construyendo, elaborando y reelaborando a lo largo de nuestra vida.

A lo largo de la historia, mediante la identidad los grupos se han diferenciado y reafirmado frente a sus contrarios: civilizados-bárbaros, cristianos-musulmanes, conservadores-progresistas, nosotros-ellos. La identidad ha servido, entre otras cosas, para que los distintos grupos humanos primitivamente se organizaran en tribus y, más recientemente, ha sido uno de los elementos catalizadores de la nación, del sentimiento nacionalista o de los fundamentalismos religiosos.

Sin ser partidario de la homogeneización cultural, sin embargo, la preservación de ciertos tipos de peculiaridades conduce no sólo a la discriminación, sino también en algunos casos a la demonización de una cultura. En muchos países occidentales esto ya es un hecho, de tal manera que, detrás de la consigna de la tolerancia a la diversidad en todas sus manifestaciones, los defensores de la etnia y las culturas únicas e irrepetibles propenden imponer un todo vale, con tal de no alterar la “pureza” y autenticidad de las tradiciones, total, como todo es cuestión de opinión o de interpretación… El hecho de que en una sociedad sea costumbre despreciar, abandonar e, incluso, matar a una niña recién nacida porque existe una preferencia y necesidad familiar por los varones, no significa que esta costumbre deba ser admitida por una falsa idea de respeto a la diversidad.

En Europa, una errónea entendida tolerancia a la diversidad cultural está causando amenazadores problemas a las “ilustradas” sociedades europeas. La llegada masiva de flujos migratorios de países africanos con mentalidades diferentes ha suscitado la disyuntiva de respetar las tradiciones de los inmigrantes o facilitar su integración en una cultura diferente. Para los defensores multiculturalismo la solución está clara: el establecimiento de una discriminación positiva de los inmigrantes. Así, por ejemplo, proponen que ciertas facetas de la vida pública se adapten a la realidad cultural de los inmigrantes, que la educación pública de sus hijos sea bilingüe e integre aspectos identitarios y que el estado les subvencione estudios étnicos. Otros abogan porque los estados democráticos defiendan y promuevan el pluralismo, el cual necesariamente consiste en impulsar diferencias étnicas y culturales. Algunos van más lejos, al sostener que debieran asignarse a estos inmigrantes territorios específicos, con recursos y poderes de autogobierno para que desarrollen su identidad cultural independiente del resto de la sociedad. Ello impediría la injerencia del Estado, por ejemplo, en prácticas atávicas como el sometimiento de niñas a matrimonios concertados entre familias o en prácticas rituales como la ablación del clítoris. En general, la intrusión del Estado no solo es mal recibida, sino que es entendida como un atentado contra los derechos de estos ciudadanos a desarrollar sus propias tradiciones. Sin embargo, esto es algo que pone en contradicción sociedades democráticas con tradiciones basadas en la opresión y el tribalismo. Ahora bien, el multiculturalismo, planteado en estos términos o que implique la defensa de grupos culturales cuya identidad contraría los principios democráticos, supone el rejón de muerte del Estado democrático. Alain Touraine denominó a este hecho “falsos multiculturalismos”.

A mi juicio, esta manera de entender la identidad cultural, imbuida de un carácter fuertemente comunitario, restringe la libertad individual, lo cual recuerda más a la xenofobia que al respeto al otro. Esta escuela de idiotez, que llamaría mi amigo Julio Quesada, va a provocar que al final recurramos a defender el cristianismo y rogar a Dios que nos envíe un Papa con tantas luces como ganas de viajar (La filosofía y el mal, 2004). Por ello, creo firmemente que la libertad del ser humano en cuanto tal debiera ponerse por encima de la pertenencia a tal o cual cultura, tribu, secta social o identidad colectiva. La tolerancia a las culturas e identidades colectivas debe situarse en el respeto a los derechos fundamentales y universales del ser humano. Cuando identidad grupal y sociedad entran en conflicto deben prevalecer los derechos humanos y la igualdad de derechos ante las leyes.

jueves, 11 de junio de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (IV)

