Buscar este blog

viernes, 22 de septiembre de 2017

CARTA POLÍTICAMENTE INCORRECTA A JULIO QUESADA MARTÍN Y ADOLFO GARCÍA DE LA SIENRA


Malos tiempos para el que decide declararse como español, porque no faltará algún progre de tarjeta de visita o tolerante de pijama, padrenuestro y orinal, otorgador de patentes de demócrata, que te llame fascista. Me solivianta que se encarte en el fascismo a aquellos que se partieron la cara y se jugaron la vida por defender in illo tempore la posibilidad de ser como cada uno quisiera ser: este es vuestro pago. Este mundo de la infinita interpretación ya no permite la kunderiana idea de que “nuestras vidas están bombardeadas por casualidades”, y definitivamente se ancla en la dialéctica bipolar del “piensas como yo o estás contra mí”. Y ya sabemos que las siguientes estrofas de la copla las escribió ya hace tiempo un tal Carl Schmitt, para el que la mera existencia del otro es percibida como una amenaza ontológica o existencial a la propia vida y, por lo tanto, es preciso exterminarlo para que triunfe la causa. Estamos en una época en la que se ve remontar el vuelo a la Avecilla de Hölderlin, época de regreso al dasein, o igual nunca nos ha abandonado. Esa filosofía del dasein que tantas tumbas ha excavado, ese eterno retorno de lo mismo nietzcheano que vosotros tan bien conocéis. Razón no te faltaba mi querido Julio cuando defendías ante tirios y troyanos, hasta en las reuniones de vecinos del portal, que el dasein heideggeriano no era otra cosa que la metafísica racial del ser. Las escuelas de idiotez –del griego idiotés (lo mío, lo propio), que explicaría el gran Gustavo Bueno-, proliferan como los champiñones y todos los idiotas se adhieren a ellas con la naturalidad propia del idiota. Hoy lo estamos viendo por todo el mundo cómo, en tiempos de crisis y convulsión, afloran todas estas identidades asesinas a veces totalmente diáfanas, y otras, disfrazadas con piel de cordero de la tolerancia y la democracia. Detrás de esos que se autodefinen como buenas personas en público y se rasgan las vestiduras por la libertad, que respetan la multiplicidad de pensar y de ser, detrás de la consigna de la tolerancia a la diversidad en todas sus manifestaciones, adalides de la esencia que se dicen representantes de una totalidad en la que nunca se considera la existencia de las partes, se encuentra la defensa de la etnia, las culturas únicas e irrepetibles y el pensamiento uniforme, que propenden imponer un todo vale, con tal de no alterar la “pureza” y autenticidad del ser, su ser. Y esta manera de entender la identidad cultural, imbuida de un carácter fuertemente comunitario que restringe la libertad individual y que recuerda más a la xenofobia que al respeto al otro, no es más que -se ponga como se ponga al que no le guste o se sienta reflejado en este diagnóstico- metafísica racial del ser. Y qué pena me da mirarte cuando te miro y asistir a cómo las alas de la idiotez de esta Avecilla de Hölderlin se están haciendo tan grandes que terminarán por no dejarla caminar y, seguramente, tampoco volar.

viernes, 23 de junio de 2017

(H)ELARTE DE FRÍO O UNA MALA NOCHE LA TIENE CUALQUIERA

Por Jesús Turiso Sebastián. 



