(TERCERA PARTE)
Por Jesús Turiso Sebastián
Y todo ello no es el resultado de un buen día o de una mala noche que pueda tener cualquiera. No. Hay que pensar que esto es el producto de un proceso de sedimentación cultural que se sucede desde hace casi quinientos años. Existen unos universales no solo sociales o políticos, sino también estéticos y mentales. Roma yuxtapuso códigos y creencias mentales a los pueblos ibéricos menos organizados; los cristianos en la Península Ibérica yuxtapusieron los suyos a musulmanes y judíos. Finalmente, los españoles lo hicieron con las poblaciones originarias en América. Ello ha provocado casi siempre el sincretismo cultural. Las culturas son la base de las construcciones mentales. La aculturación, mecanismo complejo y que siempre origina discusiones, es definido por diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como la “recepción y asimilación de elementos culturales de un grupo humano por parte de otro”. Por tanto, Aculturación, o proceso de “cristalización cultural”, como le gustaba decir a George Foster, lo entiendo como contacto de culturas. Sobre este contacto de culturas, intercambio de productos culturales y sus resultados ulteriores, Gonzalo Aguirre Beltrán observó que de la pugna entre las culturas europea colonial e indígena surgió una nueva cultura, la cultura mestiza, mexicana, “como consecuencia de la interpretación y conjugación de los opuestos [...] Estos procesos se hallan interconectados de modo que actúan recíprocamente unos sobre otros y se encuentran en un desarrollo incesante, tanto cada uno de ellos en particular, como considerado en conjunto el proceso global de aculturación"(1). Entonces, la idea tradicional de que la presencia española en América había afectado casi con exclusividad a los que habitaban este continente es incompleta. Los primeros españoles, al adaptarse a la nueva situación, tuvieron necesariamente que aculturarse, porque si bien su cultura fue dominante, no es menos cierto que estuvieron en minoría, en especial en regiones con una importante presencia indígena, aisladas de núcleos urbanos importantes. Minoría, por otra parte, tan heterogénea como la de los pueblos que habían venido a someter. Se podría afirmar que el primer aculturado fue un náufrago llamado Gonzalo Guerrero, que llegó a las costas del Yucatán en 1511. Este español que pisó tierras yucatecas, se integró de tal manera en el mundo indígena que, cuando lo encontraron las huestes de Cortés años más tarde, se expresaba en maya, tenía tatuado el cuerpo, en las orejas llevaba adornos y estaba casado con una hija de cacique con la que había tenido varios hijos.
Los propios evangelizadores se dieron cuenta enseguida de ello. Era necesario establecer puentes de acercamiento de dos cosmovisiones diferentes. Los primeros franciscanos, si bien fueron activos combatientes contra lo que la ortodoxia católica consideraba como idolatrías, asumieron determinados elementos que provenían de ella, para después reinterpretarlos y dotarlos de contenido cristiano. El primer monasterio franciscano fue levantado sobre un templo dedicado a Huitzilopchtli. Los mismos franciscanos cambiaron el color marrón de sus hábitos por el azul del dios mesoamericano y consagraron algunas de sus iglesias a las figuras guerreras de San Miguel y Santiago, fácilmente asociables por los naturales con Huitzilopchtli: ¿un guiño al universo simbólico indígena o la certidumbre de imposibilidad de acabar con muchas de estas prácticas porque en la cosmovisión indígena no se disociaba lo "religioso" de lo " secular " o porque resultó inevitable conservar ciertos elementos -como el mitote- que facilitarán la comunicación incipiente?(2) Tal vez, las todas esas cosas, porque tanto indígenas como ladinos vivían en una selva de símbolos (recordemos a San Agustín, para quien el mundo se compone de símbolos y cosas) No es de extrañar, entonces, que a partir de la segunda mitad del siglo XVI, los jesuitas no solo recuperaron elementos simbólicos de la cultura indígena(3), sino que, además, los integraron, de tal manera, que facilitaron la asunción de una cultura propiamente mestiza, consecuencia de la interpretación y conjugación de los opuestos(4). Por contra, los intentos llevados a cabo por las autoridades civiles y eclesiásticas de separar las dos sociedades en las llamadas república de indios y república de españoles fueron un fracaso en muchos aspectos. El visitador José de Gálvez llegó a decir a finales del siglo XVIII que “los dogmas de la religión cristiana estaban reducidos a dos artículos: creer en Nuestra Señora de Guadalupe y en Monctezuma”(5). Joaquín R. González ha demostrado cómo deidades femeninas paganas europeas fueron asimiladas, primero, por el panteón cristiano en la propia Europa y, luego, en América, se asociaron con divinidades femeninas prehispánicas(6). Como vemos, ambos mundos estaban mucho más cerca de lo que podamos