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sábado, 11 de diciembre de 2010

SEGURIDAD, LIBERTAD VIGILADA Y DEMOCRACIA LIMITADA

Por
Jesús Turiso Sebastián

          
            Las sociedades democráticas actuales, construidas por muchos de aquellos que dejaron su sangre en el empeño, cada vez más están pobladas por individuos que ceden sus derechos de ciudadanos a la peligrosa inercia del laisser faire, laisser paser, sin que haya atisbos cercanos de la reunión en torno a intereses comunes y voluntad general. Lo peor de todo es que, cuando existen intereses y voluntad general, normalmente, como observó Isaiah Berlin, desde los grupos que tiene capacidad de poder y la fuerza para ejercerlo, manipulan en función de sus intereses particulares, esas dos condiciones básicas para la legalización de la democracia. Y, como es sabido, estos intereses particulares generalmente no reflejan ni atienden a las necesidades de la mayoría, menos aún de los más desfavorecidos. La democracia, que diría Rousseau, necesita ciudadanos y no simples burgueses incapaces de concebir otros intereses materiales más allá de los personales. Desgraciadamente, en esto último ha degenerado la democracia: primero soy yo y “el que tenga tos, pues que tosa”. El laberinto democrático, sustentado en un equilibrado balance de derechos y deberes se quiebra cuando los primeros comienzan a dar signos de tener menos pesos que los segundos. Es entonces, cuando los ciudadanos ven cada vez más recortados sus derechos. Así, en la actualidad asistimos a la terrible situación de excepción a la que se está llegando, contraria a los más elementales principios democráticos que, por lo civil o por lo criminal, se está aplicando desde la prepotencia del poder tiránico que ejercen los intereses de una minoría. No sé si sea por la escalada de inseguridad que se está modelando mediante el miedo a través de los discursos y medidas contra la delincuencia organizada y el terrorismo y que, como la peste, se ha extendido por medio mundo, o sea porque, aprovechando este viaje, otros gobiernos se unen a este carro que les sirve de excusa perfecta para controlar más aún a sus ciudadanos. Lo cierto es que, la ecuación "a mayor seguridad, menos libertad" se está imponiendo a rajatabla. De hecho, por ejemplo, en los Estados Unidos sus ciudadanos han preferido lo primero antes que lo segundo. 
                 Y, es que, "el miedo guarda la viña", reza el refrán. Pues bien, el miedo ha sido y es uno de los principales instrumentos disuasorios que, a lo largo de toda la historia, han utilizado los poderosos como medio de contención social. Ello ha supuesto no en pocas ocasiones no solo los abusos del propio Estado, que desprecia los derechos individuales de las personas, sino también de algunos funcionarios del Estado, pagados por los ciudadanos y que a ellos se deben, que sobrepasan sus funciones y se saltan las leyes. La violencia, algo consustancial a la naturaleza humana, se convierte así en un método ideal de represión. Por ello, debemos decir que la violencia es histórica. Pero también lo es la búsqueda de seguridad. Desde todos los ámbitos, social, religioso, político o económico, se ha intentado en todo tiempo manipular esta necesidad para tener domesticada a gran parte de la sociedad y que ésta se pliegue a los intereses de unos pocos. En la actualidad, no es ninguna novedad, el aumento de la violencia está siendo utilizada para justificar la necesidad de medidas más coercitivas, si cabe, contra el terrorismo, el narcotráfico, la delincuencia organizada, etc., pero también contra la sociedad en general. Se está creando una cultura de la sospecha que genera más violencia que, a su vez, justifica la necesidad de un mayor control social y, en no pocos casos, el recurso a la represión indiscriminada. Podemos comprobar, en el día a día, como en nuestras calles se nos vigila con cámaras, se nos controla las comunicaciones o, simplemente, se trafica con nuestros datos personales. Con ello, los derechos individuales tienden a replegarse a las urgencias de seguridad y, por tanto, el ejercicio democrático de derechos y libertades pasa a ser secundario. Está psicosis que se ha generado sirve para que muchos tomen posición y aprovechen la situación para hacer negocios muy lucrativos: es el caso de las empresas de seguridad privada.  La sociedad es, de esta manera, la que finalmente paga el tributo de la violencia ejercida por una minoría, ciertamente, peligrosa que pone contra las cuerdas al resto de los ciudadanos. Si uno se dispone a subir a un autobús en México, es muy probable que al abordarlo tenga que pagar este tributo. Cuando sube no sólo le hacen pasar a uno por la perceptiva puerta con detector de metales o le registran unos individuos de seguridad privada sin ninguna autoridad, al menos legal, para manosearle, sino que además graban a todos los pasajeros con una cámara de vídeo, cuyas imágenes nadie saben dónde van a parar ni qué hacen con ellas. Cuando alguien pregunta el motivo de este "operativo" abusivo e ilegal -y, además, es contrario a la Constitución mexicana por que atenta contra la intimidad de las personas- la respuesta es previsible: "es por su seguridad". El colmo del descaro, la impunidad y la burla contra todo derecho a la intimidad lo encontramos en alguna conocida terminal donde, a la entrada a los andenes, podemos leer un cartel que reza: “Sonría, le estamos grabando”.   Pero, ¿quién nos protege contra este "altruista" sistema de seguridad que allana nuestra privacidad y degrada nuestra integridad y dignidad como ciudadanos? Esta situación es cada vez más habitual en organismos oficiales, bancos, centros de ocio, etc., nadie le pone límites y, peor aún, muy pocos lo denuncian. Pero no nos engañemos, este, digámoslo con generosidad, exceso de celo no va a evitar que se sigan cometiendo delitos, ni tan siquiera que disminuyan, de la misma forma que el establecimiento de la pena de muerte en muchos estados de Estados Unidos no ha impedido que los asesinatos y delitos continúen dándose, a veces, en mayor número que en otros estados que no contemplan la pena capital. Ahora bien, se descuida la seguridad de lo cotidiano: por ejemplo, que las carreteras o calles estén bien señalizadas y con pavimento en buen estado, mayor protección de los conductores y peatones o que en el espíritu de la policía tuviese más cabida la función de servicio público que el principio sancionador y represivo.  Esto interesa, sin duda menos a los poderes públicos, a pesar de que en muchos casos haya más muertos ocasionados por accidentes de tráfico que por violencia social.
             Por lo tanto, no sería desatinado creer en lo irremediable de la sentencia de “a mayor seguridad, menor libertad”, con la que comenzábamos. Aunque, personalmente, uno se niega a aceptar este tipo de exactitudes, dado que ambas categorías no sólo no tienen que ser restrictivas la una frente a la otra, sino que pueden ser complementarias. No me cabe duda que hoy día se vive un período muy propicio para plantearnos los límites de la seguridad y los alcances de la libertad. Asistimos inalterables a que, en nombre de la seguridad mundial y de la libertad de los pueblos, casi todo sea válido, incluso matar la paloma de la paz. Por ello, es preciso recobrar cuanto antes la idea de que el fin no se puede juzgar separado de los medios, porque los medios para conseguir este fin, francamente, son abominables. Se ha creado una psicosis colectiva en la que el diferente (entre el que se incluye el que intenta defender sus derechos) es el sospechoso, al que se apalea primero y se pregunta después.  El fin último de este plan está claro: tener mejor y más efectivamente vigilada a la población. Los discursos anestésicos desde el poder, amparados en esa orwelliana teoría del Gran Hermano, van haciendo eficazmente su labor de domesticación de la ciudadanía. La libertad ya no es ni siquiera la suprema aspiración del hombre. La seguridad, previamente manipulada, es lo que debe prevalecer por encima de todo. La información se filtra, se sesga y se ofrece en dosis necesarias para los fines perseguidos. La respuesta de la ciudadanía debe limitarse al cruce de brazos, cuando no, al aplauso y al respaldo sin cuestionamiento. Situarse en la otra orilla, la de la crítica y el reclamo, totalmente válida por otra parte, es experimentar la metamorfosis de la subversión y constituirse en un peligro para la “democracia” adocenante. Y, para muestra, valga un botón: hace más de dos décadas se publicó un libro que llevaba por inquietante título La crisis de la democracia, reflejo de las ideas de una serie de liberales humanistas entre los que se encontraba James Carter, ex presidente de EE.UU y Nóbel de la Paz. En él se establece un diagnóstico del porqué se había llegado a este punto de crisis. Para este grupo de liberales bienpensantes, la democracia se encontraba enferma a resultas de que grupos desprotegidos y marginados de la ciudadanía no sólo habían cometido la “osadía” de comenzar a reivindicar sus derechos, sino que además se habían organizado. Este hecho, según ellos, suponía un peligro para la democracia. Esta tesis intencionada y finamente construida responde a un axioma meridiano: cuando los ciudadanos reclaman su libertad de manera efectiva y son plenamente conscientes de sus derechos, su control es mucho más espinoso. Por ello, hay que elaborar estrategias para que esto no suceda, o al menos, se limiten sus efectos. Es aquí donde una falsa idea de seguridad va a servir para deshabilitar los derechos humanos reconocidos por declaraciones políticas y textos constitucionales. Así, el ilustrado contrato social mediante el cual los ciudadanos se unieron en sociedad para preservar su libertad y sus derechos es sistemáticamente violado por el instrumento creado para protegerlos y administrarlos: el Estado. Pero con todo, lo peor no es que el Estado se apropie de derechos fundamentales del ciudadano en aras de garantizar la seguridad, peor es todavía que esta seguridad se haya depositado y mercantilizado en manos privadas. La seguridad privada, como antes el Estado, se arroga facultades que en ningún momento la sociedad le ha concedido pero que, sin embargo, a fuerza de repetir esta apropiación una y otra vez se toma como normal e, incluso, necesaria. Es el caso de los registros arbitrarios que habitualmente se llevan a cabo en numerosos antros, discotecas y demás templos de la modernidad o, más recientemente, en algunas terminales de autobuses. ¿Quién les ha concedido tales facultades? En realidad, uno diría que es la dejadez de los mismos ciudadanos y su sometimiento lo que permite estas prácticas. Bajo el amparo del miedo a la criminalidad, sutilmente manejado, se permite violar inmunemente principios fundamentales recogidos tanto en la Constitución mexicana como en la del Estado de Veracruz y que le corresponden al ciudadano y no a otro. A muchos parece normal ser sometidos a este tipo de abusos, al atropello de su privacidad y la limitación de los derechos ciudadanos por el bien de una falaz “seguridad” mediata mal entendida por el neandertalismo de los guardias de seguridad y sus dueños. Ahora bien, menos común es preocuparse, por ejemplo, por un peligro más real como la ausencia casi total de medidas de protección interna de muchos locales contra desastres naturales e incendios, o del incumplimiento de la reglamentación municipal sobre el servicio de bebidas adulteradas, mucho más presentes de lo que pensamos. Esto que puede parecer baladí así planteado, no lo es cuando de lo que se trata es de respetar y ser conscientes de los valores democráticos. Y, si no, ¿cómo ejercer plenamente la democracia si cada vez tenemos más recortadas nuestras libertades? Esta situación está consiguiendo que paguen, como casi siempre, justos (la mayoría) por pecadores (la minoría), que todos estemos en la mira de la sospecha y que estén cada vez más restringidas las libertades individuales, con lo que el sistema democrático se reduce y se trasforma en un sistema de “libertad” vigilada.  ¿Será porque, como diría Cervantes, mientras se amenaza, descansa el amenazador? En qué ha quedado la conocida Declaración de "(…) nosotros consideramos evidentes estas verdades. Que todos los hombres son iguales. Que todos están dotados por el Creador de ciertos Derechos inalienables. Que entre estos derechos está el derecho a la Vida, a la Libertad, a la búsqueda de la Felicidad. (...)". Personalmente creo, como Benjamín Franklin, que quien cambia su libertad por su seguridad no merece libertad ni seguridad.

