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Por Jesús Turiso Sebastián
"El miedo guarda la viña", reza el refrán. Pues bien, el miedo ha sido y es uno de los principales instrumentos disuasorios que, a lo largo de toda la historia, han utilizado los poderosos como medio de contención social. Desde pequeños se nos inculcan miedos para reprimir instintos, pasiones y querencias naturales no admitidas por las morales establecidas. Cuando crecemos, lo hacemos ya con un campo sembrado de inseguridades que limitan el desarrollo completo de nuestro libre albedrío. La respuesta contra esta limitación va a ser, en muchas ocasiones, la agresividad contra toda imposición exterior. La violencia, por tanto, va a ser algo consustancial a la naturaleza humana. Por ello, debemos decir que la violencia es histórica. Pero también lo es la búsqueda de seguridad. Es ésta, junto a la alimentación y el sexo, una de las principales pulsiones del ser humano. Desde todos los ámbitos, social, religioso, político o económico, se ha intentado en todo tiempo manipular esta necesidad para tener domesticada a gran parte de la sociedad y que ésta se pliegue a los intereses de unos pocos. En la actualidad, no es ninguna novedad, el aumento de la violencia está siendo utilizada para justificar la necesidad de medidas más coercitivas, si cabe, contra el terrorismo, el narcotráfico, la delincuencia organizada, etc., pero también contra la sociedad en general. Vemos, por ejemplo, cómo el gobierno de los Estados Unidos se inventa un “Eje del Mal”, lo persigue por todo el mundo y, como resultado, se organiza una guerra, embarca otros países en ella y crea un sentimiento de inseguridad colectiva, sustentado en el temor a la respuesta terrorista, en el resto de la población mundial. El resultado de todo ello es la pérdida paulatina de importantes cotas de libertad, que hasta no hace mucho tiempo se daban por supuestas y ahora se cuestionan. Se está creando una cultura de la sospecha que genera más violencia que, a su vez, va a justificar la necesidad de un mayor control social y, en no pocos casos, el recurso a la represión indiscriminada. Con ello, los derechos individuales tienden a replegarse a las urgencias de seguridad y, por tanto, el ejercicio democrático pasa a ser secundario. Esta psicosis que se ha generado sirve para que muchos tomen posición y aprovechen la situación para hacer negocios muy lucrativos: es el caso de las empresas de seguridad privada. La sociedad es, de esta manera, la que finalmente paga el tributo de la violencia ejercida por una minoría, ciertamente, peligrosa que pone contra las cuerdas al resto de los ciudanos. Me viene a la memoria que no hace mucho me tocó padecer el pago de este tributo. Me disponía a abordar en el aeropuerto de México un autobús de una conocida línea de transporte de pasajeros que me llevaría a Puebla. Al ir a subir, no sólo le hacen pasar a uno por la perceptiva puerta detectora de metales o le registran unos individuos de seguridad privada -con tan pocos escrúpulos como pocas luces tiene en la cabeza- sin ninguna orden de registro oficial, sino que además graban a todos los pasajeros con una cámara de vídeo, cuyas imágenes nadie saben dónde van a parar ni qué hacen con ellas. Cuando alguien pregunta el motivo de este "operativo" abusivo e ilegal -dado que no tiene ningún permiso a la vista de las autoridades competentes y, además, es contrario a la Constitución mexicana por que atentan contra la intimidad de las personas- la respuesta es previsible: "es por su seguridad". Pero, ¿quién nos protege contra este "altruista" sistema de seguridad que atenta contra nuestra privacidad y degrada nuestra integridad y dignidad como ciudadanos? Esta situación es cada vez más habitual en organismos oficiales, bancos, centros de ocio, etc, y nadie la pone límites y, pero aún, muy pocos la denuncian. Pero no nos engañemos, este, digámoslo con generosidad, exceso de celo no va a evitar que se sigan cometiendo delitos, ni tan siquiera que disminuyan, de la misma forma que el establecimiento de la pena de muerte en muchos estados de Estados Unidos no ha impedido que los asesinatos y delitos continúen dándose, a veces, en mayor número que en otros estados que no contemplan la pena capital. Lo que sí ha logrado esta situación es que paguen como casi siempre justos por pecadores, que todos estemos en la mira de la sospecha y que estén cada vez más restringidas las libertades individuales, con lo que el sistema democrático se reduce y se trasforma en un sistema de “libertad” vigilada. ¿Será porque, como diría Cervantes, mientras se amenaza, descansa el amenazador?
