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viernes, 11 de septiembre de 2015

LA CORRUPCIÓN COMO CARCOMA SOCIAL (I)


UNA PRIMERA REFLEXIÓN.
“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca” les decía Marcelo a Horacio y a Hammlet en la genial obra de Shakespeare. La putrefacción, sin duda, es uno de los sinónimos del término corrupción. Pues bien, algo podrido huele en nuestro mundo cuando uno de los principales temas de las agendas políticas, de las páginas de los periódicos, de las cabeceras de la radio y televisión, de las conversaciones en la calle, etc., es el de la corrupción. Con esta expresión damos sentido a la percepción que se tiene en amplios sectores de la sociedad de que algo no funciona: democracias virtuales, sistemas financieros que pisotean sin escrúpulos al ser humano y que medran con la especulación, políticos que se pervierten lucrándose y lucrando a los que les rodean con los recursos públicos gracias a la prevaricación, funcionarios públicos que medran con la coima o la mordida, famosos que se ganan sus cuartos mediante el insulto gracias a la telebasura, “ciudadanos” que se aprovechan de la debilidad de otros para sacarles tajada, etc. La corrupción no es algo nuevo, que haya surgido como consecuencia de fenómenos del presente como la globalización o el sistema financiero internacional.
Pues bien, la corrupción, en especial en nuestros días, es una manifestación caracterizada por su complejidad a la hora de analizarla, dado que es difícil de delimitar lo qué es corrupción y de las debilidades propias de la condición humana. La corrupción es vista como cáncer interno de la sociedad y la degeneración de las buenas costumbres, por ello resulta la ruptura de la civilidad, es decir, del pacto social.
En este panorama actual, real, sobre el que se asienta el juego social de nuestra cotidianeidad, pareciera significar la reflexión del genial Sofocleto que distinguía dos tipos de personas en el mundo: los conchudos y los cojudos, cuyo bienestar se sustentaba en aprovecharse de la cojudez de los primeros. Esta visión humorística de la condición humana no es más que el reflejo de un universal histórico: la existencia en todo espacio y en todo tiempo de sujetos pacientes de la historia y de individuos o grupos de individuos agentes de la historia que la han ido construyendo con mañas, malos usos y demasiados abusos en beneficio de sus intereses y la de su clientela. En este sentido, la corrupción es también un universal común en todo tiempo y lugar, por lo tanto, es un fenómeno histórico, y ello es así porque forma parte de la misma condición humana y del ser social que los humanos somos. Así pues, la corrupción es exclusiva de los seres humanos y solo ellos son capaces de manifestarla, porque es un resultado de la racionalidad de la que, por ejemplo, los animales carecen.
El planteamiento que sostengo es que la corrupción que tanto nos atribula en nuestra época y que la sociedad, generalmente, pone su dedo acusador en los políticos, es la consecuencia de la propia podredumbre de nuestras sociedades actuales. Los políticos, banqueros, empresarios, etc., no son más que el reflejo de la propia sociedad. Con ello quiero decir que la corrupción no es algo genético o innato al ser humano, sino que su origen se sitúa en la identidad del zoon politikon, es decir, en el vivir en sociedad. Todos los seres humanos tenemos la capacidad de corrompernos, no es cuestión ni siquiera educación o de cultura. Han existido personajes de cultura elevada y, sin embargo, han pasado a la historia como grandes corruptos. Como ejemplo, pondríamos a el Duque de Lerma, ministro del rey Felipe III, el se enriqueció al convencer en 1601 al rey  para que trasladase la corte de Madrid a Valladolid. Este pillo ministro se lucró gracias a una maniobra de compra de terrenos meses antes del traslado de la Corte, vendiendo después los terrenos al estado a precio de oro a la corona. ¿Se nos hace familiar este fenómeno de especulación inmobiliaria con situaciones actuales de algunos políticos?
Por lo tanto, todos podemos ser corruptos. La buena noticia es que de la misma manera todos podemos ser virtuosos. Del triunfo de la tendencia a la virtud dependerá la ruptura de ese equilibrio inestable entre los dos opuestos a favor de la primacía de las acciones virtuosas.  Platón, situaba las causas de la corrupción en la riqueza y en la indigencia: la primera porque “trae la molicie, la ociosidad y el prurito de novedades”;  la segunda, por su parte, conlleva también “ese mismo prurito y, a más, la vileza y el mal obrar”. Por lo tanto, la virtud sería la antípoda de la corrupción. Y, en este sentido, la virtud sería la capacidad de desarrollar, por encima del mal, la justicia, que es la virtud por la cual una persona dirige sus acciones hacia el bien común. La virtud, consiguientemente, nos orienta a realizar lo correcto, a obrar con justicia con respecto a las demás personas. Según esto, la corrupción, al igual que la virtud, no es una facultad de los seres humanos, sino más bien un hábito. Por lo tanto, la virtud es el hábito opuesto a la corrupción, de tal manera que, como señala Aristóteles en la Ética a Nicómaco, si los hábitos nos alejan del cumplimiento de nuestra naturaleza de cumplir con el bien, se convierten entonces en vicios, es decir, en corrupción.