(H)elarte de frío.
No hace mucho tuve la inclinación de entrar a ver una exposición de pintura de un artista de los denominados "emergentes" de pincel fútil y vesánico, ¡craso error el mío! Tras recorrer la sala y superar el trauma visual provocado por dicha visita, salí con la sensación de vacío cósmico, de que la tomadura de pelo se había instituido como género artístico-literario. Su impacto me hizo reo de nocturnidad por esa noche y me mantuvo dando vueltas acerca de cuál era la idea que tenía yo del arte. De esa infausta impresión surgió esto que unas cuartillas pondero.
Por definición una obra de arte es aquella que hace que se mueva algo en el interior del ser humano al contemplarla, que alborote los sentimientos. Es lo que hace que, por ejemplo, Mozart sea intemporal, eterno, y que, a Ricardo Arjona, Melendi o Daddy Yankee, dentro de unas generaciones no les conozcan ni sus santas madres, si es que hipotéticamente vivieran. Hoy el arte está experimentando una llamativa inflación de artistas: cualquier indocumentado, es decir ejecutabrochazos, se puede denominar artista y cualquier ocurrencia defina por él como arte será arte porque el concepto ha suplantado a la creación original. La crisis de valores está también presente en el Arte: ya no es necesario hacer arte para ser artista, el talento creativo es atavismo, está demodé. Esta crisis de valores ha llegado al punto de considerar, por ejemplo, como obra de arte la crueldad de exponer un perro amarrado en una sala sin comer ni beber hasta su muerte frente a los ojos de espectadores incrédulos o las réplicas del Urinario de Duchamp simulando una fuente. Pero si bien hay más artistas que champiñones, el consuelo para aquellos que aprecian el Arte con mayúscula es que, al haber tantos artistas, la mayoría son prescindibles.
La pintura es un caso ejemplarizador de esto último. Me da la impresión que un gran problema de la pintura actual es que los pintores dedican más tiempo a explicar sus ocurrencias "estéticas" que terminan plasmando en un lienzo que a dotar a ese mismo lienzo del duende que haga surgir la sensibilidad del espectador. La obra de arte no necesita ni explicaciones ni interpretaciones, habla por sí sola o, por lo menos, debería hacerlo. Sin embargo, una parte del arte entendido como contemporáneo ya no dice nada, no provoca emociones, es un vacío cósmico de sinsentidos que, al lo sumo, provocan indiferencia. La consideración del arte figurativo, el realismo, e incluso, el hiperrrealismo está pasado de moda salvo contadas excepciones. Y esto es consecuencia precisamente de que, desde hace tiempo, estas formas contemporáneas, ante la ausencia de creatividad, han venido cayendo en el retoricismo. A falta de originalidad, este retoricismo necesita ser decodificado porque, después de pegar un zapato viejo o un embudo repetitivamente por activa, pasiva y perifrástica en un lienzo, éste carece de esa originalidad primaria que las obras de arte intrínsecamente poseen. En nuestros días, la dictadura posmoderna de la interpretación y sobreinterpretación, del todo vale, ha aupado a las más altas cotas de consideración a autores con más cara que espalda que se dedican a vender humo disfrazado de arte. La soberbia de estos seudoartistas descalifica las críticas que en un momento dado se les haga, contraatacando con descalificaciones ad hominem del tenor de "son ignorantes" o "qué sabrá el burro cuando es fiesta". No cabe duda que la sensibilidad y la estética artística necesita ser educada y cultivada. Estos considerados artistas hacen flaco favor a este propósito y, en muchos casos, disimulan su pésima técnica y nula originalidad con auténticos vademecums explicativos. Éstos, en el mejor de los casos, no elucidan nada y, en el peor, dejan al espectador con una cara definida con versos de Rafael Alberti: “yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”. Algunos de estos autores, carentes de todo pudor y sindéresis, tienen incluso la osadía de lanzarse a incluir supuesta poesía, ejecutada por ellos mismos, junto a sus "creaciones" para describir el significado de su obra. Queda muy "artístico", seguramente, pero es una auténtica cursilada. 
En fin, el Arte de verdad compite en hoy día en desigualdad de condiciones con el lucrativo negocio de vender humo juntando brochazos en lienzos y letras en los formatos explicativos de las obras. A la propagación de este negocio están contribuyendo el dañino esnobismo de mecenas, el impulso de críticos de estómago agradecido sin escrúpulos o carentes de criterio y salas de exposición, verdaderas industrias de promoción de la mediocridad en aras del adocenamiento de la sensibilidad del espectador. Ello se traduce, por un lado, en una degeneración del Arte y, por otro, en que las circunstancias de muchos artistas de genio e inspiración, pero con menos predicamento, concluyan por definir el arte, el de creatividad, el que trasciende a sus contemporáneos, como (h)elarte de frío. Tendrá que ser así. Mientras tanto, este burro seguirá sin enterarse de esta fiesta.

lunes, 1 de junio de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (III)

