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martes, 30 de diciembre de 2025

La historia no pide perdón (ni aplausos)


Por Jesús Turiso Sebastián

 

Marc Bloch, aquel historiador que tuvo la mala costumbre de pensar antes de disparar juicios, dejó escrito que juzgar el pasado con la moral del presente es “el satánico enemigo de la verdadera historia”. Y tenía razón. Pero en estos tiempos de corrección política en modo turbo, donde cualquiera se siente árbitro del bien y del mal histórico desde su cuenta de X o su podcast de sobremesa, parece que lo de comprender ha pasado de moda. Hoy, lo que se lleva es cancelar al siglo XVI de la conquista y poblamiento americano.

Vivimos una lucha encarnizada por la historia, convertida en campo de batalla ideológica. El historiador Eric Hobsbawm ya lo advirtió: el pasado se ha transformado en un recurso político; un decorado glorioso —o vergonzoso— que legitima al presente. De ahí que algunos gobernantes, desde tribunas y mañaneras, repartan culpas históricas como si fueran estampitas morales. López Obrador y Claudia Sheinbaum en México o Nicolás Maduro en Venezuela, por ejemplo, nos ofrecen su propia telenovela de la conquista: los españoles como villanos de bigote torcido en pijama de hojalata y los “pueblos originarios” como almas puras, inocentes y premodernas. En ese relato maniqueo, Cristobal Colón o Hernán Cortés no son un producto de su tiempo, sino una caricatura de Netflix.

Pero la historia no es una serie con buenos y malos. Es una ciencia —sí, ciencia— del entendimiento humano, no un tribunal moral. Como diría E. H. Carr, el historiador puede valorar críticamente un proceso, pero no sentenciarlo con la vara moral del presente. El problema es que en esta era de la “opinión instantánea”, cualquiera se cree historiador. Las redes sociales han convertido la historia en una especie de tertulia futbolera y cada uno tiene su propia alineación moral. 

Esa confusión entre doxa (opinión) y entendimiento es peligrosa. Porque cuando el juicio sustituye al método histórico, lo que perdemos no es solo precisión: perdemos comprensión. El famoso mantra de que “la historia la escriben los vencedores” se ha convertido en una excusa perfecta para negar la autoridad del historiador. Como si escribir con rigor fuera lo mismo que dictar desde el poder. Pero no, la historia la escriben los que investigan, y no todos los que opinan investigan.

El presentismo y un revisionismo histórico instrumentalizado desde ciertos marcos de la corrección política tienden a proyectar categorías morales del presente sobre realidades del pasado, simplificándolas y descontextualizándolas. En este proceso, determinadas corrientes identitarias y de la izquierda —refugiada en lo woke para su supervivencia— han contribuido a reactivar lecturas maniqueas de la experiencia virreinal española, reduciéndola a un relato exclusivamente opresivo y omitiendo su complejidad histórica. Detrás de esta operación no solo hay desconocimiento, sino también una dimensión geopolítica poco debatida: la deslegitimación de lo hispano como espacio cultural y simbólico, especialmente significativa, por ejemplo, en un contexto en el que el español se consolida como lengua de enorme peso demográfico y cultural en Estados Unidos. Resulta difícil atribuir este fenómeno únicamente a la ignorancia, pues la mala fe encuentra en ella un aliado eficaz para el renovado eco de la ideas y creencias negrolegendarias.

En nuestros días donde se impone la corrección política, es moda ya instaurada —incluyendo a polemistas de pluma fácil y vesánica— afirmar que la conquista fue un genocidio. Puede ser una opinión legítima, pero se queda nada más que eso, porque la opinión no es historia. Y, esto es así, porque el historiador, nos recordaba el maestro Bloch, no juzga: comprende. Y comprender no significa justificar, sino entender los hechos en su contexto temporal y humano, con sus mentalidades, sus lógicas y sus límites. No hay pasado puro ni pasado culpable; hay pasado humano, y eso ya es bastante complejo.

El problema es que la política —de todos los signos— ha descubierto el poder que ejerce el relato histórico. La izquierda, más inclinada al discurso que comulga con la leyenda negra, encuentra en el pasado oscuro de España la raíz de todos los males: intolerancia, colonialismo, represión. La derecha, en cambio, se aferra a una épica redentora, una “España eterna” civilizadora y católica. Ambos extremos comparten y ejecutan la misma trampa: convertir la historia en una herramienta de identidad y propaganda. Y esa es la señal: cuando la ideología entra por la puerta, la realidad histórica salta por la ventana.

