UNA PRIMERA REFLEXIÓN.
“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca” les
decía Marcelo a Horacio y a Hammlet en la genial obra de Shakespeare. La
putrefacción, sin duda, es uno de los sinónimos del término corrupción. Pues
bien, algo podrido huele en nuestro mundo cuando uno de los principales temas
de las agendas políticas, de las páginas de los periódicos, de las cabeceras de
la radio y televisión, de las conversaciones en la calle, etc., es el de la
corrupción. Con esta expresión damos sentido a la percepción que se tiene en
amplios sectores de la sociedad de que algo no funciona: democracias
virtuales, sistemas financieros que pisotean sin escrúpulos al ser humano y que
medran con la especulación, políticos que se pervierten lucrándose y lucrando a
los que les rodean con los recursos públicos gracias a la prevaricación,
funcionarios públicos que medran con la coima o la mordida, famosos que se
ganan sus cuartos mediante el insulto gracias a la telebasura, “ciudadanos” que
se aprovechan de la debilidad de otros para sacarles tajada, etc. La corrupción
no es algo nuevo, que haya surgido como consecuencia de fenómenos del presente
como la globalización o el sistema financiero internacional.
Pues
bien, la corrupción, en especial en nuestros días, es una manifestación
caracterizada por su complejidad a la hora de analizarla, dado que es difícil
de delimitar lo qué es corrupción y de las debilidades propias de la condición
humana. La corrupción es vista como cáncer interno de la sociedad y la degeneración
de las buenas costumbres, por ello resulta la ruptura de la civilidad, es
decir, del pacto social.
En
este panorama actual, real, sobre el que se asienta el juego social de nuestra
cotidianeidad, pareciera significar la reflexión del genial Sofocleto que distinguía
dos tipos de personas en el mundo: los conchudos y los cojudos, cuyo bienestar
se sustentaba en aprovecharse de la cojudez de los primeros. Esta visión humorística
de la condición humana no es más que el reflejo de un universal histórico: la
existencia en todo espacio y en todo tiempo de sujetos pacientes de la historia
y de individuos o grupos de individuos agentes de la historia que la han ido
construyendo con mañas, malos usos y demasiados abusos en beneficio de sus
intereses y la de su clientela. En este sentido, la corrupción es también un
universal común en todo tiempo y lugar, por lo tanto, es un fenómeno histórico,
y ello es así porque forma parte de la misma condición humana y del ser social
que los humanos somos. Así pues, la corrupción es exclusiva de los seres
humanos y solo ellos son capaces de manifestarla, porque es un resultado de la
racionalidad de la que, por ejemplo, los animales carecen.
El
planteamiento que sostengo es que la corrupción que tanto nos atribula en
nuestra época y que la sociedad, generalmente, pone su dedo acusador en los políticos,
es la consecuencia de la propia podredumbre de nuestras sociedades actuales.
Los políticos, banqueros, empresarios, etc., no son más que el reflejo de la propia sociedad. Con ello quiero
decir que la corrupción no es algo genético o innato al ser humano, sino que su
origen se sitúa en la identidad del zoon politikon, es decir, en el vivir en sociedad. Todos los seres humanos tenemos la
capacidad de corrompernos, no es cuestión ni siquiera educación o de cultura.
Han existido personajes de cultura elevada y, sin embargo, han pasado a la
historia como grandes corruptos. Como ejemplo, pondríamos a el Duque de Lerma,
ministro del rey Felipe III, el se enriqueció al convencer en 1601
al rey para que trasladase la
corte de Madrid a Valladolid. Este pillo ministro se lucró gracias a una maniobra
de compra de terrenos meses antes del traslado de la Corte, vendiendo después
los terrenos al estado a precio de oro a la corona. ¿Se nos hace familiar este
fenómeno de especulación inmobiliaria con situaciones actuales de algunos políticos?
Por
lo tanto, todos podemos ser corruptos. La buena noticia es que de la misma
manera todos podemos ser virtuosos. Del triunfo de la tendencia a la virtud
dependerá la ruptura de ese equilibrio inestable entre los dos opuestos a favor
de la primacía de las acciones virtuosas. Platón, situaba las causas de la corrupción en la riqueza y
en la indigencia: la primera porque “trae la molicie, la ociosidad y el prurito
de novedades”; la segunda, por su
parte, conlleva también “ese mismo prurito y, a más, la vileza y el mal obrar”.
Por lo tanto, la virtud sería la antípoda
de la corrupción. Y, en este sentido,
la virtud sería la capacidad de desarrollar, por encima del mal, la justicia,
que es la virtud por la cual una persona
dirige sus acciones hacia el bien común. La virtud, consiguientemente, nos orienta a realizar lo correcto, a obrar con justicia con respecto a las demás personas. Según
esto, la corrupción, al igual que la virtud, no es una facultad de los seres
humanos, sino más bien un hábito. Por
lo tanto, la virtud es el hábito opuesto a la corrupción, de tal manera que,
como señala Aristóteles en la Ética a Nicómaco,
si los hábitos nos alejan del
cumplimiento de nuestra naturaleza de cumplir con el bien, se convierten
entonces en vicios, es decir, en corrupción.
