Por Jesús Turiso Sebastián
De las tres grandes religiones universalistas, el Islam es la más joven de ellas y de las que toma de manera sincrética muchos de sus elementos espirituales. Si vuelvo la mirada a los inicios del el Islam, puedo observar cómo es una religión que se origina entre los nómadas del desierto pero que evoluciona hacia un espíritu expansionista, legitimado en el mandamiento de Mahoma para todo buen creyente de señorear el mundo y expandir la fe. Esta consigna, que forma parte de una cosmovisión guerrera, medieval y expansionista, ha creado formas de vida y confeccionado una mentalidad, que se han mantenido a lo largo de la historia hasta nuestros días, enarboladas por la rama más reaccionaria y apegada a la tradición de las dos en las que se escindió el Islam tras la muerte del profeta: la Sunni. A partir de aquí, tendríamos que recurrir a entender la mentalidad nómada, pero sobre todo, el concepto de frontera que tan arraigado está entre los nómadas. François Hartog en El espejo de Heródoto. Ensayo sobre la representación del otro señala cómo la idea de frontera establece dos lados definidos: a un lado, la civilización; al otro, la barbarie. El ejemplo que lo particulariza es el de aquellos musulmanes chiítas que atravesaron esa imaginaria línea fronteriza entre ambos lados e intentaron occidentalizarse al entrar en contacto con la cultura griega, por lo cual fueron asesinados por su propia gente más arraigados en el dogmatismo de la tradición. En la actualidad, podemos ver que este dogmatismo de la tradición continúa dándose en muchos sectores creyentes en la fe del Islam, en los que se observa cómo, por ejemplo, aquel que no profesa su religión es un infiel y, por lo tanto, si se le captura se le puede esclavizar o asesinar, así como a aquellos musulmanes que se apartan de la ortodoxia son degollados por el Estado Islámico.Se me dirá con razón que esta misma cosmovisión medieval y expansionista es propia también de otras creencias como el cristianismo, sin embargo y a diferencia del Islam, el cristianismo hace tiempo que abandonó la mentalidad medieval. Desde el siglo XV, tal vez por las divisiones internas o simplemente por la fuerza de la inercia de la historia, el cristianismo tuvo que ir adaptando sus creencias, o las interpretaciones originales de ellas, a los distintos tiempos por los que viene transitando. Primero, fue el Humanismo renacentista y, después, la Ilustración y el racionalismo quienes dejen su impronta en la cosmovisión cristiana relajando muchos aspectos de ese dogmatismo medieval apegado al pie de la letra a los versículos de la Biblia. De tal manera, que el cristianismo pasó de estar presente en todos los aspectos públicos y privados de la vida –sociales, políticos, económicos, culturales- a convertirse únicamente en una opción personal y privada. En suma, el mundo occidental cristiano ya hace tiempo que dejó atrás la interpretación de la historia como designio y honra de la razón divina. Este mismo proceso no se ha dado todavía en el Islam. Bien es cierto que también experimentó su propio humanismo con una gran capacidad creadora en los siglos XI al XIII. Sin embargo, hay un momento de su historia en el que este proceso evolutivo no solo se estanca, sino que se cierra a las influencias filosóficas externas –fundamentalmente la filosofía griega aristotélica- que tanto le habían enriquecido y se encierra en una concepción dogmática religiosa medieval de la vida que, entre muchos musulmanes, todavía aún perdura. Cuando el Islam extendió por todo el mundo su credo y se transformó en un religión segura de sī misma, se va a manifestar en una mayor apertura y tolerancia con el otro. Qué diferencia con la actualidad, en la cual el rigorismo de la creencia ha hecho que su religión se afirme en actitudes intolerantes, mojigatas y altaneras. La diferencia con el mundo cristiano Occidental estriba en que éste salió para no regresar de la caverna platónica –entendida como oscuro al conocimiento y sin la luz de las ideas- y el mundo musulmán, después de haber salido y conocer la luz de las ideas, regresó al reino de la oscuridad porque el exterior a la caverna cegaba sus creencias.