Julio Caro Baroja lo expresó con lucidez: “cuando una sociedad está preocupada por algo que se da en el tiempo con notas muy distintivas y fuertes, ese algo produce falsificaciones”. Nuestra sociedad, atrapada entre la ansiedad de identidad y la culpa histórica, falsifica el pasado para tranquilizar su conciencia. Pero esas falsificaciones —ya sea la glorificación o la condena— nos alejan del verdadero sentido del conocimiento histórico.

La historia no es una fábula edificante ni una terapia colectiva. Es una disciplina que busca comprender cómo hemos llegado hasta aquí, no para absolver ni castigar, sino para entender las continuidades y rupturas que nos configuran. Como ciencia del hombre en el tiempo, la historia exige ante todo una actitud de humildad intelectual: el reconocimiento de los límites del conocimiento histórico, de la complejidad de los procesos sociales y de la distancia irreductible que nos separa de los actores del pasado.

El historiador no puede erigirse en juez moral absoluto ni imponer lecturas cerradas desde una supuesta superioridad ética construida a posteriori. Cuando la historia se transforma en tribunal y el análisis se sustituye por la condena, deja de ser comprensión crítica del pasado para convertirse en instrumento de legitimación ideológica. Estas “autoridades morales” subjetivas, lejos de enriquecer el conocimiento histórico, obran desde la arrogancia, proyectando los valores del presente como verdades universales, anulando la pluralidad y contingencia que es santo y seña de toda experiencia histórica.

Por eso, cuando escucho a políticos, activistas o incluso académicos hablar del pasado con tono de juez supremo, no puedo evitar pensar en que Bloch tenía más razón que los evangelios: estamos poseídos por ese “enemigo satánico” que confunde el entendimiento con el juicio. Y lo peor es que, en su nombre, se están escribiendo las nuevas “historias oficiales” del siglo XXI, tan sesgadas, utilitarias y adocenantes como las de antaño.

Al simplificar el pasado, ya sea pintándolo de negro (como una tragedia constante) o de blanco (como una gesta heroica), se manipula la historia para justificar ideologías actuales, despojándose la historia de su complejidad real y convirtiéndola en un recurso al servicio de las agendas ideológicas contemporáneas. Estas simplificaciones no buscan comprender el pasado, sino domesticarlo, seleccionando hechos, silencios y énfasis que refuercen identidades, legitimaciones o condenas propias del presente. El modo de sortear estas malas prácticas es asumir una mirada crítica, consciente, tanto de los límites de las fuentes, como de los prejuicios del propio historiador. La verdadera labor histórica no consiste en emitir juicios morales, retrospectivos, ni en medir a los actores del pasado, con patrones éticos actuales, sino en intentar comprender por qué actuaron, como lo hicieron, a partir de las coordenadas sociales, culturales, económicas y mentales de su tiempo, no del nuestro. El pasado es, en esencia, un entramado denso de causas y consecuencias, un rompecabezas en el que intervienen factores múltiples y a menudo contradictorios, cuyas conexiones rara vez son lineales.Asumir esta complejidad no debilita el conocimiento histórico, antes bien, al contrario, lo fortalece y lo protege frente a la instrumentalización ideológica.

Por ello, el historiador riguroso y el amante de la historia se resistirá siempre a los relatos simplistas, porque su afán es entender, no condenar o alabar. Esto significa analizar todas las perspectivas y circunstancias posibles. Para Ortega, entender la circunstancia, consistía precisamente en reconocer que el ser humano no existe de manera aislada, sino siempre en relación con el mundo histórico, social y cultural que lo rodea. La fórmula —“yo soy yo y mi circunstancia”— pone de manifiesto que la vida individual solo puede comprenderse plenamente atendiendo al conjunto de condiciones concretas (épocas, ideas, creencias, entorno, problemas y contingencias) y que la hacen posible. Entender la circunstancia no es justificarla, sino asumir que toda acción y pensamiento humano están condicionados por ese Marco histórico, concreto, sin el cual resultan ininteligibles. En esencia, la historia es un diálogo constante entre nuestro presente y aquel pasado que estamos intentado descifrar.

El pasado no nos pertenece para usarlo como arma ni para proyectar o purgar nuestras culpas. Por ello, no necesita ser perdonado ni celebrado: solo ser comprendido, que no es poca cosa. Quizá esa sea, en estos tiempos de indignación moral y revisionismo emotivo, la forma más revolucionaria de hacer historia. Y, es que, comprender, a diferencia de juzgar, exige pensar. Y eso, me temo, empieza a ser un acto de resistencia.



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