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sábado, 15 de octubre de 2016

EL SIGLO XVII HISPÁNICO A TRAVÉS DE LOS OJOS DE CERVANTES




Jesús Turiso Sebastián 



La mentalidad hispánica, los españoles, hemos sucumbido históricamente al fácil acomodo de la responsabilidad de sus fracasos al “otro”, a los elementos o al empedrado que no permite avanzar. Durante últimos años del siglo XVI se empieza a vislumbrar el comienzo del fin de una época de prosperidad que va terminar por sepultar en las ruinas de su esplendor un imperio donde nunca se ponía el sol.

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
(Francisco de Quevedo)

El bajo perfil autocrítico -sutentado en una mal entendida concepción de virtudes como el honor y la honra- conllevó a que, desde el rey hasta el labriego más mísero, culpabilizaran de las desgracias del país a cualquiera menos a sí mismos. Felipe II, cuando conoció la noticia de la derrota de  la Armada Invencible por la flota inglesa, debido a la ineptitud de los mandos y al mal tiempo, expresó desolado “yo no he mandado mi flota a luchar contra los elementos”. Los arbitristas españoles de los siglos XVI y XVII –reconocidos pensadores económicos vinculados a la Escuela de Salamanca- señalaban a la usura de los banqueros extrajeros la causa de las enfermedades económicas de España. Francisco de Quevedo, uno de los grandes poetas del siglo XVII, en La hora de todos y la fortuna con seso atribuía los males del país a los franceses con aquella lapidaría sentencia de “y ahora veo que los Franceses sois los piojos que comen a España por todas partes y que venís a ella en figura de bocas abiertas, con dientes de peines y muelas de aguzar”.  Sin duda, estas apreciaciones tenían su base: desde la llegada de Carlos V al trono, España experimentará el proceso de, primero, la imposición de dirigentes extranjeros traídos por el nuevo rey que intentaron sustituir el modelo foral castellano de libertades individuales (nadie es más que nadie) por el artificio de los nuevos modelos políticos y económicos europeos; y, segundo, el del aislamiento y autorreclusión a las influencias externas por mor de la contrarreforma, como estrategia defensiva de la espiritualidad católica frente a la amenaza de hordas protestantes centroeuropeas y en las virtudes morales derivadas de la fe. En fin, parafraseando a Ortega, la historia de una nación no es únicamente la historia de su formación y apogeo, sino también la historia de su decadencia.[1]

La conciencia de fin de una época, de crisis de la conciencia, la sensación de angustia generalizada, de que el mundo se estaba hundiendo en rededor, de que ya no nos pertenece, no siempre ha sido inmediata pero sí dolorosa. El ser humano, acostumbrado a asistir a la decadencia biológica que finaliza con la muerte del cuerpo, ha elaborado siempre estrategias para superar el dolor que supone la conclusión de un ciclo. Estas actitudes iban orientadas a la superación de la crisis provocada, seguramente, por la incompatibilidad entre lo vivido y lo anhelado.

