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jueves, 7 de mayo de 2015

NIHILISMO Y VACUIDAD COMO CONDICIÓN POSMODERNA (II)


Soy nihilista porque el mundo me ha hecho así.
Nunca más que antes somos conscientes de que estamos asistiendo a una época crítica: el ejemplo lo padecemos a diario con los efectos de la crisis económica que experimentamos desde hace varios años y que no tiene por dónde resolverse. Sin embargo, esta crisis no es el resultado de una mala noche que ha podido tener nuestra sociedad moderna. La crisis actual hunde sus raíces en tiempos más remotos, un proceso histórico que se origina en la crisis de la conciencia moderna y que se manifiesta por la ausencia radical de fundamento, por la crítica a los grandes valores proclamados por la modernidad ilustrada. Después de que Nietzsche matara a Dios, la posmodernidad enterrara a la filosofía y al arte, Alain Minic o Francis Fukuyama han querido matar la historia, Samuel Huntington, vidente civilizatorio, ha predicho un próximo y destructivo choque de civilizaciones, otros han declarado oficialmente la muerte de la política y del estado a manos de la economía y el mercado. Después de esto, ¿qué nos queda? La nada, un mundo resuelto por puras interpretaciones donde todo es válido, en fin, un mundo Matrix en el que no conocemos a ciencia cierta quién es el que mueve los hilos. El ser humano actual se encuentra más perdido que nunca en un maremagno de símbolos, signos e interpretaciones que intentan dar sentido a una existencia confusa, en un mundo que cree entender: hoy, más que cualquier otro tiempo, gracias a la cacareada sociedad del conocimiento, la información que poseemos es infinitamente mayor y más completa que la de un hombre, pongamos el caso, de la Edad Media. Todos estos conocimientos que se abren ante nuestros ojos, la revolución tecnológica o las transformaciones culturales, resultado de los intercambios culturales entre las diferentes culturas facilitado por la globalización de las comunicaciones, han hecho más complejo el panorama. Este proceso que se esta llevando a cabo en las sociedades actuales -resultado del descrédito de creencias y valores que se creía hasta no hace mucho como firmes y sólidas-, en muchos casos, vemos cómo ha caído en la negación de todo principios político, social y religioso. Hoy día, como diría Joaquín Sabina, “las niñas ya no quieren ser princesas, y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra”, se prefiere aislarse del mundo, o construirse uno paralelo y de ficción, en las redes sociales, o recluirse en las drogas sintéticas y el alcohol.