Posverdad e historia.
Por Jesús Turiso Sebastián
A mediados de la década de los ochenta se empezó a percibir un cambio en la historia del mundo que ha resultado ser fundamental para explicarnos como especie hoy en día: la globalización. La globalización construyó un universo repleto de ambivalencias, como la tendencia a la uniformización en un mundo cada vez más diverso. La tecnología de la comunicación, decía McLuhan en 1968, iba a suponer una transformación de las relaciones sociales e iba conviertir al mundo en una aldea global, en la que desaparecen el espacio y tiempo.[1] El encogimiento del espacio conlleva también el encogimiento de los horizontes: el mundo ya no es que solo sea una aldea, sino que además se ha convertido en un amasijo de aldeas. Si hasta 1989 los equilibrios mundiales estaban anclados en la bipolaridad económica, social y política, después de la caída del Mundo de Berlin sucede un mundo multipolar, global y lleno de superposiciones, donde la historia se comienza a percibir dentro de un escenario de contradicciones, muchas de las cuales se parecen mucho a evasiones, que diría el maestro Marc Bloch. La mentira supondría una evasión de la realidad de los hechos favorecida por un ecosistema construido de interpretaciones. Como expresaba Zaki Laïdi (1997) en Un mundo sin sentido, las sociedades se van a entender desde la perspectiva de la inexistencia de una única y común visión del mundo, desde la ambivalencia de los procesos histórticos que pueden ofrecer sentidos o interpretaciones fractales. Estas interpretaciones no van a distiguir la realidad de la copia, tampoco les interesa demasiado.
En la actualidad vivimos en el imperio de la copia: se clona todo lo que se pueda clonar, lo cual lleva a considerar la falsificación como un elemeto cotidiano tan válido como el original, ya que todo es interpretable y todas las interpretaciones son igualmente válidas. Esta polifonía interpretativa, sin duda, ha puesto en duda la validez de un conocimiento objetivo y la posibilidad de interpretaciones consensuadas por la ciencia. Es justamente esa polifonía interpretativa la coartada perfecta para la existencia de lo que se conoce como posverdad, fenómeno que no debe entenderse como un prosaico sinónimo de mentira. La posverdad supone, más bien, una falta de interés por la verdad, la cual es irrelevante para este momento en detrimento de la tiranía de la corrección política, que se erige como baluarte del respeto a las opiniones de los demás por más peregrinas o erróneas que sean.
La posverdad, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, sería la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Pero la posverdad, como apunta McIntayre, no sería la realidad misma, sino más bien la manera en que la gente reacciona a la realidad, dado que no existiría una teoría correcta de la verdad, sino diferentes formas en las que las personas subvierten esa verdad.[2] Y es así, que en una coyuntura propicia de crisis de las ideologías, el fenómeno de la posverdad va a aparecer a finales del siglo XX íntimamente unido a otros pos como la posmodernidad. Está relacionado con la crítica que hace la posmodernidad a las verdades de la ciencia y a la relativización de las mismas. ¿Habrá mayor clímax libertario que poder elegir cada uno la verdad que más le convenga?
En un principio está relativización impregnó profundamente a las ciencias sociales. Poco después, algún que otro cándido posmoderno vio la oportunidad para hacer extensible lo interpretable también a las ciencias más duras tras entusiasmarse con el artículo-mofa[3] sobre la posmodernidad de Alan Sokal, en el que desde el principio prometía:
Aquí mi objetivo es llevar estos análisis profundos un paso más allá, teniendo en cuenta los recientes acontecimientos en la gravedad cuántica: la rama emergente de la física en la que la mecánica cuántica de Heisenberg y la relatividad general de Einstein son a la vez sintetizadas y reemplazadas. En la gravedad cuántica, como veremos, el colector espacio-tiempo deja de existir como una realidad física objetiva; la geometría se vuelve relacional y contextual; y las categorías conceptuales fundamentales de la ciencia anterior -entre ellas, la existencia misma- se vuelven problemáticas y relativizadas. Esta revolución conceptual, voy a argumentar, tiene implicaciones para el contenido de una futura ciencia posmoderna y liberadora.[4]