No hace mucho tuve la inclinación de entrar a ver una exposición de pintura de un "artista emergente" de pincel fútil y vesánico, ¡craso error el mío! Tras recorrer la sala y superar el trauma visual provocado por dicha visita, salí con la sensación de vacío cósmico, de que la tomadura de pelo se había instituido como género artístico-literario. Su impacto me hizo reo de nocturnidad por esa noche y me mantuvo dando vueltas acerca de cuál era la idea que tenía yo del arte. De esa infausta impresión surgió esto que en unas cuartillas pondero. 
Por definición una obra de arte es aquella que hace que se mueva algo en el interior del ser humano al contemplarla, que alborote los sentimientos. Es lo que hace que, por ejemplo, Mozart, sea intemporal, eterno, y que, a Ricardo Arjona, Daddy Yankee o Luis Fonsi dentro de unas generaciones no les conozcan ni sus santas madres, si es que hipotéticamente vivieran. Hoy el arte está experimentando una llamativa inflación de artistas: cualquier indocumentado se puede denominar artista y cualquier ocurrencia definida por él como arte será arte porque el concepto ha suplantado a la creación original. La crisis de valores está también presente en el Arte: ya no es necesario hacer arte para ser artista, el talento creativo es atavismo, el academicismo es la dictadura del arte y cualquier genio te planta una alpargata en medio del lienzo y se siente Picasso. Esta crisis de valores ha llegado al punto de considerar, por ejemplo, como obra de arte la crueldad de exponer un perro amarrado en una sala, sin comer ni beber hasta su muerte, frente a los ojos de espectadores incrédulos. Pero si bien hay más artistas que champiñones, el consuelo para aquellos que aprecian el Arte con mayúscula es que, al haber tantos artistas, la mayoría son prescindibles. 
La pintura es un caso ejemplarizador de esto último. Me da la impresión que un gran problema de la pintura actual es que los pintores dedican más tiempo a explicar sus ocurrencias "estéticas" que ejecutan dentro de un cuadro que a dotar un lienzo de ese duende que haga surgir la sensibilidad del espectador. La obra de arte no necesita ni explicaciones ni interpretaciones, habla -o debería de hablar- por sí sola. Sin embargo, una parte del arte entendido como contemporáneo ya no dice nada y, lo peor de todo, no provoca emociones más allá de una blasfemia justificada. La consideración del arte figurativo, el realismo, e incluso, el hiperrrealismo está demodé salvo contadas excepciones. Y esto es consecuencia precisamente de que desde hace tiempo estas formas contemporáneas, ante la ausencia de creatividad, han venido cayendo en el retoricismo. A falta de originalidad, este retoricismo necesita ser decodificado porque, después de pegar un zapato viejo o un embudo repetitivamente por activa, pasiva y perifrástica en un lienzo, éste carece de esa originalidad primaria que las obras de arte intrínsecamente poseen.
En nuestros días, la dictadura posmoderna de la interpretación y sobreinterpretación, del todo vale, ha aupado a las más altas cotas de consideración a autores con más cara que espalda que se dedican a vender humo disfrazado de arte. La soberbia de estos seudoartistas de ego infinito descalifica las críticas que en un momento dado se les haga, contraatacando con descalificaciones del tenor de "son unos ignorantes" o "qué sabrá el burro cuando es fiesta". No cabe duda que la sensibilidad y la estética artística necesita ser educada y cultivada. Estos considerados artistas hacen flaco favor a este propósito, y en muchos casos, disimulan su pésima técnica y nula originalidad con auténticos vademecum explicativos. Éstos, en el mejor de los casos, no elucidan nada y, en el peor de los casos, dejan al espectador con una cara definida por versos del gran poeta gaditano Rafael Alberti: yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Algunos de estos autores, carentes de todo pudor y sindéresis, tienen incluso la osadía de lanzarse a incluir supuesta poesía, ejecutada por ellos mismos, junto a sus "creaciones" para describir el significado de su obra. Queda muy "artístico", seguramente, pero es una auténtica cursilada.
         En fin, el Arte de verdad compite en nuestros días en desigualdad de condiciones con el lucrativo negocio de vender humo juntando brochazos en lienzos y letras en los formatos explicativos de las obras. A la propagación de este negocio están contribuyendo el dañino esnobismo de mecenas, el impulso de críticos de estómago agradecido sin escrúpulos o carentes de criterio y salas de exposición, verdaderas industrias de promoción de la mediocridad en aras del adocenamiento de la sensibilidad del espectador. Ello se traduce, por un lado, en una degeneración del Arte y, por otro, en que las circunstancias de muchos artistas de genio e inspiración, pero con menos predicamento, concluyan por definir el arte, el de creatividad, el que trasciende a sus contemporáneos, como (h)elarte de frío. Tendrá que ser así. Mientras tanto, este burro seguirá sin enterarse de esta fiesta.