687474703A2F2F7777772E6573746164697374696361736772617469732E636F6D2F65737461646973746963617320677261746973 Jesús Turiso Sebastián. Aunque muchos aspiremos a cambiar el mundo o, para ser más precisos, a conseguir el trinomio ilustrado de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres, no nos queda otra que reconocer que la expresión más abierta para ello teóricamente es la democracia. A pesar de sus limitaciones e imperfecciones, la democracia es, por el momento, la formula que más se acerca a la, si se quiere, utopía social. Sin embargo, esta utopía social ha sido convertida en estos tiempos en un cubo donde se pretende meter al mar. La política y los políticos actuales, en muchos casos, están vaciando de contenido semántico y efectivo la democracia. Decía hace ya más de un siglo el canciller alemán Bismarck que la diferencia entre el político y el estadista residía en que mientras el político piensa en la próxima elección, el estadista lo hace en la próxima generación. Desgraciadamente, México está gobernado por políticos más que por estadistas. No hace mucho llegué a escuchar que el problema de la gran abstención a votar del ciudadano es la falta de cultura política. Sin duda, esta es una excusa bien sonante y autocomplaciente para estómagos agradecidos que esconde una realidad más profunda: el alejamiento de las elites políticas del ciudadano. Quiero pensar que sólo sea eso y no la falta de interés casi total por aquellos que cada seis años les dan las riendas para dirigir el país. Y, así, la democracia se ha convierte en un ritual formalista que manejan pocos y comprenden menos. Lo cierto es que el ciudadano está cada vez más arrinconado frente a las pretensiones de sus autoridades - que no sus líderes políticos- involucradas muchas veces en luchas intestinas por mantener el poder o por alcanzarlo sea como sea y caiga quien caiga. Los esperpénticos espectáculos que llevan a cabo en el teatro de lo político, día sí y día también, los que debieran ser los representantes de la voluntad ciudadana, denigran a los que supuestamente representan y degradan los grandilocuentes principios que aparentemente defienden: democracia, libertad, justicia, etc. De tal manera que, como sucedió hace no muchos días, estos representantes de sus propios intereses o ambiciones, más que de la voluntad popular que cacarean, convirtieron la casa de todos los mexicanos en un big brother grotesco y bochornoso donde los actores pasaban por ser con demasiada asiduidad de hooligans a repartirse tamales y, de ahí, a escenificar una obra burlesca para coronar a un nuevo Ubu Roi en un Honorable Congreso de la Unión transformado en corral de comedias. Dentro de este escenario queda claro que el ciudadano está relegado a ser mero instrumento para conseguir los fines electorales, a ser el objeto paciente -¿hasta cuándo?- de los dislates de una jet set política caprichosa y desahogada. Mientras, la ciudadanía observa cómo poco a poco tiene más recortados sus derechos. De tal manera que, uno de los principales que todavía le quedaban, el de escoger a sus representantes, se reduce cada vez más a la elección de autoridades que se encargan de limitar más aún los pocos derechos que conserva, así como reducir la, cada vez menor, capacidad de respuesta, para salvaguardar la buena salud del sistema. Un sistema sustentado en el gasto de enormes cantidades de dinero en innobles e ignominiosas campañas de propaganda política y de promoción de los logros del dirigente de turno con dinero público, que sirven de impulso a su imagen para alcanzar ambiciones más altas. Y, todo ello, se lleva a cabo en detrimento de programas sociales fundamentales como la lucha contra la pobreza, la educación o la sanidad. Al mismo tiempo, en un claro afán pedagógico, se le hace ver al ciudadano lo importante que es su participación para el funcionamiento de este engranaje a través de la rimbombantemente llamada sociedad civil, entelequia adocenante promocionada por “sabios” genuflexos al poder, que llegan a hacer la vista gorda a golpes de Estado encubiertos. En este ambiente, los ciudadanos terminamos por poner nuestras expectativas e ilusiones en caudillos y falsos mesías populares que han llegado con el discurso de que van a resolver los males del mundo en siete días, con lo que seguimos cayendo en las fauces de los mismos perros pero con distintos collares. Con este panorama pareciera que existen pocos espacios para la esperanza, que la suerte está echada y que, finalmente, nos hemos abandonado a aguardar que la providencia venga a librarnos alguna vez de la desazón del determinismo histórico de una política corrupta urdida por una minoría en beneficio de una minoría. Y, en el camino, no nos estamos dando cuenta que los dioses ya hace mucho tiempo que dejaron de hacer horas extraordinarias por la humanidad. Pero aún no está todo perdido, precisamente la esperanza es lo poco que nos va quedando, y ésta, junto con la acción ciudadana, deben ser el detonante para la reconstrucción o reelaboración de la utopía democrática. Recientemente se está empezando a dar una convocatoria ciudadana desde algunos medios de comunicación mexicanos para acabar con la figura de los diputados y senadores plurinominales, es decir, de aquellos que son elegidos en virtud del sistema de representación proporcional por los partidos políticos y no por el pueblo soberano. Este llamamiento para eliminar este sistema, me parece un hecho sin precedentes en la Historia de México. Creo que, si finalmente, se consigue este fin, será un importe triunfo de la ciudadanía frente a estos yuppies de la política. La significativa respuesta que está teniendo entre la