  Y después de la nada… el vacío.
Es muy posible que estos nuevos modelos de sociabilidad sean el resultado de una kunderiana insoportable levedad del ser, de ese vacío existencial que le conduce al ser humano a refugiarse en artificios como forma de huir del vacío o de llenarlo. Y, es que, es universal de todo tiempo y cultura el temor del hombre al vacío. Recuerdo con cariño las explicaciones de un admirado catedrático de historia del arte sobre lo abigarrado de la decoración barroca como necesidad de llenar todos los espacios, provocado por un inquietante horror vacui. Es ese mismo horror vacui, que le suscita la falta de conocimiento o incomprensión de la realidad, lo que lleva al ser humano a dar respuestas irreales o engañosas a sus necesidades explicativas del mundo que le rodea antes que hacer frente al aterrador vacío.  De este terror se sirven unos pocos, los poderosos o las más vivos, para hacer su particular agosto de beneficios, sean económicos, políticos, sociales o de otra índole. En muchas partes del mundo muchos individuos más que nunca se mueven por intereses estratégicos: la ética queda relegada a un segundo plano ante el interés pragmático y los beneficios, dejando subordinada la moral o la moralidad de los actos. Las leyes son acatables siempre y cuando sirvan para ponernos en ventaja frente a los competidores, es decir, cumpliré la ley cuando me convenga. Se trata de un todo vale, seguido de un sálvese quien pueda, esperando uno mismo a ser uno de los privilegiados que se encuentre dentro de un imaginario bombo salvífico. Leemos en la prensa día sí y día también casos donde los poderosos siguen esta máxima, ejemplos abundan: vemos cómo los estados están al servicio de las grandes multinacionales, holdings y grandes bancos, que van minando la esencia misma del Estado independiente, su soberanía. Otro ejemplo más: en el sistema democrático se da la paradoja de permitir que personajes de talante totalitario y antidemocrático lleguen al poder y socaven las bases soberanas y democráticas del Estado, como ha sucedido en países como el caso de Venezuela. Cuando las reglas del juego democrático no me sirven para mis fines, las cambio. Vemos cómo cuando llegan al poder procuran hacer los necesario (cambiar las leyes, la constitución, etc.) para perpetuarse en él. Y, cuando esto no  ha sido posible, llegan al extremo de darse un autogolpe de estado para liberarse de la oposición parlamentaria, como sucedió en los años 90 en el Perú con Alberto Fujimori.
¿Qué pasa con el hombre de hoy? En general, una sociedad hedonista y del disfrute como las sociedades occidentales del Estado del Bienestar se aboca, o mejor dicho, se desboca hacia la indolencia. La cultura burguesa de nuestros días, sustentada en el parecer más que en el ser, ha evolucionado hacia una especie de individualismo perverso, insolidario, que mira de reojo las desigualdades y la justicia social. Sólo cuando ve correr peligro de la comodidad de ese estatus “privilegiado” y el pánico y la desesperación llaman a la puerta de una casa hipotecada que ya no pueden pagar, se pierde el empleo, y se llega a la imposibilidad de pagar tarjetas de crédito nutridas de compras a meses sin intereses, es sólo entonces cuando, parafraseando a Albert Camus, los hombres comienzan a vivir a la altura de su desesperación y se rebelan. Es en este punto en el que pueden llegar a ser para el sistema el peligro. Sobre él,  advertía Walter Lippmann, al convertirse las masas en “el rebaño desconcertado que brama y pisotea”, que tiene la “osadía” de exigir la participación activa dentro del sistema democrático y en la toma de decisiones que les afectan. El Estado de Bienestar, entonces, ha venido siendo un soma que ha mantenido a estas masas embrutecidas sin capacidad de pensar por sí mismas, incapaces, incluso, de comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor. Los vacíos existenciales de estas masas han sido colmados, con el pan espiritual de las religiones y de las creencias manipuladas, y con el circo elaborado a través de los mass media y de las nuevas tecnologías. Con ello se han conseguido alcanzar dos resultados: hacer más soportable la realidad de esos vacíos y mantener adocenada o anestesiada a la sociedad. Para que el individuo, individuo social, pueda liberarse de las cadenas de esta esclavitud tiene que ser, en primer lugar, consciente de dicha esclavitud. Sin embargo, esta consciencia está sistemáticamente impedida por la constante aparición ante sus ojos de ilusiones o paraísos irreales pero con apariencia necesaria. Las necesidades aparentes, provengan de las alturas del poder, del bombardeo propagandista de los medios masivos o de religiones y creencias provisoras de edenes, opacan la realidad de las cosas y dotan de placeres sublimados pero fugaces y facilita la sumisión de cualquier tipo de disidencia.
