CARTA
POLÍTICAMENTE INCORRECTA A JULIO QUESADA MARTÍN Y ADOLFO GARCÍA DE LA SIENRA
Malos tiempos para el que decide declararse como español, porque no faltará algún progre de tarjeta de visita o tolerante de pijama, padrenuestro y orinal, otorgador de patentes de demócrata, que te llame fascista. Me solivianta que se encarte en el fascismo a aquellos que se partieron la cara y se jugaron la vida por defender in illo tempore la posibilidad de ser como cada uno quisiera ser: este es vuestro pago. Este mundo de la infinita interpretación ya no permite la kunderiana idea de que “nuestras vidas están bombardeadas por casualidades”, y definitivamente se ancla en la dialéctica bipolar del “piensas como yo o estás contra mí”. Y ya sabemos que las siguientes estrofas de la copla las escribió ya hace tiempo un tal Carl Schmitt, para el que la mera existencia del otro es percibida como una amenaza ontológica o existencial a la propia vida y, por lo tanto, es preciso exterminarlo para que triunfe la causa. Estamos en una época en la que se ve remontar el vuelo a la Avecilla de Hölderlin, época de regreso al dasein, o igual nunca nos ha abandonado. Esa filosofía del dasein que tantas tumbas ha excavado, ese eterno retorno de lo mismo nietzcheano que vosotros tan bien conocéis. Razón no te faltaba mi querido Julio cuando defendías ante tirios y troyanos, hasta en las reuniones de vecinos del portal, que el dasein heideggeriano no era otra cosa que la metafísica racial del ser. Las escuelas de idiotez –del griego idiotés (lo mío, lo propio), que explicaría el gran Gustavo Bueno-, proliferan como los champiñones y todos los idiotas se adhieren a ellas con la naturalidad propia del idiota. Hoy lo estamos viendo por todo el mundo cómo, en tiempos de crisis y convulsión, afloran todas estas identidades asesinas a veces totalmente diáfanas, y otras, disfrazadas con piel de cordero de la tolerancia y la democracia. Detrás de esos que se autodefinen como buenas personas en público y se rasgan las vestiduras por la libertad, que respetan la multiplicidad de pensar y de ser, detrás de la consigna de la tolerancia a la diversidad en todas sus manifestaciones, adalides de la esencia que se dicen representantes de una totalidad en la que nunca se considera la existencia de las partes, se encuentra la defensa de la etnia, las culturas únicas e irrepetibles y el pensamiento uniforme, que propenden imponer un todo vale, con tal de no alterar la “pureza” y autenticidad del ser, su ser. Y esta manera de entender la identidad cultural, imbuida de un carácter fuertemente comunitario que restringe la libertad individual y que recuerda más a la xenofobia que al respeto al otro, no es más que -se ponga como se ponga al que no le guste o se sienta reflejado en este diagnóstico- metafísica racial del ser. Y qué pena me da mirarte cuando te miro y asistir a cómo las alas de la idiotez de esta Avecilla de Hölderlin se están haciendo tan grandes que terminarán por no dejarla caminar y, seguramente, tampoco volar.