viernes, 12 de noviembre de 2010

EL ROSTRO DE THANATOS EN MÉXICO: UN VIVIR SIN VIVIR.



Por Jesús Turiso Sebastián.

“La Eternidad carece de ironía y mucho menos de humor negro
y, por tanto, de piedad como para santificar este mundo”
Julio Quesada Martín (La Belleza y los Humillados)

Una sentencia ya clásica afirma que “al nacer comenzamos a morir y el fin comienza en el origen". Este hecho que puede parecer terrible, y que desde que se tiene uso de conciencia provoca desasosiego en el hombre, convierte a la muerte en una realidad cotidiana con la que está acostumbrado a convivir.
Durante muchos siglos, e incluso en muchos aspectos ahora, una cosa era lo que los hombres pensaban del mundo y otra muy distinta cómo lo hacían, ya que “los términos en que todos, menos un puñado de hombres instruidos y emancipados, pensaban del mundo eran los de la religión tradicional […]”[1].
El concepto de la muerte es el espacio neutral de intermediación de la cosmovisión mesoamericana y la cristiana. La idea de permanencia tanto para las culturas prehispánicas como para la hispana era un concepto fundamental dentro de la religión: se moría para renacer. La vida no concluía con la muerte, suponía el tránsito hacia una existencia más completa y eterna. Por lo tanto, eran conscientes de la transitoriedad humana y de la infalibilidad de la muerte. Las dos cosmovisiones compartían la idea de dualidad, la existencia de dos mundos: la vida y la muerte, el bien y el mal. Como resultado, sus escatologías estaban llenas de espíritus benéficos y demoníacos. De la existencia de estas dos realidades se deriva la necesidad de la existencia de una reciprocidad entre vivos y muertos. El tránsito de la vida a la eternidad pasando por la muerte era la etapa que más inquietaba al ser humano. De ahí los ritos que, resultado de ambas cosmovisiones, se llevaban a cabo para velar por el bienestar de los difuntos una vez que la muerte sustituía a la vida. Para el cristiano, lo que más preocupa es perder la gracia, porque supone la muerte del alma, es decir, el pecado y la condena eterna. La muerte corpórea es simplemente la culminación de todo proceso vital.  La muerte es el juez insobornable que pone a cada uno más allá de su existencia, es la “Emperatriz de los sepulcros […] Como ministra del Altísimo conduce por la posta a los justos para el cielo, y como aliada del Demonio en un instante pone a los malos en el infierno”[2].
Desde la época prehispánica, hasta nuestros días, los habitantes de México se han consagrado al culto de la muerte. Si bien es cierto que cuando confluyeron ambas culturas sus cosmovisiones en muchos aspectos difirieron como de la noche al día, sin embargo, van a coincidir en esta necrolatría. Tal vez, se pueda decir que esta coincidencia en la estética y el ritual no sea tal. Por ejemplo, mientras que el problema de salvación para los aztecas se entiende como proyecto colectivo, la salvación católica tiene un carácter individual. Ahora bien, en esencia la vivencia de la muerte es muy cercana y supera barreras conceptuales. Con la llegada de los españoles, las imágenes de la muerte prehispánicas se van a nutrir con las imágenes cristiano-paganas de aquellos. Así, el sincretismo resultante de la fusión, o confusión, de ambas concepciones se va a expresar, por ejemplo, en las actuales festividades de muertos de México como una peculiar manera de representar la muerte, reelaborada por una trama de elementos prehispánicos y cristianos. En esta trama se mezcla lo sagrado y lo profano sin límites demasiado precisos de dónde termina lo uno y comienza lo otro. Pero esto no es algo novedoso, en todas las culturas la muerte será uno de los principios constitutivos de la cosmovisión. A lo largo de la historia el hombre ha sido actor y espectador del fin último de su existencia. La muerte es el primer acto globalizador de la historia. Más tarde o más temprano afecta a todos por igual, no importa el origen ni la procedencia social o la condición económica. En este sentido, se puede afirmar sin equivocarse que uno sus rasgos distintivos es el carácter democrático. La muerte se sitúa en todo espacio, tiempo y lugar, es decir, es universal. Ahora bien, la muerte estudiada a través de la larga duración no es anacrónica, más bien debería entenderse como "escrita en las largas oleadas de las grandes evoluciones seculares o pluriseculares"[3]. Para todas las religiones la muerte es el fin de un proceso vital y el comienzo de otro muy diferente. Con su llegada lo natural deja paso a lo sobrenatural. No sorprende pues, y en esto coincido con Caro Baroja, que la muerte sea el tema “que acaso el cristiano ha sacado más motivo para pensar que cualquier otro hombre religioso, porque posee una teoría coherente acerca de ella, cosa que, contra lo que puede parecer, no es tan evidente en otras religiones, incluso de las llamadas superiores: la greco-romana o la hebraica, por ejemplo”[4].  El cristianismo asienta sus bases ideológicas funerarias en lo irremediable de la muerte física. Ante esta situación inevitable se impone una preparación para la vida después de la muerte, se impone la disposición para el “saber morir bien”. Por ello, el modelo impuesto por la Iglesia va a distinguir claramente entre la muerte física y la muerte espiritual. De ello se deriva la fijación religiosa por ayudar al moribundo a realizar una buena muerte, a través de la prevención de confesar y comulgar antes del desenlace final. 
La muerte, como realidad cotidiana, entraña la culminación de un proceso vital, es el fin de todos y la suerte de cada uno, y como tal ha sido aceptada a lo largo de los tiempos. En todas las culturas, tras la muerte, la escatología sustituye a lo tangible y verificable de la vida. Las creencias cristianas en México, influidas por el senequismo estoicista, asientan en la sensibilidad colectiva un sentido religioso e irremediable de la muerte. La Iglesia desde el siglo XVI va insistir en que la muerte es el tránsito hacia la verdadera vida, de tal manera “que la mejor manera para no morir, es pensar siempre en la muerte, y que la muerte es, la que assegura la vida”[5].
          Por ello hay que estar siempre preparado, el mexicano, creyente devoto,  es consciente de ello e, influido por las imágenes proyectadas por el pensamiento cristiano, siempre se tiene presente el memento mori como un momento trágico, terrible, que a todos antes o después nos alcanza. La Muerte novelada de Bolaños avisa a los vivos de que ella es la mano ejecutora de los designios de Dios, por lo que el ser humano tiene que tener siempre presente que ella mantiene “debajo de los sepulcros yo mantengo un ejército de asquerosos gusanos y una tropa inmensa de ratones y otros feísimos animalejos, los quales solamente se mantiene de carne humana, delicioso pasto para ellos […] luego de aquel instante así como acabéis de espirar y me paguéis el tributo de la vida ente angustias, amargos parasismos, y mortales agonías […]”[6]. Estas imágenes tan barrocas se emparientan muy bien con el espíritu barroco del hombre novohispano. De tras de ellas hay toda una filosofía de la escatología cristiana.
