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martes, 30 de diciembre de 2025

La historia no pide perdón (ni aplausos)


Por Jesús Turiso Sebastián

 

Marc Bloch, aquel historiador que tuvo la mala costumbre de pensar antes de disparar juicios, dejó escrito que juzgar el pasado con la moral del presente es “el satánico enemigo de la verdadera historia”. Y tenía razón. Pero en estos tiempos de corrección política en modo turbo, donde cualquiera se siente árbitro del bien y del mal histórico desde su cuenta de X o su podcast de sobremesa, parece que lo de comprender ha pasado de moda. Hoy, lo que se lleva es cancelar al siglo XVI de la conquista y poblamiento americano.

Vivimos una lucha encarnizada por la historia, convertida en campo de batalla ideológica. El historiador Eric Hobsbawm ya lo advirtió: el pasado se ha transformado en un recurso político; un decorado glorioso —o vergonzoso— que legitima al presente. De ahí que algunos gobernantes, desde tribunas y mañaneras, repartan culpas históricas como si fueran estampitas morales. López Obrador y Claudia Sheinbaum en México o Nicolás Maduro en Venezuela, por ejemplo, nos ofrecen su propia telenovela de la conquista: los españoles como villanos de bigote torcido en pijama de hojalata y los “pueblos originarios” como almas puras, inocentes y premodernas. En ese relato maniqueo, Cristobal Colón o Hernán Cortés no son un producto de su tiempo, sino una caricatura de Netflix.

Pero la historia no es una serie con buenos y malos. Es una ciencia —sí, ciencia— del entendimiento humano, no un tribunal moral. Como diría E. H. Carr, el historiador puede valorar críticamente un proceso, pero no sentenciarlo con la vara moral del presente. El problema es que en esta era de la “opinión instantánea”, cualquiera se cree historiador. Las redes sociales han convertido la historia en una especie de tertulia futbolera y cada uno tiene su propia alineación moral. 

Esa confusión entre doxa (opinión) y entendimiento es peligrosa. Porque cuando el juicio sustituye al método histórico, lo que perdemos no es solo precisión: perdemos comprensión. El famoso mantra de que “la historia la escriben los vencedores” se ha convertido en una excusa perfecta para negar la autoridad del historiador. Como si escribir con rigor fuera lo mismo que dictar desde el poder. Pero no, la historia la escriben los que investigan, y no todos los que opinan investigan.

El presentismo y un revisionismo histórico instrumentalizado desde ciertos marcos de la corrección política tienden a proyectar categorías morales del presente sobre realidades del pasado, simplificándolas y descontextualizándolas. En este proceso, determinadas corrientes identitarias y de la izquierda —refugiada en lo woke para su supervivencia— han contribuido a reactivar lecturas maniqueas de la experiencia virreinal española, reduciéndola a un relato exclusivamente opresivo y omitiendo su complejidad histórica. Detrás de esta operación no solo hay desconocimiento, sino también una dimensión geopolítica poco debatida: la deslegitimación de lo hispano como espacio cultural y simbólico, especialmente significativa, por ejemplo, en un contexto en el que el español se consolida como lengua de enorme peso demográfico y cultural en Estados Unidos. Resulta difícil atribuir este fenómeno únicamente a la ignorancia, pues la mala fe encuentra en ella un aliado eficaz para el renovado eco de la ideas y creencias negrolegendarias.

En nuestros días donde se impone la corrección política, es moda ya instaurada —incluyendo a polemistas de pluma fácil y vesánica— afirmar que la conquista fue un genocidio. Puede ser una opinión legítima, pero se queda nada más que eso, porque la opinión no es historia. Y, esto es así, porque el historiador, nos recordaba el maestro Bloch, no juzga: comprende. Y comprender no significa justificar, sino entender los hechos en su contexto temporal y humano, con sus mentalidades, sus lógicas y sus límites. No hay pasado puro ni pasado culpable; hay pasado humano, y eso ya es bastante complejo.

El problema es que la política —de todos los signos— ha descubierto el poder que ejerce el relato histórico. La izquierda, más inclinada al discurso que comulga con la leyenda negra, encuentra en el pasado oscuro de España la raíz de todos los males: intolerancia, colonialismo, represión. La derecha, en cambio, se aferra a una épica redentora, una “España eterna” civilizadora y católica. Ambos extremos comparten y ejecutan la misma trampa: convertir la historia en una herramienta de identidad y propaganda. Y esa es la señal: cuando la ideología entra por la puerta, la realidad histórica salta por la ventana.

Julio Caro Baroja lo expresó con lucidez: “cuando una sociedad está preocupada por algo que se da en el tiempo con notas muy distintivas y fuertes, ese algo produce falsificaciones”. Nuestra sociedad, atrapada entre la ansiedad de identidad y la culpa histórica, falsifica el pasado para tranquilizar su conciencia. Pero esas falsificaciones —ya sea la glorificación o la condena— nos alejan del verdadero sentido del conocimiento histórico.