En este siglo, España cerró un curso histórico de esplendor cuando en su imperio no se ponía nunca el sol y abrió otro de descomposición global, dramática zozobra, agonía y paradójicos empeños de asilo y, a la vez, evasión del mundo. La época del Barroco quizá sea un de los períodos donde esté más presente la sensación de decadencia y también de evasión del mundo. Maravall sostiene que el Barroco es una respuesta de los grupos más dinámicos de la sociedad a una profunda crisis de casi cien años que está relacionada con las fluctuaciones críticas de la economía durante ese tiempo crisis y va unida a otra no menos profunda de carácter social.[2] No por nada, Américo Castro, para el ámbito hispánico, la denominó la edad conflictiva. Las causas de esta decadencia son de sobra conocidas: la contrarreforma de la iglesia que reforzó la autoridad del papado, la guerra de los treinta años, desarrollo del absolutismo, epidemias y pérdida de población, etc. Finalmente, la derrota de la Armada Invencible, que resultó no serlo tanto, había sumido en un estado de desasosiego, atonía y desesperanza a un país que, tras ser uno de los mayores imperios, se había convertido en  un potencia decrépita y patética de segunda fila en el concierto europeo.  La imagen del escuálido hidalgo de la Mancha, bien pudiera ser la imagen de la España del XVII.  En este contexto, las únicas reacciones posibles van a ser, por un lado, la constatación del fracaso y la decadencia mediante pasquines aparecidos en Madrid donde se representa a España  como “una figura enferma y un médico tomándole el pulso y recitando: no hay otro remedio que tomar el acero[3] y, por otro, el refugio en la nostalgia de los “paraísos perdidos” de una época de grandeza ya perdida. Bartolomé de Góngora en El corregimiento sagaz (1656) lo expresa meridianamente: “Dejando yo ahora los varones heroicos en todo género de aquel siglo del prudente Rey don Phelipe, baste decir que en él floreció el mismo Rey en quien hago epílogo del talento más escogido (en su modo) de aquella edad a mi parecer Siglo de Oro”. Existe, pues, una conciencia generalizada en la mentalidad del siglo XVII de irremediable ocaso. España es en estos momentos el resultado de una decadencia no planeada. Es como si desde la derrota de la Armada Invencible se hubiera eclipsado el sol y detenido el mundo para España. Es como si en el mortecino coso español se empezara a lidiar entre la disyuntiva res de atrincherarse en una religiosidad contrarreformista cerrada y cerril, recluida en su propio senequismo estoico, y la de bajarse del mundo, un mundo de ensoñaciones, esclerótico y atribulado por el agotamiento histórico. Pero junto a esta inercia decadente se va a dar una fuerza opuesta, un movimiento de regeneración manifestado en la desbordante y genial creatividad del pensamiento, la cultura y el arte. La decadencia, en sí, no es mala ni buena, “sino todo lo contrario” (presidente  mexicano Echeverria dixit): aparejadas vienen con ella sus regeneraciones. La regeneración en España trajo, tal vez, el período histórico más esplendoroso de la cultura y el arte español, un Siglo de Oro glorificado, y en cierta manera, envidiado y referenciado en la Europa del barroco. Se puede observar, en fin, cómo en el movimiento de la historia, en ese devenir de continuidades y discontinuidades, tras la decadencia y el fin de ciclo acostumbra a llegar un nuevo comienzo y una regeneración.

A la espera de esa regeneración, el español de pueblo, de la machadiana España de charanga y pandereta, que empezó a levantar sus cimientos en épocas decadentistas, elaboraba estrategias de supervivencia. Estas estrategias pasaban por la tan hispánica búsqueda de los paraísos perdidos, América como refugio de los desesperados de España –como la definió Cervantes en El celoso Extremeño- o en buscar cobertizos en virtudes metafísicas que adornan mucho pero no matan el hambre. Pero como diría Ortega, otra vez el sabio Ortega, “Sólo debe ser lo que puede ser, y sólo puede ser lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es. Fuera deseable que el cuerpo humano tuviese alas como el pájaro; pero como no puede tenerlas, porque su estructura zoológica se lo impide, sería falso decir que debe tener alas”.[4] O, dicho en palabras de hombre del pueblo, del gran torero Rafael Gómez “el Gallo”: “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”, por lo que a falta de pan buenas son tortas, sentencia el refrán. Centrémonos, pues, en esas virtudes metafísicas que engrandecen el espíritu humano pero que no sacian al estómago.

El humanismo ideal hispánico.

El humanismo hispánico del XVII está influido por la moral rigorista católica tridentina. Una moral católica sustentada en las virtudes teologales, afianzadas y reafrmadas por las controversias teológicas del cristianismo en el siglo XVI,  controversias teológicas integradas en el manual de vida cotidiana de los Ejercicios espirituales de San Ignacio. En un ambiente de pugnas teológicas de protestantes y católicos, de reformistas y contrarreformistas, de escisiones radicales, España se encierra en sí misma, elabora su ideal humanístico a imagen y semejanza de sus dogmas y creencias, sin ningún margen a la disidencia, y se convierte en la reserva espiritual de Europa y en azote de herejes.   

