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jueves, 7 de octubre de 2010

SOBRE NACIONALISMOS, ETNICISMOS Y DEMÁS ISMOS QUE ENGANGRENAN EL ALMA DEL SER HUMANO.


Por Jesús Turiso Sebastián.
El resurgimiento actual de los nacionalismos excluyentes y tribales, de los etnicismos o de los fundamentalismos es el resultado, más allá de la necedad de las elites gobernantes que espolean la diferencia, del cortocircuito que se ha producido en el diálogo entre los hombres. Desde aquellos tiempos no tan lejanos de la Alemania hitleriana, o los más recientes de la depuración étnica en Bosnia y Kosovo, las identidades asesinas se manifiestan con demasiada asiduidad: judíos-palestinos, rusos-chechenos, turcos-kurdos, terrorismo vasco de ETA, etc. Varias son las causas que pueden esgrimirse para explicar el resurgimiento de estos etnicismos: la manoseada globalización, impuesta por el Occidente capitalista y desvalorizado, el relativismo postmoderno de la falsa tolerancia y el “todo vale” necrófílico sobre los ideales ilustrados, el antioccidentalismo visceral desde el fundamentalismo islámico, las finas actitudes neofascistas de algunos dirigentes mundiales, etc. Sin embargo, más allá de explicaciones epidérmicas del problema, lo cierto es que la identidad o, mejor dicho, la manipulación identitaria es el problema. En estos malos tiempos que corren, desde distintos foros y ciertas voces “¿autorizadas?”, de manera más o menos abierta, por ejemplo, se nos está diseñando un modelo geo-histórico de lucha de identidades contrarias. Identidades distintas que en realidad existen como las razas o los sexos pero que, en verdad, pueden hacerse compatibles, sin embargo, se desvirtúan hasta tal grado de enfrentar a hermanos con hermanos, amigos con amigos o, simplemente, seres humanos contra seres humanos, donde las ideologías se imponen a los afectos.
La defensa de la identidad nacional es el argumento que fundamenta la existencia misma del nacionalismo. Sin embargo, como dijo alguna vez Julián Marías se puede pertenecer a una nación sin ser nacionalista de la misma manera que se puede poseer apéndice sin sufrir de apendicitis. Por ello, señalaba asimismo, no sin razón, Savater, que dentro de sociedades democráticas, como la española,  no veía amenazas a la identidad nacional, “a no ser, claro está, que los nacionalistas no traten realmente de defender esa identidad sino más bien de agredirla, recortándola: Me explico: en Euskadi, en Catalunya, en Galicia, en Andalucía, en todas partes, la identidad colectiva realmente existente está compuesta de tradiciones y préstamos, de cosas que nacieron allí y de cosas que han venido de fuera, de gente con raíces familiares autóctonas, de inmigrantes y sobre todo de mucho mestizaje entre lo uno y el otro” (Contra las patrias, 1996) Lo que no dicen es, bien porque no les conviene o bien porque en sociedades democráticas es políticamente incorrecto, que precisamente el mestizaje es una verdadera amenaza para el nacionalismo porque, entre otras cosas, ese mestizaje foráneo es abierto e inclusivo y atenta contra la pureza de la tradición genuina y autóctona que es el refugio donde se justifica la identidad.   
