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viernes, 12 de noviembre de 2010

EL ROSTRO DE THANATOS EN MÉXICO: UN VIVIR SIN VIVIR.



Por Jesús Turiso Sebastián.

“La Eternidad carece de ironía y mucho menos de humor negro
y, por tanto, de piedad como para santificar este mundo”
Julio Quesada Martín (La Belleza y los Humillados)

Una sentencia ya clásica afirma que “al nacer comenzamos a morir y el fin comienza en el origen". Este hecho que puede parecer terrible, y que desde que se tiene uso de conciencia provoca desasosiego en el hombre, convierte a la muerte en una realidad cotidiana con la que está acostumbrado a convivir.
Durante muchos siglos, e incluso en muchos aspectos ahora, una cosa era lo que los hombres pensaban del mundo y otra muy distinta cómo lo hacían, ya que “los términos en que todos, menos un puñado de hombres instruidos y emancipados, pensaban del mundo eran los de la religión tradicional […]”[1].
El concepto de la muerte es el espacio neutral de intermediación de la cosmovisión mesoamericana y la cristiana. La idea de permanencia tanto para las culturas prehispánicas como para la hispana era un concepto fundamental dentro de la religión: se moría para renacer. La vida no concluía con la muerte, suponía el tránsito hacia una existencia más completa y eterna. Por lo tanto, eran conscientes de la transitoriedad humana y de la infalibilidad de la muerte. Las dos cosmovisiones compartían la idea de dualidad, la existencia de dos mundos: la vida y la muerte, el bien y el mal. Como resultado, sus escatologías estaban llenas de espíritus benéficos y demoníacos. De la existencia de estas dos realidades se deriva la necesidad de la existencia de una reciprocidad entre vivos y muertos. El tránsito de la vida a la eternidad pasando por la muerte era la etapa que más inquietaba al ser humano. De ahí los ritos que, resultado de ambas cosmovisiones, se llevaban a cabo para velar por el bienestar de los difuntos una vez que la muerte sustituía a la vida. Para el cristiano, lo que más preocupa es perder la gracia, porque supone la muerte del alma, es decir, el pecado y la condena eterna. La muerte corpórea es simplemente la culminación de todo proceso vital.  La muerte es el juez insobornable que pone a cada uno más allá de su existencia, es la “Emperatriz de los sepulcros […] Como ministra del Altísimo conduce por la posta a los justos para el cielo, y como aliada del Demonio en un instante pone a los malos en el infierno”[2].
Desde la época prehispánica, hasta nuestros días, los habitantes de México se han consagrado al culto de la muerte. Si bien es cierto que cuando confluyeron ambas culturas sus cosmovisiones en muchos aspectos difirieron como de la noche al día, sin embargo, van a coincidir en esta necrolatría. Tal vez, se pueda decir que esta coincidencia en la estética y el ritual no sea tal. Por ejemplo, mientras que el problema de salvación para los aztecas se entiende como proyecto colectivo, la salvación católica tiene un carácter individual. Ahora bien, en esencia la vivencia de la muerte es muy cercana y supera barreras conceptuales. Con la llegada de los españoles, las imágenes de la muerte prehispánicas se van a nutrir con las imágenes cristiano-paganas de aquellos. Así, el sincretismo resultante de la fusión, o confusión, de ambas concepciones se va a expresar, por ejemplo, en las actuales festividades de muertos de México como una peculiar manera de representar la muerte, reelaborada por una trama de elementos prehispánicos y cristianos. En esta trama se mezcla lo sagrado y lo profano sin límites demasiado precisos de dónde termina lo uno y comienza lo otro. Pero esto no es algo novedoso, en todas las culturas la muerte será uno de los principios constitutivos de la cosmovisión. A lo largo de la historia el hombre ha sido actor y espectador del fin último de su existencia. La muerte es el primer acto globalizador de la historia. Más tarde o más temprano afecta a todos por igual, no importa el origen ni la procedencia social o la condición económica. En este sentido, se puede afirmar sin equivocarse que uno sus rasgos distintivos es el carácter democrático. La muerte se sitúa en todo espacio, tiempo y lugar, es decir, es universal. Ahora bien, la muerte estudiada a través de la larga duración no es anacrónica, más bien debería entenderse como "escrita en las largas oleadas de las grandes evoluciones seculares o pluriseculares"[3]. Para todas las religiones la muerte es el fin de un proceso vital y el comienzo de otro muy diferente. Con su llegada lo natural deja paso a lo sobrenatural. No sorprende pues, y en esto coincido con Caro Baroja, que la muerte sea el tema “que acaso el cristiano ha sacado más motivo para pensar que cualquier otro hombre religioso, porque posee una teoría coherente acerca de ella, cosa que, contra lo que puede parecer, no es tan evidente en otras religiones, incluso de las llamadas superiores: la greco-romana o la hebraica, por ejemplo”[4].  El cristianismo asienta sus bases ideológicas funerarias en lo irremediable de la muerte física. Ante esta situación inevitable se impone una preparación para la vida después de la muerte, se impone la disposición para el “saber morir bien”. Por ello, el modelo impuesto por la Iglesia va a distinguir claramente entre la muerte física y la muerte espiritual. De ello se deriva la fijación religiosa por ayudar al moribundo a realizar una buena muerte, a través de la prevención de confesar y comulgar antes del desenlace final. 
