Es muy posible que estos
nuevos modelos de sociabilidad sean el resultado de una kunderiana insoportable
levedad del ser, de ese vacío existencial que le conduce al ser humano a
refugiarse en artificios como forma de huir del vacío o de llenarlo. Y, es que,
es universal de todo tiempo y cultura el temor del hombre al vacío. Recuerdo
con cariño las explicaciones de un admirado catedrático de historia del arte
sobre lo abigarrado de la decoración barroca como necesidad de llenar todos los
espacios, provocado por un inquietante horror vacui. Es ese mismo horror
vacui, que le suscita la falta de conocimiento o incomprensión de la
realidad, lo que lleva al ser humano a dar respuestas irreales o engañosas a
sus necesidades explicativas del mundo que le rodea antes que hacer frente al
aterrador vacío. De este terror se
sirven unos pocos, los poderosos o las más vivos, para hacer su particular
agosto de beneficios, sean económicos, políticos, sociales o de otra índole. En
muchas partes del mundo muchos individuos más que nunca se mueven por intereses
estratégicos: la ética queda relegada a un segundo plano ante el interés
pragmático y los beneficios, dejando subordinada la moral o la moralidad de los
actos. Las leyes son acatables siempre y cuando sirvan para ponernos en ventaja
frente a los competidores, es decir, cumpliré la ley cuando me convenga. Se
trata de un todo vale, seguido de un sálvese quien pueda, esperando uno mismo a
ser uno de los privilegiados que se encuentre dentro de un imaginario bombo
salvífico. Leemos en la prensa día sí y día también casos donde los poderosos
siguen esta máxima, ejemplos abundan: vemos cómo los estados están al servicio
de las grandes multinacionales, holdings
y grandes bancos, que van minando la esencia misma del Estado independiente, su
soberanía. Otro ejemplo más: en el sistema democrático se da la paradoja de
permitir que personajes de talante totalitario y antidemocrático lleguen al
poder y socaven las bases soberanas y democráticas del Estado, como ha sucedido
en países como el caso de Venezuela. Cuando las reglas del juego democrático no
me sirven para mis fines, las cambio. Vemos cómo cuando llegan al poder
procuran hacer los necesario (cambiar las leyes, la constitución, etc.) para
perpetuarse en él. Y, cuando esto no
ha sido posible, llegan al extremo de darse un autogolpe de estado para
liberarse de la oposición parlamentaria, como sucedió en los años 90 en el Perú
con Alberto Fujimori.
¿Qué
pasa con el hombre de hoy? En general, una sociedad hedonista y del disfrute
como las sociedades occidentales del Estado del Bienestar se aboca, o
mejor dicho, se desboca hacia la indolencia. La cultura burguesa de nuestros
días, sustentada en el parecer más
que en el ser, ha evolucionado hacia
una especie de individualismo perverso, insolidario, que mira de reojo las
desigualdades y la justicia social. Sólo cuando ve correr peligro de la
comodidad de ese estatus “privilegiado” y el pánico y la desesperación llaman a
la puerta de una casa hipotecada que ya no pueden pagar, se pierde el empleo, y
se llega a la imposibilidad de pagar tarjetas de crédito nutridas de compras a
meses sin intereses, es sólo entonces cuando, parafraseando a Albert Camus, los
hombres comienzan a vivir a la altura de su desesperación y se rebelan. Es en
este punto en el que pueden llegar a ser para el sistema el peligro. Sobre él, advertía Walter Lippmann, al
convertirse las masas en “el rebaño desconcertado que brama y pisotea”, que
tiene la “osadía” de exigir la participación activa dentro del sistema
democrático y en la toma de decisiones que les afectan. El Estado de
Bienestar, entonces, ha venido siendo un soma que ha mantenido a estas
masas embrutecidas sin capacidad de pensar por sí mismas, incapaces, incluso,
de comprender lo que estaba sucediendo a su alrededor. Los vacíos existenciales
de estas masas han sido colmados, con el pan espiritual de las religiones y de
las creencias manipuladas, y con el circo elaborado a través de los mass
media y de las nuevas tecnologías. Con ello se han conseguido alcanzar dos
resultados: hacer más soportable la realidad de esos vacíos y mantener
adocenada o anestesiada a la sociedad. Para que el individuo, individuo social,
pueda liberarse de las cadenas de esta esclavitud tiene que ser, en primer
lugar, consciente de dicha esclavitud. Sin embargo, esta consciencia está
sistemáticamente impedida por la constante aparición ante sus ojos de ilusiones
o paraísos irreales pero con apariencia necesaria. Las necesidades aparentes,
provengan de las alturas del poder, del bombardeo propagandista de los medios
masivos o de religiones y creencias provisoras de edenes, opacan la realidad de
las cosas y dotan de placeres sublimados pero fugaces y facilita la sumisión de
cualquier tipo de disidencia.
