El término populismo es escurridizo e impreciso, no existe coincidencia ya no solo en su definición, sino también en su caracterización. Así, no es lo mismo el populismo de Chávez, supuestamente de izquierda, que el populismo de derecha de Berlusconi, el de ultra derecha del estadounidense Pat Buchanan o, incluso, el populismo de garrafón del gobernador de Veracruz Fidel Herrera Beltrán. Muchas veces no se sabe diferenciar claramente si realmente es populismo o populismo oportunista. Sin embargo, lo cierto es que su práctica esta viviendo en la actualidad un renacimiento preocupante por lo nocivo que puede llegar a resultar a medio y largo plazo este estilo de hacer política. El déspota populista recurre sistemáticamente al pueblo tanto en su discurso como en su acción política. Se recurre al pueblo no en tanto realidad, sino en cuanto abstracción ideal que guarda los valores más nobles y auténticos de la comunidad. En este sentido, la comunidad es un sujeto unitario, donde el individuo no es considerado en su individualidad y autonomía, sino como miembro que integra y contribuye a dar consistencia a la comunidad. De ahí que el populismo tenga habitual predicamento en las ideologías nacionalistas o regionalistas. Por lo general, el líder populista proviene o pretende originarse en el propio pueblo y representa las esperanzas, inquietudes y reclamos de éste. Por este motivo, la estrategia de lograrse un clientelismo será fundamental para lograr sus objetivos. Así, el caudillo populista al tomar el poder se rodea de toda una “corte” de adláteres y tecnócratas que se van a encargar de poner en práctica su programa de intereses creados y privados, apoyado en la filosofía de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. El poder se convierte entonces en un fenómeno fáctico que, en su máxima degeneración despótica, necesita de control total no solo de todos los ámbitos cotidianos, sino también de cualquier tipo de disidencia que cuestione su legitimidad y autoridad. Cualquier forma de oponerse, es definida como complot político y debe ser desterrada. Y esto sucede cuando el poder se personaliza, entonces deriva en dictadura.
Existen diversas fórmulas para llegar a una dictadura, sin necesariamente tener que eliminar el formalismo y la estética democrática. Tal vez, una de las más engañosas se da dentro de una democracia. En ella, en un momento determinado asoma el caudillismo totalitario. Éste necesitará disfrazarse con el manto democrático para perseverar en sus fines: el control político, económico y social, sin ofender en demasía los principios básicos de la soberanía popular. Sucede entonces un tipo de gobierno de autoridad singular, sustentado en el abuso de superioridad e imposición del control absoluto sobre los ciudadanos. Precisamente, la “democracia” así entendida desprecia la democracia representativa y, más aún, la democracia participativa, ya que necesita concentrar la mayor parte del poder en manos de una persona o de un grupo reducido de personas. Eso sí, de cara al exterior se hace ver al ciudadano que él es el protagonista de la soberanía popular. Surge así la idea de que todo es por y para el pueblo, pero a ser posible sin que intervenga el pueblo. Se recurre entonces al paradigma del populismo. Esto suele ser común en momentos y lugares donde prepondera un partido político sobre los demás durante mucho tiempo o donde un líder mesiánico aparece para salvar al mundo liberarlo de todos sus males. Los parlamentos y asambleas representantes de la voluntad popular quedan relegados a ser meros títeres del poder e instrumentos que legitimen la arbitrariedad y el vicio público. La única alternativa es que no haya alternativa. No existe crítica, porque los medios para la crítica están de una u otra manera amordazados. La oposición se silencia con prebendas o amenazas, o se crea un clima contrario entre la población acusándola sistemáticamente de maquinar complots. A la vez, se elabora toda una maquinaria informativa y desinformativa de alienación a través de unos medios de comunicación masiva al dictado de un oficialismo monocorde. Para ello se compran voluntades y conciencias no solo con dinero o pago de prestaciones a través de la propaganda institucional, sino también con presiones, intimidaciones y, en último término, violencia física. De la misma manera, se derrocha el dinero público -dinero de los contribuyentes- para captar simpatías y adhesiones inquebrantables con despensas, refrigeradores o fastos públicos, circos populares planeados para manifestar el culto a la personalidad caciquil del gobernante. Éste se presentará siempre en loor de multitudes en medio del espectáculo rodeado de abrazafaroles que viven al, y del, dictado del dedo caprichoso de su señor. Esta es la imagen del caudillo tradicional maquillada por la profesionalidad del betún de la modernidad. El cuadillo necesita del populismo no como contenido, sino como estilo de hacer política.
En todo ello juega un papel fundamental la propaganda institucional. Grandes sumas de dinero se destinan al fomento y proyección de la imagen del déspota populista y sus actividades públicas: propaganda de su acción gobierno en cualquier rincón, la aparición de su imagen en cualquier evento público, en periódicos, en las televisiones (incluso en los programas más inverosímiles), y en la radio y televisión pública se obliga hablar de él o de los logros de su gobierno en cualquier espacio, se componen canciones de dudoso gusto al gobernarte ejecutadas por intérpretes de discutible calidad, se pintan obras públicas, edificios públicos, escuelas, etc., con colores y símbolos distintivos del gobernante populista, y si fuera posible se le reservaría un espacio en el santoral. Este tipo de prohombre es como Dios, está en todas partes pero visible, haciéndose acreedor, no sin dificultad, al canto con ironía de algún díscolo maldiciente de aquella copla popular que dice “¡Viva San Emerenciano!, que es nuestro santo patrón, obispo, virgen, mártir y madre del Salvador”.
El sector privado tampoco se escapa a esta presión, de tal manera que la disidencia se silencia y se llega, incluso, a clausurar medios de comunicación contrarios o perseguir como subversivos a todos aquellos que se oponen a la voluntad del caudillo-gobernante. Y todo ello se hace con una mal entendida noción de bien público, eso sí, con dinero público. Un dinero público, por cierto, de algunos o muchos que no comparten la idea que derrochen sus impuestos en promociones personales del gobernarte de turno. Pero, efectivamente, los caudales públicos en estas dictaduras encubiertas -llamémoslas por su nombre- son destinados a beneficiar a cualquiera menos al interés público, ya que la voluntad de servicio es una patraña demagógica. La realidad es otra muy diferente: desde un principio, estos caudillos despóticos, más que servir a la voluntad popular –para lo cual se les elige-, vienen a servirse de ella. Finalmente, su torpeza y mayor debilidad es el desconocimiento de la historia, la cual nos enseña que estos personajes terminan fagocitados por el sistema que ellos mismos crearon: dura lex sed lex. Y la razón estriba en que sus despóticos manejos suponen una traición al ciudadano que le otorgó su representación. Pero también es una traición al espíritu de la democracia, democracia a la que juraron lealtad y respeto al asumir el mandato de la voluntad popular, terminando por corromperla para enriquecerse a través de ella. Bastante les importa derrochar a manos llenas el dinero público entre sus cómplices, seguidores cercanos y alguna que otra amiga con derecho a roce. Total, el ciudadano paga y, éste, es un rebaño desconcertado, peligroso e ignorante, al que se debe anestesiar con un plato de lentejas, entretener y controlar para que no entre en pánico. ¿Será que, como advierte el refrán, el perro mientras come y se distrae no ladra?