La huida de la realidad del hombre actual sometido a un nihilismo cada vez más aberrante es constatable hoy día, tal vez por aquello que decía Ortega  (2008) en Pidiendo Goethe desde dentro de que “todos sentimos nuestra vida real como una esencial deformación mayor o menos de nuestra vida posible (…)” (p. 126). Esta huida de la realidad ha relativizado las grandes religiones, ha convertido a Dios en un ente quimérico, manipulando sus creencias y dogmas a imagen y semejanza de esa “vida posible”. Si bien las sociedades actuales están profusamente laicizadas, sin embargo, el mundo de los dioses se ha multiplicado de manera directamente proporcional al descrédito de la religión. Cada uno de estos dioses, por su puesto, amerita su propia iglesia (hasta Maradona tiene la suya), sus propios dogmas, su propia liturgia y, así, vemos cómo la cosecha de dioses nunca se acaba. Todo ello ha detonado un proceso de inflación divina que desacredita más las otrora asentadas creencias religiosas. Y esto se está dando hasta tal grado que estas “nuevas” religiones están incluso deformando las “nobles” intenciones de las disidencias sectarias de las grandes religiones. Si históricamente muchas religiones surgen como un desprendimiento sectario y herético de una religión ya establecida –así sucedió, por ejemplo, con el cristianismo respecto del judaísmo-, en nuestra época la nuevas religiones se configuran con un colage variopinto de ideas, credos, dogmas y rituales, recogidos de aquí y de allá (la ciencia, la naturaleza, el sexo, los mitos y dioses ancestrales,  lo paranormal o los ovnis) pero con el fin mesiánico de siempre de la salvación. Surgen así estructuras eclesiásticas ad hoc basadas en la autonomía del consumidor, las cuales son el resultado palmario de la libertad de elección y el pluralismo.
No se trata aquí de establecer una valoración de qué religión o creencia religiosa o parareligiosa es mejor o cuál es más destructiva para el hombre, no. Al fin y al cabo, cada uno es ¿libre? de elegir la creencia o sistema de creencias, ideología o filosofía que mejor le obnubile, le esclavice, le confeccione ilusiones escatológicas o le llene los vacíos explicativos de su realidad mundana intrascendente. Porque, al fin y al cabo, como dijo Gorgias en aquellos lejanos tiempos de la Grecia antigua, nada existe en absoluto y, eso, es absolutamente cierto. Si nada existe en absoluto,  si ese nihilismo gobierna nuestra existencia, cualquier forma de llenar el vacío explicativo de un mundo aparente es tan válido como las demás.
Este relativismo ha traído consecuencias, si no perturbadoras, sí bastante discutibles, sobre todo cuando nos encontramos con grupos o movimientos, que pudiéramos denominar, “políticamente correctos” que rechazan cualquier jerarquía de valores, para los que todas las culturas merecen el mismo respeto; o  movimientos defensores de los animales para los que la vida de un animal vale tanto como la de un ser humano. Esto en  muchos casos lleva a relativizar algo tan fundamental como los valores universales. Éstos están necesariamente por encima de cualquier cultura. Sin embargo, se nos han planteado elementos, que podríamos denominar culturales –como la democracia,  el sistema liberal-capitalista o los valores occidentales-, como valores universales (se ha tildado este hecho desde el relativismo y el pluralismo cultural como etnocentrismo). De la misma manera, defensores del relativismo cultural piensan en que las culturas minoritarias se respeten aparte, sin intervención externa,  aisladas, en especie de ghettos que preserven su identidad y pureza. Por su parte, aquellos que abogan por el pluralismo cultural defienden que todas las culturas son iguales, por lo que presuponen la posibilidad de una convivencia armónica dentro de un marco de respeto recíproco.  Se nos plantea aquí, como señala Gustavo Bueno "Etnocentrismo cultural, relativista cultural y pluralismo cultural" (2002), estas tres opciones como disyuntivas entre las cuales hay que elegir, por lo que no cabe aquí hablar