La historia no es una fábula edificante ni una terapia colectiva. Es una disciplina que busca comprender cómo hemos llegado hasta aquí, no para absolver ni castigar, sino para entender las continuidades y rupturas que nos configuran. Como ciencia del hombre en el tiempo, la historia exige ante todo una actitud de humildad intelectual: el reconocimiento de los límites del conocimiento histórico, de la complejidad de los procesos sociales y de la distancia irreductible que nos separa de los actores del pasado.

El historiador no puede erigirse en juez moral absoluto ni imponer lecturas cerradas desde una supuesta superioridad ética construida a posteriori. Cuando la historia se transforma en tribunal y el análisis se sustituye por la condena, deja de ser comprensión crítica del pasado para convertirse en instrumento de legitimación ideológica. Estas “autoridades morales” subjetivas, lejos de enriquecer el conocimiento histórico, obran desde la arrogancia, proyectando los valores del presente como verdades universales, anulando la pluralidad y contingencia que es santo y seña de toda experiencia histórica.

Por eso, cuando escucho a políticos, activistas o incluso académicos hablar del pasado con tono de juez supremo, no puedo evitar pensar en que Bloch tenía más razón que los evangelios: estamos poseídos por ese “enemigo satánico” que confunde el entendimiento con el juicio. Y lo peor es que, en su nombre, se están escribiendo las nuevas “historias oficiales” del siglo XXI, tan sesgadas, utilitarias y adocenantes como las de antaño.

Al simplificar el pasado, ya sea pintándolo de negro (como una tragedia constante) o de blanco (como una gesta heroica), se manipula la historia para justificar ideologías actuales, despojándose la historia de su complejidad real y convirtiéndola en un recurso al servicio de las agendas ideológicas contemporáneas. Estas simplificaciones no buscan comprender el pasado, sino domesticarlo, seleccionando hechos, silencios y énfasis que refuercen identidades, legitimaciones o condenas propias del presente. El modo de sortear estas malas prácticas es asumir una mirada crítica, consciente, tanto de los límites de las fuentes, como de los prejuicios del propio historiador. La verdadera labor histórica no consiste en emitir juicios morales, retrospectivos, ni en medir a los actores del pasado, con patrones éticos actuales, sino en intentar comprender por qué actuaron, como lo hicieron, a partir de las coordenadas sociales, culturales, económicas y mentales de su tiempo, no del nuestro. El pasado es, en esencia, un entramado denso de causas y consecuencias, un rompecabezas en el que intervienen factores múltiples y a menudo contradictorios, cuyas conexiones rara vez son lineales.Asumir esta complejidad no debilita el conocimiento histórico, antes bien, al contrario, lo fortalece y lo protege frente a la instrumentalización ideológica.

Por ello, el historiador riguroso y el amante de la historia se resistirá siempre a los relatos simplistas, porque su afán es entender, no condenar o alabar. Esto significa analizar todas las perspectivas y circunstancias posibles. Para Ortega, entender la circunstancia, consistía precisamente en reconocer que el ser humano no existe de manera aislada, sino siempre en relación con el mundo histórico, social y cultural que lo rodea. La fórmula —“yo soy yo y mi circunstancia”— pone de manifiesto que la vida individual solo puede comprenderse plenamente atendiendo al conjunto de condiciones concretas (épocas, ideas, creencias, entorno, problemas y contingencias) y que la hacen posible. Entender la circunstancia no es justificarla, sino asumir que toda acción y pensamiento humano están condicionados por ese Marco histórico, concreto, sin el cual resultan ininteligibles. En esencia, la historia es un diálogo constante entre nuestro presente y aquel pasado que estamos intentado descifrar.

El pasado no nos pertenece para usarlo como arma ni para proyectar o purgar nuestras culpas. Por ello, no necesita ser perdonado ni celebrado: solo ser comprendido, que no es poca cosa. Quizá esa sea, en estos tiempos de indignación moral y revisionismo emotivo, la forma más revolucionaria de hacer historia. Y, es que, comprender, a diferencia de juzgar, exige pensar. Y eso, me temo, empieza a ser un acto de resistencia.