imaginar. Por ello, hay que retomar la idea de la existencia de unos universales mentales compartidos por indígenas y cristianos, herencia de un imaginario pagano. El ejemplo de ello lo tenemos en que en sociedades, tan cristianas como las hispánicas, es habitual poner el culto a santos, vírgenes y cristos locales por encima del propio culto a Dios. Todo esto propiciado e, incluso, impulsado por los propios miembros de las órdenes religiosas. De tal manera, que en muchos casos los religiosos emplean mecanismos hereticales para la evangelización. Así, no les resultaba demasiado complicado concertar el mundo alegórico hispano con el indígena. A veces, especialmente en las primeras décadas de la presencia española, se aprecia la influencia que ejerció la tradición islámica. La mentalidad hispana estaba jalonada por retazos y experiencias de siete siglos de convivencia con los musulmanes en la Península Ibérica. Por ello no debe extrañarnos encontrarnos en México esta influencia, por ejemplo, en construcciones civiles y eclesiásticas. En Tepeca, Puebla, podemos contemplar una sólida torre de vigilancia conocida como el “Rollo”, que no es difícil asociar a los minaretes y torres hispanomusulmanes como la Torre del Oro de Sevilla. También en Puebla, la Capilla Real de Cholula, constituida por nueve naves y siete tramos, cuya disposición espacial para el culto recuerda claramente a las de las mezquitas, cuyas naves son perpendiculares a la quibla, insinuando la dirección del rezo; sus semejanzas con la mezquita de Córdoba, por mucho que se empeñen en negarlo, son evidentes. Y, es que, se construyeron algunas capillas con forma de mezquita como la de San José de Indios, anexa al Convento de San Francisco de México, de siete naves paralelas todas abiertas en sus extremos, o la capilla anexa al Hospital de Izatlán, en Jalisco. Esto no debe extrañarnos, ya que los constructores españoles construían de acuerdo a modelos tectónicos con los que estaban familiarizados. Así, a los grandes espacios rituales prehispánicos, como en la gran Plaza de Tepeca, se asignará un urbanismo que muestra el sincretismo de varias tradiciones. Esto era así porque todavía permanecía muy fresca en la memoria la presencia islámica en los primeros conquistadores, hasta el punto de que los templos prehispánicos son comparados muchas veces con mezquitas y, de esta manera, subrayaban el paganismo de los indios.
Pues bien, este recurrir a lo herético, por motivos de conversión -fin último y universal de la cruzada católica-, será común en muchas órdenes religiosas. El caso de los franciscanos es significativo, pero igualmente común entre los agustinos, dominicos, jesuitas, etc. Si damos el tiempo preciso y tenemos la paciencia de observar detenidamente las portadas y retablos de muchas iglesias de la época virreinal, nos encontraremos, por ejemplo, a San Francisco en una disposición protagónica por encima del mismo Jesucristo y de la Virgen María. San Francisco sería presentado, así, como un segundo Jesucristo con la capacidad de ayudar a salvar a los pecadores: en la puerta de la capilla de San Gabriel en Cholula se puede leer “Porta hec aperta erit peccatoribus penitentia agentibus”, la puerta estará, pues, abierta para los pecadores que hagan penitencia. El santo se nos muestra como elevado espíritu salvífico.
El punto de encuentro de las distintas estructuras mentales o cosmovisiones deberíamos situarlo en la cultura popular, caldero que a fuego lento fue cocinando todos los ingredientes que dieron como resultado un guiso mestizo. El español tipo, de pocas letras, cargado de superstición y pensamiento mágico, tan pagano como defensor de una fe que apenas comprendía y por la cual dejaba teñidos los campos de Europa con su sangre, tuvo fácil acomodo en muchas de las concepciones y prácticas indígenas. Bernardino de Sahagún da la voz de alarma en los primeros años de la presencia española acerca de la facilidad con que los españoles asimilaban las “malas costumbres” de los indígenas:
y no me maravillo tanto de las tachas y dislates de los naturales de esta tierra, porque los españoles que en ella habitan, y mucho más los que en ella nacen, cobran estas malas inclinaciones; los que en ella nacen, muy al propio de los indios, en el aspecto parecen españoles y en las condiciones no lo son; los que son naturales españoles, si no tienen mucho aviso, a pocos años andados de su llegada a esta tierra se hacen los otros; y esto pienso que lo hace en el clima, o constelaciones de esta tierra […](7).
Evidentes muestras de ello podemos encontrarlas en la riquísima y copiosa información del Tribunal de la Inquisición de México. Así, por ejemplo, en 1585 un sevillano llamado Luis de Sandoval fue condenado por haber dicho que la verdadera astrología consistía en saber tomar un demonio de las tres regiones, tierra, agua y fuego, el cual se había de coger un Viernes Santo en el pellejo de una nutria(8).