Es complejo explicarse el porqué en muchas escuelas a los niños se les educa en el odio, en la Yihad como guerra santa contra Occidente para conquistar el mundo para Ála, o por qué personas se llenan el cuerpo de explosivos y se hacen explotar en un mercado de Bagdad o se lían a tiros en un populoso y concurrido distrito de París. Yo quiero pensar que la explicación se debe buscar en cómo a lo largo de la historia se han elaborado no solo lógicas distintas, sino mentalidades diferentes, en algunos casos, opuestas. Ambos mundos, el occidental y musulmán, a lo largo del tiempo han configurado sus creencias conforme a sus propias necesidades y, en el caso musulmán, también de sus limitaciones y carencias. Desde hace tiempo sostengo, y aquí radica para mí el porqué de la antimodernidad del mundo islámico, que la ilustración, la democracia, la tecnología, en definitiva, la modernidad surgieron en Occidente, dentro de una lógica distinta, es decir, se originaron en el “otro”. Ese otro era aquel con el que habían combatido en guerras durante siglos, ese otro que históricamente ha sido el enemigo más despereciable, que intenta colonizarle con una modernidad ajena, que contemblan como una amenaza inexorable a su identidad y tradición. Su mayor tragedia es que, finalmente, su enemigo ha resultado triunfante de esta pugna ancestral por ideas y crencias, que han sido derrotados precisamente por esas ideas y creencias –libertad, derechos humanos, democracia- que en el mundo actual dominan como tendencia histórica, que la cultura de ese enemigo es aberrantemente avasalladora y que el rítmo del paso de la historia se marca según su compás. Por ello, no es dificil entender, que deseen que todo se derrumbe porque su mundo ya está demolido y no tienen nada que perder. En este tenor, viene muy cuenta considerar la reflexión de Gustavo Bueno acerca de la Idea de Sociedad Global (surgida en Occidente) frente a la idea de sociedades locales, aisladas, “en el límite idiotas (idiotés, que significa que solo saben de lo suyo.) Preguntaban a un campesino al final de la Segunda Guerra Mundial: ‘Tú que eres, ¿anglófilo o germanófilo?’. Y él contestaba: ‘Yo soy Teófilo’. Este individuo era un idiota, estaba en lo suyo” (2003). De la misma manera, también están en lo suyo las sociedades dirigidas por el fanatismo religioso. Su idiotés es la respuesta a la idea de Globalización occidental del mundo, sustentada en los mantras que sistemáticamente pronuncian los lideres occidentales y sus portavoces intelectuales: libertad, democracia, libre mercado, etc. y, en este sentido, constituye también una forma de resistencia antiglobalización. Sin embargo, la "idiotés" islámica es asimismo su globalización, ya que, como hemos visto, en los orígenes del Islam está el expasionismo y la pretensión imperialista de extenderla al resto del mundo. Los errores del Occidente primermundista, desarrollado y que se cree poseedor de la verdad absoluta, han sido minimizarla, ignorar su cosmovisión y aplicar su afán uniformador elaborado y trasmitido por algunos de sus profetas orgánicos como Fukuyama o Huntington: porque, aun perteneciendo a la misma civilización no se puede considerar en el mismo plano Afganistán o Irán que los Emiratos Árabes Unidos o Marruecos, como no es lo mismo México que Noruega. Asimismo, la debilidad que ha supuesto para la integración de la práctica del multiculturalismo, valor emergente y con gran predicamento en las sociedades democráticas y tolerantes, está siendo utilizado por el islamismo radical para infiltrarse en nuestras ellas con el fin último de sustituir los valores culturales de occidente e imponer la ideología del Corán.
En la actualidad, los agravios de Occidente, percibidos por una parte importante del mundo musulmán contra el Islam, están sirviendo, en muchos casos, para conseguir una unidad entre las diferentes partes de la Umma (comunidad de creyes del Islam) que antes no se tenía. Ello, sin duda, está generando un mayor resentimiento y rechazo a Occidente, incluso en sectores que no son radicales. La “Primavera Árabe”, que muchos analistas o ¿futurólogos? de Occidente estaban convencidos que traería la libertad y la democracia, y con ello modernidad a esta parte del planeta, se ha quedado, por el momento, en “el cielo puede esperar”. Cuando los dictadores de estos países han ido sucumbiendo por la sublevación popular, sus ciudadanos no sólo no han abrazado la libertad y la democracia como aquellos pronosticaban, sino que, en muchos casos, han caído en brazos del islamismo arcaizante. Recordemos nada más cómo en Argelia el extremismo islámico asesinó a más de cien mil personas en menos de una década. Hay que entender, que en esta mentalidad arcaizante, la política es una prolongación de las creencias religiosas, por lo que la política y la ley civil se someten al imperio de la ley sagrada. Los musulmanes moderados, mas del 85%, sienten por ello que el Islam ha sido secuestrado por grupos extremistas, que no pueden pueden levantar la voz contra ese 15% restante totalmente radicalizado y asesino, sopena de terminar degollados.