martes, 10 de enero de 2012

HACIA OTRA FORMA DE HISTORIAR: LA HISTORIA QUE VIENE


Por Jesús  Turiso Sebastián


Los sucesos de 1989 con la caída del muro de Berlín, la ruptura de la política de bloques, la guerra del Golfo Pérsico, la Guerra en la antigua Yugoslavia;  los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001, de Madrid y Londres, la Guerra del Golfo y la de Afganistán, el recrudecimiento de la guerra en Palestina e Israel, el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial, parecieran dar la razón a las proclamas de Fukuyama de fin de la Historia o a Alain Minc[1] y  Umberto Eco[2] de la llegada de un Nueva Edad, lo cual demuestra hasta qué punto continuamos pensado con esquemas de la modernidad. Sin embargo, esto se contradice con las enseñanzas que nos ofrece el conocimiento histórico acerca de la inexistencia de una meta prevista y predecible de la humanidad, y ejemplos podríamos encontrar más de uno. La realidad de la  Historia no es tan evidente como los símiles históricos o los juegos metafóricos nos dan a entender.  La Historia es más espinosa que los simples métodos interpretativos y mecanicistas de metáforas donde se pierde la perspectiva, como sucede con las que anteriormente señalamos. Puede resultar fácil “atar moscas por el rabo” de distintas épocas con comparaciones o sucesiones repetitivas, en algunos casos, anacrónicas y ahistóricas. La ideología posmoderna[3], sin duda, ha tenido mucha culpa de esto. Su crítca feroz a la idea de progreso y la teoría del todo vale metodológico lo que incita a no pocos historiadores a albergarse en la fracmentación. Desaparece la Histotia a favor de la proliferación de historias. Su carácter destuctivo la inabilita como alternatica a la nueva modernidad annalista y marxista. 
Sin embargo, estas corrientes críticas de la historia, que insistieron en la idea de agotamiento de la teoría histórica y  enfetizaron en la idea de la historia que avanza hacia un final prefijado, tuvieron prescisamente la capacidad provocadora para sacar a la historia de su letargo dialéctico. Provocaron que la historia entrara en crisis, es decir, en crítica y recuperaron un debate postergado acerca del ser y el hacer de la historia. 
Hoy como en el 1949 de Jaspers “nuestra época es la época de las  simplificaciones. Las consignas, las teorías universales que todo lo explican, las grandes y burdas antítesis, tienen éxito. Mientras la sencillez cristaliza en símbolos míticos, la simplificación recurre a absolutos seudocientíficos"[4].  François Chatêlet, al explicar los rasgos de la conciencia histórica, lo deja claro: “si el pasado y el presente pertenecen a las esferas de lo mismo, se sitúan en la esfera de la alteridad. Si es cierto que los episodios pasados ya se desarrollaron, y que esta dimensión los caracteriza de modo esencial, también es cierto que su ‘pertenencia al pasado’ los diferencia de cualquier otro episodio que podría parecérseles. La idea de que en la historia haya repeticiones (res gestae), de que ‘no hay nada nuevo bajo el sol’ e incluso la idea de que se pueden extraer lecciones del pasado, no tiene sentido sino para una mentalidad no histórica”[5]. 
Por ello, como historiadores no debemos abandonarnos a la rigidez, al esquematismo y a la insuficiencia del modelo en nombre de lo particular. El marxismo es, como dice Braudel, un mundo de modelos. Precisamente, Sartre se alzó contra ese mundo de modelos que proponía el marxismo, por rígidos y esquemáticos. Nosotros ahora también tenemos que levantamos, no contra los modelos sino contra el uso que de ellos se hace porque, como el marxismo, se ha concedido al modelo valor de ley de explicación automática, aplicable a todos los lugares y a una sociedad tan diversa como la  sociedad de nuestro tiempo. Lucien Febvre diría que la función del pasado es “organizar el pasado en función del presente”[6]. No cabe duda, entonces, que el conocimiento histórico se lleva a cabo a través de conexiones entre el pasado y el presente. Y, ya que la historia es una ciencia del tiempo, deberemos asociarla con las concepciones temporales que se hayan tenido en un determinado momento (circular o lineal). El tiempo histórico desempeña, pues, un papel fundamental. En historia se habla de tres velocidades o tiempos históricos: tiempo corto, tiempo medio y tiempo largo. Entiendo que para construir un conocimiento histórico completo hay que recurrir casi necesariamente, sin despreciar las otras velocidades, a la larga duración, a las permanencias en el tiempo. Así, por ejemplo, muchos caminos construidos por los romanos eran utilizados en la Edad Medía, en el siglo XVI eran importantes vías de comunicación que unían Europa y, hoy, sobre esas rutas se han levantado carreteras y autopistas que están contribuyendo a la vertebración de una Europa unificada. No por nada se ha dicho desde siempre que ”todos los caminos llevan a Roma”. Si desde la geografía son comprobables estas continuidades, no es menos fácil realizar observaciones desde la demografía. El carácter, las formas y métodos e, incluso, las motivaciones de la emigración española a América son similares a finales del siglo XV que a mediados del siglo XX. La emigración en cadena, solo rota por eventuales coyunturas, puede dar buena fe de ello. Estás mismas permanencias se dan también en el marco cultural. Por ejemplo, la