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jueves, 11 de junio de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (IV)

(H)elarte de frío.
No hace mucho tuve la inclinación de entrar a ver una exposición de pintura de un artista de los denominados "emergentes" de pincel fútil y vesánico, ¡craso error el mío! Tras recorrer la sala y superar el trauma visual provocado por dicha visita, salí con la sensación de vacío cósmico, de que la tomadura de pelo se había instituido como género artístico-literario. Su impacto me hizo reo de nocturnidad por esa noche y me mantuvo dando vueltas acerca de cuál era la idea que tenía yo del arte. De esa infausta impresión surgió esto que unas cuartillas pondero.
Por definición una obra de arte es aquella que hace que se mueva algo en el interior del ser humano al contemplarla, que alborote los sentimientos. Es lo que hace que, por ejemplo, Mozart sea intemporal, eterno, y que, a Ricardo Arjona, Melendi o Daddy Yankee, dentro de unas generaciones no les conozcan ni sus santas madres, si es que hipotéticamente vivieran. Hoy el arte está experimentando una llamativa inflación de artistas: cualquier indocumentado, es decir ejecutabrochazos, se puede denominar artista y cualquier ocurrencia defina por él como arte será arte porque el concepto ha suplantado a la creación original. La crisis de valores está también presente en el Arte: ya no es necesario hacer arte para ser artista, el talento creativo es atavismo, está demodé. Esta crisis de valores ha llegado al punto de considerar, por ejemplo, como obra de arte la crueldad de exponer un perro amarrado en una sala sin comer ni beber hasta su muerte frente a los ojos de espectadores incrédulos o las réplicas del Urinario de Duchamp simulando una fuente. Pero si bien hay más artistas que champiñones, el consuelo para aquellos que aprecian el Arte con mayúscula es que, al haber tantos artistas, la mayoría son prescindibles.
La pintura es un caso ejemplarizador de esto último. Me da la impresión que un gran problema de la pintura actual es que los pintores dedican más tiempo a explicar sus ocurrencias "estéticas" que terminan plasmando en un lienzo que a dotar a ese mismo lienzo del duende que haga surgir la sensibilidad del espectador. La obra de arte no necesita ni explicaciones ni interpretaciones, habla por sí sola o, por lo menos, debería hacerlo. Sin embargo, una parte del arte entendido como contemporáneo ya no dice nada, no provoca emociones, es un vacío cósmico de sinsentidos que, al lo sumo, provocan indiferencia. La consideración del arte figurativo, el realismo, e incluso, el hiperrrealismo está pasado de moda salvo contadas excepciones. Y esto es consecuencia precisamente de que, desde hace tiempo, estas formas contemporáneas, ante la ausencia de creatividad, han venido cayendo en el retoricismo. A falta de originalidad, este retoricismo necesita ser decodificado porque, después de pegar un zapato viejo o un embudo repetitivamente por activa, pasiva y perifrástica en un lienzo, éste carece de esa originalidad primaria que las obras de arte intrínsecamente poseen. En nuestros días, la dictadura posmoderna de la interpretación y sobreinterpretación, del todo vale, ha aupado a las más altas cotas de consideración a autores con más cara que espalda que se dedican a vender humo disfrazado de arte. La soberbia de estos seudoartistas descalifica las críticas que en un momento dado se les haga, contraatacando con descalificaciones ad hominem del tenor de "son ignorantes" o "qué sabrá el burro cuando es fiesta". No cabe duda que la sensibilidad y la estética artística necesita ser educada y cultivada. Estos considerados artistas hacen flaco favor a este propósito y, en muchos casos, disimulan su pésima técnica y nula originalidad con auténticos vademecums explicativos. Éstos, en el mejor de los casos, no elucidan nada y, en el peor, dejan al espectador con una cara definida con versos de Rafael Alberti: “yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”. Algunos de estos autores, carentes de todo pudor y sindéresis, tienen incluso la osadía de lanzarse a incluir supuesta poesía, ejecutada por ellos mismos, junto a sus "creaciones" para describir el significado de su obra. Queda muy "artístico", seguramente, pero es una auténtica cursilada. 
En fin, el Arte de verdad compite en hoy día en desigualdad de condiciones con el lucrativo negocio de vender humo juntando brochazos en lienzos y letras en los formatos explicativos de las obras. A la propagación de este negocio están contribuyendo el dañino esnobismo de mecenas, el impulso de críticos de estómago agradecido sin escrúpulos o carentes de criterio y salas de exposición, verdaderas industrias de promoción de la mediocridad en aras del adocenamiento de la sensibilidad del espectador. Ello se traduce, por un lado, en una degeneración del Arte y, por otro, en que las circunstancias de muchos artistas de genio e inspiración, pero con menos predicamento, concluyan por definir el arte, el de creatividad, el que trasciende a sus contemporáneos, como (h)elarte de frío. Tendrá que ser así. Mientras tanto, este burro seguirá sin enterarse de esta fiesta.