Los confesionarios y sermonarios escritos en lenguas autóctonas de los primeros misioneros tuvieron que adaptar este discurso a la cosmovisión indígena, así podemos encontrar expresiones como “se pensará bien en todos los castigos, todos los sufrimientos que llenan la región de los muertos para no ser sepultado allá”[7]. Este discurso oficial de la Iglesia se sitúa en el anverso de la vida cotidiana -despreocupada de lo que vendrá, inserta en el decurso de las horas y los días- en el insistente recuerdo de que se debe estar preparado para morir, para alcanzar la gloria eterna, destino último del hombre. Por ello, se insta al cristiano a tener siempre presente y prevenirse “del tiempo tenebroso y de los dias de la eternidad: los quales quando vinieron, verse ha claro como todo el pasado fue vanidad. Porque en presencia de una eternidad toda la felicidad (por grandisima que haya sido), vanidad parece, y asi lo es”[8].  Fray Bernardino de Sahagún recomienda que “cada cristiano se ponga cada día a considerar que se ha de espantar, que de vivir con miedo, para que se abstenga de los pecados y para que no se vaya allá [al infierno]”, ya que el infierno es terrorífico, lleno de tormentos y espera paciente la llegada de aquellos que se han hecho acreedores a habitar en él por toda la eternidad. El infierno se presenta como “una caverna muy grande allá en el centro de la tierra, enteramente tenebrosa, enteramente oscura, llena de fuego; verdaderamente es la cárcel de Nuestro Señor Dios”[9].
         Lo sagrado convierte al hombre en un instrumento de los designios sobrenaturales, en los que la ideología dominante aparece como defensora de un orden establecido e inalterable[10]. Este aspecto va a explicar la mentalidad y las actitudes que se van a tomar respecto a un hecho en sí irreparable. Ahora bien, frente al modelo que propone la Iglesia, gran parte de la sociedad lo adapta a su realidad. La interpretación popular, como en los demás ordenes vitales, no necesariamente coincide con los discursos y visiones oficiales. La realidad cotidiana discurre muchas veces por senderos mágico-religiosos, donde la superstición y el imaginario popular se superpone a la ortodoxia católica.  Esta es la razón por lo que se elabora todo un programa adoctrinador, donde lo sobrenatural oficial vaya supliendo a lo sobrenatural popular. Así, a los discursos oficiales les va a corresponder representaciones visuales. La muerte se llena de imágenes y símbolos; éstos son aprovechados por la Iglesia para adoctrinar a sus fieles. A partir sobre todo del Concilio de Trento, y durante mucho tiempo, las obras de arte se van a convertir en los mass media, la propaganda ideológica de la época. El significado de estas imágenes y símbolos era comprendido por todos desde el más ilustrado al más analfabeto. En muchas iglesias coloniales de México son habituales, por ejemplo, las representaciones pictóricas del infierno o las almas del purgatorio. Son imágenes terroríficas, que espantan al espectador, donde el fuego eterno aparece como principal arma de intimidación, que no hace distingos: lo mismo se quema el Papa, un obispo o un poderoso que un campesino o una prostituta. Estas imágenes también encierran una crítica más o menos evidente de la sociedad corrupta y pecadora de la época.  Muchas veces, la representación abreviada de la muerte mediante una calavera hacía reflexionar no solo sobre la condición perecedera del ser humano, sino también sobre la vanidad de las cosas terrenales, en fin, supone una reflexión acerca de las postrimerías. Sin embargo, hoy día difícilmente podemos alcanzar los significados de muchas de estas imágenes, como representaciones de El árbol de la vida, el Memento mori o la Alegoría de la rueda de la fortuna, si no somos entendidos en la materia. Esto se debe a que nuestra mentalidad ha ido evolucionando y, con ella también, muchas las imágenes y símbolos. Ahora bien, algunos de estos símbolos y gestos perduran todavía. Basta con darse un paseo por alguna de las iglesias mexicanas. No es de extrañar que nos encontremos e, incluso, pisemos, una o varias tumbas en alguna capilla o en frente al altar central. Esta idea profana de la muerte es el reflejo de una mentalidad que todavía perdura: la necesidad de vencer a la muerte a través de la perpetuación de la memoria, en definitiva, de eternizar su nombre. Así, por ejemplo, al visitar la Capilla Real de Cholula, tanto dentro como fuera de la misma, y adosadas a sus paredes, nos encontramos numerosas tumbas de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, con nombres y apellidos todavía legibles[11].
      Otro aspecto interesante de la cosmovisión de la muerte lo encontramos en las realidades que representa el universo mágico. Lo real-maravilloso se manifiesta de manera evidente en la incorruptibilidad de los cuerpos de algunos santos o mártires y los prodigios en forma de milagros que llevan a cabo. El santo en sí representa lo sobrenatural y el milagro es el fenómeno que le conecta con el mundo de los vivos. Muchas iglesias de México están jalonadas de exvotos y ofrendas por las gracias obtenidas de un determinado santo, santa, virgen o cristo. Algunos santos son especialmente venerados por milagrosos. Es el caso de fray Sebastián de Aparicio, muerto en 1602, cuyo cuerpo se encuentra incorrupto en la Iglesia del Convento de San Francisco de Puebla. El milagro surge una vez invocado al santo de turno, al cual se recurre para sanar las enfermedades que la incapacidad médica no permite. Los mismos médicos, dejando de lado su mentalidad racional (en algún momento también ellos habitan en ese mundo mágico), son los que aconsejan recurrir al milagro cuando no encuentran soluciones científicas para la curación[12]. En vida y en muerte se recurre a los santos como correa de transmisión entre lo humano y lo divino, debido a la capacidad que tienen para obtener una gracia. Hasta bien entrado el siglo XIX, se puede observar cómo las disposiciones testamentarias están jalonadas de invocaciones a vírgenes y santos. La Virgen como abogada y los santos como intermediarios se convierten en una póliza de seguros para el más allá.
          En fin, para el mexicano la muerte es un suceso no sólo social, sino también cultural, la fiesta del Día de Muertos puede servir de ejemplo. Esta fiesta supone la fusión de elementos simbólicos españoles, indígenas y, también, africanos. Pareciera que las actitudes del mexicano dieran la razón a la sentencia de que “el olvido de la muerte es la deserción misma de la vida” y convierte un suceso tan radical en una forma más de festejo, de un lado, y de recuerdo permanente de los que se fueron. Los hombres, como se ha visto, son espectadores y actores de un desenlace universal que, por tanto, nos permite llevar a cabo un análisis de sus gestos y ritos. La muerte es sentida y vivida por todos y en todo tiempo, es decir, la muerte es histórica y, como tal, es preciso estudiarla.