civilización latina del Bajo Imperio Romano sobrevivió hasta el nacimiento de las literaturas nacionales bien entrado el siglo XIV. En el campo de la técnica, la convivencia de permanencias milenarias con la última tecnología punta puede causarnos sorpresa. En tiempos pretéritos, una de las grandes revoluciones agrícolas que se produjeron, después del abandono del nomadismo y la domesticación de determinadas plantas que fueron la base alimenticia en aquel momento del hombre, fue la invención del arado. El arado romano de rascado con una reja de hierro tirado por bueyes, con pocas modificaciones, continúa utilizándose en muchos lugares todavía. Ello no es óbice para poder encontrarte, como lo hicimos no hace mucho tiempo, con un labrador trabajando la tierra de la misma manera que se hacía hace más de dos mil años pero acompañado de un teléfono celular por el que su esposa le iba avisar cuando se fuera a poner de parto su vaca “Perla” o cuándo la comida estaría lista. Si nos acercamos ya al ámbito de las mentalidades, el tiempo largo será imprescindible para poder explicar algunos de los comportamientos que seguimos conservando desde tiempos pretéritos. Ello no es el resultado, insisto, de la inmovilidad de la Historia, sino más bien del desarrollo de los tiempos históricos. Y, en el tiempo más largo, las permanencias que más tardan en modificarse son las de la mentalidad. Nuestra actitud en torno a la muerte sería un dato demostrativo de ello. Si nos paseamos por algunas de las iglesias más antiguas de México podremos observar enterramientos dentro o fuera de ellas. Está práctica que puede parecernos atávica, de otro tiempo, podemos hallarla presente hoy en día. Y, es que, todavía está muy incrustada la creencia de que ser enterrado cerca de las devociones particulares facilita su protección y la ganancia de sus favores. No cabe duda, que detrás de esta actitud, hoy, igual que hace cuatrocientos años, se esconde, en muchos casos, un cierto alo de vanidad, de trascendencia, elemento que forma parte de la mentalidad del hombre en todo tiempo y espacio.  La explicación de ello se debe a que hay características de nuestro comportamiento que se perpetúan a través de un  tiempo de larga duración.  Pero eso no significa que la  Historia se repita o que hayamos llegado al final del trayecto histórico. En historia, al igual que en otras disciplinas humaniísticas, todavía hay mucho “pescado que vender”. 
La Histroriografía actual tiene como pendiente el ser mucho más plural y dialógica. No podemos prescindir de la interdisciplinaridad. Siempre se nos viene la imagen del historiador clásico metido entre sus documentos, libros y datos ajeneo al resto de los saberes. Sin embargo, vemos cómo discplinas afines a la historia (antropología, geografía, sociología, literatura, sicología, etc.) han venido siendo aplicadas con éxito por historiadores marxistas y annalistas. Por ello es nescesario que se intensifique este diálogo entre distinatas disciplinas. Como ha señalado Carlos Barros, el posmodernismo nos ha llevado a veces a los historiadores a caer en la subalternidad, en debates bizantinos a partir de 1989-1991 con los debates entre Fukuyama y Huntington[7] “para arrojar luz y polémica sobre el futuro de la humanidad”[8]. Se pretende, entonces, sustituir el paradigma pasado/presente/futuro por aquello que está todavía por venir. 
         Por todo ello, la labor del historiador tiene que ir focalizada en una doble dirección. Primero, la de demostrar que siempre han existido futuros plurales y alternativos. Que el determinismo en historia no existe. Para ello tenemos que olvidar el objetivismo mecaniscista, acomañado de secuelas no exentas de fatalismo milenarista y conformismo, de esta manera poderemos conseguir un sujeto histórico más libre, tanto en el pasado como en el presente[9]. La segunda, nos tiene que remitir necesariamente a pensar históricamente en el futuro, de tal manera que nos impida repetir las grandes tragedias que se vivieron en el siglo pasado: fascismo, racismo, nacionalismo tribal y agresivo, fundamentalismo, totalitarismo. Coincidimos en este sentido con Barros, que es necesario construir un nuevo racionalismo, una nueva ilustración “que nos permita seguir progresando” en libertad[10]. Pero para eso debemos abordar,  que diría Braudel, en sí mismas y para sí mismas, las realidades sociales[11]. Para ello sería necesario salir de nuestra torre de marfil y también acercarnos a la sociedad a través de una historia más práctica, si se quiere, más comprensible. Los historiadores debemos jugar un papel preponderante dentro de esta demanda social e intelectual. Por eso debemos librar todos los días un combate por nuestra disciplina que, y en ello coincido plenamente con Pierre Villar, sería un “combate contra las barreras entre disciplinas, a favor de una relación orgánica entre historia, economía, geografía, etnología, sociología, por consiguiente a favor de la unidad de la materia y de la reflexión histórica; combate contra las barreras entre especialistas, a favor de una historia comparada de los lugares y de los tiempos,  sin exceptuar el presente; combate contra el aislamiento del investigador, en favor del trabajo colectivo; combate contra la investigación ciega en el caos de los hechos, a favor de una investigación conducida por hipótesis y por problemas”[12].





