Por Jesús Turiso Sebastián.
Una de las características fundamentales de los partidos políticos en
México es su pragmatismo. El colmo del pragmatismo político lo leí alguna vez en un
cartel publicitario de una candidata, cuyo nombre no pasará a la historia, que rezaba “Vota por mí, porque
voy a ganar”. No votes por mí porque tengo el mejor proyecto, o porque soy la mejor para este país o, incluso, porque soy la más guapa y glamurosa. No,
vota por mí porque voy a ganar y no te queda más remedio. ¡Qué falta de respeto
al electorado, qué atropello a la razón! Este ejemplo demuestra cómo los
partidos políticos son verdaderas máquinas de poder que no tienen otra razón de
ser que ganar las elecciones y sus mensajes no aportan nada: son como el anuncio de un dentífrico que te te limpia y blanquea más loas dientes que los de la competencia.
El propio sistema induce a ello. ¿A los candidatos les interesan
realmente los electores? Sí, pero solo hasta el día de la elección. De ahí el
dicho popular de prometer hasta meter y, una vez metido, nada de lo prometido.
La consecución del poder alienta la propia supervivencia de los partidos y la
de toda una cohorte de vividores y parásitos que se alimentan del sistema, en el sentido objetivo de la palabra, que
necesitan de la victoria de su candidato para subsistir hasta las siguientes
elecciones. El resultado de todo ello es que, en muchos casos, los partidos no
promuevan al candidato más preparado, apto o eficiente sino al que, por su
popularidad social, influencia económica o garantía de éxito les lleve a
mantener o lograr el poder en tal o cual municipio o conseguir tal o cual
diputación. De esta manera, los candidatos que, en realidad, con dificultad se
representan a sí mismos, tampoco representan a sus posibles electores porque,
como vemos, son tan solo un engranaje de la máquina de poder. La democracia,
como concepto grandilocuente al que todos ellos sin dudarlo apelan y, sin
embargo, en la mayoría de los casos desconocen, es prostituida por aquellos que
se dicen ser sus representantes y su esencia manipulada con el fin concreto de
alcanzar el poder.
Solo lo anteriormente dicho sería razón no solo suficiente, sino
necesaria para que el elector reflexivo, sin “estímulos” externos al propio sufragio
y de dudosa legalidad electoral, diera la espalda a todos estos aspirantes al
servicio público y fidelidad al ciudadano. Sin embargo, lo peor va más allá de
la mera disertación teórica y se sitúa en la desazón de la realidad de los propios
hechos y situaciones de este proceso electoral.
Para empezar el costo desproporcionado de la campaña electoral y el
dinero invertido por los partidos y candidatos en la elección. Con un país con
más de 60 millones de pobres, los partidos políticos, con dinero de todos loas
mexicanos, se gastan miles de millones de pesos estímulos legales e ilegales
para conseguir la presidencia. Este dato habla por sí solo de un sistema
político desubicado y de la indecencia de los partidos políticos y sus
candidatos. Se trata de una verdadera obscenidad, en el sentido de la tragedia
griega de “fuera de escena”, porque no es posible que elección tras elección
los candidatos gasten tanto dinero, en muchos casos proveniente de los
impuestos de los ciudadanos, y,
por el contrario, los ciudadanos a los que pretenden representar lo poco
que ganan no les alcanza, en muchos casos, ni para
completar la despensa diaria. En
este ambiente, se produce una auténtica contaminación visual y auditiva desde
que se conocen los candidatos, e incluso antes, y que se intesifica en los
últimos meses conforme se va acercando el día de las votaciones. A uno como
ciudadano le termina por ofender ver a los mismos rostros repetidos en vallas
publicitarias, autobuses, taxis, coches de particulares, periódicos, etc., y
más se indigna uno cuando averigua que algunos de estos candidatos han tenido “amistades
peligrosas”, por lo que son investigados por agencias estadounidenses a causa
de sus sospechosas conexiones con la delincuencia organizada.