[1] HOBSBAWM, Eric. La era de las revoluciones (1789-1848). Barcelona, Ed. Crítica, 1987, p. 222.
[2] BOLAÑOS, Fray Tomás de (1792). La portentosa vida de la muerte. Edición crítica de Blanca López de Marisca, México, Colegio de México, 1992, p. 86.
[3] VOVELLE, Michel. Ideologías y mentalidades. Barcelona, Editorial Ariel, 1985, p. 106.
[4] CARO BAROJA, Julio. Las formas complejas de la vida religiosa (Siglos XVI y XVI). Madrid, Ed. Sarpe, 1985, pp. 156-157.
[5] AGUILAR, José de. Sermones varios predicados en la ciudad de Lima, Corte de los Reynos del Perú. Bruselas, 1684, p. 382.
[6] BOLAÑOS, Fray Tomás de, 1992, p. 122.
[7] OLMOS, Fray Andrés de (1533-1539). Tratado sobre los siete pecados mortales. Edición de Georges Baudot, México, UNAM, 1996, p. 115.
[8] Es preciso decir que esta obra se publica justamente durante la celebración del Concilio de Trento (1545-1563) y la doctrina de la Iglesia después de Trento es permanente, es decir, perfectamente se puede aplicar a cualquier época posterior. Por otro lado, la Guía de pecadores, por su estilo sencillo y por su espíritu difusor de las virtudes cristianas, es un best-seller religioso de nuestra historia literaria y fue seguramente el libro de cabecera de muchas personas. GRANADA, Fray Luis de (1556-1557). Guía de pecadores. Madrid, 1758, pp. 264-265.
[9] SAHAGÚN, Fray Bernardino de (1579). Adiciones, apéndice a la apostilla y ejercicio cotidiano. Edición de Arthur J. Anderson, México, UNAM, 1993, pp. 77 y 79.    
[10]En este sentido, la ideología hay que entenderla como una forma concreta y objetiva de representaciones explicativas de la visión del mundo. Esta visión se universaliza y prende en el inconsciente colectivo.  Además, manifiesta, repite y transmite una serie de actitudes establecidas en el corpus ideológico, y con el tiempo, las reelabora en un proceso de transformación continua.
[11] El culto por la muerte llega en México al extremo de exhibirla en los museos, como en el Museo de las momias de Guanajuato. Con un carácter devoto y religioso esto se venía dando desde hacía siglos en España o Italia y en el propio México dentro de las iglesias.
[12] Se cuenta una anécdota reveladora sobre esto último. En 1700, con el rey Carlos II agonizando y agotados todos los recursos médicos, los galenos del rey sugieren se traiga la momia incorrupta de San Isidro y se le acueste junto al monarca. Durante dos días y sus noches Carlos II compartió alcoba y colchón con el santo y al tercer día falleció, lo que desconocemos es si el desenlace se produjo como resultado natural del proceso o por la presencia de la momia del santo. 

jueves, 7 de octubre de 2010

SOBRE NACIONALISMOS, ETNICISMOS Y DEMÁS ISMOS QUE ENGANGRENAN EL ALMA DEL SER HUMANO.


Por Jesús Turiso Sebastián.
El resurgimiento actual de los nacionalismos excluyentes y tribales, de los etnicismos o de los fundamentalismos es el resultado, más allá de la necedad de las elites gobernantes que espolean la diferencia, del cortocircuito que se ha producido en el diálogo entre los hombres. Desde aquellos tiempos no tan lejanos de la Alemania hitleriana, o los más recientes de la depuración étnica en Bosnia y Kosovo, las identidades asesinas se manifiestan con demasiada asiduidad: judíos-palestinos, rusos-chechenos, turcos-kurdos, terrorismo vasco de ETA, etc. Varias son las causas que pueden esgrimirse para explicar el resurgimiento de estos etnicismos: la manoseada globalización, impuesta por el Occidente capitalista y desvalorizado, el relativismo postmoderno de la falsa tolerancia y el “todo vale” necrófílico sobre los ideales ilustrados, el antioccidentalismo visceral desde el fundamentalismo islámico, las finas actitudes neofascistas de algunos dirigentes mundiales, etc. Sin embargo, más allá de explicaciones epidérmicas del problema, lo cierto es que la identidad o, mejor dicho, la manipulación identitaria es el problema. En estos malos tiempos que corren, desde distintos foros y ciertas voces “¿autorizadas?”, de manera más o menos abierta, por ejemplo, se nos está diseñando un modelo geo-histórico de lucha de identidades contrarias. Identidades distintas que en realidad existen como las razas o los sexos pero que, en verdad, pueden hacerse compatibles, sin embargo, se desvirtúan hasta tal grado de enfrentar a hermanos con hermanos, amigos con amigos o, simplemente, seres humanos contra seres humanos, donde las ideologías se imponen a los afectos.
La defensa de la identidad nacional es el argumento que fundamenta la existencia misma del nacionalismo. Sin embargo, como dijo alguna vez Julián Marías se puede pertenecer a una nación sin ser nacionalista de la misma manera que se puede poseer apéndice sin sufrir de apendicitis. Por ello, señalaba asimismo, no sin razón, Savater, que dentro de sociedades democráticas, como la española,  no veía amenazas a la identidad nacional, “a no ser, claro está, que los nacionalistas no traten realmente de defender esa identidad sino más bien de agredirla, recortándola: Me explico: en Euskadi, en Catalunya, en Galicia, en Andalucía, en todas partes, la identidad colectiva realmente existente está compuesta de tradiciones y préstamos, de cosas que nacieron allí y de cosas que han venido de fuera, de gente con raíces familiares autóctonas, de inmigrantes y sobre todo de mucho mestizaje entre lo uno y el otro” (Contra las patrias, 1996) Lo que no dicen es, bien porque no les conviene o bien porque en sociedades democráticas es políticamente incorrecto, que precisamente el mestizaje es una verdadera amenaza para el nacionalismo porque, entre otras cosas, ese mestizaje foráneo es abierto e inclusivo y atenta contra la pureza de la tradición genuina y autóctona que es el refugio donde se justifica la identidad.   
Hay suficientes argumentos a lo largo de la historia que nos ponen en guardia contra de la perversidad de este tipo de identidades que configuran muchos nacionalismos, aunque se disfracen de tolerantes y democráticos. Los nacionalismos, rebosantes de rasgos etnocentristas y esencialistas, han impuesto un designio colectivo, las más de las veces rebautizado como histórico, que ha entrado en conflicto con el derecho primordial de la persona a elegir su propio proyecto de vida (García de Cortazar y Azcona, 1994). Desde hace años sostengo que el nacionalismo exacerbado es una enfermedad mental, entendido como un diagnóstico que la psiquiatría incluiría dentro de las patologías paranoicas, neuróticas e histéricas. Más allá de esto, este tribalismo que podría superarse con un buen tratamiento médico, es más triste confirmar que estos nacionalismos tribales son más que una enfermedad mental, una enfermedad del espíritu. Ejemplos abundan en la historia: la Alemania nacionalsocialista, nacionalismo españolista impuesto por el general Franco tras el golpe de Estado de 1936, la Italia fascista de Mussolini, la cuestión balcánica o, más cercano a nosotros, la realidad actual de las Vascongadas. Todos ellos comparten un denominador común: el nacionalismo elabora un sentimiento de pertenencia por exclusión, crea orgullo por superioridad y provee al individuo de un sentido de identidad mediante el grupo y con los autorretratos del sistema doctrinario nacionalista se rescatan traumas y vergüenzas pasadas. Todo esto es necesario para la elaboración de una imagen maligna de un “otro” mediante la cual poderse definir como identidad. Dentro de este marco, la autonomía de la persona se vuelve dañina para el grupo y la disidencia es considerada como traición. El ideario nacionalista se nutre con fetiches casi siempre manipulados, como la sangre, el idioma, la cultura o la historia, donde los héroes locales son los grandes artífices y adalides de la integridad nacional. Los nacionalistas más radicales, como por ejemplo el caso de los independentistas catalanes o vascos más intransigentes, comparten la idea de un estado nación basada en el concepto acuñado Friedrich Ratzel del Lebensraum (espacio vital), el cual legitima el expansionismo de un país, que, recordemos lo bien, supuso una de las causas principales de la Segunda Guerra Mundial. Si volvemos al caso actual, por ejemplo, de las Vascongadas o Cataluña, los independentistas consideran que su lebensraum se extiende además a aquellas regiones donde se habla el vasco y el catalán o se ha hablado alguna vez, tanto en España como en Francia, situando todos estos territorios bajo el imaginario político de Euskalherría o de Paísos Catalans. Reprueban el “imperialismo” español sobre sus “territorios”, pero sin embargo, ese mismo imperialismo que impugnan lo ejercen ellos sobre otros territorios que reniegan de la identidad vasca o catalana porque no se consideran pertenecientes a ella. Y todo ello construido bajo un manto mesiánico que oculta siempre un concepto distorsionado de la democracia: el mito de que "todos somos" de la nación de la que se trate, fieles al “alma del Volk”, es decir, del pueblo como ente metafísico superior ante el cual son relativos individuos y grupos, sin considerar que otros muchos no concuerden con esta concepción de nación como un absoluto que se impone. Es por ello que Hanna Arendt expresaba la idea de que el nacionalismo es la expresión de la perversión del Estado que identifica al ciudadano con el miembro de la nación. Se convierte de esta manera el nacionalismo en un sucedáneo emocional de la religión en el que los dogmas fundamentales son la lengua, la cultura y el territorio.
Así, la mística nacionalista del autoconocimiento conduce generalmente a desconocer al otro y a elaborar una cosmovisión reducida al yo y al nosotros que combate la diversidad, extermina cualquier tipo de divergencia e impone al servicio de los ideales nacionales una cultura y una historia reelaborada ad hoc, como la historia demuestra. No por nada el historiador francés Ernest Renan, ya desde el siglo XIX, advertía que “para ser una nación, uno de los elementos esenciales es interpretar la historia de un modo equivocado”. Es decir, para los propósitos pedagógicos e ideológicos del nacionalismo es imprescindible distorsionar de manera invariablemente la historia con fines irracionales cuando no les es favorable para elaborar o sostener una identidad nacional nunca antes existente. El gran Octavio Paz veía las cosas claras: “si nos arrancamos las máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y a pensar de verdad. Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en la historia, contemporáneos de todos los hombres” (El laberinto de la soledad, 1985) Finalmente, el tiempo, juez insobornable, termina por desenmascarar a los grandes ideales y a los falsos salvadores, “libertadores de la humanidad” ajenos al clamor de la mayoría de los seres humanos. Es entonces cuando los hombres de bien, hastiados hasta el hartazgo, comienzan a despertar, a descreer de propagandas bienintencionadas y a dar la espalda a etnicismos y fundamentalismos asesinos fabricados con recursos de un victimismo rentabilizador o intereses creados e infligidos a la sociedad a golpe de luto y de sangre.