lunes, 1 de junio de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (III)

  Y después de la nada… el vacío.
Es muy posible que estos nuevos modelos de sociabilidad sean el resultado de una kunderiana insoportable levedad del ser, de ese vacío existencial que le conduce al ser humano a refugiarse en artificios como forma de huir del vacío o de llenarlo. Y, es que, es universal de todo tiempo y cultura el temor del hombre al vacío. Recuerdo con cariño las explicaciones de un admirado catedrático de historia del arte sobre lo abigarrado de la decoración barroca como necesidad de llenar todos los espacios, provocado por un inquietante horror vacui. Es ese mismo horror vacui, que le suscita la falta de conocimiento o incomprensión de la realidad, lo que lleva al ser humano a dar respuestas irreales o engañosas a sus necesidades explicativas del mundo que le rodea antes que hacer frente al aterrador vacío.  De este terror se sirven unos pocos, los poderosos o las más vivos, para hacer su particular agosto de beneficios, sean económicos, políticos, sociales o de otra índole. En muchas partes del mundo muchos individuos más que nunca se mueven por intereses estratégicos: la ética queda relegada a un segundo plano ante el interés pragmático y los beneficios, dejando subordinada la moral o la moralidad de los actos. Las leyes son acatables siempre y cuando sirvan para ponernos en ventaja frente a los competidores, es decir, cumpliré la ley cuando me convenga. Se trata de un todo vale, seguido de un sálvese quien pueda, esperando uno mismo a ser uno de los privilegiados que se encuentre dentro de un imaginario bombo salvífico. Leemos en la prensa día sí y día también casos donde los poderosos siguen esta máxima, ejemplos abundan: vemos cómo los estados están al servicio de las grandes multinacionales, holdings y grandes bancos, que van minando la esencia misma del Estado independiente, su soberanía. Otro ejemplo más: en el sistema democrático se da la paradoja de permitir que personajes de talante totalitario y antidemocrático lleguen al poder y socaven las bases soberanas y democráticas del Estado, como ha sucedido en países como el caso de Venezuela. Cuando las reglas del juego democrático no me sirven para mis fines, las cambio. Vemos cómo cuando llegan al poder procuran hacer los necesario (cambiar las leyes, la constitución, etc.) para perpetuarse en él. Y, cuando esto no  ha sido posible, llegan al extremo de darse un autogolpe de estado para liberarse de la oposición parlamentaria, como sucedió en los años 90 en el Perú con Alberto Fujimori.
¿Qué pasa con el hombre de hoy? En general, una sociedad hedonista y del disfrute como las sociedades occidentales del Estado del Bienestar se aboca, o mejor dicho, se desboca hacia la indolencia. La cultura burguesa de nuestros días, sustentada en el parecer más que en el ser, ha evolucionado hacia una especie de individualismo perverso, insolidario, que mira de reojo las desigualdades y la justicia social. Sólo cuando ve correr peligro de la comodidad de ese estatus “privilegiado” y el pánico y la desesperación llaman a la puerta de una casa hipotecada que ya no pueden pagar, se pierde el empleo, y se llega a la imposibilidad de pagar tarjetas de crédito nutridas de compras a meses sin intereses, es sólo entonces cuando, parafraseando a Albert Camus, los hombres comienzan a vivir a la altura de su desesperación y se rebelan. Es en este punto en el que pueden llegar a ser para el sistema el peligro. Sobre él,  advertía Walter Lippmann, al convertirse las masas en “el rebaño desconcertado que brama y pisotea”, que tiene la “osadía” de exigir la participación activa dentro del sistema democrático y en la toma de decisiones que les afectan. El Estado de Bienestar, entonces, ha venido siendo un soma que ha mantenido a estas masas embrutecidas sin capacidad de pensar por sí mismas, incapaces, incluso, de comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor. Los vacíos existenciales de estas masas han sido colmados, con el pan espiritual de las religiones y de las creencias manipuladas, y con el circo elaborado a través de los mass media y de las nuevas tecnologías. Con ello se han conseguido alcanzar dos resultados: hacer más soportable la realidad de esos vacíos y mantener adocenada o anestesiada a la sociedad. Para que el individuo, individuo social, pueda liberarse de las cadenas de esta esclavitud tiene que ser, en primer lugar, consciente de dicha esclavitud. Sin embargo, esta consciencia está sistemáticamente impedida por la constante aparición ante sus ojos de ilusiones o paraísos irreales pero con apariencia necesaria. Las necesidades aparentes, provengan de las alturas del poder, del bombardeo propagandista de los medios masivos o de religiones y creencias provisoras de edenes, opacan la realidad de las cosas y dotan de placeres sublimados pero fugaces y facilita la sumisión de cualquier tipo de disidencia.
