Jesús Turiso Sebastián
La
mentalidad hispánica, los españoles, hemos sucumbido históricamente al fácil acomodo
de la responsabilidad de sus fracasos al “otro”, a los elementos o al empedrado
que no permite avanzar. Durante últimos años del siglo XVI se empieza a
vislumbrar el comienzo del fin de una época de prosperidad que va terminar por
sepultar en las ruinas de su esplendor un imperio donde nunca se ponía el sol.
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya
desmoronados
de la carrera de la edad
cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo: vi que el sol
bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al
día.
Entré en mi casa: vi que
amancillada
de anciana habitación era
despojos,
mi báculo más corvo y menos
fuerte.
Vencida de la edad sentí mi
espada,
y no hallé cosa en que poner los
ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
(Francisco de Quevedo)
El bajo
perfil autocrítico -sutentado en una mal entendida concepción de virtudes como
el honor y la honra- conllevó a que, desde el rey hasta el labriego más mísero,
culpabilizaran de las desgracias del país a cualquiera menos a sí mismos.
Felipe II, cuando conoció la noticia de la derrota de la Armada
Invencible por la flota inglesa, debido a la ineptitud de los mandos y al mal
tiempo, expresó desolado “yo no he mandado mi flota
a luchar contra los elementos”. Los arbitristas españoles de los siglos XVI y
XVII –reconocidos pensadores económicos vinculados a la Escuela de Salamanca-
señalaban a la usura de los banqueros extrajeros la causa de las enfermedades
económicas de España. Francisco de Quevedo, uno de los grandes poetas del siglo
XVII, en La hora de todos y la fortuna
con seso atribuía los males del país a los franceses con aquella lapidaría
sentencia de “y ahora veo que los Franceses sois los piojos que
comen a España por todas partes y que venís a ella en figura de bocas abiertas,
con dientes de peines y muelas de aguzar”. Sin duda, estas apreciaciones tenían su base: desde la
llegada de Carlos V al trono, España experimentará el proceso de, primero, la
imposición de dirigentes extranjeros traídos por el nuevo rey que intentaron
sustituir el modelo foral castellano de libertades individuales (nadie es más
que nadie) por el artificio de los nuevos modelos políticos y económicos
europeos; y, segundo, el del aislamiento y autorreclusión a las influencias
externas por mor de la contrarreforma, como estrategia defensiva de la
espiritualidad católica frente a la amenaza de hordas protestantes
centroeuropeas y en las virtudes morales derivadas de la fe. En fin,
parafraseando a Ortega, la historia de una nación no es únicamente la historia
de su formación y apogeo, sino también la historia de su decadencia.[1]
La conciencia de fin de una época, de crisis de la
conciencia, la sensación de angustia generalizada, de que el mundo se estaba
hundiendo en rededor, de que ya no nos pertenece, no siempre ha sido inmediata pero sí dolorosa. El ser
humano, acostumbrado a asistir a la decadencia biológica que finaliza con la
muerte del cuerpo, ha elaborado siempre estrategias para superar el dolor que
supone la conclusión de un ciclo. Estas actitudes iban orientadas a la
superación de la crisis provocada, seguramente, por la incompatibilidad entre
lo vivido y lo anhelado.
En este siglo, España cerró un curso histórico de esplendor cuando en su
imperio no se ponía nunca el sol y abrió otro de descomposición global,
dramática zozobra, agonía y paradójicos empeños de asilo y, a la vez, evasión
del mundo. La época del Barroco quizá sea un de los períodos donde esté más
presente la sensación de decadencia y también de evasión del mundo. Maravall
sostiene que el Barroco es una respuesta de los grupos más dinámicos de la
sociedad a una profunda crisis de casi cien años que está relacionada con las
fluctuaciones críticas de la economía durante ese tiempo crisis y va unida a
otra no menos profunda de carácter social.[2]
No por nada, Américo Castro, para el ámbito hispánico, la denominó la edad
conflictiva. Las causas de esta decadencia son de sobra conocidas: la
contrarreforma de la iglesia que reforzó la autoridad del papado, la guerra de
los treinta años, desarrollo del absolutismo, epidemias y pérdida de población,
etc. Finalmente, la derrota de
la Armada Invencible, que resultó no serlo tanto, había sumido en un estado de
desasosiego, atonía y desesperanza a un país que, tras ser uno de los mayores
imperios, se había convertido en
un potencia decrépita y patética de segunda fila en el concierto
europeo. La imagen del escuálido
hidalgo de la Mancha, bien pudiera ser la imagen de la España del XVII. En este contexto, las únicas reacciones
posibles van a ser, por un lado, la constatación del fracaso y la decadencia