viernes, 10 de septiembre de 2010

EN QUÉ HA QUEDADO LA PATRIA DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS.




Por Jesús Turiso Sebastián

“El patriotismo es el último refugio de los canallas”
Samuel Johnson.

Decía Savater en un estupendo libro titulado Contra las patrias (1996) que los seres humanos necesitamos darle un sentido a nuestro vivir en comunidad unidos a otros, es decir,  sabernos que formamos parte de un grupo que nos da significado como unidad. La patria es ese sentimiento de pertenecia que nos identifica con una comunidad como individuos con respecto a otros individuos pertenecientes a una comunidad diferente. La dimensión pasional del concepto patria lo daría el término patriotismo, es decir, el estado subjetivo de amor a la patria. Ese patriotismo sería el que puede mover a los ciudadanos de un país, por ejemplo, a dar su vida en una guerra para salvaguradar la independencia de la nación o llevar a cabo actos extraordianarios en nombre de la patria.
Pues bien, no es ninguna novedad que la noción de patria hoy en día no se entiende como se concebía en épocas pasadas; que sus símbolos y mitos se han vaciado de contenido por mucho que se intenten reflotar en las escuelas los lunes por la mañana a la entrada al colegio, es bastante evidente; que el compromiso con el país de los ciudadanos no es el mismo, lo daría por sentado hasta el mimísimo Pero Grullo. De hecho, la idea de patria ha ido evolucionando a lo largo de la historia, desde lo afectivo a lo institucional, háciendose, como afirma Savater, cada vez más convencional y subjetiva.
No sería extraño escuchar a algún nostálgico preguntar adónde se fue aquella patria legendaria que cantaban los poetas o abanderaban revolucionarios que pretendía cambiar el mundo o adónde fue a parar el sentido y los alcances del himno nacional cada vez con más competidores, difuminado por himnos regionales sacados de una barata para exaltar la figura del jerarca populista de turno. Pareciera que ya sólo sirve para diferenciar a nuestro país de Trinidad y Tobago o Costa Rica en algún campeonato del mundo que nunca se gana o para entonarlo como papagayo en eventos ad hoc. Y ahora que surgen como champiñones caudillos interesados en sus intereses, salvadores endemoniados por la ambición, que desunen más aún lo que, tal vez, jamás estuvo unido; qué fue de aquella novedosa noción de patria surgida para sustituir la caduca concepción teocrática medieval, de los orígenes de la modernidad y cuyo fundamento era cohesionar a toda una sociedad y dar sentido a su identidad.
Da la impresión de que el mes de septiembre ha quedado reservado para que unos hagan negocio vendiendo banderas y para que otros, sacándolas en procesión, demuestren al menos una vez al año que son auténticos patriotas de comunión diaria; o, también, de que el día 15 de septiembre sirva de excusa para institucionalizar y dar sentido “patriótico” a las borracheras cotidianas de fin de semana.
Alguien, seguramente, dotado de una mente perniciosa y mal pensante, pero no sin razón, me podría alegar: “si los líderes de nuestra nación, que debieran servir de referencia, se adueñan de los símbolos que nos identifican a todos, cuando los mercantilizan a favor de la  promoción de su imagen, bien siendo más guadalupano que la virgen de Guadalupe, bien amenazando con usurpar el grito de independencia al que legalmente eligieron los ciudadanos para representarlos o bien asociando el día de la independencia con la figura y los logros políticos del mandatario de turno en grandes cartelones que se encuentran hasta en la sopa, etc., etc., cómo va a ser, entonces, la actitud de los ciudadanos a quien dicen representar”.  Por ello, no sería de extrañar que más de un esclarecido patriota, que los tiene que haber, clamara al cielo por esta falta de respeto a símbolos que son considerados sagrados. Seá, seguramente, el signo de los tiempos: esto es lo que hay, no le demos más vueltas.
Qué se puede esperar, pues, de la pasividad de unos ciudadanos que sólo se “acuerdan” de la patria cada 15 de septiembre, y el resto del año, en el mejor de los casos, la ignoran. No estoy muy convencido de que una patria o la nación se construyan sacando en romería la bandera una vez a la año, sino más bien ejerciendo la virtud de la civilidad siempre, algo que por desgracia no abunda en estos convulsos tiempos de egoísmo e insolidaridad. Más aún, cuando el concepto de patria ha quedado restringido a un ejercicio demagógico que la rebaja de contenido ya no sólo simbólico, sino también real. Si a esto está abocada la idea de patria o de nación actual, casi, casi más de uno estaríamos por decir aquello de “que paren el mundo que me bajo en la próxima”. Y, ¿a esto ha quedado reducida la patria, a empujar a bajar en la siguiente parada a los que están en contra de patrias así, a los que descreemos de las patrias? Hay cada vez más patriotas de tarjeta de visita a los que se les llena la boca cada vez que pronuncian el nombre de México, que ciudadanos virtuosos que se comporten como tales, construyendo el país día a día sin alharacas. El patriotismo actual o, mejor dicho, el patrioterismo de saldo y ganga se acentúa más aún en la política. Cansados estamos de ver que los más altos dirigentes de un país en tiempos de crisis o de guerra apelen con pasión al fervor patriótico de los ciudadanos para defender los intereses de la nación. Estos ciudadanos son finalmente los que arriesgan e, incluso, pierden su vida por defender la “noble causa” de la patria. Sin embargo, rara vez veremos a los hijos o hijas de presidentes, reyes, primeros ministros, gobernadores, etc., regresando en una caja de madera por defender la “noble causa” de la soberanía nacional.
Qué dirían hoy las madres que dieron a sus hijos para que derramaran su sangre por su patria, patria ingrata, que se olvidó de ellas, de sus pérdidas, de sus sufrimientos.  ¿Habra algo que celebrar doscientos años después?, ¿hay patria que conmemorar? Se supone que lo que debemos celebrar es la soberanía de la nación. Pero, de qué soberanía estamos hablando hoy: ¿de la soberanía de partidos políticos corrompidos hasta la médula y desideologizados cuya prioridad es su clientela?, o ¿hablamos de una soberanía popular ilusoria que anestesia al ciudadano con la creencia de que en él reside el poder de elegir cada tres o seis años a aquellos que van a gestionar su soberanía?