Si lo anterior es de por sí triste, sangrante y
habla de la inmoralidad del sistema, hay que añadir otra serie de situaciones y
rostros del propio sistema que nos sitúa más cerca de una dictadura populista
que de una democracia. Uno todavía no entiende cómo a estas alturas de
desarrollo de las democracias en el mundo, el sistema mexicano propicia la
existencia de diputados plurinominales, pero menos entiende aún que se
promocionen públicamente en carteles y propaganda electoral como si realmente
fueran a ser elegidos por la ciudadanía, cuando ya han sido designados
digitalmente.
Otra situación que demuestra la poca confianza de los candidatos es la
ambición de poder de éstos por encima de valores cívicos e ideologías
políticas. La utilización del
grave problema de la miseria con fines electorales por parte de algunos candidatos
a través de asociaciones, fundaciones, etc., para ganar simpatías y adhesión a través de “ayudas” a las
necesidades básicas de los más desfavorecidos no solamente roza la ilegalidad, sino que es
sencillamente indecente. Por otro
lado, institucionalmente es común la tendencia a utilizar los bienes o
privilegios públicos para favorecer al candidato oficial de turno. Esta
situación que en otras democracias sería perseguida y castigada por tratarse de
corrupción, en México vemos cómo se solapa y se diluye. Da la sensación de que
los mismos mandatarios se mantienen en campaña permanente, porque siguen
promocionándose, con dinero público, una vez alcanzado el poder. Esto, sin
duda, es un abuso y una falta de pudor democrático.
De esta degradación moral y de este atentado contra el espíritu
democrático habla también un epifenómeno que, si bien se da en muchas
democracias, en nuestro país se lleva a cabo con total desparpajo: el
transfuguismo. Esta circunstancia es ejemplarizada por aquellos precandidatos que
en las elecciones primarias dentro de su partido no lograron alcanzar la
candidatura o por aquellos que se pasan a otro partido que les ofrece mayores
garantías de salir elegido. Así, se da el caso de que precandidatos de partidos
conservadores de derecha terminan al otro extremo como candidatos de izquierda
comunista o que precandidatos de partidos supuestamente progresistas concurran
apoyados por un partido conservador. ¿El mundo al revés? No, la política del
oportunismo y la ambición. Oportunismo y ambición que se ve reflejado en las
campañas de los candidatos. Ofrecen y dicen lo que un público necesitado
precisa escuchar. Cómo voy a votar yo por candidatos que desconozco, que solo
conozco a través de carteles publicitarios y eslóganes muy primarios que me
prometen la luna pero no ofrecen propuestas reales de mejorar la vida de la
ciudadanía. En momentos de debilidad, uno casi entregaría su apoyo
incondicional aquel candidato que propusiera un plan efectivo de mejora de los
servicios públicos (agua verdaderamente potable y sin cortes cada dos semanas, alcantarillados
y desagües que no inunden las calles cuando caen dos gotas de agua) y se comprometiera a quitar los
horrorosos topes y pavimentar las calles repletas de socavones. Estos son
problemas reales que la gente padece diariamente, que espera que se solucionen.
Sin embargo, los candidatos nos
obsequian con entelequias en forma de promesas que jamás explican cómo van a
lograr hacerlas realidad.
Ante este panorama, al ciudadano reflexivo no le queda otras salidas que declararse insumiso electoral y anular
su voto o echarse al monte, liarse a tiros contra tirios y troyanos y empezar una de esas revoluciones que, finalmente, terminan en un sistema tan depravado como el que se pretende sustituir. Qué bueno sería que los ciudadanos recuperáramos la soberanía, si es que alguna vez la tuvimos, nos plantásemos de una vez por todas y dijéramos
a los partidos políticos y a sus candidatos-marioneta del poder –poder fáctico a la sombra que es quien los que ponen o los quitan según sus intereses y necesidades- en las urnas
aquello que le espetó el campesino a un aspirante a diputado de buena
apariencia, mejores palabras y dudosas intenciones: “desde que te vi venir te
conocí la ventaja, tu serás buen albañil pero a mí no me trabajas”. Sería un
gran paso para conseguir un sistema que realmente velara por los intereses de
todos y no por la ambición y codicia de una minoría oligárquica de poder.