mediante pasquines aparecidos en Madrid donde se representa a España como “una figura enferma y un médico
tomándole el pulso y recitando: no hay otro remedio que tomar el acero”[3]
y, por otro, el refugio en la nostalgia de los “paraísos perdidos” de una época de grandeza ya perdida. Bartolomé de
Góngora en El corregimiento sagaz (1656) lo expresa meridianamente:
“Dejando yo ahora los varones heroicos en todo género de aquel siglo del
prudente Rey don Phelipe, baste decir que en él floreció el mismo Rey en quien
hago epílogo del talento más escogido (en su modo) de aquella edad a mi parecer
Siglo de Oro”. Existe, pues, una conciencia generalizada en la mentalidad del
siglo XVII de irremediable ocaso. España es en estos momentos el resultado de
una decadencia no planeada. Es como si desde la derrota de la Armada Invencible se hubiera eclipsado el sol y detenido el mundo para España. Es como si en el
mortecino coso español se empezara a lidiar entre la disyuntiva res de
atrincherarse en una religiosidad contrarreformista cerrada y cerril, recluida
en su propio senequismo estoico, y la de bajarse del mundo, un mundo de
ensoñaciones, esclerótico y atribulado por el agotamiento histórico. Pero junto
a esta inercia decadente se va a dar una fuerza opuesta, un movimiento de
regeneración manifestado en la desbordante y genial creatividad del
pensamiento, la cultura y el arte. La decadencia, en sí, no es mala ni buena, “sino
todo lo contrario” (presidente mexicano Echeverria dixit): aparejadas vienen con ella
sus regeneraciones. La regeneración en España trajo, tal vez, el período
histórico más esplendoroso de la cultura y el arte español, un Siglo de Oro glorificado, y en cierta
manera, envidiado y referenciado en la Europa del barroco. Se puede observar,
en fin, cómo en el movimiento de la historia, en ese devenir de continuidades y
discontinuidades, tras la decadencia y el fin de ciclo acostumbra a llegar un
nuevo comienzo y una regeneración.
A la espera de esa regeneración, el español de pueblo, de la machadiana
España de charanga y pandereta, que empezó a levantar sus cimientos en épocas
decadentistas, elaboraba estrategias de supervivencia. Estas estrategias
pasaban por la tan hispánica búsqueda de los paraísos perdidos, América como
refugio de los desesperados de España –como la definió Cervantes en El celoso Extremeño- o en buscar cobertizos
en virtudes metafísicas que adornan mucho pero no matan el hambre. Pero como
diría Ortega, otra vez el sabio Ortega, “Sólo debe ser lo que puede ser, y sólo
puede ser lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es. Fuera
deseable que el cuerpo humano tuviese alas como el pájaro; pero como no puede
tenerlas, porque su estructura zoológica se lo impide, sería falso decir que debe
tener alas”.[4]
O, dicho en palabras de hombre del pueblo, del gran torero Rafael Gómez “el
Gallo”: “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”, por lo que a
falta de pan buenas son tortas, sentencia el refrán. Centrémonos, pues, en esas
virtudes metafísicas que engrandecen el espíritu humano pero que no sacian
al estómago.
El humanismo ideal hispánico.
El humanismo
hispánico del XVII está influido por la moral rigorista católica tridentina. Una
moral católica sustentada en las virtudes teologales, afianzadas y reafrmadas
por las controversias teológicas del cristianismo en el siglo XVI, controversias teológicas integradas en
el manual de vida cotidiana de los Ejercicios
espirituales de San Ignacio. En un ambiente de pugnas teológicas de
protestantes y católicos, de reformistas y contrarreformistas, de escisiones
radicales, España se encierra en sí misma, elabora su ideal humanístico a
imagen y semejanza de sus dogmas y creencias, sin ningún margen a la
disidencia, y se convierte en la reserva espiritual de Europa y en azote de
herejes.
Cervantes,
prototipo hispánico donde los haya, singulariza en don Quijote los ideales hispánicos
-que no necesariamente tenían que adaptarse a la realidad convulsa, desconcertante
y a la falta de vigor de un imperio en retirada que se atrincheraba en los
rescoldos de grandezas recientes lamiendo sus heridas-: generosidad, valentía,
caridad y empatía con el débil, misericordia, justicia, defensa de cusas
perdidas, fe y religiosidad. La filosofía moral que expresa don Quijote a
Sancho reflejan esta cosmovisión cervantina humanística:
Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre,
pero no más justicia que las informaciones del rico […]
Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no
cargues con el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez
riguroso que la del compasivo.
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con
el peso de la dádiva, sino de la misericordia [...]
Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción
considérale hombre miserable[5],
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto
fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muestrale piadoso y
clemente, porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más
resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.[6]
Sin duda,
don Quijote representa la imagen de la España que se necesitaba en esos
momentos para salir del atolladero en el que se metió en el siglo XVI, es
decir, la España del sacrifico, el esfuerzo y el pundonor personal afincados en
la virtud moral a pesar de la desdicha:
Lo que te sé decir –don Quijote dirigiéndose a
Sancho-… que cada uno es artífice de su ventura. Yo he sido de la mía, pero con
la prudencia necesaria, y, así, me han salido al gallarín mis precauciones,
pues debiera pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna
no podía resistir la flaqueza de Rocinante. Atrevime, en fin; hice lo que pude,
derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud [...].[7]
No por
nada el ideal humanísta hispánico, de profunda raíz cristiana, se expresa vivamente
con el refrán de “haz el bien y no mires a quien”, porque, como asevera don
Américo Castro “Cervantes siente hondamente el valor de las virtudes cristianas
en cuanto amor y comprensión al prójimo. Su cristianismo se basa más en la
conducta que en las aparentes ceremonias. La caridad y el perdón de las
injurias mueven su pluma con expresiva elocuencia”.[8]
No por nada Sancho recibibirá de su señor el inestimable consejo de “Cuando te
sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo, aparta las mientes de tu
injuria y ponlas en la verdad del caso”.[9]
Honra y honor: patrimonio del alma.
A fuerza de machacar y machacar,
otro de los tópicos que ha constituido nuestro hispanismo ha sido el de Más vale honra sin barcos, que
barcos sin honra, frase atribuida al Almirante español de
la Guerra del Pacífico Casto Méndez Núñez y que, sin duda, es la manifestación
de ese quijotismo hispánico histórico. En el diccionario de Autoridades de 1734 se define la honra como “pundonor, estimación y buena fama, que
se halla en el sujeto y debe conservar” y “se toma también por la integridad
virginal de las mujeres”. Por su parte, se define el honor como “reputación y
lustre de alguna familia, acción u otra cosa”, asimismo “significa también la
honestidad y recato en las mujeres”, de tal manera que honorable, sería “lo que
es digno y merece ser honrado”. Francisco de Vitoria, teólogo y jurista del
siglo XVI, definía el honor como “la deferencia que se debe a la virtud y de
nada vale ser honesto si no se tiene reputación de serlo”. La honra, tema fundamental de las
letras hispánicas en los siglos XVI y XVII, se constituye en la aldaba de una
cosmovisión imperante inscrita en un sistema de valores sociales que concluyen
por reclinarse en la opinión del “otro”. Lope de Vega no da puntadas sin hilo
cuando en Los comendadores de Córdoba
constata que:
Honra es aquella que
consiste en otro.
Ningún hombre es honrado
por si mismo,
que del otro recibe la honra un hombre…
Ser virtuoso un hombre y
tener méritos
no es ser honrado… De donde es cierto,
que la honra está en otro y
no en él mismo.
Es, por
tanto, la estima o desestima social la que resalta quién es honrado y la coloca
el inri[10]
de quién no lo es, lo cual habla de la arbitrariedad y fragilidad de la fama
social frente al honor que está en cada uno, es entero y bien asentado. En este
sentido, el honor es atributo de la virtud, no necesita justificación, tal existe
y vale a pesar de la actitud que tomen los demás; la honra pertenecía a
alguien, se ganaba o se perdía. Por boca de don Quijote sentencia Cervantes:
“Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente
es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de la gente impreso y
en estampa”.[11] Este tipo
de mecanismos mentales pueden explicar parte de la epopeya americana de
aquellos españoles que llegaban a lo desconocido para ellos, a un mundo de peligros
e incertidumbres a “ganar y mantener honra”, de tal forma que el propio
Cervantes condecoró a América en El
celoso extremeño con el distintivo de “refugio de los desesperados de
España”.