Me da la sensación que las revueltas que han originado en los últimos años la Primavera Árabe no son luchas en pos de la democracia. La democracia en sí no ha sido el fin, en mayoría de los casos, es la excusa para regresar a la esencia del islamismo, como ha sucedido en Libia o como se está dirimendo en Egipto. Pero quitémonos las venda de los ojos: Occidente no ha apoyado a los musulmanes moderados, quienes también padecen el terror de la identidad radical islámica, quienes fundamentalmente ponen los muertos en Oriente Medio y también los desplazados. Occidente no ha sabido ganarse para la causa de la paz y la estabilidad a esa mayoría silenciosa de muslmanes moderados del mundo. Y, no ha sabido ganárselos, porque más allá de darles cobertura militar con armas para que se enfrenten sobre el terreno contra el Estado Islámico, no ha elaborado un plan de apoyo a la sociedad y a todos aquellos imanes que rechazan la violencia y el terrorismo. Además, Occidente tampocó planificó el después de los dictadores de estos países tras la Primavera Árabe, quienes hasta entoces habían ejercido como un muro de conteción y sometimiento del radicalismo islámico, y dejó a estos paises al albur de sus luchas tribales. Creo que un argumento poderoso que explica esta indolencia occidental ha sido porque, a excepción de Israel, estas luchas sucedían a miles de kilómetros de sus fronteras y los daños a la población occidental eran indirectos. Occidente tampoco ha sido consciente de la importancia geoestratégica de Israel como primera línea de defesa contra el terrorismo islamista, porque lo que pueda suceder a Israel será también el destino del mundo. Los atentados terroristas en un mercado Bagdag, en Nairobi o en un plaza de Kabul han sido históricamente meras “anécdotas” para abrir algún noticiero o portada de periódico en Occidente. Sin embargo, cuando sus intereses de Occidente se ven afectados o entre las víctimas hay occidentales involucrados, nos rasgamso las vestiduras y problema toma una nueva dimensión más trágica. Es entonces, a partir de que el terror traspasa las fronteras del mundo occidental, cuando se plantea en el mundo la necesidad de elaborar un plan de Seguridad Internacional impulsado por la ofensiva diplomática Estados Unidos y Europa. Por otro lado, el palo de algunos países musulmanes tiene que aguantar también su vela, ya que ellos también son responsables de esta situación de terror que se está dando, con el conocimiento y vista gorda de las naciones desarrolladas. Países como Turquía, Arabia Saudí y Qatar han estado jugando a dos bandos: por un lado, mantienen amplias y fructíferas relaciones de alianza con Occidente, pero a la vez apoyan a grupos terroristas como el Estado Islámico y Al Qaeda. Este doble actitud sostenida por sus dirigentes no es una novedad, ya que durante décadas lo han venido haciendo: me viene a la memoria el “santificado” Yasir Arafat, Premio Nobel de la Paz, quien sostuvo un doble discurso, por un lado, públicamente condenó el terror, hablaba de pluralismo y tolerancia y, por otro, apoyó en muchos momentos acciones terroristas del brazo armado de la OLP.
Me cabe, por último, la duda de si existe una verdadera voluntad por parte de Occidente de acabar con el terrorismo o solo reducir su intensidad y el espacio geográfico donde se desarrolla. Porque da la sensación que existen intereses no muy claros para mantener este status quo, el cual podría justificar no solo el mantenimiento y desarrollo de la industria militar occidental e intereses de mercado de empresas que se lucran con la guerra, sino que además supone un argumento de los gobiernos para limitar cada vez más las libertades ciudadanas bajo el primario pero poderoso argumento de la necesidad de una mayor seguridad. En algún momento tendremos que relegar a un papel secundario estos poco claros intereses, atender a lo importante y tomar partido sin ambigüedades por la civilización frente a la barbarie. Todavía no queremos ver que de lo que se trata es de una guerra lanzada por el Islam extremista contra los valores de la cultura occidental judeo-cristiana, a los que quieren erradicar a través del terror y la muerte. Creo que hace tiempo que todos debiéramos tomar conciencia de ello y tomar partido claramente por aquellos valores basados en los derechos humanos y no relativizar la barbarie, espero que no sea muy tarde cuando se esto se haga.