Por Jesús Turiso Sebastián
"Los
monstruos existen
pero son
demasiado poco numerosos
para ser
verdaderamente peligrosos;
los que son realmente
peligrosos
son los hombres comunes"
Primo Levi.
Si nos atenemos a
los principios
éticos y a un sentir general, es verdaderamente aborrecible
y lacerante, no sólo para
la conciencia moral, sino para los más elementales sentimientos de humanidad las atrocidades cometidas por los nazis contra
judíos, gitanos, eslavos, comunistas, homosexuales, disidentes, y población
civil no
combatiente,
sobre
todo contra niños y mujeres. Es esta radicalidad de la
actuación de los nazis la qué hizo que la maldad que desarrollaron sobrepasase
cualquier límite y exceda nuestra capacidad de compresión y haya supuesto uno
de los colapsos más profundos que ha sufrido la civilización moderna.
El mal
definido por nuestro Diccionario de la
Lengua Española señala que es “lo contrario al bien lo que se aparta de lo
lícito y honesto”. En este sentido, el bien
sería la virtud de hacer lo que se considera como moralmente bueno. Por lo
tanto, el mal no sería la falta de bien, sino lo opuesto al bien. Es decir, el
mal sería lo que no es bien, lo que hace daño, lo que hace sufrir, lo que degrada al ser humano. Es motivo de reflexión qué
tipo de fuerzas espirituales o convicciones ideológicas pudieron llevar a los
hombres de las SS, a los miembros de los Einsatzgruppe a cauterizar su
conciencia y degradar su humanidad al grado de no sentir ninguna simpatía por
niños aterrorizados por haber sido separados de sus padres y tratados como
desperdicio; o por madres angustiadas, separadas de sus hijos y sin ninguna
esperanza de sobrevivir. Para los nacidos en la postguerra, esta crueldad, esta
inhumanidad sin límites ha planteado un gravísimo problema de comprensión.
¿Cómo es posible que la patria de Bach, de Goethe, de Beethoven haya engendrado
un régimen basado en el terror, y
que éste no sólo fuera acogido rápidamente, sino que además contara con el
apoyo de gran parte de una sociedad culta y desarrollada? ¿cómo se entiende que
un Wagner pudiera en un momento escribir los hermos acordes de Tristan y al
momento siguiente pedir el exterminio de los judíos? ¿Qué hizo que la maldad
nazi sobrepasase cualquier límite imaginable? No hay consenso entre los
historiadores sobre el porqué de todo ello. Ahora bien, sostener como más de un
historiador ha defendido que la Alemania en los años 30 llegó a ser como fue debido al fracaso del sistema
político liberal en el siglo XIX y el dominio del conservadurismo en Alemania,
o argumentar que el Tercer Reich fue un fenómeno aislado y que poco tenía que
ver con la Historia de Alemania, o que fue el resultado de las consecuencias
que siguieron a la derrota del Imperio alemán en la 1a Guerra
Mundial, es ofrecer una explicación insuficiente y epidérmica de todo un
proceso histórico más comprensible a través de la larga duración. Tampoco es
suficiente la explicación que se emplaza en el “Hitlercentrismo”, es decir, que
sitúa a Hitler en el origen de todo. El sadismo, la locura o el fanatismo no
son explicaciones suficientes para elucidar todo un período de la historia de
Alemania y de Europa caracterizado por los crímenes masivos de Estado, la
pasividad y el silencio ante ellos, cuando no colaboración, de toda una sociedad.
En este sentido coincido con Todorov en que la explicación no debe buscarse en
las características del individuo sino en las de la sociedad que impone
"imperativos categóricos", como el militar, para asesinar fríamente a
miles de personas[1]. En lo que
ya no estaría tan de acuerdo con Todorov es en establecer como eje principal de
la interpretación de dichos crímenes el carácter totalitario de la sociedad.
Sin que descarte como explicación las tradiciones culturales y nacionales,
Todorov se cuestiona más adelante por qué en Alemania y no en Francia. Su
respuesta es que todos aquellos que cometieron crímenes atroces “no son seres
humanos diferentes de los de otros países”, pero sí lo es el régimen político
en el que viven. Ahora bien, creemos que la mentalidad, elaborada precisamente
a lo largo de muchos siglos por las tradiciones culturales y nacionales, sí
debiera tener un peso muy importante dentro de cualquier análisis y explicación
de esta manifestación del mal del hombre. Bien es cierto que el antisemitismo
cultural y religioso fue muy común en Europa desde la Edad Media pero, por qué
fueron los germanische el brazo
ejecutor del mal, o por qué en Alemania se centró este mal, por qué no en
Francia o Inglaterra, como se preguntaba Todorov, es la pregunta que se debe
responder. Tal vez una primera pista
nos la ofrezca Elias cuando establece la existencia una clara oposición entre
“cultura” y “civilización” en Alemania[2].
En este sentido, el concepto de “civilización” implica la autoconciencia de
Occidente: todo aquello que manifiesta su peculiaridad, como los avances
técnicos alcanzados, el desarrollo científico o la concepción del mudo. La
palabra civilidad, queda en un segundo plano para los alemanes, ya que la
noción que define quiénes son es el de “cultura”[3]. Se podría entender, así, que el término
civilización explica el “yo” nacional de adentro a fuera, es decir, de manera
exógena; mientras, el concepto de cultura para el alemán se llevaría a cabo
desde dentro hacía adentro, es decir, endógenamente. Y es precisamente la noción de cultura o Kultur, en alemán, la que significa las
peculiaridades del alemán y enfatiza las distinciones con otras naciones, es
decir, tiene un carácter eminentemente diferenciador. Este distanciamiento entre civilización y cultura en
Alemania se hizo evidente después de la firma del Tratado de Versalles
fundamentalmente porque la guerra se llevó a cabo y fue ganada por las
potencias aliadas en nombre de la Civilización. Se produce a partir de entonces
un repliegue de Alemania hacia sí misma, un regreso al refugio de la kultur, origen y destino de toda
identidad germánica, porque la salvación de Alemania no va a venir de fuera,
tiene que llegar desde dentro. El nacionalsocialismo encontrará aquí el
abrevadero oportuno para crecer y desarrollarse como movimiento de masas.