       En un país donde lo que urge se antempone siempre a lo que realmente es importante, donde se prefiere tapar los baches a reasfaltar la carretera o donde los “patriotas” son vampiros canallas que le subcionan la vida a México, que se llenan la boca con su nombre bajo el amparo de un acta de representatividad de la voluntad ciudadana. Y, es que, como diría Jerónimo Feijóo, estos adláteres endiende como “amor a la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia”. Por ello, se necesita buscar salidas a esta apología del despropósito en el que se ha convertido la república. El ciudadano, verdadero dueño de México, se ve atado de manos por un sistema trasnochado que legitima a esa pequeña elite perpetuada en él porque ésta maneja los hilos del sistema. Ante esto, ¿qué se puede hacer? La desobediencia civil sería sin duda la respuesta más apropiada para empezar a superar el statu quo que padecemos impotentes en estos ominosos días, porque la soberanía popular es mera retórica en los labios vesánicos de los profesionales de la política mexicana. La desobediencia civil debería tener como fin último transformar México, la creación de una nueva república. Refundar la república no sería tarea fácil porque requiere de la actuación de todos los ciudadanos, sin embargo, es urgente llevarla a cabo y reconstruir sus bases éticas. En esta concienciación civil, la educación debe desempeñar un papel fundamental: sin educación no hay capacidad de desarrollar las potencialidades de la reflexión y la crítica. La nueva república tiene, primero, que pasar obligatoriamente por un proceso de reflexión acerca de  quiénes somos y qué queremos llegar a ser en el futuro. En dicho proceso deberían intervenir todos los ámbitos de la sociedad mexicana, dirigidos por intelectuales, académicos, científicos y representantes de toda la sociedad. El resultado final saldría de un consenso general. Conociendo quiénes somos y adónde queremos llegar, se puede empezar a transformar todo el sistema, comenzando por elaborar una nueva constitución consensuada por todos los mexicanos, donde quepan todos. Otros países, en circunstancias peores que México ya lo hicieron en su momento, por ejemplo, Francia después de la Segunda Guerra Mundial, con la Cuarta y la Quinta República, o España, tras la muerte del dictador Franco, con los Pactos de la Moncloa. Y si no nos parecen equiparables o válidos a nuestra realidad estos ejemplos al uso, asomémonos a casos más cercanos como Chile o Brasil. Si otros lo pudieron hacer, y hay que ver dónde están en el concierto mundial del desarrollo, por qué no lo va a poder hacer México. Yo creo que existe el potencial suficiente para ello, nada más hace falta una disposición más cívica y decidida por mejorar las cosas y cambiar la sociedad. Por eso, es preciso que los mexicanos cambiemos de actitud, que dejemos de echar la culpa de nuestras desgracias a todo y a todos, mientras dejamos de lado la autocrítica, es imperioso que renunciemos a taparnos los ojos con una venda de lo que somos responsables, que abandonemos la terrible costumbre de sucumbir sistemáticamente a la asfixiante desazón del “pues ya ni modo” o en la incapacidad del intelecto del “así es México”. ¡No!, México no es así, pero sí los que caen en ese senquismo estoicista que nos impide mirar al gran futuro que se le presenta a México más allá de sus adversidades de este círculo pernicioso que nos limita progresar. Me niego a sucubir a este vicio común de la desesperanza. México es un país de futuro, sólo hace falta voluntad para trasformarlo y creer en se puede hacer. En fin, no dejemos que bajo el concepto patria sigan encotrando refugio la canalla parásita que vive y medra de los ciudadanos. Es responsablidad del ciudadano no seguir permitiendo que México siga siendo el orgullo de la ignoracia. 

lunes, 9 de agosto de 2010

REALIDADES Y UTOPÍAS DEMOCRÁTICAS

Por Jesús Turiso Sebastián

     De un tiempo a esta parte, se puede asistir a cómo las nuevas tecnologías nos están conduciendo hacia un mundo de virtualidad en donde la relaciones sociales sean virtuales, la economía sea virtual, la diversión sea virtual y hasta el amor llegue a ser virtual. ¿Eso significa que va a desaparecer la realidad o que se transforme en irreal con respecto a la virtualidad? No me atrevería a decir tanto. Pero lo cierto es que el mundo virtual gana terreno a pasos agigantados y se manifiesta en muchos ámbitos de la vida como lo más normal, como si siempre hubiera estado ahí. No sé si usted, amable lector, recordará aquella película tan holliwoodiense titulada “MATRIX”, un mundo artificial creado por computadoras. En él los hombres vivían una vida virtual pero estaban inconscientes de su irrealidad y sólo un pequeño grupo de disidentes habían escapado a este mundo creado por las computadoras y luchaban para subvertirlo y devolver al hombre la libertad que había perdido. Pues bien, la democracia, esa democracia con la que tanto se llenan la boca algunos que viven como parásitos de ella, está más cercana del mundo de MATRIX que de la realidad donde la ciudadanía es la hacedora de su presente y de su porvenir. La democracia que tantos mártires ha dado, puede sonar fuerte pero no por eso es menos cierto, es un artificio. A través de una buena campaña de marketing, se ha creado en el ciudadano una ilusión necesaria y hasta se le ha convencido de la importancia de su participación en esta democracia prefabricada y enlatada, pero la verdad es que no da más de sí que eso. La ciudadanía se constituye entonces en un rebaño desconcertado, que diría algún vocero del sistema imperante, al que se le manipula y se mantiene en estado de coma controlado, mediante expectativas e ilusiones como mecanismo necesario de control social. En realidad, hasta esa minoría de notables aventajados instituida por el sistema, reconocida con el nombre de “clase política”, son títeres de esta virtualidad que les mantiene también inertes, privilegiadamente inertes, diría yo. Por ello no se plantean dar un paso más allá para superarla y se conforman con exprimir lo máximo su momento de gloria, sirviéndose lo que pueden del sistema. Así, las elecciones que cada cierto tiempo se llevan a cabo para cumplir ese programa de control social sirven para elegir a los menos malos o, como me decía la mamá de una querida amiga mía esta mañana, al que menos robe de los representantes populares que necesita el sistema para realizar su plan y mantenerse vivo. Ahora bien, si bien esta democracia, virtualmente participativa es irreal, los problemas y el sufrimiento de la gente no son virtuales, esos sí son reales. Pero al pueblo se le sabe mantener contento con el viejo recurso del pan y circo, convertido por mor de la modernidad en olimpiadas, Big Brother, fastuosas y mediáticas bodas principescas, drogas, alcohol o similares, verdaderos lubricantes sociales. No nos engañemos, el dominio mundial se juega en las ligas mayores de las grandes multinacionales y los especuladores internacionales. Al resto nos toca bailar al son que ellos toquen.
     Hasta aquí la realidad de las cosas y, a partir de ahí, lo que uno espera del futuro: las utopías democráticas. Por utopía democrática entiendo la consecución y establecimiento de, lo que en la Grecia clásica, se denominaba “areté”. Aunque esta palabra no tiene una traducción literal al español, se podría asimilar con “virtud” o, en su sentido más amplio, con la “excelencia humana”. Por ello, la auténtica y real democracia debería empezar por cada uno, practicando precisamente la virtud frente al sálvese quien pueda y la tranza. La virtud consiste en ser ciudadanos de la “polis” y comportarnos como tales, cumpliendo cada uno con nuestro cometido, es decir, procurando ser honradamente los mejores en el ámbito profesional y ciudadano en el que nos desenvolvemos.
     Esta democracia no consistiría en hacer lo que uno quiera o vivir de acuerdo a su capricho, como sucede normalmente ahora. En la democracia las reglas democráticas son para todos y todos, sin excepción, deben cumplirlas, pero todos también tenemos derechos que deben ser respetados no sólo por el Estado, sino por el resto de los ciudadanos. Está utopía, me dirán, es la antítesis de lo que estamos acostumbrados a padecer: abusos de poder, falta de civismo, etc. No es posible que a costa de que se cumplan las expectativas y egoísmos de unos pocos padezcamos sus dislates la mayoría: mariachis que llegan en la madrugada para festejar algún cumpleañero trasnochador, las bandas de guerra de colegios que interrumpen el sueño a los vecinos a las seis de la mañana, desaprensivos que ensucian las calles y contaminan con sus vehículos porque nadie les pone freno, profesionales del volante que se creen con el derecho a saltarse las leyes de tránsito, etc. En una democracia real esto debe ser no sólo inviable, sino perseguido y despreciado por el resto de la sociedad. Por ello, urge llevar a cabo un aútentico esfuerzo de "ingeniería inversa" de la realidad social, potenciar todo aquello que nos ha hecho evolucionar como seres sociables y cambiar todo aquello que nos impide desarrollarnos más como tales.
     En esta democracia real no se trataría de elegir entre el menos malo, de la misma forma que uno no debería casarse con su “peor es nada”, sino de buscar y construir lo mejor a través de la virtud.  En democracia, como en el amor, no se debe ser conformista porque se corre el riesgo de perderlo todo. Se me dirá que esta democracia que aquí se plantea es inalcanzable, tal vez, pero yo diría que es la utopía más hermosa a la que el hombre puede aspirar y de eso se trata. ¿A caso las utopías no han sido el combustible de la historia que ha hecho avanzar a la humanidad? ¿Dónde estaríamos, por ejemplo, si unos cuantos locos, primero, en el Renacimiento y, después, en la Ilustración, no hubieran devuelto el protagonismo al hombre y promovido los derechos e igualdad de todos los seres humanos?
    