La muerte, como realidad cotidiana, entraña la culminación de un proceso vital, es el fin de todos y la suerte de cada uno, y como tal ha sido aceptada a lo largo de los tiempos. En todas las culturas, tras la muerte, la escatología sustituye a lo tangible y verificable de la vida. Las creencias cristianas en México, influidas por el senequismo estoicista, asientan en la sensibilidad colectiva un sentido religioso e irremediable de la muerte. La Iglesia desde el siglo XVI va insistir en que la muerte es el tránsito hacia la verdadera vida, de tal manera “que la mejor manera para no morir, es pensar siempre en la muerte, y que la muerte es, la que assegura la vida”[5].
          Por ello hay que estar siempre preparado, el mexicano, creyente devoto,  es consciente de ello e, influido por las imágenes proyectadas por el pensamiento cristiano, siempre se tiene presente el memento mori como un momento trágico, terrible, que a todos antes o después nos alcanza. La Muerte novelada de Bolaños avisa a los vivos de que ella es la mano ejecutora de los designios de Dios, por lo que el ser humano tiene que tener siempre presente que ella mantiene “debajo de los sepulcros yo mantengo un ejército de asquerosos gusanos y una tropa inmensa de ratones y otros feísimos animalejos, los quales solamente se mantiene de carne humana, delicioso pasto para ellos […] luego de aquel instante así como acabéis de espirar y me paguéis el tributo de la vida ente angustias, amargos parasismos, y mortales agonías […]”[6]. Estas imágenes tan barrocas se emparientan muy bien con el espíritu barroco del hombre novohispano. De tras de ellas hay toda una filosofía de la escatología cristiana.
Los confesionarios y sermonarios escritos en lenguas autóctonas de los primeros misioneros tuvieron que adaptar este discurso a la cosmovisión indígena, así podemos encontrar expresiones como “se pensará bien en todos los castigos, todos los sufrimientos que llenan la región de los muertos para no ser sepultado allá”[7]. Este discurso oficial de la Iglesia se sitúa en el anverso de la vida cotidiana -despreocupada de lo que vendrá, inserta en el decurso de las horas y los días- en el insistente recuerdo de que se debe estar preparado para morir, para alcanzar la gloria eterna, destino último del hombre. Por ello, se insta al cristiano a tener siempre presente y prevenirse “del tiempo tenebroso y de los dias de la eternidad: los quales quando vinieron, verse ha claro como todo el pasado fue vanidad. Porque en presencia de una eternidad toda la felicidad (por grandisima que haya sido), vanidad parece, y asi lo es”[8].  Fray Bernardino de Sahagún recomienda que “cada cristiano se ponga cada día a considerar que se ha de espantar, que de vivir con miedo, para que se abstenga de los pecados y para que no se vaya allá [al infierno]”, ya que el infierno es terrorífico, lleno de tormentos y espera paciente la llegada de aquellos que se han hecho acreedores a habitar en él por toda la eternidad. El infierno se presenta como “una caverna muy grande allá en el centro de la tierra, enteramente tenebrosa, enteramente oscura, llena de fuego; verdaderamente es la cárcel de Nuestro Señor Dios”[9].