Hay suficientes argumentos a lo largo de la historia que nos ponen en guardia contra de la perversidad de este tipo de identidades que configuran muchos nacionalismos, aunque se disfracen de tolerantes y democráticos. Los nacionalismos, rebosantes de rasgos etnocentristas y esencialistas, han impuesto un designio colectivo, las más de las veces rebautizado como histórico, que ha entrado en conflicto con el derecho primordial de la persona a elegir su propio proyecto de vida (García de Cortazar y Azcona, 1994). Desde hace años sostengo que el nacionalismo exacerbado es una enfermedad mental, entendido como un diagnóstico que la psiquiatría incluiría dentro de las patologías paranoicas, neuróticas e histéricas. Más allá de esto, este tribalismo que podría superarse con un buen tratamiento médico, es más triste confirmar que estos nacionalismos tribales son más que una enfermedad mental, una enfermedad del espíritu. Ejemplos abundan en la historia: la Alemania nacionalsocialista, nacionalismo españolista impuesto por el general Franco tras el golpe de Estado de 1936, la Italia fascista de Mussolini, la cuestión balcánica o, más cercano a nosotros, la realidad actual de las Vascongadas. Todos ellos comparten un denominador común: el nacionalismo elabora un sentimiento de pertenencia por exclusión, crea orgullo por superioridad y provee al individuo de un sentido de identidad mediante el grupo y con los autorretratos del sistema doctrinario nacionalista se rescatan traumas y vergüenzas pasadas. Todo esto es necesario para la elaboración de una imagen maligna de un “otro” mediante la cual poderse definir como identidad. Dentro de este marco, la autonomía de la persona se vuelve dañina para el grupo y la disidencia es considerada como traición. El ideario nacionalista se nutre con fetiches casi siempre manipulados, como la sangre, el idioma, la cultura o la historia, donde los héroes locales son los grandes artífices y adalides de la integridad nacional. Los nacionalistas más radicales, como por ejemplo el caso de los independentistas catalanes o vascos más intransigentes, comparten la idea de un estado nación basada en el concepto acuñado Friedrich Ratzel del Lebensraum (espacio vital), el cual legitima el expansionismo de un país, que, recordemos lo bien, supuso una de las causas principales de la Segunda Guerra Mundial. Si volvemos al caso actual, por ejemplo, de las Vascongadas o Cataluña, los independentistas consideran que su lebensraum se extiende además a aquellas regiones donde se habla el vasco y el catalán o se ha hablado alguna vez, tanto en España como en Francia, situando todos estos territorios bajo el imaginario político de Euskalherría o de Paísos Catalans. Reprueban el “imperialismo” español sobre sus “territorios”, pero sin embargo, ese mismo imperialismo que impugnan lo ejercen ellos sobre otros territorios que reniegan de la identidad vasca o catalana porque no se consideran pertenecientes a ella. Y todo ello construido bajo un manto mesiánico que oculta siempre un concepto distorsionado de la democracia: el mito de que "todos somos" de la nación de la que se trate, fieles al “alma del Volk”, es decir, del pueblo como ente metafísico superior ante el cual son relativos individuos y grupos, sin considerar que otros muchos no concuerden con esta concepción de nación como un absoluto que se impone. Es por ello que Hanna Arendt expresaba la idea de que el nacionalismo es la expresión de la perversión del Estado que identifica al ciudadano con el miembro de la nación. Se convierte de esta manera el nacionalismo en un sucedáneo emocional de la religión en el que los dogmas fundamentales son la lengua, la cultura y el territorio.
Así, la mística nacionalista del autoconocimiento conduce generalmente a desconocer al otro y a elaborar una cosmovisión reducida al yo y al nosotros que combate la diversidad, extermina cualquier tipo de divergencia e impone al servicio de los ideales nacionales una cultura y una historia reelaborada ad hoc, como la historia demuestra. No por nada el historiador francés Ernest Renan, ya desde el siglo XIX, advertía que “para ser una nación, uno de los elementos esenciales es interpretar la historia de un modo equivocado”. Es decir, para los propósitos pedagógicos e ideológicos del nacionalismo es imprescindible distorsionar de manera invariablemente la historia con fines irracionales cuando no les es favorable para elaborar o sostener una identidad nacional nunca antes existente. El gran Octavio Paz veía las cosas claras: “si nos arrancamos las máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y a pensar de verdad. Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en la historia, contemporáneos de todos los hombres” (El laberinto de la soledad, 1985) Finalmente, el tiempo, juez insobornable, termina por desenmascarar a los grandes ideales y a los falsos salvadores, “libertadores de la humanidad” ajenos al clamor de la mayoría de los seres humanos. Es entonces cuando los hombres de bien, hastiados hasta el hartazgo, comienzan a despertar, a descreer de propagandas bienintencionadas y a dar la espalda a etnicismos y fundamentalismos asesinos fabricados con recursos de un victimismo rentabilizador o intereses creados e infligidos a la sociedad a golpe de luto y de sangre.