de conflictos de culturas, o de conflictos de civilizaciones; tampoco cabrá hablar de integración o de expansión de culturas. Todas estas expresiones habrían de ser reexpuestas en términos de conflictos de elementos culturales, o de integración, o de difusión de elementos o rasgos culturales. Por ello, quien considere a un elemento cultural (pongamos por caso, el sistema democrático) como universal, no podrá sin más ser acusado de etnocentrismo. Menos aún podrá ser acusado de etnocentrismo (o de monismo cultural) quien reconozca y defienda la universalidad del teorema de Pitágoras, como elemento desprendido, no ya de la cultura griega, sino de toda cultura, como estructura válida para todas las culturas, por encima de cualquier relativismo (p. 3).

Es difícil adoptar, una posición o una perspectiva porque, te pongas donde te pongas, en este mundo de colores, posturas e identidades en el que nadie queda fuera de una, te cae el descalificativo o la sentencia del gran cantaor flamenco Camarón de la Isla: “Me critican porque bebo/ y me gustan las mujeres, / lo mismo que te critican si no te gustan y bebe".

jueves, 7 de mayo de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (II)


Soy nihilista porque el mundo me ha hecho así.
Nunca más que antes somos conscientes de que estamos asistiendo a una época crítica: el ejemplo lo padecemos a diario con los efectos de la crisis económica que experimentamos desde hace varios años y que no tiene por dónde resolverse. Sin embargo, esta crisis no es el resultado de una mala noche que ha podido tener nuestra sociedad moderna. La crisis actual hunde sus raíces en tiempos más remotos, un proceso histórico que se origina en la crisis de la conciencia moderna y que se manifiesta por la ausencia radical de fundamento, por la crítica a los grandes valores proclamados por la modernidad ilustrada. Después de que Nietzsche matara a Dios, la posmodernidad enterrara a la filosofía y al arte, Alain Minic o Francis Fukuyama han querido matar la historia, Samuel Huntington, vidente civilizatorio, ha predicho un próximo y destructivo choque de civilizaciones, otros han declarado oficialmente la muerte de la política y del estado a manos de la economía y el mercado. Después de esto, ¿qué nos queda? La nada, un mundo resuelto por puras interpretaciones donde todo es válido, en fin, un mundo Matrix en el que no conocemos a ciencia cierta quién es el que mueve los hilos. El ser humano actual se encuentra más perdido que nunca en un maremagno de símbolos, signos e interpretaciones que intentan dar sentido a una existencia confusa, en un mundo que cree entender: hoy, más que cualquier otro tiempo, gracias a la cacareada sociedad del conocimiento, la información que poseemos es infinitamente mayor y más completa que la de un hombre, pongamos el caso, de la Edad Media. Todos estos conocimientos que se abren ante nuestros ojos, la revolución tecnológica o las transformaciones culturales, resultado de los intercambios culturales entre las diferentes culturas facilitado por la globalización de las comunicaciones, han hecho más complejo el panorama. Este proceso que se esta llevando a cabo en las sociedades actuales -resultado del descrédito de creencias y valores que se creía hasta no hace mucho como firmes y sólidas-, en muchos casos, vemos cómo ha caído en la negación de todo principios político, social y religioso. Hoy día, como diría Joaquín Sabina, “las niñas ya no quieren ser princesas, y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra”, se prefiere aislarse del mundo, o construirse uno paralelo y de ficción, en las redes sociales, o recluirse en las drogas sintéticas y el alcohol.

lunes, 6 de abril de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (I)

Hoy día se escucha a nuestros mayores que el mundo va a la deriva, que no saben qué va a pasar, que vamos cuesta abajo y sin frenos, que el mundo se mueve por la filosofía del pelotazo o búsqueda del dinero fácil y el hedonismo. Las gentes bienpensantes de misa y comunión diaria coinciden en esta observación: dicen que ya no hay valores, que el hombre se mueve por el egoísmo y la individualidad. En lo personal, dudo que no existan valores, al menos, estoy convencido que el valor fundamental por el que nuestras sociedades se mueven es el del dinero, que posibilita el desenfreno del consumo y el imaginario social de la búsqueda de la riqueza, el status o el reconocimiento. Es cierto que el ser humano es ególatra e individualista, pero también puede ser altruista y solidario. Ahora bien, también es cierto que el deseo se pasea en papel moneda o tarjeta de crédito y nos vuelve creyentes de nosotros mismos. No hace mucho era común “el hoy por ti y mañana por mí”, en nuestros días de deriva de nihilismo existencial hemos caído en el “hoy por mí y mañana también” y, como decía mi sabio padre, “el que venga atrás que arree”. Los demás van siendo lo de menos: los que se mueren de hambre, de calamidades, de guerra o de persecuciones irracionales, los vemos por la tele y “¡pobrecitos!, qué terrible desgracia, qué injusta es la vida…”, pero no es nuestra culpa, no somos responsables, qué se puede hacer cuando el mal ya está hecho, lo único que nos resta es lanzar un “Diosito, Diosito que me quede como estoy”. Es de entender, sobre todo en un mundo en el que las demandas de las sociedades son ilimitadas, sin embargo, los recursos, no. Libertad, igualdad y fraternidad son valores a la baja, trasnochados, en un mundo de pura interpretación y donde cualquier interpretación es igualmente válida que otra. Es el relejo de una sociedad en cambio, donde también el cambio de valores ha sido evolutivo.