Cervantes, prototipo hispánico donde los haya, singulariza en don Quijote los ideales hispánicos -que no necesariamente tenían que adaptarse a la realidad convulsa, desconcertante y a la falta de vigor de un imperio en retirada que se atrincheraba en los rescoldos de grandezas recientes lamiendo sus heridas-: generosidad, valentía, caridad y empatía con el débil, misericordia, justicia, defensa de cusas perdidas, fe y religiosidad. La filosofía moral que expresa don Quijote a Sancho reflejan esta cosmovisión cervantina humanística:

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico […]
Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues con el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino de la misericordia [...]
Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable[5], sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muestrale piadoso y clemente, porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.[6]

Sin duda, don Quijote representa la imagen de la España que se necesitaba en esos momentos para salir del atolladero en el que se metió en el siglo XVI, es decir, la España del sacrifico, el esfuerzo y el pundonor personal afincados en la virtud moral a pesar de la desdicha:

Lo que te sé decir –don Quijote dirigiéndose a Sancho-… que cada uno es artífice de su ventura. Yo he sido de la mía, pero con la prudencia necesaria, y, así, me han salido al gallarín mis precauciones, pues debiera pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de Rocinante. Atrevime, en fin; hice lo que pude, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud [...].[7]

No por nada el ideal humanísta hispánico, de profunda raíz cristiana, se expresa vivamente con el refrán de “haz el bien y no mires a quien”, porque, como asevera don Américo Castro “Cervantes siente hondamente el valor de las virtudes cristianas en cuanto amor y comprensión al prójimo. Su cristianismo se basa más en la conducta que en las aparentes ceremonias. La caridad y el perdón de las injurias mueven su pluma con expresiva elocuencia”.[8] No por nada Sancho recibibirá de su señor el inestimable consejo de “Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso”.[9]

Honra y honor: patrimonio del alma.

A fuerza de machacar y machacar, otro de los tópicos que ha constituido nuestro  hispanismo ha sido el de Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra,  frase atribuida al Almirante español de la Guerra del Pacífico Casto Méndez Núñez y que, sin duda, es la manifestación de ese quijotismo hispánico histórico. En el diccionario de Autoridades de 1734 se define la honra como  “pundonor, estimación y buena fama, que se halla en el sujeto y debe conservar” y “se toma también por la integridad virginal de las mujeres”. Por su parte, se define el honor como “reputación y lustre de alguna familia, acción u otra cosa”, asimismo “significa también la honestidad y recato en las mujeres”, de tal manera que honorable, sería “lo que es digno y merece ser honrado”. Francisco de Vitoria, teólogo y jurista del siglo XVI, definía el honor como “la deferencia que se debe a la virtud y de nada vale ser honesto si no se tiene reputación de serlo”.  La honra, tema fundamental de las letras hispánicas en los siglos XVI y XVII, se constituye en la aldaba de una cosmovisión imperante inscrita en un sistema de valores sociales que concluyen por reclinarse en la opinión del “otro”. Lope de Vega no da puntadas sin hilo cuando en Los comendadores de Córdoba constata que:

Honra es aquella que consiste en otro.
Ningún hombre es honrado por si mismo,
que  del otro recibe la honra un hombre…
Ser virtuoso un hombre y tener méritos
no  es ser honrado… De donde es cierto,
que la honra está en otro y no en él mismo.

Es, por tanto, la estima o desestima social la que resalta quién es honrado y la coloca el inri[10] de quién no lo es, lo cual habla de la arbitrariedad y fragilidad de la fama social frente al honor que está en cada uno, es entero y bien asentado. En este sentido, el honor es atributo de la virtud, no necesita justificación, tal existe y vale a pesar de la actitud que tomen los demás; la honra pertenecía a alguien, se ganaba o se perdía. Por boca de don Quijote sentencia Cervantes: “Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de la gente impreso y en estampa”.[11] Este tipo de mecanismos mentales pueden explicar parte de la epopeya americana de aquellos españoles que llegaban a lo desconocido para ellos, a un mundo de peligros e incertidumbres a “ganar y mantener honra”, de tal forma que el propio Cervantes condecoró a América en El celoso extremeño con el distintivo de “refugio de los desesperados de España”.