La
huida de la realidad del hombre actual sometido a un nihilismo cada vez más
aberrante es constatable hoy día, tal vez por aquello que decía Ortega (2008) en Pidiendo Goethe desde dentro
de que “todos sentimos nuestra vida real como una esencial deformación mayor o
menos de nuestra vida posible (…)” (p. 126). Esta huida de la realidad ha
relativizado las grandes religiones, ha convertido a Dios en un ente quimérico,
manipulando sus creencias y dogmas a imagen y semejanza de esa “vida posible”. Si
bien las sociedades actuales están profusamente laicizadas, sin embargo, el
mundo de los dioses se ha multiplicado de manera directamente proporcional al
descrédito de la religión. Cada uno de estos dioses, por su puesto, amerita su
propia iglesia (hasta Maradona tiene la suya), sus propios dogmas, su propia
liturgia y, así, vemos cómo la cosecha de dioses nunca se acaba. Todo ello ha detonado
un proceso de inflación divina que desacredita más las otrora asentadas
creencias religiosas. Y esto se está dando hasta tal grado que estas “nuevas”
religiones están incluso deformando las “nobles” intenciones de las disidencias
sectarias de las grandes religiones. Si históricamente muchas religiones surgen
como un desprendimiento sectario y herético de una religión ya establecida –así
sucedió, por ejemplo, con el cristianismo respecto del judaísmo-, en nuestra
época la nuevas religiones se configuran con un colage variopinto de ideas,
credos, dogmas y rituales, recogidos de aquí y de allá (la ciencia, la
naturaleza, el sexo, los mitos y dioses ancestrales, lo paranormal o los ovnis) pero con el fin mesiánico de
siempre de la salvación. Surgen así estructuras eclesiásticas ad hoc basadas
en la autonomía del consumidor, las cuales son el resultado palmario de la
libertad de elección y el pluralismo.
No
se trata aquí de establecer una valoración de qué religión o creencia religiosa
o parareligiosa es mejor o cuál es más destructiva para el hombre, no. Al fin y
al cabo, cada uno es ¿libre? de elegir la creencia o sistema de creencias,
ideología o filosofía que mejor le obnubile, le esclavice, le confeccione
ilusiones escatológicas o le llene los vacíos explicativos de su realidad
mundana intrascendente. Porque, al fin y al cabo, como dijo Gorgias en aquellos
lejanos tiempos de la Grecia antigua, nada existe en absoluto y, eso, es
absolutamente cierto. Si nada existe en absoluto, si ese nihilismo gobierna nuestra existencia, cualquier
forma de llenar el vacío explicativo de un mundo aparente es tan válido como
las demás.
Este
relativismo ha traído consecuencias, si no perturbadoras, sí bastante
discutibles, sobre todo cuando nos encontramos con grupos o movimientos, que
pudiéramos denominar, “políticamente correctos” que rechazan cualquier
jerarquía de valores, para los que todas las culturas merecen el mismo respeto;
o movimientos defensores de los
animales para los que la vida de un animal vale tanto como la de un ser humano.
Esto en muchos casos lleva a
relativizar algo tan fundamental como los valores universales. Éstos están
necesariamente por encima de cualquier cultura. Sin embargo, se nos han
planteado elementos, que podríamos denominar culturales –como la
democracia, el sistema
liberal-capitalista o los valores occidentales-, como valores universales (se
ha tildado este hecho desde el relativismo y el pluralismo cultural como
etnocentrismo). De la misma manera, defensores del relativismo cultural piensan en que las culturas minoritarias
se respeten aparte, sin intervención externa, aisladas, en especie de ghettos que preserven su
identidad y pureza. Por su parte, aquellos que abogan por el pluralismo
cultural defienden que todas las culturas son iguales, por lo que presuponen la
posibilidad de una convivencia armónica dentro de un marco de respeto
recíproco. Se nos plantea aquí,
como señala Gustavo Bueno "Etnocentrismo cultural, relativista cultural y pluralismo cultural" (2002), estas tres opciones como disyuntivas entre las
cuales hay que elegir, por lo que no cabe aquí hablar
de conflictos de culturas, o de conflictos
de civilizaciones; tampoco cabrá hablar de integración o de expansión de
culturas. Todas estas expresiones habrían de ser reexpuestas en términos de
conflictos de elementos culturales, o de integración, o de difusión de
elementos o rasgos culturales. Por ello, quien considere a un elemento cultural
(pongamos por caso, el sistema democrático) como universal, no podrá sin más
ser acusado de etnocentrismo. Menos aún podrá ser acusado de etnocentrismo (o
de monismo cultural) quien reconozca y defienda la universalidad del teorema de
Pitágoras, como elemento desprendido, no ya de la cultura griega, sino de toda
cultura, como estructura válida para todas las culturas, por encima de
cualquier relativismo (p. 3).
Es difícil adoptar, una posición
o una perspectiva porque, te pongas donde te pongas, en este mundo de colores,
posturas e identidades en el que nadie queda fuera de una, te cae el
descalificativo o la sentencia del gran cantaor flamenco Camarón de la Isla:
“Me critican porque bebo/ y me gustan las mujeres, / lo mismo que te critican
si no te gustan y bebe".