(H)ELARTE DE FRÍO O UNA MALA NOCHE LA TIENE CUALQUIERA
Por Jesús Turiso Sebastián.
No hace mucho tuve la inclinación de
entrar a ver una exposición de pintura de un "artista emergente" de
pincel fútil y vesánico, ¡craso error el mío! Tras recorrer la sala y superar
el trauma visual provocado por dicha visita, salí con la sensación de vacío
cósmico, de que la tomadura de pelo se había instituido como género
artístico-literario. Su impacto me hizo reo de nocturnidad por esa noche y me
mantuvo dando vueltas acerca de cuál era la idea que tenía yo del arte. De esa
infausta impresión surgió esto que en unas cuartillas pondero.
Por definición una obra de arte es
aquella que hace que se mueva algo en el interior del ser humano al
contemplarla, que alborote los sentimientos. Es lo que hace que, por ejemplo,
Mozart, sea intemporal, eterno, y que, a Ricardo Arjona, Daddy Yankee o Luis
Fonsi dentro de unas generaciones no les conozcan ni sus santas madres, si es
que hipotéticamente vivieran. Hoy el arte está experimentando una llamativa
inflación de artistas: cualquier indocumentado se puede denominar artista y cualquier
ocurrencia definida por él como arte será arte porque el concepto ha suplantado
a la creación original. La crisis de valores está también presente en el Arte:
ya no es necesario hacer arte para ser artista, el talento creativo es atavismo,
el academicismo es la dictadura del arte y cualquier genio te planta una
alpargata en medio del lienzo y se siente Picasso. Esta crisis de valores ha
llegado al punto de considerar, por ejemplo, como obra de arte la crueldad de
exponer un perro amarrado en una sala, sin comer ni beber hasta su muerte,
frente a los ojos de espectadores incrédulos. Pero si bien hay más artistas que
champiñones, el consuelo para aquellos que aprecian el Arte con mayúscula es
que, al haber tantos artistas, la mayoría son prescindibles.
La pintura es un caso ejemplarizador
de esto último. Me da la impresión que un gran problema de la pintura actual es
que los pintores dedican más tiempo a explicar sus ocurrencias
"estéticas" que ejecutan dentro de un cuadro que a dotar un lienzo de
ese duende que haga surgir la sensibilidad del espectador. La obra de arte no
necesita ni explicaciones ni interpretaciones, habla -o debería de hablar- por
sí sola. Sin embargo, una parte del arte entendido como contemporáneo ya no
dice nada y, lo peor de todo, no provoca emociones más allá de una blasfemia
justificada. La consideración del arte figurativo, el realismo, e incluso, el
hiperrrealismo está demodé salvo contadas excepciones. Y esto es consecuencia
precisamente de que desde hace tiempo estas formas contemporáneas, ante la
ausencia de creatividad, han venido cayendo en el retoricismo. A falta de
originalidad, este retoricismo necesita ser decodificado porque, después de
pegar un zapato viejo o un embudo repetitivamente por activa, pasiva y
perifrástica en un lienzo, éste carece de esa originalidad primaria que las
obras de arte intrínsecamente poseen.
En nuestros días, la dictadura
posmoderna de la interpretación y sobreinterpretación, del todo vale, ha aupado
a las más altas cotas de consideración a autores con más cara que espalda que
se dedican a vender humo disfrazado de arte. La soberbia de estos seudoartistas
de ego infinito descalifica las críticas que en un momento dado se les haga,
contraatacando con descalificaciones del tenor de "son unos
ignorantes" o "qué sabrá el burro cuando es fiesta". No cabe
duda que la sensibilidad y la estética artística necesita ser educada y
cultivada. Estos considerados artistas hacen flaco favor a este propósito, y en
muchos casos, disimulan su pésima técnica y nula originalidad con auténticos vademecum
explicativos. Éstos, en el mejor de los casos, no elucidan nada y, en el peor
de los casos, dejan al espectador con una cara definida por versos del gran
poeta gaditano Rafael Alberti: yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho
dos tontos. Algunos de estos autores, carentes de todo pudor y sindéresis,
tienen incluso la osadía de lanzarse a incluir supuesta poesía, ejecutada por
ellos mismos, junto a sus "creaciones" para describir el significado
de su obra. Queda muy "artístico", seguramente, pero es una auténtica
cursilada.
En fin, el Arte de verdad compite en nuestros días en desigualdad de
condiciones con el lucrativo negocio de vender humo juntando brochazos en lienzos
y letras en los formatos explicativos de las obras. A la propagación de este
negocio están contribuyendo el dañino esnobismo de mecenas, el impulso de
críticos de estómago agradecido sin escrúpulos o carentes de criterio y salas
de exposición, verdaderas industrias de promoción de la mediocridad en aras del
adocenamiento de la sensibilidad del espectador. Ello se traduce, por un lado,
en una degeneración del Arte y, por otro, en que las circunstancias de muchos
artistas de genio e inspiración, pero con menos predicamento, concluyan por
definir el arte, el de creatividad, el que trasciende a sus contemporáneos,
como (h)elarte de frío. Tendrá que ser así. Mientras tanto, este burro seguirá
sin enterarse de esta fiesta.
