Buscar este blog

miércoles, 17 de junio de 2009

IDENTIDADES ASESINAS

Por Jesús Turiso Sebastián


“¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?” son tres preguntas que el hombre ha intentado responder a lo largo de la historia. Pues bien, tal vez sea la primera de ellas la que más inquietudes ha creado y crea. Ésta, sin duda, es la pregunta. La pregunta que responde fielmente a la búsqueda de lo que llamamos “identidad”. Nuestro diccionario de la lengua española define identidad como la “cualidad de lo idéntico”, es decir, aquello “que es lo mismo que otra cosa con que se compara”. Dentro de este ámbito semántico una de las formulaciones claves de la identidad es "¿quién soy yo?". En este sentido, la identidad supone una explicación del “yo” frente al “otro”, tanto en términos sociales como psicológicos, es decir, la relación del individuo con el resto de la sociedad. Los criterios de pertenencia a un grupo pueden ser diversos: etnia, parentesco, filiación, creencia, etc. La identidad como tal no es algo con lo cual nacemos, más bien se va construyendo, elaborando y reelaborando a lo largo de nuestra vida. El hombre, en cuanto hombre, es su ser social y, por lo tanto, necesita pertenecer a un grupo. El grupo le dota de una personalidad social a través de la conciencia de formar parte de una comunidad. Al mismo tiempo, el grupo le ofrece elementos de diferencia con respecto a los "otros", es lo que llamaríamos identidad. A lo largo de la historia, mediante la identidad los grupos se han diferenciado y reafirmado frente a sus contrarios: civilizados-bárbaros, cristianos-musulmanes, conservadores-progresistas, nosotros-ellos. La identidad sirvió de fijador para que los distintos grupos humanos primitivamente se organizaran en tribus y, más recientemente en el tiempo, ha sido uno de los elementos catalizadores de la nación, del sentimiento nacionalista o de los fundamentalismos religiosos. En el día a día, la identidad se manifiesta en muchos de aspectos cotidianos. Cada fin de semana, por ejemplo, cuántos de nosotros, seguidores de tal o cual equipo de fútbol, acostumbramos a manifestar nuestra pertenencia o simpatía a los colores de dicho equipo utilizando los símbolos que lo identifican o, simplemente, reafirmándonos en tertulias de café ante nuestros contrarios. Se podría decir que la identificación con unos colores, a nivel micro, es comparable a la identificación con una nación o con una creencia, a nivel macro. Ahora bien, la perversión de la identidad comienza cuando, para reivindicarnos frente al “otro”, construimos mecanismos de exclusión. Ésta comienza en el momento en el que los dispositivos dialógicos entre alteridades son sustituidos por la violencia. Es entonces cuando las identidades se convierten en asesinas.
El resurgimiento actual de los nacionalismos excluyentes (el nacionalismo lleva en sí, finalmente, un componente xenófobo) o de los fundamentalismos es el resultado, más allá de la necedad de las elites gobernantes que espolean la diferencia, del cortacircuito que se ha producido en el diálogo entre los hombres. Desde aquellos tiempos no tan lejanos de la Alemania hitleriana, o los más recientes de la depuración étnica en Bosnia y Kosovo, las identidades asesinas se manifiestan con demasiada asiduidad: judíos-palestinos, rusos-chechenios, turcos-kurdos, terrorismo vasco de ETA, etc. Varias son las causas que pueden esgrimirse para explicar el resurgimiento de identidades asesinas: la manoseada globalización, impuesta por el occidente capitalista y desvalorizado, el postmodernismo del “todo vale” necrófilo sobre los ideales ilustrados, el antioccidentalismo visceral desde el fundamentalismo islámico, las finas actitudes neofascistas de algunos dirigentes mundiales, etc. Sin embargo, más allá de explicaciones epidérmicas del problema, lo cierto es que la identidad o, mejor dicho, la manipulación indentitaria es el problema. En estos malos tiempos que corren, desde distintos foros y ciertas voces “¿autorizadas?”, de manera más o menos abierta, por ejemplo, se nos está diseñando la lucha de dos identidades contrarias: la occidental y la islámica. Algo -identidades distintas-, que en realidad existe como las razas o los sexos pero que, en verdad, puede hacerse compatible, se desvirtúa hasta tal grado de poner al pie de los caballos a la humanidad. El tiempo, juez insobornable, termina por desenmascarar a los grandes ideales y a los falsos salvadores, “libertadores de la humanidad” ajenos al clamor de la mayoría de los seres humanos. El ciudadano comienza a despertar, a descreer de propagandas bienintencionadas y a dar la espalda a identidades asesinas fabricadas a golpe de talonario e intereses creados.
¿Cuál sería el arreglo del problema? Yo, desde luego, ni creo en soluciones simples y milagrosas ni tan siquiera tengo una idea clara de cuáles debieran ser éstas. El mundo no es tan fácil de componer como un mecano con una llave de tuercas. Ello no significa, sin embargo, una resignada claudicación y que dejemos de trabajar y luchar por componerlo. Tal vez, el primer paso ya se esté dando con la oposición firme de la mayoría de los ciudadanos del mundo a la guerra. El siguiente, quizá, debiera ir encaminado a poner en su sitio a esta minoría de dirigentes sicópatas y mesiánicos empeñados en enfrentar al mundo para “salvar al mundo”: extrañarlos del poder y recluirlos en las ruinas de la indiferencia.