Buscar este blog

martes, 1 de septiembre de 2009

MES PATRIO… PERO MENOS.

MES PATRIO… PERO MENOS.
Por Jesús Turiso Sebastián.

Que la noción de patria no se entiende como se entendía antes, no es ninguna novedad; que sus símbolos y mitos se han vaciado de contenido por mucho que se intenten reflotar en las escuelas los lunes por la mañana a primera hora, es bastante evidente; que el patriotismo de los ciudadanos no es el mismo, lo daría por sentado hasta Pero Grullo.
Adónde se fue aquella patria legendaria que cantaban los poetas o abanderaban revolucionarios que pretendía cambiar el mundo. Dónde fue a parar el sentido y los alcances del himno nacional cada vez con más competidores, difuminado por himnos regionales sacados de una barata para exaltar la figura del jerarca populista de turno. Pareciera que ya sólo sirve para diferenciar a nuestro país de Trinidad y Tobago o Costa Rica en algún campeonato del mundo que nunca se gana o para entonarlo como papagayo en eventos ad hoc.
Y ahora que surgen como champiñones caudillos interesados en sus intereses, salvadores endemoniados por la ambición, que desunen más aún lo que, tal vez, jamás estuvo unido, qué fue de aquella novedosa noción de patria surgida, para sustituir la caduca concepción teocrática medieval, de los orígenes de la modernidad y cuyo fundamento era cohesionar a toda una sociedad y dar sentido a su identidad.
Da la impresión de que el mes de septiembre ha quedado reservado para que unos hagan negocio vendiendo banderas y para que otros, sacándolas en procesión demuestren al menos una vez al año, que son auténticos patriotas de comunión diaria; y que el día 15 de septiembre sirva de excusa para institucionalizar y dar sentido “patriótico” las borracheras cotidianas de fin de semana.
Alguien, seguramente, dotado de una mente perniciosa y mal pensante, pero no sin razón, me podría alegar: “si los líderes de la patria, que debieran servir de referencia, se adueñan de los símbolos que nos identifican a todos, cuando los mercantilizan a favor de la promoción de su imagen, bien siendo más guadalupano que la virgen de Guadalupe, bien amenazando con usurpar el grito de independencia al que legalmente eligieron los ciudadanos para representarlos o bien asociando el día de la independencia con la figura y los logros políticos del mandatario de turno en grandes cartelones que se encuentran hasta en la sopa, cómo va a ser, entonces, la actitud de nosotros los ciudadanos”. Por ello, no sería de extrañar que más de un esclarecido patriota, que los tiene que haber, clamara al cielo por esta falta de respeto a símbolos que son considerados sagrados. Pero convenzámonos, es el signo de los tiempos: esto es lo que hay.
Qué se puede esperar, pues, de unos ciudadanos que sólo se “acuerdan” de la patria cada 15 de septiembre y el resto del año, en el mejor de los casos, la ignoran. No estoy muy convencido de que la patria se construya sacando en procesión una bandera una vez a la año, sino ejerciendo la virtud de la civilidad en todo momento, ¡siempre!, algo que por desgracia no abunda en estos convulsos tiempos de egoísmo e insolidaridad. Si a esto está abocada la idea de patria y de nación actual, casi, casi más de uno estaríamos por decir aquello de “que paren el mundo que me bajo en la próxima”. Y, ¿a esto ha quedado reducida la patria, a empujarnos a bajar en la siguiente parada? Como dice el valsecito peruano "Qué pena me da mirarte cunado te miro".
El concepto de patria ha quedado restringido a un ejercicio demagógico que la ha rebajado de contenido ya no sólo simbólico, sino también real. Hay cada vez más patriotas de tarjeta de visita a los que se les llena la boca cada vez que pronuncian el nombre de su país, que ciudadanos virtuosos que se comporten como tales en el día a día. Este patriotismo de saldo o ganga se acentúa más aún en la política. Así, es común que los más altos dirigentes de un país en tiempos de crisis o de guerra apelen con pasión al fervor patriótico de los ciudadanos para defender los intereses de la nación. Estos ciudadanos son finalmente los que arriesgan e, incluso, pierden su vida por defender la “noble causa” de la patria. Sin embargo, rara vez veremos que los hijos o hijas de presidentes, primeros ministros, reyes, etc., regresen en una caja de madera por defender dicha “noble causa”.
Qué dirían hoy las madres que dieron a sus hijos para que derramaran su sangre por su patria, patria ingrata y desagradecida, que se olvidó de ellas, de sus pérdidas, de sus sufrimientos. Después de todo esto, me adhiero a la letra de la canción de un cantautor que hace tiempo dejo de ser lo que era y que decía “cuando me hablen de la patria no me hablen del honor, no me cuenten batallas ganadas Cara al Sol, quizá si me dijeran que no importa el color, ni el sexo, ni la raza, ni el bando en que luchó”. Y, es que, como diría Jerónimo Feijoo, “se juzga ser amor de la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia”.