viernes, 2 de julio de 2010

CONSIDERACIONES ACERCA DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD DE MÉXICO


(TERCERA PARTE)
Por Jesús Turiso Sebastián

Y todo ello no es el resultado de un buen día o de una mala noche que pueda tener cualquiera. No. Hay que pensar que esto es el producto de un proceso de sedimentación cultural que se sucede desde hace casi quinientos años. Existen unos universales no solo sociales o políticos, sino también estéticos y mentales. Roma yuxtapuso códigos y creencias mentales a los pueblos ibéricos menos organizados; los cristianos en la Península Ibérica yuxtapusieron los suyos a musulmanes y judíos. Finalmente, los españoles lo hicieron con las poblaciones originarias en América. Ello ha provocado casi siempre el sincretismo cultural. Las culturas son la base de las construcciones mentales. La aculturación, mecanismo complejo y que siempre origina discusiones, es definido por diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como la “recepción y asimilación de elementos culturales de un grupo humano por parte de otro”. Por tanto, Aculturación, o proceso de “cristalización cultural”, como le gustaba decir a George Foster, lo entiendo como contacto de culturas. Sobre este contacto de culturas, intercambio de productos culturales y sus resultados ulteriores, Gonzalo Aguirre Beltrán observó que de la pugna entre las culturas europea colonial e indígena surgió una nueva cultura, la cultura mestiza, mexicana, “como consecuencia de la interpretación y conjugación de los opuestos [...] Estos procesos se hallan interconectados de modo que actúan recíprocamente unos sobre otros y se encuentran en un desarrollo incesante, tanto cada uno de ellos en particular, como considerado en conjunto el proceso global de aculturación"(1). Entonces, la idea tradicional de que la presencia española en América había afectado casi con exclusividad a los que habitaban este continente es incompleta. Los primeros españoles, al adaptarse a la nueva situación, tuvieron necesariamente que aculturarse, porque si bien su cultura fue dominante, no es menos cierto que estuvieron en minoría, en especial en regiones con una importante presencia indígena, aisladas de núcleos urbanos importantes. Minoría, por otra parte, tan heterogénea como la de los pueblos que habían venido a someter. Se podría afirmar que el primer aculturado fue un náufrago llamado Gonzalo Guerrero, que llegó a las costas del Yucatán en 1511. Este español que pisó tierras yucatecas, se integró de tal manera en el mundo indígena que, cuando lo encontraron las huestes de Cortés años más tarde, se expresaba en maya, tenía tatuado el cuerpo, en las orejas llevaba adornos y estaba casado con una hija de cacique con la que había tenido varios hijos.

Los propios evangelizadores se dieron cuenta enseguida de ello. Era necesario establecer puentes de acercamiento de dos cosmovisiones diferentes. Los primeros franciscanos, si bien fueron activos combatientes contra lo que la ortodoxia católica consideraba como idolatrías, asumieron determinados elementos que provenían de ella, para después reinterpretarlos y dotarlos de contenido cristiano. El primer monasterio franciscano fue levantado sobre un templo dedicado a Huitzilopchtli. Los mismos franciscanos cambiaron el color marrón de sus hábitos por el azul del dios mesoamericano y consagraron algunas de sus iglesias a las figuras guerreras de San Miguel y Santiago, fácilmente asociables por los naturales con Huitzilopchtli: ¿un guiño al universo simbólico indígena o la certidumbre de imposibilidad de acabar con muchas de estas prácticas porque en la cosmovisión indígena no se disociaba lo "religioso" de lo " secular " o porque resultó inevitable conservar ciertos elementos -como el mitote- que facilitarán la comunicación incipiente?(2) Tal vez, las todas esas cosas, porque tanto indígenas como ladinos vivían en una selva de símbolos (recordemos a San Agustín, para quien el mundo se compone de símbolos y cosas) No es de extrañar, entonces, que a partir de la segunda mitad del siglo XVI, los jesuitas no solo recuperaron elementos simbólicos de la cultura indígena(3), sino que, además, los integraron, de tal manera, que facilitaron la asunción de una cultura propiamente mestiza, consecuencia de la interpretación y conjugación de los opuestos(4). Por contra, los intentos llevados a cabo por las autoridades civiles y eclesiásticas de separar las dos sociedades en las llamadas república de indios y república de españoles fueron un fracaso en muchos aspectos. El visitador José de Gálvez llegó a decir a finales del siglo XVIII que “los dogmas de la religión cristiana estaban reducidos a dos artículos: creer en Nuestra Señora de Guadalupe y en Monctezuma”(5). Joaquín R. González ha demostrado cómo deidades femeninas paganas europeas fueron asimiladas, primero, por el panteón cristiano en la propia Europa y, luego, en América, se asociaron con divinidades femeninas prehispánicas(6). Como vemos, ambos mundos estaban mucho más cerca de lo que podamos imaginar. Por ello, hay que retomar la idea de la existencia de unos universales mentales compartidos por indígenas y cristianos, herencia de un imaginario pagano. El ejemplo de ello lo tenemos en que en sociedades, tan cristianas como las hispánicas, es habitual poner el culto a santos, vírgenes y cristos locales por encima del propio culto a Dios. Todo esto propiciado e, incluso, impulsado por los propios miembros de las órdenes religiosas. De tal manera, que en muchos casos los religiosos emplean mecanismos hereticales para la evangelización. Así, no les resultaba demasiado complicado concertar el mundo alegórico hispano con el indígena. A veces, especialmente en las primeras décadas de la presencia española, se aprecia la influencia que ejerció la tradición islámica. La mentalidad hispana estaba jalonada por retazos y experiencias de siete siglos de convivencia con los musulmanes en la Península Ibérica. Por ello no debe extrañarnos encontrarnos en México esta influencia, por ejemplo, en construcciones civiles y eclesiásticas. En Tepeca, Puebla, podemos contemplar una sólida torre de vigilancia conocida como el “Rollo”, que no es difícil asociar a los minaretes y torres hispanomusulmanes como la Torre del Oro de Sevilla. También en Puebla, la Capilla Real de Cholula, constituida por nueve naves y siete tramos, cuya disposición espacial para el culto recuerda claramente a las de las mezquitas, cuyas naves son perpendiculares a la quibla, insinuando la dirección del rezo; sus semejanzas con la mezquita de Córdoba, por mucho que se empeñen en negarlo, son evidentes. Y, es que, se construyeron algunas capillas con forma de mezquita como la de San José de Indios, anexa al Convento de San Francisco de México, de siete naves paralelas todas abiertas en sus extremos, o la capilla anexa al Hospital de Izatlán, en Jalisco. Esto no debe extrañarnos, ya que los constructores españoles construían de acuerdo a modelos tectónicos con los que estaban familiarizados. Así, a los grandes espacios rituales prehispánicos, como en la gran Plaza de Tepeca, se asignará un urbanismo que muestra el sincretismo de varias tradiciones. Esto era así porque todavía permanecía muy fresca en la memoria la presencia islámica en los primeros conquistadores, hasta el punto de que los templos prehispánicos son comparados muchas veces con mezquitas y, de esta manera, subrayaban el paganismo de los indios.