[1] MINC, A.: La nueva Edad Media.El gran vacío ideológico. Madrid, 1994.
[2] ECO, U.: La nueva Edad Media. Ed. Alianza, Madrid, 1996.
[3] El significado de posmodernismo es tan ambiguo, como el propio tiempo en que se gesta. Su desarrollo se da en entre 1975 y 1988: La toma de conciecia de la posmodernidad viene reflejada en Arts und Humanities Citation Index. Y su corpus ideológico viene recogido en LYOTARD, J.F.: La condición posmoderna. Ed. Cátedra, 1984
[4] Karl Jasper: Origen y meta de la Historia. Alianza Universidad, Madrid, 1985,  p. 178.
[5] CHATÊLET, François: La naissance de l’histoire. La formation de la pensée historienee en Grèce. Minuit, Paris, 1962. Cfr. LE GOFF, J.: Pensar..., op. cit., p.184.  
[6] FEBVRE, Lucien: Combates por la historia., Ed. Ariel, Barcelona, 1992, p. 245.
[7] Samuel Huntington, asegura que no sólo no estamos ante el fin de la Historia gracias al establecimiento de “la paz capitalista y libera” predicada por Fukuyama, sino que predice una más que posible guerra mundial contra los fundamentalismos religiosos.
[8] BARROS, C.: “La historia que viene”. Ponecia presentada en el Congreso Internacional  Historia a debate, Santiago de Compostela, 7 al 11 de Julio de 1993.
[9] Ibidem.
[10] Ibidem.
[11]  BRAUDEL, F. (1968): La historia y las ciencias sociales.Alianza, Madrid, 1999, p. 29.
[12] Cfr. SOSA, I.: “Los unsos de la historia. Balance que se refiere fundamentalmente a los últimos años”, en  ZEA, L. (Comp.) Quinientos años de histora, sentido y proyección. México, FCE, 1991, p. 84.

