Por
Jesús Turiso Sebastián.
“La Eternidad
carece de ironía y mucho menos de humor negro
y, por tanto,
de piedad como para santificar este mundo”
Julio Quesada
Martín (La Belleza y los Humillados)
Una sentencia ya clásica afirma que “al nacer comenzamos a morir y el fin
comienza en el origen". Este hecho que puede parecer terrible, y que desde
que se tiene uso de conciencia provoca desasosiego en el hombre, convierte a la
muerte en una realidad cotidiana con la que está acostumbrado a convivir.
Durante
muchos siglos, e incluso en muchos aspectos ahora, una cosa era lo que los hombres pensaban del mundo y otra muy distinta cómo lo hacían, ya que “los
términos en que todos, menos un puñado de hombres instruidos y emancipados,
pensaban del mundo eran los de la religión tradicional […]”[1].
El concepto de la muerte es el espacio neutral de intermediación de la cosmovisión mesoamericana y la cristiana. La idea de permanencia tanto para las
culturas prehispánicas como para la hispana era un concepto fundamental dentro
de la religión: se moría para renacer. La vida no concluía con la muerte,
suponía el tránsito hacia una existencia más completa y eterna. Por lo tanto,
eran conscientes de la transitoriedad humana y de la infalibilidad de la
muerte. Las dos cosmovisiones compartían la idea de dualidad, la existencia de
dos mundos: la vida y la muerte, el bien y el mal. Como resultado, sus
escatologías estaban llenas de espíritus benéficos y demoníacos. De la existencia
de estas dos realidades se deriva la necesidad de la existencia de una
reciprocidad entre vivos y muertos. El tránsito de la vida a la eternidad
pasando por la muerte era la etapa que más inquietaba al ser humano. De ahí los
ritos que, resultado de ambas cosmovisiones, se llevaban a cabo para velar por
el bienestar de los difuntos una vez que la muerte sustituía a la vida. Para el
cristiano, lo que más preocupa es perder la gracia, porque supone la muerte del
alma, es decir, el pecado y la condena eterna. La muerte corpórea es
simplemente la culminación de todo proceso vital. La muerte es el juez insobornable que pone a cada uno más
allá de su existencia, es la “Emperatriz de los sepulcros […] Como ministra del
Altísimo conduce por la posta a los justos para el cielo, y como aliada del
Demonio en un instante pone a los malos en el infierno”[2].
Desde la época prehispánica, hasta nuestros días, los habitantes de México se han consagrado al culto de la
muerte. Si bien es cierto que cuando confluyeron ambas culturas sus
cosmovisiones en muchos aspectos difirieron como de la noche al día, sin
embargo, van a coincidir en esta necrolatría. Tal vez, se pueda decir que esta
coincidencia en la estética y el ritual no sea tal. Por ejemplo, mientras que
el problema de salvación para los aztecas se entiende como proyecto colectivo,
la salvación católica tiene un carácter individual. Ahora bien, en esencia la
vivencia de la muerte es muy cercana y supera barreras conceptuales.
Con la llegada de los españoles, las imágenes de la muerte prehispánicas se van a nutrir con las imágenes
cristiano-paganas de aquellos. Así, el sincretismo resultante de la fusión, o
confusión, de ambas concepciones se va a expresar, por ejemplo, en las actuales
festividades de muertos de México como una peculiar manera de representar la
muerte, reelaborada por una trama de elementos prehispánicos y cristianos. En
esta trama se mezcla lo sagrado y lo profano sin límites demasiado precisos de
dónde termina lo uno y comienza lo otro. Pero esto no es algo novedoso, en
todas las culturas la muerte será uno de los principios constitutivos de la
cosmovisión. A lo largo de la historia el hombre ha sido actor y espectador del
fin último de su existencia. La muerte es el primer acto globalizador de la historia.
Más tarde o más temprano afecta a todos por igual, no importa el origen ni la
procedencia social o la condición económica. En este sentido, se puede afirmar
sin equivocarse que uno sus rasgos distintivos es el carácter democrático. La
muerte se sitúa en todo espacio, tiempo y lugar, es decir, es universal. Ahora
bien, la muerte estudiada a través de la larga duración no es anacrónica, más
bien debería entenderse como "escrita en las largas oleadas de las grandes
evoluciones seculares o pluriseculares"[3].
Para todas las religiones la muerte es el fin de un proceso vital y el comienzo
de otro muy diferente. Con su llegada lo natural deja paso a lo sobrenatural.
No sorprende pues, y en esto coincido con Caro Baroja,
que la muerte sea el tema “que acaso el cristiano ha sacado más motivo para
pensar que cualquier otro hombre religioso, porque posee una teoría coherente
acerca de ella, cosa que, contra lo que puede parecer, no es tan evidente en
otras religiones, incluso de las llamadas superiores: la greco-romana o la
hebraica, por ejemplo”[4].
El cristianismo asienta sus bases ideológicas funerarias en
lo irremediable de la muerte física. Ante esta situación inevitable se impone
una preparación para la vida después de la muerte, se impone la disposición para el “saber morir bien”. Por ello, el modelo impuesto por la
Iglesia va a distinguir claramente entre la muerte física y la muerte
espiritual. De ello se deriva la fijación religiosa por ayudar al moribundo a
realizar una buena muerte, a través de la prevención de confesar y comulgar
antes del desenlace final.