Las implicaciones que tiene la visón interpretativa posmoderna de la que se burla Sokal es más grave y va más allá de una impostura intelectual. La relativización de la ciencia causa muertes que no son simples interpretaciones, son reales. McIntayre hace referencia al ejemplo ilustrativo del presidente de Sudáfrica Thabo Mbeki, quien afirmó que los medicamentos antirretrovirales del SIDA son el resultado de una conspiración occidental y que era preferible usar el ajo y la en limonada para curar esa enfermedad, resultado: murieron más 300000 personas. Esto lleva a pensar a McIntayre que no es tanto que la verdad haya dejado de esxistir, sino que también los “hechos están subordinados a nuestro punto de vista político.”[5]
La posverdad supondría el extrañamiento de la episteme tanto en las ciencias sociales donde la verdad y la mentira van a convivir casi en comunión. En el caso de la historia, sería extrapolar a conveniencia la conciencia histórica como expresión de la historiografía, de tal manera que el conocimiento del pasado se sujete al pragmatismo y las urgencias del presente para obtener beneficios sociales e ideológicos en el futuro, como demuestran las ideologías nacionalistas actuales. Ya no existen los hechos, solo hay interpretaciones. No importa ya lo que puede aprenderse del pasado, sino la implicación práctica aplicada de manera torticera para el presente, lo cual vendría a demostrar la idea de Hegel de que “lo que la experiencia y la historia enseña es que jamás pueblo y gobierno alguno han aprendido de la historia ni han actuado según doctrinas sacadas de la historia”.[6] No se busca la razón en la historia, sino justificaciones en la historia que confirmen mi razón, haciendo uso de los sesgos que se adapten a nuestro pensamiento inicial, confundiendo la naturaleza de la realidad de los hechos con la opinión, la cual dará forma a los hechos. Y, es que, como diría Hobsbawm, cuando el presente tiene pocas cosas que glorificar, el pasado, es decir, la historia, legitima mucho. Cierto es que deben convivir el hecho y la opinión, que no son independientes, y los hechos sin historiador no son historia, pero de ahí no hay colegir que se manipule o distorsione la relalidad del hecho en función de la opinión o se deba establecer el hecho como una opinón más. Porque los hechos no solamente tienen que ser interpretados, además tienen que ser probados, lo cual significa que la naturaleza del hecho no es una opinión, sino un componente contrastable de la verdad. A diferencia de la opinión, el hecho no es arbitrario es objetivo: no se podrá establecer, por ejemplo, la proeza de que una mujer esté solo “medio embarazada”, porque o está embarazada o no lo está, no puede ser de otra manera. La verdad siempre abriga resultados. La historia debe corresponderse con hechos objetivos, en el sentido de res gestae, es decir, comprobables a través de las reliquias del pasado, de otra manera se manifiesta como un engaño. Sin embargo, en esta época posverdadera la opinón produce monstruos: las verdades factuales de la historia son relativas y la historia, por tanto, se relativiza también; lo que importa es el relato, no las verdades que están los hechos o se puedan extraer de ellos. Lo principal en este tiempo de posverdad no es precisamente la verdad factual, sino el mundo de infinitas interpretaciones que genera, todas potencialmente válida. La oposición de la verdad, no sería la opinión, ni tan siquiera el error de bulto, sino la mentira, la ficción. La ficción es una mentira apropiadamente relatada. La posverdad ha convertido la ficción, originada en interpretaciones estrambóticas, en la realidad de las cosas, es decir, la ficción se convierte ahora en la verdad. En estos momentos, como bien advierte Todorov, “la ficción es más verdadera que la historia: se mantiene la distinción, pero se invierte la jerarquía”.[7] Lo que se intenta es amoldar la realidad a visiones políticamente correctas. La función del historiador, según esto, queda relegada a la de un novelista en el mejor de los casos. Y, es que, la novela histórica da de comer, la historia mata de hambre.
[1] Vid. Marsal MacLuhan, Guerra y paz en la aldea global, Ed. Planeta-Agostini, Madrid, 1985.
[2] Lee McIntayre, Posverdad, Ed. Cátedra, formato eBook, Madrid, 2018, p. 27.
[3] “La transgresión de las fronteras: hacia una hermeneútica transformativa de la gravedad cuántica”, publicado en Social Text.
[4] “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, en Social Text, números, 46-47, 1996, pp. 217-252. Consultado en https://physics.nyu.edu/faculty/sokal/transgress_v2/transgress_v2_singlefile.html#334
[5] McIntayre, 2018, pp. 29-30.
[6] G. W. F. Hegel, Leciciones sobre de la Filosofía la Historia Universal, Ed. Tecnos, Madrid, 2005, pp. 248-249.
[7] Tzvetan Todorov, Las Morales de la historia, Ed. Paidós, Barcelona, 1993, p. 120.