domingo, 8 de mayo de 2011

LA HISTORIA QUE SE SILENCIA.

Por
Jesús Turiso Sebastián

            Con motivo de la beatificación de Juan Pablo II, hemos sido rebosados, como cuando falleció hace ya seis años, con infinitud de informaciones, en su mayoría laudatorias, a propósito de su figura. Se le ha calificado como Juan Pablo “El Grande” y, por tanto, desde el mismo día en que falleció se ha venido pidiendo con fuerza su santificación dentro de la Iglesia Católica. El balance positivo que se hizo y se sigue haciendo de su gestión se ha basado casi exclusivamente en su imagen viajera y en su mediática labor pastoral. Seguramente, si hubiera sido sólo un político su figura sería tildada despectivamente por los medios más reaccionarios de populista, pero como fue la cabeza espiritual y carismática de los católicos sencillamente se le aúpa a los altares. El problema es que es difícil deslindar su imagen espiritual como máximo representante de la Iglesia Católica de su imagen temporal como jefe del Estado del Vaticano. En todo caso, la historia de todo hombre tiene luces y sombras, al fin y al cabo somos sólo eso, hombres, que tampoco es poco.  Yo no me atrevería decir si en la de Karol Wojtyla hay más sombras que luces, pero tampoco estaría muy seguro de afirmar lo contrario.  Ahora bien, no cabe duda de que ya está ocupando un papel destacado en la historia al lado de los personajes más sobresalientes del siglo XX. Sin duda se lo ha ganado, igual no tanto por las maravillas que se le atribuyen, seguramente algunas menos que otros papas que con menos ruido han llevado a cabo (por ejemplo, Juan XXIII), como por la importancia que han tenido los medios de comunicación masiva y las nuevas tecnologías para la proyección  de su imagen. El marketing que ha rodeado siempre a Juan Pablo II ha sabido sacar rédito de hechos históricos muy significativos, como atribuirle todo el protagonismo en la caída del muro de Berlín, por ejemplo (no hace mucho escuchaba en una televisión “Juan Pablo II ha derribado con su acción pastoral el muro de Berlín”).  No me atrevería a cuestionar su papel en el proceso, no sé si más importante o no que el de Gorvachov, Reagan, Kohl o Mitterrand, por ejemplo. Ahora bien, de lo que sí estoy convencido es que quien llevó el peso fundamental de aquellos acontecimientos fue la sociedad civil hastiada de vivir entre muros y alambradas. Sin embargo, estos “hagiógrafos” papales no la han tenido en cuenta en sus afirmaciones. Despreciar, como se ha hecho, el papel de la ciudadanía en la caída de los regímenes totalitarios de Europa del Este me parece una falta de respeto, es insultar la memoria de las miles y miles de personas que murieron y otros que se jugaron la vida en aquellos países a causa de su lucha democrática. ¿Quedarán sus nombres impresos con letras de oro en el libro de la historia o se les subirá a los altares? Creo que no.
Desde su muerte, el papanatismo de muchos medios de comunicación sólo ha querido mostrar una historia políticamente correcta del pontificado de Juan Pablo II, no necesariamente exacta pero sí conveniente: un Papa humilde cercano a los pobres, un Papa jovial y deportista siempre al lado de los jóvenes, un Papa dialogante con otras confesiones religiosas, un Papa viajero y misionero, un Papa mediador de conflictos bélicos y opositor de las guerras, etc. Pero junto a este retrato existe otro que no, por menos difundido, se acerca menos a la realidad histórica. Su pontificado se sustentó en un nutrido grupo de ultraconservadores fundamentalistas que impuso una política doctrinal no solo ajena a las reformas que demandaba la Iglesia incluidas ya en el Concilio Vaticano II, sino persecutoria contra cualquier atisbo de “disidencia” o subversión de la doctrina oficial vaticana. Recordemos, por ejemplo, la purga que se hizo entre los teólogos de la Liberación, el desprecio casi absoluto a los informes que hubo acerca de las denuncias de la Iglesia de los Pobres sobre las persecuciones que sufrían por las dictaduras en Centroamérica, que derivó en los asesinatos de Monseñor Romero en 1980, a quien, por cierto, poco antes el Papa se había negado a recibir un informe sobre la represión que sufrían los salvadoreños y la Iglesia. Recordemos, también, los asesinatos de numerosos religiosos y civiles en Guatemala, Nicaragua y el Salvador en esta década, como los de Ignacio Ellacuría y otros seis jesuitas en El Salvador en 1989. ¿Acaso se olvida que el Vaticano y Ronald Reagan poco antes habían llegado a un “acuerdo” tácito y táctico para combatir desde sus respectivos “espacios” de influencia el comunismo en Centroamérica? La anatemización de los pobres y la persecución de los que defendieron su causa han dado como resultado cruentas guerras de revolución y contrarrevolución en toda esa parte del mundo, miles de muertos y la deserción de muchos católicos hacia sectas que les prometían una esperanza ilusoria. Tampoco se menciona que mientras Juan Pablo II condenaba los regímenes autoritarios comunistas, se olvidaba de censurar aquellas otras dictaduras de signo contrario pero católicas militantes. Por ejemplo, se ha beatificado a los mártires de la Cruzada de la Guerra Civil española, pero se ha marginado otras muchas gentes buenas también asesinadas en esa guerra cruenta, por cierto, también cristianas aunque opuestas al fascismo. Y, así, en 2002 se subió a los altares a José María Escrivá de Balaguer, el cual respaldó la dictadura de Franco y encubrió con su silencio los más de doscientos mil asesinatos, resultado de la represión iniciada después de 1939. Escrivá también fue un firme apoyo de la dictadura de Pinochet en Chile. Por otro lado, mientras el Papa reprendía con gran virulencia gestual, frente a millones de telespectadores, al religioso y ministro de Educación Ernesto Cardenal en su visita a Nicaragua en 1983, publicaba encíclicas como “Dives in misericordia”, referente al papel de la misericordia en el hombre, o la “Sollicitudo rei sociales”, que aborda los problemas económicos y la injusticias sociales de los pobres, entre otras. Mientras se oponía a la secularización eclesiástica, se intentaban silenciar y ocultar los escándalos dentro de la organización eclesiástica (recordemos el de los curas pederastas en Estados Unidos y otras partes del mundo o  el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, por cuyos pecados el actual Papa ha pedido perdón y ha reconocido el error de la Iglesia en no investigarlo en su momento). Las consecuencias no debemos obviarlas, por mucho que no sea agradable reconocerlo: el amordazamiento de una parte de la iglesia más comprometida con los pobres, la deserción de muchos católicos a otras confesiones y sectas, el preocupante descenso vocacional, la falta de sintonía entre las reformas que la sociedad urgentemente solicita y el quietismo de la curia vaticana. Ciertamente, no es oro todo lo que reluce aunque se empeñen en darle a la una historia un lustre que encierra una verdad a medias o le declare Benedicto XVI Venerable al Papa que deshonró a su iglesia encubriendo las perversiones de la misma.

martes, 19 de abril de 2011

POSMODERNIDAD, METÁFORAS APOCALÍPTICAS Y FINES DE LA HISTORIA (I)