El concepto de honor, o la virtud del honor, ha sido un tema
recurrente a lo largo de la obra de Cervantes. Pero, ¿por qué Cervantes tiene muy presente siempre el honor
entendido como virtud que rige las acciones humanas? Pues bien, la explicación
no solo se sitúa en el contexto social y la mentalidad, que lo convierten en un
tema estrella de la época, sino además hay que entenderlo dentro de un contexto
personal: las vivencias del propio Cervantes que van a influir en la presencia
de este valor social en algunas de sus obras. Manuel Fernández Álvarez da una
explicación acerca de la razón por la que Cervantes recurre al tema del honor
en su obra. Cuando la familia de Cervantes, siendo ya un adolescente, traslada
su residencia de Cabra a Sevilla en 1563, asistió a un sangriento suceso,
consecuencia de un pleito de honor: un tabernero encontró a su esposa sirviendo
al amor con un mulato. La justicia, conforme a las leyes de la época, condenó a
muerte a los culpables y les entregó al marido deshonrado para que dispusiera
de sus vidas. El esposo hizo uso de su derecho y acuchilló repetidamente a la
adúltera mujer y a su amante, con ello limpiaba desde el punto de vista social
el honor fmiliar al grito de “¡Cuernos fuera!.[12]
En la escala de valores morales, en el sentido aristótelico,
Cervantes ubica el
honor como una facultad excelsa. A
través de los personajes de sus novelas sitúa al honor como componente de la
virtud, en el sentido de excelencia humana y como acto propio de la esencia
humana. Entendido de esta manera, Cervantes forma parte de la corriente del
pensamiento humanista que considera el honor como una virtud autónoma, no dada
por nadie: “[…] si tomas por medio la virtud y te precias de hacer hechos
virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen
príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la
virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”.[13]
A diferencia de la honra, que era resultado de la consideración exterior, el
honor es un atributo metafísico propio de la virtud individual porque “la
virtud y el buen entendimiento siempre es una y siempre uno: desnudo o vestido,
solo o acompañado. Bien es verdad que puede padecer acerca de la estimación de
las gentes; más no en la realidad verdadera de lo que merece y vale”.[14]
Por lo tanto, la opinión pública en nada contamina la esencia verdadera del
honor. Es decir, una persona virtuosa es así a pesar de lo que se diga de ella,
porque la virtud del honor es, única y exclusivamente, patrimonio del alma. Uno
pierde el honor, no por causa de la infamia vulgar de los demás, sino por
propias acciones que contrarían la virtud. Por tanto, las obras definen a las
personas y Cervantes lo deja claro en el Quijote:
“[…] Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que
en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado […]”[15] El honor proviene, pues, de la virtud,
es intrínseco a la persona, y algo todavía más importante, el honor lleva a
realizar obras virtuosas.
En fin, el padrastro de don Quijote –como se autonomina Cervantes en la primera
edición de El Quijote- ancla necesariamente su humanismo en las virtudes
fundamentales que constituyen el ser hispánico en los siglos XVI y XVII. Difïcilmente,
sería entendible la cosmovisión hispánica de la época sin un modelo de
moralidad que intenta mantenerse a capa y espada en un mundo en el que observa
cómo los “muros de la patría mía” se derrumban desde el enrás del adarve[16]
hasta el pie.
[1]
José Ortega y Gasset, La España
invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos, Editorial Espasa
Calpe, 1921, p. 19.
[2] José Antonio Maravall, La cultura del barroco,
Editorial Ariel, Barcelona, 1975, p. 55.
[3] “Cartas de algunos PP. De la Compañía de Jesús
sobre los sucesos de la monarquía entre 1634 y 1648”. Cfr. Julio Caro Baroja, Las
formas complejas de la vida religiosa (siglos XVI y XVII), Editorial
Sarape, Madrid, 1985, p. 338.
[4]
José Ortega y Gasset, op. cit., pp. 126-127.
[5] “Hombre miserable” se debe entender
aquí como “hombre que es digno de misericordia”.
[6]
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la
Mancha, Madrid, Real Academia Española de la Lengua, Asociación de
Academias de la Lengua Española, 2004, II parte, cap. XLII, pp. 869-870.
[7]
Ibídem, II parte, cap. LXVI, pp. 1054-1055.
[8]
Américo Castro, El pensamiento de
Cervantes, Madrid, Ed. Crítica, 1987, p. 307.
[9]
Miguel de Cervantes, Don Quijote…,
op. cit., II parte, cap. XLII, p. 870.
[10]
“Iesus Nazarenus Rex
Iudaeorum", inscripción que se puso en la cruz de Cristo y significa
“Jesús de Nazaret, rey de los judíos”.
[11]
Ibídem, II parte, cap. III, p. 568.
[12]
Manuel Fernández Álvarez, La sociedad
española en el Siglo de Oro, Ed. Gredos, Madrid, 1989, vol. II, pp.
583-584.
[13]
Miguel de Cervantes, Don Quijote...,
op. cit., II parte, cap. XLII, pp. 868-869.
[14]
Miguel de Cervantes, Coloquio de los
perros, cit. por Américo Castro, El
pensamiento de Cervantes, Ed. Crítica, Madrid, p. 362.
[15]
Miguel de Cervantes, Don Quijote...,
op. cit., II parte, cap. XXXII, p. 800.
[16]
Parte superior de una muralla medieval.