            El concepto de honor, o la virtud del honor, ha sido un tema recurrente a lo largo de la obra de Cervantes.  Pero, ¿por qué Cervantes tiene muy presente siempre el honor entendido como virtud que rige las acciones humanas? Pues bien, la explicación no solo se sitúa en el contexto social y la mentalidad, que lo convierten en un tema estrella de la época, sino además hay que entenderlo dentro de un contexto personal: las vivencias del propio Cervantes que van a influir en la presencia de este valor social en algunas de sus obras. Manuel Fernández Álvarez da una explicación acerca de la razón por la que Cervantes recurre al tema del honor en su obra. Cuando la familia de Cervantes, siendo ya un adolescente, traslada su residencia de Cabra a Sevilla en 1563, asistió a un sangriento suceso, consecuencia de un pleito de honor: un tabernero encontró a su esposa sirviendo al amor con un mulato. La justicia, conforme a las leyes de la época, condenó a muerte a los culpables y les entregó al marido deshonrado para que dispusiera de sus vidas. El esposo hizo uso de su derecho y acuchilló repetidamente a la adúltera mujer y a su amante, con ello limpiaba desde el punto de vista social el honor fmiliar al grito de “¡Cuernos fuera!.[12]

            En la escala de valores morales, en el sentido aristótelico, Cervantes ubica el honor como una facultad excelsa.  A través de los personajes de sus novelas sitúa al honor como componente de la virtud, en el sentido de excelencia humana y como acto propio de la esencia humana. Entendido de esta manera, Cervantes forma parte de la corriente del pensamiento humanista que considera el honor como una virtud autónoma, no dada por nadie: “[…] si tomas por medio la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.[13] A diferencia de la honra, que era resultado de la consideración exterior, el honor es un atributo metafísico propio de la virtud individual porque “la virtud y el buen entendimiento siempre es una y siempre uno: desnudo o vestido, solo o acompañado. Bien es verdad que puede padecer acerca de la estimación de las gentes; más no en la realidad verdadera de lo que merece y vale”.[14] Por lo tanto, la opinión pública en nada contamina la esencia verdadera del honor. Es decir, una persona virtuosa es así a pesar de lo que se diga de ella, porque la virtud del honor es, única y exclusivamente, patrimonio del alma. Uno pierde el honor, no por causa de la infamia vulgar de los demás, sino por propias acciones que contrarían la virtud. Por tanto, las obras definen a las personas y Cervantes lo deja claro en el Quijote: “[…] Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado […]”[15]  El honor proviene, pues, de la virtud, es intrínseco a la persona, y algo todavía más importante, el honor lleva a realizar obras virtuosas.

          En fin, el padrastro de don Quijote –como se autonomina Cervantes en la primera edición de El Quijote- ancla necesariamente su humanismo en las virtudes fundamentales que constituyen el ser hispánico en los siglos XVI y XVII. Difïcilmente, sería entendible la cosmovisión hispánica de la época sin un modelo de moralidad que intenta mantenerse a capa y espada en un mundo en el que observa cómo los “muros de la patría mía” se derrumban desde el enrás del adarve[16] hasta el pie.



[1] José Ortega y Gasset, La España invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos, Editorial Espasa Calpe, 1921, p. 19.
[2] José Antonio Maravall, La cultura del barroco, Editorial Ariel, Barcelona, 1975, p. 55.
[3] “Cartas de algunos PP. De la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la monarquía entre 1634 y 1648”. Cfr. Julio Caro Baroja, Las formas complejas de la vida religiosa (siglos XVI y XVII), Editorial Sarape, Madrid, 1985, p. 338.
[4] José Ortega y Gasset, op. cit., pp. 126-127.
[5]  “Hombre miserable” se debe entender aquí como “hombre que es digno de misericordia”.
[6] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Madrid, Real Academia Española de la Lengua, Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004, II parte, cap. XLII, pp. 869-870.
[7] Ibídem, II parte, cap. LXVI, pp. 1054-1055.
[8] Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, Madrid, Ed. Crítica, 1987, p. 307.
[9] Miguel de Cervantes, Don Quijote…, op. cit., II parte, cap. XLII, p. 870.
[10]Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum", inscripción que se puso en la cruz de Cristo y significa “Jesús de Nazaret, rey de los judíos”.
[11] Ibídem, II parte, cap. III, p. 568.
[12] Manuel Fernández Álvarez, La sociedad española en el Siglo de Oro, Ed. Gredos, Madrid, 1989, vol. II, pp. 583-584.
[13] Miguel de Cervantes, Don Quijote..., op. cit., II parte, cap. XLII, pp. 868-869.
[14] Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros, cit. por Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, Ed. Crítica, Madrid, p. 362.
[15] Miguel de Cervantes, Don Quijote..., op. cit., II parte, cap. XXXII, p. 800.
[16] Parte superior de una muralla medieval.