De la tortuosa subida al monte “camelo”[1].
Desde finales de los años sesenta, la crítica al progreso y a la modernidad va a sentenciar a muerte las ideas y creencias y, por qué no decirlo, esperanzas salidas de la Ilustración. En esos momentos aparece con fuerza la utilización del término posmodernidad en los círculos intelectuales de Europa y EE.UU. Término, en principio, que se relacionó con la estética, fue extendiéndose a otras disciplinas humanísticas como la filosofía, la sociología, la literatura y, cómo no, la historia. Este término tan ambiguo como sus análisis y propuestas tradicionalmente se ha establecido dentro del llamado “pensamiento débil” y, en algunos de sus autores, del “todo vale” metodológico. Aún siendo aproximadas estas consideraciones, habría que añadir una serie de rasgos más que lo caracterizan[2]:
A.                 El culto a un presente absoluto en el que el pasado (distorsionado y confeccionado al gusto de las masas consumistas) es coextensivo con un indefinido “espacio-de-tiempo”en el que el futuro ya no existe[3].
B.                 Obsesiva atención narcisista al cuerpo y los placeres.
C.                 Frente a la lógica de la producción, se potencia la lógica de la información y el intercambio de signos, facilitadas por las nuevas tecnologías.
D.                 Estetización de todas las formas de vida y preocupación exclusiva y enfermiza por lo seductor y efímero.
E.                 Conservacionismo radical de todo lo existente, por irrelevante que sea; para ello se emplea el vídeo, con el consiguiente difuminado de la “distancia histórica” hasta llegar a ese aparente absurdo del tiempo real (coincidencia del evento y su registro), lo cual supone la desaparición de la Historia en beneficio de las historias.
F.                 Impulso del hipertexto, que fomenta y acelera la conversión de obras y narraciones en numerosísimas citas de citas.  
G.                 Hiperobjetivismo deformado mediante las técnicas de reproducción, con lo que el original desaparece (vid. pop art)
H.                 Absolutización del relativismo cultural.
Dentro de las corrientes históricas cercanas al estructuralismo y el pensamiento posmoderno podemos destacar a Michel Foucault, cuya posición colinda con nihilismo filosófico de Nietzsche. Foucault, es de esos grandes autores de culto y comunión diaria a los, que me da la impresión, se les ha dado más predicamento en el mundo intelectual del que realmente su obra pueda merecer, con ello no quiero negar la impronta de su pensamiento. Lo interesante del sistema foucaultiano es el estudio que hace de las discontinuidades en las relaciones entre sistema y acontecimiento.  Para Foucault, no existe un sujeto permanente dentro de la historia y la historia carece de unidad, con lo que de un plumazo se quita de encima el lastre de las categorías tradicionales. Foucault destaca por encima otras disciplinas como la etnología o el psicoanálisis. La primera, porque va a relativizar el Humanismo de Occidente y, la segunda, porque el sujeto se diluye en el campo del inconsciente de las impresiones. A estas dos habría que añadir una tercera, que la historia se reduce a la mera opinión. Y esto es así porque el historiador no puede conocer la realidad de la historia, porque sus protagonistas ya no están entre nosotros y su contenido depende de otras disciplinas como la psicología, la sociología o las ciencias del lenguaje[4]; a lo sumo lo que se puede conocer son los discursos o enunciados, lo que dicen los documentos transformados en monumentos. La historia en nuestra época, para Foucault, “… tiende a la arqueología, a la descripción intrínseca del monumento”[5], es decir, lo que Gustavo Bueno denomina “reliquias del pasado”[6]. Por ello, lo que más importa es el lenguaje, es decir, el análisis de los discursos que se han dicho y conservado entre nosotros. La obra de Foucault se caracteriza por las discontinuidades y la vaguedad, las rupturas y las lagunas, sus vacíos y argumentos. No es de extrañar que haya fascinado a muchos, como dice Hayden White, no porque “ofrezca una explicación coherente o incluso una interpretación de nuestra incoherencia cultural actual, sino porque niega la autoridad de que ha gozado la distinción coherencia/incoherencia en el pensamiento occidental desde Platón”[7]. Otra de los puntos que se han tenido por débiles de la teoría foucaultiana es su concepción de la epistemología histórica. Foucault establece una episteme distinta para cada período de la historia. Reconoce la existencia de tres epistemes[8]: la del Renacimiento, que sustenta el conocimiento en la trama semántica de lo que denomina “soberanía de lo Semejante” (la convenientia, la aemulatio, la analogía y las simpatías); la de los siglos XVII y XVIII, que responderá al análisis de la representación, en donde el lenguaje o discurso es el elemento que dará unidad al saber; y la del siglo XIX, asociada a la historicidad, la cual impone a las cosas “aquellas formas de orden implícitas en la continuidad del tiempo…”, y, así,  “… el lenguaje pierde su lugar de privilegio y se convierte, a su vez, en una figura de la historia coherente con la densidad de sus pasado”[9]. Lo que prima en esta sucesión de epistemes es jugar con las discontinuidades, olvidándose que existen nexos que unen a unos períodos con otros. Por otro parte, arrincona al sujeto ante el lenguaje, sujeto que, se quiera ver o no, es artífice de discontinuidades y continuidades[10]. El resultado sería, a decir de Piaget, que Foucault termina por casi olvidarse del hombre y considerar “a las ciencias humanas como el simple producto momentáneo de esas «mutaciones», «a priori históricas» o epistemas que se suceden sin orden en el curso de los tiempos”[11]. Este olvido del hombre ha servido para que autores desde posiciones marxistas tildaran el sistema de Foucault de antihumanista, ya que su estructuralismo no lo dedica al análisis del hombre, sino que es empleado para sustituir al hombre de un plumazo del mundo de la racionalidad “… en tanto que éste es el verdadero objeto de la ciencia, por el examen de las reglas formales del «discurso» o «sistema»”[12].  
El discurso posmoderno ha reducido la historia a la mínima expresión de relato o “fetichizar” la multiplicidad de interpretaciones del lenguaje y los discursos, convirtiéndola en un simulacro. A diferencia de las ciencias naturales, que todavía no han sucumbido a esta hecatombe, la historia ha cedido a una gran variedad de metáforas, que pueden resultar elegantes e, incluso, ingeniosas, pero que no sirven para analizar la esencia misma de los hechos históricos. Como afirma Julio Quesada, “los juegos de palabras comienzan a sustituir el análisis de los hechos porque no hay hechos sino sólo interpretaciones o diferentes ‘lecturas’ […] Y pudiera ser que este ‘agnosticismo epistemológico’ esté tan en marcha que algo así como ‘cambios sociales’ ya haya sido borrado de nuestro mapa conceptual”[13] . De tal manera, por ejemplo, que en el pensamiento posmoderno, como señala Antonio Campillo, “la identidad no es fondo previo ni punto de fuga central, sino más bien el efecto óptico causado por la mutua combinación de las diferencias, efecto que lógicamente varía según el punto de vista, según el lugar, según la diferencia desde el cual se perciba el conjunto, como en los cuadros manieristas”[14]. Si “ya no existe un centro y se reconoce que existen tantas formas de entender, interpretar, concebir y escribir la(s) historia(s) como pueblos, grupos, tendencias, comunidades o naciones haya, y nadie tiene razón de imponerle su versión a los demás”[15], entonces se puede decir que es válido y correcto “interpretar” que la muerte de millones de judíos, gitanos, comunistas, etc. en los hornos de la muerte alemanes Tercer Reich fueron fruto de una casualidad mal calculada, de daños colaterales o simplemente de la perturbación de las mónadas. Por tanto, vemos cómo este calidoscopio posmoderno de interpretaciones, en vez de contribuir liberarnos de la ignorancia, nos hace esclavos del relativismo, de la sobreinterpretación y, en el peor de los casos, del amparo de atrocidades. Por encima de interpretaciones o sobreinterpretaciones está la existencia humana y, ésta, a mi modesto modo de ver, no es relativa: un asesinato es un crimen de lesa humanidad, lo cometa Hitler, Stalin, Bush o el Papa de Roma y sino que pregunten a los millones de personas asesinadas a lo largo de la historia. El fascismo totalitario es ontológicamente incompatible con la vida humana y, esto, no es interpretable por mucho fetichismo interpretativo que se imponga.  
            Por todo ello, debemos estar alerta sobre los peligros que corre la ciencia histórica a caer en el “todo vale”, el “todo es relativo” que pretende ampararse en la subjetividad propia del historiador. El hecho histórico es ya una verdad objetiva, dado que ya existió en un determinado momento. El análisis e interpretación de los hechos se lleva acabo dentro del marco espacio temporal con un absoluto rigor, sustentado en una disciplinada metodología, y un estricto utillaje conceptual, encaminado a encontrar la verdad en las fuentes, sometidas a un escrupuloso cuestionamiento continuo.