La huida de la realidad del hombre actual sometido a un nihilismo cada vez más aberrante es constatable hoy día, tal vez por aquello que decía Ortega  (2008) en Pidiendo Goethe desde dentro de que “todos sentimos nuestra vida real como una esencial deformación mayor o menos de nuestra vida posible (…)” (p. 126). Esta huida de la realidad ha relativizado las grandes religiones, ha convertido a Dios en un ente quimérico, manipulando sus creencias y dogmas a imagen y semejanza de esa “vida posible”. Si bien las sociedades actuales están profusamente laicizadas, sin embargo, el mundo de los dioses se ha multiplicado de manera directamente proporcional al descrédito de la religión. Cada uno de estos dioses, por su puesto, amerita su propia iglesia (hasta Maradona tiene la suya), sus propios dogmas, su propia liturgia y, así, vemos cómo la cosecha de dioses nunca se acaba. Todo ello ha detonado un proceso de inflación divina que desacredita más las otrora asentadas creencias religiosas. Y esto se está dando hasta tal grado que estas “nuevas” religiones están incluso deformando las “nobles” intenciones de las disidencias sectarias de las grandes religiones. Si históricamente muchas religiones surgen como un desprendimiento sectario y herético de una religión ya establecida –así sucedió, por ejemplo, con el cristianismo respecto del judaísmo-, en nuestra época la nuevas religiones se configuran con un colage variopinto de ideas, credos, dogmas y rituales, recogidos de aquí y de allá (la ciencia, la naturaleza, el sexo, los mitos y dioses ancestrales,  lo paranormal o los ovnis) pero con el fin mesiánico de siempre de la salvación. Surgen así estructuras eclesiásticas ad hoc basadas en la autonomía del consumidor, las cuales son el resultado palmario de la libertad de elección y el pluralismo.
No se trata aquí de establecer una valoración de qué religión o creencia religiosa o parareligiosa es mejor o cuál es más destructiva para el hombre, no. Al fin y al cabo, cada uno es ¿libre? de elegir la creencia o sistema de creencias, ideología o filosofía que mejor le obnubile, le esclavice, le confeccione ilusiones escatológicas o le llene los vacíos explicativos de su realidad mundana intrascendente. Porque, al fin y al cabo, como dijo Gorgias en aquellos lejanos tiempos de la Grecia antigua, nada existe en absoluto y, eso, es absolutamente cierto. Si nada existe en absoluto,  si ese nihilismo gobierna nuestra existencia, cualquier forma de llenar el vacío explicativo de un mundo aparente es tan válido como las demás.
Este relativismo ha traído consecuencias, si no perturbadoras, sí bastante discutibles, sobre todo cuando nos encontramos con grupos o movimientos, que pudiéramos denominar, “políticamente correctos” que rechazan cualquier jerarquía de valores, para los que todas las culturas merecen el mismo respeto; o  movimientos defensores de los animales para los que la vida de un animal vale tanto como la de un ser humano. Esto en  muchos casos lleva a relativizar algo tan fundamental como los valores universales. Éstos están necesariamente por encima de cualquier cultura. Sin embargo, se nos han planteado elementos, que podríamos denominar culturales –como la democracia,  el sistema liberal-capitalista o los valores occidentales-, como valores universales (se ha tildado este hecho desde el relativismo y el pluralismo cultural como etnocentrismo). De la misma manera, defensores del relativismo cultural piensan en que las culturas minoritarias se respeten aparte, sin intervención externa,  aisladas, en especie de ghettos que preserven su identidad y pureza. Por su parte, aquellos que abogan por el pluralismo cultural defienden que todas las culturas son iguales, por lo que presuponen la posibilidad de una convivencia armónica dentro de un marco de respeto recíproco.  Se nos plantea aquí, como señala Gustavo Bueno "Etnocentrismo cultural, relativista cultural y pluralismo cultural" (2002), estas tres opciones como disyuntivas entre las cuales hay que elegir, por lo que no cabe aquí hablar

de conflictos de culturas, o de conflictos de civilizaciones; tampoco cabrá hablar de integración o de expansión de culturas. Todas estas expresiones habrían de ser reexpuestas en términos de conflictos de elementos culturales, o de integración, o de difusión de elementos o rasgos culturales. Por ello, quien considere a un elemento cultural (pongamos por caso, el sistema democrático) como universal, no podrá sin más ser acusado de etnocentrismo. Menos aún podrá ser acusado de etnocentrismo (o de monismo cultural) quien reconozca y defienda la universalidad del teorema de Pitágoras, como elemento desprendido, no ya de la cultura griega, sino de toda cultura, como estructura válida para todas las culturas, por encima de cualquier relativismo (p. 3).

Es difícil adoptar, una posición o una perspectiva porque, te pongas donde te pongas, en este mundo de colores, posturas e identidades en el que nadie queda fuera de una, te cae el descalificativo o la sentencia del gran cantaor flamenco Camarón de la Isla: “Me critican porque bebo/ y me gustan las mujeres, / lo mismo que te critican si no te gustan y bebe".