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viernes, 23 de junio de 2017

(H)ELARTE DE FRÍO O UNA MALA NOCHE LA TIENE CUALQUIERA

Por Jesús Turiso Sebastián. 



No hace mucho tuve la inclinación de entrar a ver una exposición de pintura de un "artista emergente" de pincel fútil y vesánico, ¡craso error el mío! Tras recorrer la sala y superar el trauma visual provocado por dicha visita, salí con la sensación de vacío cósmico, de que la tomadura de pelo se había instituido como género artístico-literario. Su impacto me hizo reo de nocturnidad por esa noche y me mantuvo dando vueltas acerca de cuál era la idea que tenía yo del arte. De esa infausta impresión surgió esto que en unas cuartillas pondero. 
Por definición una obra de arte es aquella que hace que se mueva algo en el interior del ser humano al contemplarla, que alborote los sentimientos. Es lo que hace que, por ejemplo, Mozart, sea intemporal, eterno, y que, a Ricardo Arjona, Daddy Yankee o Luis Fonsi dentro de unas generaciones no les conozcan ni sus santas madres, si es que hipotéticamente vivieran. Hoy el arte está experimentando una llamativa inflación de artistas: cualquier indocumentado se puede denominar artista y cualquier ocurrencia definida por él como arte será arte porque el concepto ha suplantado a la creación original. La crisis de valores está también presente en el Arte: ya no es necesario hacer arte para ser artista, el talento creativo es atavismo, el academicismo es la dictadura del arte y cualquier genio te planta una alpargata en medio del lienzo y se siente Picasso. Esta crisis de valores ha llegado al punto de considerar, por ejemplo, como obra de arte la crueldad de exponer un perro amarrado en una sala, sin comer ni beber hasta su muerte, frente a los ojos de espectadores incrédulos. Pero si bien hay más artistas que champiñones, el consuelo para aquellos que aprecian el Arte con mayúscula es que, al haber tantos artistas, la mayoría son prescindibles. 
La pintura es un caso ejemplarizador de esto último. Me da la impresión que un gran problema de la pintura actual es que los pintores dedican más tiempo a explicar sus ocurrencias "estéticas" que ejecutan dentro de un cuadro que a dotar un lienzo de ese duende que haga surgir la sensibilidad del espectador. La obra de arte no necesita ni explicaciones ni interpretaciones, habla -o debería de hablar- por sí sola. Sin embargo, una parte del arte entendido como contemporáneo ya no dice nada y, lo peor de todo, no provoca emociones más allá de una blasfemia justificada. La consideración del arte figurativo, el realismo, e incluso, el hiperrrealismo está demodé salvo contadas excepciones. Y esto es consecuencia precisamente de que desde hace tiempo estas formas contemporáneas, ante la ausencia de creatividad, han venido cayendo en el retoricismo. A falta de originalidad, este retoricismo necesita ser decodificado porque, después de pegar un zapato viejo o un embudo repetitivamente por activa, pasiva y perifrástica en un lienzo, éste carece de esa originalidad primaria que las obras de arte intrínsecamente poseen.
En nuestros días, la dictadura posmoderna de la interpretación y sobreinterpretación, del todo vale, ha aupado a las más altas cotas de consideración a autores con más cara que espalda que se dedican a vender humo disfrazado de arte. La soberbia de estos seudoartistas de ego infinito descalifica las críticas que en un momento dado se les haga, contraatacando con descalificaciones del tenor de "son unos ignorantes" o "qué sabrá el burro cuando es fiesta". No cabe duda que la sensibilidad y la estética artística necesita ser educada y cultivada. Estos considerados artistas hacen flaco favor a este propósito, y en muchos casos, disimulan su pésima técnica y nula originalidad con auténticos vademecum explicativos. Éstos, en el mejor de los casos, no elucidan nada y, en el peor de los casos, dejan al espectador con una cara definida por versos del gran poeta gaditano Rafael Alberti: yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Algunos de estos autores, carentes de todo pudor y sindéresis, tienen incluso la osadía de lanzarse a incluir supuesta poesía, ejecutada por ellos mismos, junto a sus "creaciones" para describir el significado de su obra. Queda muy "artístico", seguramente, pero es una auténtica cursilada.
         En fin, el Arte de verdad compite en nuestros días en desigualdad de condiciones con el lucrativo negocio de vender humo juntando brochazos en lienzos y letras en los formatos explicativos de las obras. A la propagación de este negocio están contribuyendo el dañino esnobismo de mecenas, el impulso de críticos de estómago agradecido sin escrúpulos o carentes de criterio y salas de exposición, verdaderas industrias de promoción de la mediocridad en aras del adocenamiento de la sensibilidad del espectador. Ello se traduce, por un lado, en una degeneración del Arte y, por otro, en que las circunstancias de muchos artistas de genio e inspiración, pero con menos predicamento, concluyan por definir el arte, el de creatividad, el que trasciende a sus contemporáneos, como (h)elarte de frío. Tendrá que ser así. Mientras tanto, este burro seguirá sin enterarse de esta fiesta.