[1] Retomo aquí una feliz expresión que suele repetir Julio Quesada Martín cuando hace referencia al actual derive hermenéutico posmoderno.
[2] Vid.  F. Duque: “Oscura la Historia y clara la pena: informe sobre la posmodernidad”, en La filosofía hoy, J. Muguerza y  P. Cerezo (Eds.), Crítica, Barcelona, 2000.
[3] Vid. Jean François Lyotard: La condición posmoderna. Cátedra, Madrid, 1984
[4] Michel Foucault: Las palabras y las cosas. México, E. Siglo XXI, 1974, pp. 359-360.
[5] Michel Foucault: La arqueología del saber. México, Ed. Sigo XXI, 1988, p. 11.
[6] Define Bueno las “reliquias” como hechos físicos, corpóreos y presentes, son realidades dadas y que coexisten entre otras realidades que no son reliquias. Gustavo Bueno: “Reliquias y Relatos: construción  del concepto de «Historia fenoménica». El Basilisco, 1ª época, nº 1, 1978, páginas 5-16.
[7] Hayden White (1987), El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Barcelona, Ed. Paidós, 1992, p. 126.
[8] Foucault, 1974, pp. 26-52.
[9] Foucault, 1974, pp. 8.
[10] Vid. Foucault, 1988, pp. 33-49.
[11] Jean Piaget: El estructuralismo. Buenos Aires, Ed. Proteo, 1971, p. 110.
[12] Carlos Nelson Coutinho: El estructuralismo y la miseria de la razón. México, Ed. Era, 1973, p. 119.
[13] Julio Quesada Martín, La filosofía y el mal, Madrid, Ed. Síntesis, 2004.
[14] Antonio Campillo, Adiós al progreso. Una meditación sobre la historia, Madrid, Ed. Síntesis, 1995, p. 91.
[15] Marijke Van Rosmalen Farías, “Nihilismo y deconstrucción. El desafío de Nietzsche”, en Coexistencia, n° 1, otoño 2004, p. 36.