         Lo sagrado convierte al hombre en un instrumento de los designios sobrenaturales, en los que la ideología dominante aparece como defensora de un orden establecido e inalterable[10]. Este aspecto va a explicar la mentalidad y las actitudes que se van a tomar respecto a un hecho en sí irreparable. Ahora bien, frente al modelo que propone la Iglesia, gran parte de la sociedad lo adapta a su realidad. La interpretación popular, como en los demás ordenes vitales, no necesariamente coincide con los discursos y visiones oficiales. La realidad cotidiana discurre muchas veces por senderos mágico-religiosos, donde la superstición y el imaginario popular se superpone a la ortodoxia católica.  Esta es la razón por lo que se elabora todo un programa adoctrinador, donde lo sobrenatural oficial vaya supliendo a lo sobrenatural popular. Así, a los discursos oficiales les va a corresponder representaciones visuales. La muerte se llena de imágenes y símbolos; éstos son aprovechados por la Iglesia para adoctrinar a sus fieles. A partir sobre todo del Concilio de Trento, y durante mucho tiempo, las obras de arte se van a convertir en los mass media, la propaganda ideológica de la época. El significado de estas imágenes y símbolos era comprendido por todos desde el más ilustrado al más analfabeto. En muchas iglesias coloniales de México son habituales, por ejemplo, las representaciones pictóricas del infierno o las almas del purgatorio. Son imágenes terroríficas, que espantan al espectador, donde el fuego eterno aparece como principal arma de intimidación, que no hace distingos: lo mismo se quema el Papa, un obispo o un poderoso que un campesino o una prostituta. Estas imágenes también encierran una crítica más o menos evidente de la sociedad corrupta y pecadora de la época.  Muchas veces, la representación abreviada de la muerte mediante una calavera hacía reflexionar no solo sobre la condición perecedera del ser humano, sino también sobre la vanidad de las cosas terrenales, en fin, supone una reflexión acerca de las postrimerías. Sin embargo, hoy día difícilmente podemos alcanzar los significados de muchas de estas imágenes, como representaciones de El árbol de la vida, el Memento mori o la Alegoría de la rueda de la fortuna, si no somos entendidos en la materia. Esto se debe a que nuestra mentalidad ha ido evolucionando y, con ella también, muchas las imágenes y símbolos. Ahora bien, algunos de estos símbolos y gestos perduran todavía. Basta con darse un paseo por alguna de las iglesias mexicanas. No es de extrañar que nos encontremos e, incluso, pisemos, una o varias tumbas en alguna capilla o en frente al altar central. Esta idea profana de la muerte es el reflejo de una mentalidad que todavía perdura: la necesidad de vencer a la muerte a través de la perpetuación de la memoria, en definitiva, de eternizar su nombre. Así, por ejemplo, al visitar la Capilla Real de Cholula, tanto dentro como fuera de la misma, y adosadas a sus paredes, nos encontramos numerosas tumbas de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, con nombres y apellidos todavía legibles[11].
      Otro aspecto interesante de la cosmovisión de la muerte lo encontramos en las realidades que representa el universo mágico. Lo real-maravilloso se manifiesta de manera evidente en la incorruptibilidad de los cuerpos de algunos santos o mártires y los prodigios en forma de milagros que llevan a cabo. El santo en sí representa lo sobrenatural y el milagro es el fenómeno que le conecta con el mundo de los vivos. Muchas iglesias de México están jalonadas de exvotos y ofrendas por las gracias obtenidas de un determinado santo, santa, virgen o cristo. Algunos santos son especialmente venerados por milagrosos. Es el caso de fray Sebastián de Aparicio, muerto en 1602, cuyo cuerpo se encuentra incorrupto en la Iglesia del Convento de San Francisco de Puebla. El milagro surge una vez invocado al santo de turno, al cual se recurre para sanar las enfermedades que la incapacidad médica no permite. Los mismos médicos, dejando de lado su mentalidad racional (en algún momento también ellos habitan en ese mundo mágico), son los que aconsejan recurrir al milagro cuando no encuentran soluciones científicas para la curación[12]. En vida y en muerte se recurre a los santos como correa de transmisión entre lo humano y lo divino, debido a la capacidad que tienen para obtener una gracia. Hasta bien entrado el siglo XIX, se puede observar cómo las disposiciones testamentarias están jalonadas de invocaciones a vírgenes y santos. La Virgen como abogada y los santos como intermediarios se convierten en una póliza de seguros para el más allá.