sociedad mexicana habla del hastío que siente por unas instituciones que no le representan y habla asimismo de la degradación política y social a la que se ha llegado en México. Movilizar a la ciudadanía por una causa justa e imprescindible es, sin duda, muy loable. Sin embargo, soy de la opinión que habría que ser más ambiciosos: estas alturas del partido lo que requiere México no es parchear agujeros, que es lo que habitualmente se hace. Lo que, a mi juicio, necesita México es la refundación de la república sobre unas bases totalmente diferentes a las actuales. Para ello, es preciso apelar a la desobediencia civil, la cual supone un acto de civismo y un deber ciudadano consecuente, destinado a demostrar la injusticia de un sistema corrupto desde la raíz, para influir decisivamente en el cambio de las estructuras existentes. La desobediencia civil es sin duda la respuesta más apropiada al statu quo que padecemos impotentes, porque la soberanía popular es mera retórica en los labios de los vesánicos profesionales de la política mexicana. A diferencia de estas estimables convocatorias cívicas, pero fútiles, que no van más allá de su carácter discursivo, la desobediencia civil es demostrativa y efectiva. La desobediencia civil en México debe tener como fin último la creación de una nueva república que represente a todos y no solamente a una elite de poder político que con dificultad se representa a sí misma. Refundar la república no es tarea fácil porque requiere de la actuación de todos los ciudadanos y, sin embargo, es urgente llevarla a cabo. La nueva república tiene, primero, que pasar obligatoriamente por un proceso de reflexión acerca de quiénes somos y qué queremos ser en el futuro. En dicho proceso deberían intervenir todos los ámbitos de la sociedad mexicana, dirigidos por intelectuales, académicos, gentes de la ciencia y de la sociedad civil. El resultado final saldría de un consenso general. Conociendo quiénes somos y adónde queremos llegar, se puede empezar a transformar todo este sistema trasnochado y pernicioso, empezando por elaborar una nueva constitución consensuada por todos los mexicanos, donde que quepan todos, incluso los que en la actualidad se sirven de ella para denigrar al país con sus actitudes. Otras naciones, en circunstancias peores que México ya lo hicieron en su momento, por ejemplo, Francia después de la Segunda Guerra Mundial, con la Cuarta y la Quinta República, o España, tras la muerte del dictador Franco, con los Pactos de la Moncloa. Y si no nos parecen estos ejemplos al uso, miremos casos más cercanos como Chile o Brasil. Si otros lo pudieron hacer, y hay que ver dónde están en el concierto mundial del desarrollo, por qué no lo vamos a poder hacer nosotros. México tiene el potencial suficiente para ello, nada más hace falta una disposición más cívica y decidida por mejorar y transformar las cosas. Para ello, es necesario que los mexicanos cambiemos de actitud, dejemos de echar la culpa de nuestras desgracias a todo el mundo, de taparnos los ojos con una venda de lo que somos responsables, dejemos de caer sistemáticamente en la desazón del “pues ya ni modo” o del “así es México”. ¡No!, México no es así, pero sí los que caen en ese senequismo estoicista que nos impide mirar al gran futuro que se le presenta a México más allá de sus adversidades. En lo personal, me niego a caer en este círculo vicioso de la desesperanza. México es un país de gran futuro, sólo hace falta voluntad para modificarlo. Si bien, la propuesta por eliminar a los plurinominales es válida, porque moviliza e incita a la ciudanía a pensar que existen otros méxicos posibles, de poco sirve si no se va más allá y se avanza en la reconstrucción del erial presente. Porque, ¿de qué sirve que se eliminen los plurinominales si los partidos políticos, las instituciones, los sindicatos, e incluso, la sociedad son verticales y carecen de democracia interna? Los ciudadanos tenemos que exigir participar e intervenir en la vida pública de manera activa, hacernos escuchar -y no precisamente a través de encuestas o programas de radios adeptos al color político de turno- y reivindicar que se tenga en cuenta nuestra opinión. Se me podrá decir que esto es utópico, pero el quid de la utopía precisamente reside en batallar para conseguir que deje de ser irrealizable. Desde Tomás Moro, pasando por Tomás Campanella y, después, la Ilustración, hasta el filósofo Charles Fourier o el sociólogo Karl Mannheim las utopías han servido para construir el mundo moderno y han contribuido decisivamente con la evolución humana. Leonardo da Vinci imaginó hace quinientos años máquinas voladoras, ilusorias para la época, hoy día se preparan expediciones a Marte. Durante gran parte de la historia el hombre estuvo sometido a sistemas políticos teocrático-monárquicos. Para aquellos hombres era impensable concebir que siglos después pudieran intervenir políticamente o que las mujeres, desde el punto de vista legal y jurídico, tuvieran la misma consideración que los hombres. Si esta evolución se ha producido, entonces, ¿por qué no pensar que en un futuro la utopía democrática puede ser realizable?, ¿por qué no aspirar, por ejemplo, a la desaparición de instancias intermedias entre el ciudadano y su gobierno?, ¿por qué no aspirar a la desaparición Estados y cada hombre se autogobierne con plena libertad y responsabilidad con respecto de la sociedad? El cambio del mundo y de la sociedad comienza creyendo que es posible llevarlo a cabo. |
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viernes, 6 de noviembre de 2009
MEXICO: ESPERPENTO, DEMOCRACIA Y UTOPÍA.
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