La enfermedad, a la que los indígenas adjudicaban un origen sobrenatural, los españoles, desde antes incluso de la peste negra de 1340, asignaron su causalidad a un castigo divino o al azote del Diablo. Así, es muy normal que ambas participen en las procesiones de santos y vírgenes, cuyo fin era paliar o prevenir las epidemias. La documentación oficial de los procesos del Santo Oficio, contra muchos españoles acusados de superstición e idolatría, demuestra que ambas culturas, como decíamos, no estaban tan alejadas. En no pocas ocasiones los españoles recurrieron, por ejemplo, a la ingestión de hongos alucinógenos o del peyote, de cuya planta los inquisidores afirmaban que era “en sumo grado fría y medicinal para los indios pero tan fuerte, que enajena el sentido y hace representación de visiones y fantasmas, de que tomaran ocasión los indios idólatras, o el demonio que los movía, para adivinar hurtos, sucesos ocultos y otros futuros contingentes por medio de la dicha raíz”(9).
Y qué decir de cuando se recurría a suertes adivinatorias y a la hechicería para conseguir el amor de la persona amada, combatir una enfermedad, buscar la fortuna o hacer daño a un mal vecino. Es entonces cuando “los procedimientos europeos se mezclan armoniosamente con los indígenas, los africanos, si bien las habas son sustituidas por el maíz, la belladona por el peyote, en un sincretismo feliz cuya eficacia multiplicada constituye sin duda uno de los mejores lubricantes de esta difícil sociedad colonial, teóricamente erizada de prohibiciones, restricciones y conveniencias pero que, al ser irrigada por las múltiples corrientes de estos intercambios solapados, logra desarrollarse con asombrosa vitalidad”(10) . El imaginario popular, maravilloso e irracional, estará también presente en hombres de mente con logos científico. Así, por ejemplo, en 1732 se procesó a un médico llamado José de la Peña y Flores “por haberse valido en sus amores de ciertas yerbas, oraciones, palma bendita é invocaciones al Demonio, á quien quizá, además, votó de continencia, con tal de que no tocase a su pretendida”(11). Vemos, pues, que estas dos cosmovisiones cohabitaban sin dificultad en personas que consideraríamos como intelectualmente preparadas. En 1769 el Santo Oficio dejaba clara la prohibición de usar:
libros y papeles escritos por indios ó chinos, en cualquier cualquiera idioma, bajo los títulos de Testamento de Nuestro Señor, Revelaciones de la Pasión, Oraciones de Santiago, San Bartolomé, San Cosme, San Damián y Modo de conseguir mujeres; por contener oraciones ridículas y falsa doctrina, blasfemias prácticas, revelaciones supuestas y promesas erróneas y escandalosas, y por esto deberse manifestar en este tribunal ó ante los jueces eclesiásticos y párrocos de cada territorio los que se encontraren, y los Repertorios y supersticiosos Calendarios, donde están asentados por sus propios nombres todos los naguales de astros, elementos, aves, peces y otros animales, y tablas con pinturas extraordinarias de la muerte, de que abusan los curanderos, como también de piedras de varios colores para pronosticar si el enfermo ha de morir ó no; y que se descubran los que otras personas tuvieren y ocultaren; á efecto de que se presenten; y se nos remitan del mismo modo que se ha de ejecutar con todos los papeles por donde se ensayan los ejemplos de dominicas de cuaresma, nescuitiles, danzas y demás que se hallaren de esta calidad(12).
Los ilustrados se ocuparon también de cargar contra el pensamiento mágico y la superstición, el cirujano francés, José Gelede "calificaba de idólatras a los españoles y se reía cuando entrando a visitar algún enfermo se hallaba con velas encendidas a los santos"(13). Para el fiscal del Santo Oficio esto no era sino consecuencia del libertinaje traído por los extranjeros y la tropa que se extendía “en cuanto al modo de pensar [….] De esta libertad nace que estén introducidos los libros de Voltaire, los de L’Metrie y otros inicuos en este reino […]”(14).
Las correlaciones entre ambos mundos no terminaban ahí. El Eros hispánico heredero de la cultura islámica, e integrado con facilidad en el indígena, se manifestaba en trasgresiones sistemáticas contra el logos cristiano imperante en el campo de la sexualidad. La Iglesia determinaba los comportamientos en los órdenes de la vida y, por supuesto, cómo debía vivirse la sexualidad, es decir, la realidad de las conductas sexuales en el ámbito privado que se cruza y transgrede en muchas ocasiones las regulaciones oficiales. La práctica de la bigamia o poligamia, tan habitual entre algunas culturas prehispánicas como en la islámica, fue perseguida de manera implacable desde la ortodoxia cristiana. No en vano, “la implantación del matrimonio cristiano en Nueva España corresponde en Occidente a un periodo de reflexiones y polémicas en torno a este tema que culminó para el catolicismo en el Concilio de Trento y se tradujo en la misma voluntad de uniformizar, prohibir o controla prácticas locales y tradicionales”(15). Sin embargo, como en otros órdenes sociales, el dualismo también aquí se hace presente, dualismo que no implica una doble moral como se entiende hoy en día, sino la convivencia armónica de mentalidades aparentemente opuestas. Por eso, en México fue natural la coexistencia, dentro de la mentalidad de una buena parte de la sociedad de la época, de las devociones cristianas más sinceras con la espontaneidad de las prácticas sexuales, sin que ello suponga para muchos miembros de la sociedad virreinal una contradicción.