Pues bien, este recurrir a lo herético, por motivos de conversión -fin último y universal de la cruzada católica-, será común en muchas órdenes religiosas. El caso de los franciscanos es significativo, pero igualmente común entre los agustinos, dominicos, jesuitas, etc. Si damos el tiempo preciso y tenemos la paciencia de observar detenidamente las portadas y retablos de muchas iglesias de la época virreinal, nos encontraremos, por ejemplo, a San Francisco en una disposición protagónica por encima del mismo Jesucristo y de la Virgen María. San Francisco sería presentado, así, como un segundo Jesucristo con la capacidad de ayudar a salvar a los pecadores: en la puerta de la capilla de San Gabriel en Cholula se puede leer “Porta hec aperta erit peccatoribus penitentia agentibus”, la puerta estará, pues, abierta para los pecadores que hagan penitencia. El santo se nos muestra como elevado espíritu salvífico.

El punto de encuentro de las distintas estructuras mentales o cosmovisiones deberíamos situarlo en la cultura popular, caldero que a fuego lento fue cocinando todos los ingredientes que dieron como resultado un guiso mestizo. El español tipo, de pocas letras, cargado de superstición y pensamiento mágico, tan pagano como defensor de una fe que apenas comprendía y por la cual dejaba teñidos los campos de Europa con su sangre, tuvo fácil acomodo en muchas de las concepciones y prácticas indígenas. Bernardino de Sahagún da la voz de alarma en los primeros años de la presencia española acerca de la facilidad con que los españoles asimilaban las “malas costumbres” de los indígenas:

y no me maravillo tanto de las tachas y dislates de los naturales de esta tierra, porque los españoles que en ella habitan, y mucho más los que en ella nacen, cobran estas malas inclinaciones; los que en ella nacen, muy al propio de los indios, en el aspecto parecen españoles y en las condiciones no lo son; los que son naturales españoles, si no tienen mucho aviso, a pocos años andados de su llegada a esta tierra se hacen los otros; y esto pienso que lo hace en el clima, o constelaciones de esta tierra […](7).

Evidentes muestras de ello podemos encontrarlas en la riquísima y copiosa información del Tribunal de la Inquisición de México. Así, por ejemplo, en 1585 un sevillano llamado Luis de Sandoval fue condenado por haber dicho que la verdadera astrología consistía en saber tomar un demonio de las tres regiones, tierra, agua y fuego, el cual se había de coger un Viernes Santo en el pellejo de una nutria(8).

La enfermedad, a la que los indígenas adjudicaban un origen sobrenatural, los españoles, desde antes incluso de la peste negra de 1340, asignaron su causalidad a un castigo divino o al azote del Diablo. Así, es muy normal que ambas participen en las procesiones de santos y vírgenes, cuyo fin era paliar o prevenir las epidemias. La documentación oficial de los procesos del Santo Oficio, contra muchos españoles acusados de superstición e idolatría, demuestra que ambas culturas, como decíamos, no estaban tan alejadas. En no pocas ocasiones los españoles recurrieron, por ejemplo, a la ingestión de hongos alucinógenos o del peyote, de cuya planta los inquisidores afirmaban que era “en sumo grado fría y medicinal para los indios pero tan fuerte, que enajena el sentido y hace representación de visiones y fantasmas, de que tomaran ocasión los indios idólatras, o el demonio que los movía, para adivinar hurtos, sucesos ocultos y otros futuros contingentes por medio de la dicha raíz”(9).

Y qué decir de cuando se recurría a suertes adivinatorias y a la hechicería para conseguir el amor de la persona amada, combatir una enfermedad, buscar la fortuna o hacer daño a un mal vecino. Es entonces cuando “los procedimientos europeos se mezclan armoniosamente con los indígenas, los africanos, si bien las habas son sustituidas por el maíz, la belladona por el peyote, en un sincretismo feliz cuya eficacia multiplicada constituye sin duda uno de los mejores lubricantes de esta difícil sociedad colonial, teóricamente erizada de prohibiciones, restricciones y conveniencias pero que, al ser irrigada por las múltiples corrientes de estos intercambios solapados, logra desarrollarse con asombrosa vitalidad”(10) . El imaginario popular, maravilloso e irracional, estará también presente en hombres de mente con logos científico. Así, por ejemplo, en 1732 se procesó a un médico llamado José de la Peña y Flores “por haberse valido en sus amores de ciertas yerbas, oraciones, palma bendita é invocaciones al Demonio, á quien quizá, además, votó de continencia, con tal de que no tocase a su pretendida”(11). Vemos, pues, que estas dos cosmovisiones cohabitaban sin dificultad en personas que consideraríamos como intelectualmente preparadas. En 1769 el Santo Oficio dejaba clara la prohibición de usar:

libros y papeles escritos por indios ó chinos, en cualquier cualquiera idioma, bajo los títulos de Testamento de Nuestro Señor, Revelaciones de la Pasión, Oraciones de Santiago, San Bartolomé, San Cosme, San Damián y Modo de conseguir mujeres; por contener oraciones ridículas y falsa doctrina, blasfemias prácticas, revelaciones supuestas y promesas erróneas y escandalosas, y por esto deberse manifestar en este tribunal ó ante los jueces eclesiásticos y párrocos de cada territorio los que se encontraren, y los Repertorios y supersticiosos Calendarios, donde están asentados por sus propios nombres todos los naguales de astros, elementos, aves, peces y otros animales, y tablas con pinturas extraordinarias de la muerte, de que abusan los curanderos, como también de piedras de varios colores para pronosticar si el enfermo ha de morir ó no; y que se descubran los que otras personas tuvieren y ocultaren; á efecto de que se presenten; y se nos remitan del mismo modo que se ha de ejecutar con todos los papeles por donde se ensayan los ejemplos de dominicas de cuaresma, nescuitiles, danzas y demás que se hallaren de esta calidad(12).

Los ilustrados se ocuparon también de cargar contra el pensamiento mágico y la superstición, el cirujano francés, José Gelede "calificaba de idólatras a los españoles y se reía cuando entrando a visitar algún enfermo se hallaba con velas encendidas a los santos"(13). Para el fiscal del Santo Oficio esto no era sino consecuencia del libertinaje traído por los extranjeros y la tropa que se extendía “en cuanto al modo de pensar [….] De esta libertad nace que estén introducidos los libros de Voltaire, los de L’Metrie y otros inicuos en este reino […]”(14).

Las correlaciones entre ambos mundos no terminaban ahí. El Eros hispánico heredero de la cultura islámica, e integrado con facilidad en el indígena, se manifestaba en trasgresiones sistemáticas contra el logos cristiano imperante en el campo de la sexualidad. La Iglesia determinaba los comportamientos en los órdenes de la vida y, por supuesto, cómo debía vivirse la sexualidad, es decir, la realidad de las conductas sexuales en el ámbito privado que se cruza y transgrede en muchas ocasiones las regulaciones oficiales. La práctica de la bigamia o poligamia, tan habitual entre algunas culturas prehispánicas como en la islámica, fue perseguida de manera implacable desde la ortodoxia cristiana. No en vano, “la implantación del matrimonio cristiano en Nueva España corresponde en Occidente a un periodo de reflexiones y polémicas en torno a este tema que culminó para el catolicismo en el Concilio de Trento y se tradujo en la misma voluntad de uniformizar, prohibir o controla prácticas locales y tradicionales”(15). Sin embargo, como en otros órdenes sociales, el dualismo también aquí se hace presente, dualismo que no implica una doble moral como se entiende hoy en día, sino la convivencia armónica de mentalidades aparentemente opuestas. Por eso, en México fue natural la coexistencia, dentro de la mentalidad de una buena parte de la sociedad de la época, de las devociones cristianas más sinceras con la espontaneidad de las prácticas sexuales, sin que ello suponga para muchos miembros de la sociedad virreinal una contradicción.