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viernes, 11 de febrero de 2011

LA GENEALOGÍA DEL MAL.


Por Jesús Turiso Sebastián
"Los monstruos existen
pero son demasiado poco numerosos
para ser verdaderamente peligrosos;
los que son realmente peligrosos
son los hombres comunes"
Primo Levi.

Si nos atenemos a los principios éticos y a un sentir general, es verdaderamente aborrecible y lacerante, no sólo para la conciencia moral, sino para los más elementales sentimientos de humanidad las atrocidades cometidas por los nazis contra judíos, gitanos, eslavos, comunistas, homosexuales, disidentes, y población civil no combatiente,  sobre todo contra niños y mujeres. Es esta radicalidad de la actuación de los nazis la qué hizo que la maldad que desarrollaron sobrepasase cualquier límite y exceda nuestra capacidad de compresión y haya supuesto uno de los colapsos más profundos que ha sufrido la civilización moderna.
El mal definido por nuestro Diccionario de la Lengua Española señala que es “lo contrario al bien lo que se aparta de lo lícito y honesto”. En este sentido, el bien sería la virtud de hacer lo que se considera como moralmente bueno. Por lo tanto, el mal no sería la falta de bien, sino lo opuesto al bien. Es decir, el mal sería lo que no es bien, lo que hace daño, lo  que hace sufrir, lo que degrada al ser humano. Es motivo de reflexión qué tipo de fuerzas espirituales o convicciones ideológicas pudieron llevar a los hombres de las SS, a los miembros de los Einsatzgruppe a cauterizar su conciencia y degradar su humanidad al grado de no sentir ninguna simpatía por niños aterrorizados por haber sido separados de sus padres y tratados como desperdicio; o por madres angustiadas, separadas de sus hijos y sin ninguna esperanza de sobrevivir. Para los nacidos en la postguerra, esta crueldad, esta inhumanidad sin límites ha planteado un gravísimo problema de comprensión. ¿Cómo es posible que la patria de Bach, de Goethe, de Beethoven haya engendrado un  régimen basado en el terror, y que éste no sólo fuera acogido rápidamente, sino que además contara con el apoyo de gran parte de una sociedad culta y desarrollada? ¿cómo se entiende que un Wagner pudiera en un momento escribir los hermos acordes de Tristan y al momento siguiente pedir el exterminio de los judíos? ¿Qué hizo que la maldad nazi sobrepasase cualquier límite imaginable? No hay consenso entre los historiadores sobre el porqué de todo ello. Ahora bien, sostener como más de un historiador ha defendido que la Alemania en los años 30 llegó a  ser como fue debido al fracaso del sistema político liberal en el siglo XIX y el dominio del conservadurismo en Alemania, o argumentar que el Tercer Reich fue un fenómeno aislado y que poco tenía que ver con la Historia de Alemania, o que fue el resultado de las consecuencias que siguieron a la derrota del Imperio alemán en la 1a Guerra Mundial, es ofrecer una explicación insuficiente y epidérmica de todo un proceso histórico más comprensible a través de la larga duración. Tampoco es suficiente la explicación que se emplaza en el “Hitlercentrismo”, es decir, que sitúa a Hitler en el origen de todo. El sadismo, la locura o el fanatismo no son explicaciones suficientes para elucidar todo un período de la historia de Alemania y de Europa caracterizado por los crímenes masivos de Estado, la pasividad y el silencio ante ellos, cuando no colaboración, de toda una sociedad. En este sentido coincido con Todorov en que la explicación no debe buscarse en las características del individuo sino en las de la sociedad que impone "imperativos categóricos", como el militar, para asesinar fríamente a miles de personas[1]. En lo que ya no estaría tan de acuerdo con Todorov es en establecer como eje principal de la interpretación de dichos crímenes el carácter totalitario de la sociedad. Sin que descarte como explicación las tradiciones culturales y nacionales, Todorov se cuestiona más adelante por qué en Alemania y no en Francia. Su respuesta es que todos aquellos que cometieron crímenes atroces “no son seres humanos diferentes de los de otros países”, pero sí lo es el régimen político en el que viven. Ahora bien, creemos que la mentalidad, elaborada precisamente a lo largo de muchos siglos por las tradiciones culturales y nacionales, sí debiera tener un peso muy importante dentro de cualquier análisis y explicación de esta manifestación del mal del hombre. Bien es cierto que el antisemitismo cultural y religioso fue muy común en Europa desde la Edad Media pero, por qué fueron los germanische el brazo ejecutor del mal, o por qué en Alemania se centró este mal, por qué no en Francia o Inglaterra, como se preguntaba Todorov, es la pregunta que se debe responder. Tal vez una primera pista nos la ofrezca Elias cuando establece la existencia una clara oposición entre “cultura” y “civilización” en Alemania[2]. En este sentido, el concepto de “civilización” implica la autoconciencia de Occidente: todo aquello que manifiesta su peculiaridad, como los avances técnicos alcanzados, el desarrollo científico o la concepción del mudo. La palabra civilidad, queda en un segundo plano para los alemanes, ya que la noción que define quiénes son es el de “cultura”[3].  Se podría entender, así, que el término civilización explica el “yo” nacional de adentro a fuera, es decir, de manera exógena; mientras, el concepto de cultura para el alemán se llevaría a cabo desde dentro hacía adentro, es decir, endógenamente.   Y es precisamente la noción de cultura o Kultur, en alemán, la que significa las peculiaridades del alemán y enfatiza las distinciones con otras naciones, es decir, tiene un carácter eminentemente diferenciador. Este distanciamiento  entre civilización y cultura en Alemania se hizo evidente después de la firma del Tratado de Versalles fundamentalmente porque la guerra se llevó a cabo y fue ganada por las potencias aliadas en nombre de la Civilización. Se produce a partir de entonces un repliegue de Alemania hacia sí misma, un regreso al refugio de la kultur, origen y destino de toda identidad germánica, porque la salvación de Alemania no va a venir de fuera, tiene que llegar desde dentro. El nacionalsocialismo encontrará aquí el abrevadero oportuno para crecer y desarrollarse como movimiento de masas.


[1] Tzventan Todorov: Frente al límite. Madrid, Ed. Siglo XXI, 1993, p. 133.
[2] Norbert Elías: El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pp. 57-82.
[3] Ibídem, p. 52.