          En fin, para el mexicano la muerte es un suceso no sólo social, sino también cultural, la fiesta del Día de Muertos puede servir de ejemplo. Esta fiesta supone la fusión de elementos simbólicos españoles, indígenas y, también, africanos. Pareciera que las actitudes del mexicano dieran la razón a la sentencia de que “el olvido de la muerte es la deserción misma de la vida” y convierte un suceso tan radical en una forma más de festejo, de un lado, y de recuerdo permanente de los que se fueron. Los hombres, como se ha visto, son espectadores y actores de un desenlace universal que, por tanto, nos permite llevar a cabo un análisis de sus gestos y ritos. La muerte es sentida y vivida por todos y en todo tiempo, es decir, la muerte es histórica y, como tal, es preciso estudiarla.







[1] HOBSBAWM, Eric. La era de las revoluciones (1789-1848). Barcelona, Ed. Crítica, 1987, p. 222.
[2] BOLAÑOS, Fray Tomás de (1792). La portentosa vida de la muerte. Edición crítica de Blanca López de Marisca, México, Colegio de México, 1992, p. 86.
[3] VOVELLE, Michel. Ideologías y mentalidades. Barcelona, Editorial Ariel, 1985, p. 106.
[4] CARO BAROJA, Julio. Las formas complejas de la vida religiosa (Siglos XVI y XVI). Madrid, Ed. Sarpe, 1985, pp. 156-157.
[5] AGUILAR, José de. Sermones varios predicados en la ciudad de Lima, Corte de los Reynos del Perú. Bruselas, 1684, p. 382.
[6] BOLAÑOS, Fray Tomás de, 1992, p. 122.
[7] OLMOS, Fray Andrés de (1533-1539). Tratado sobre los siete pecados mortales. Edición de Georges Baudot, México, UNAM, 1996, p. 115.
[8] Es preciso decir que esta obra se publica justamente durante la celebración del Concilio de Trento (1545-1563) y la doctrina de la Iglesia después de Trento es permanente, es decir, perfectamente se puede aplicar a cualquier época posterior. Por otro lado, la Guía de pecadores, por su estilo sencillo y por su espíritu difusor de las virtudes cristianas, es un best-seller religioso de nuestra historia literaria y fue seguramente el libro de cabecera de muchas personas. GRANADA, Fray Luis de (1556-1557). Guía de pecadores. Madrid, 1758, pp. 264-265.
[9] SAHAGÚN, Fray Bernardino de (1579). Adiciones, apéndice a la apostilla y ejercicio cotidiano. Edición de Arthur J. Anderson, México, UNAM, 1993, pp. 77 y 79.    
[10]En este sentido, la ideología hay que entenderla como una forma concreta y objetiva de representaciones explicativas de la visión del mundo. Esta visión se universaliza y prende en el inconsciente colectivo.  Además, manifiesta, repite y transmite una serie de actitudes establecidas en el corpus ideológico, y con el tiempo, las reelabora en un proceso de transformación continua.
[11] El culto por la muerte llega en México al extremo de exhibirla en los museos, como en el Museo de las momias de Guanajuato. Con un carácter devoto y religioso esto se venía dando desde hacía siglos en España o Italia y en el propio México dentro de las iglesias.
[12] Se cuenta una anécdota reveladora sobre esto último. En 1700, con el rey Carlos II agonizando y agotados todos los recursos médicos, los galenos del rey sugieren se traiga la momia incorrupta de San Isidro y se le acueste junto al monarca. Durante dos días y sus noches Carlos II compartió alcoba y colchón con el santo y al tercer día falleció, lo que desconocemos es si el desenlace se produjo como resultado natural del proceso o por la presencia de la momia del santo.