La muerte, como realidad cotidiana, entraña la culminación de un proceso vital, es el fin de todos y la suerte de
cada uno, y como tal ha sido aceptada a lo largo de los tiempos. En todas las
culturas, tras la muerte, la escatología sustituye a lo tangible y verificable
de la vida. Las creencias cristianas en México, influidas por el senequismo
estoicista, asientan en la sensibilidad colectiva un sentido religioso e
irremediable de la muerte. La Iglesia desde el siglo XVI va insistir en que la
muerte es el tránsito hacia la verdadera vida, de tal manera “que la mejor
manera para no morir, es pensar siempre en la muerte, y que la muerte es, la
que assegura la vida”[5].
Por ello hay que estar siempre preparado, el
mexicano, creyente devoto, es
consciente de ello e, influido por las imágenes proyectadas por el pensamiento
cristiano, siempre se tiene presente el memento mori como un momento trágico, terrible, que a
todos antes o después nos alcanza. La Muerte novelada de Bolaños avisa a los
vivos de que ella es la mano ejecutora de los designios de Dios, por lo que el
ser humano tiene que tener siempre presente que ella mantiene “debajo de los
sepulcros yo mantengo un ejército de asquerosos gusanos y una tropa inmensa de
ratones y otros feísimos animalejos, los quales solamente se mantiene de carne
humana, delicioso pasto para ellos […] luego de aquel instante así como acabéis
de espirar y me paguéis el tributo de la vida ente angustias, amargos
parasismos, y mortales agonías […]”[6]. Estas imágenes tan barrocas se
emparientan muy bien con el espíritu barroco del hombre novohispano. De tras de
ellas hay toda una filosofía de la escatología cristiana.
Los confesionarios y sermonarios escritos en lenguas autóctonas de los primeros misioneros tuvieron que adaptar
este discurso a la cosmovisión indígena, así podemos encontrar expresiones como
“se pensará bien en todos los castigos, todos los sufrimientos que llenan la
región de los muertos para no ser sepultado allá”[7]. Este discurso oficial de la Iglesia se sitúa en el anverso de la vida
cotidiana -despreocupada de lo que vendrá, inserta en el decurso de las horas y
los días- en el insistente recuerdo de que se debe estar preparado para morir,
para alcanzar la gloria eterna, destino último del hombre. Por ello, se insta
al cristiano a tener siempre presente y prevenirse “del tiempo tenebroso y de
los dias de la eternidad: los quales quando vinieron, verse ha claro como todo
el pasado fue vanidad. Porque en presencia de una eternidad toda la felicidad
(por grandisima que haya sido), vanidad parece, y asi lo es”[8]. Fray Bernardino de Sahagún
recomienda que “cada cristiano se ponga cada día a considerar que se ha de
espantar, que de vivir con miedo, para que se abstenga de los pecados y para
que no se vaya allá [al infierno]”, ya que el infierno es terrorífico, lleno de
tormentos y espera paciente la llegada de aquellos que se han hecho acreedores
a habitar en él por toda la eternidad. El infierno se presenta como “una caverna
muy grande allá en el centro de la tierra, enteramente tenebrosa, enteramente
oscura, llena de fuego; verdaderamente es la cárcel de Nuestro Señor Dios”[9].
Lo sagrado convierte al hombre en un instrumento de los designios sobrenaturales,
en los que la ideología dominante aparece como defensora de un orden
establecido e inalterable[10]. Este aspecto va a explicar la mentalidad y las actitudes que se van a tomar respecto a un hecho en sí irreparable. Ahora bien, frente al modelo que
propone la Iglesia, gran parte de la sociedad lo adapta a su realidad. La
interpretación popular, como en los demás ordenes vitales, no necesariamente
coincide con los discursos y visiones oficiales. La realidad cotidiana discurre
muchas veces por senderos mágico-religiosos, donde la superstición y el
imaginario popular se superpone a la ortodoxia católica. Esta es la razón por lo que se elabora
todo un programa adoctrinador, donde lo sobrenatural oficial vaya supliendo a
lo sobrenatural popular. Así, a los discursos oficiales les va a corresponder
representaciones visuales. La muerte se llena de imágenes y símbolos; éstos son
aprovechados por la Iglesia para adoctrinar a sus fieles. A partir sobre todo
del Concilio de Trento, y durante mucho tiempo, las obras de arte se van a convertir
en los mass media, la propaganda
ideológica de la época. El significado de estas imágenes y símbolos era
comprendido por todos desde el más ilustrado al más analfabeto. En muchas
iglesias coloniales de México son habituales, por ejemplo, las representaciones
pictóricas del infierno o las almas del purgatorio. Son imágenes terroríficas,
que espantan al espectador, donde el fuego eterno aparece como principal arma
de intimidación, que no hace distingos: lo mismo se quema el Papa, un obispo o
un poderoso que un campesino o una prostituta. Estas imágenes también encierran
una crítica más o menos evidente de la sociedad corrupta y pecadora de la
época. Muchas veces, la representación abreviada de la muerte mediante una calavera hacía reflexionar
no solo sobre la condición perecedera del ser humano, sino también sobre la
vanidad de las cosas terrenales, en fin, supone una reflexión acerca de las
postrimerías. Sin embargo, hoy día difícilmente podemos alcanzar los
significados de muchas de estas imágenes, como representaciones de El árbol de la vida, el Memento mori o la Alegoría de la rueda de la fortuna, si no somos entendidos en la
materia. Esto se debe a que nuestra mentalidad ha ido evolucionando y, con ella
también, muchas las imágenes y símbolos. Ahora bien, algunos de estos símbolos
y gestos perduran todavía. Basta con darse un paseo por alguna de las iglesias
mexicanas. No es de extrañar que nos encontremos e, incluso, pisemos, una o
varias tumbas en alguna capilla o en frente al altar central. Esta idea profana
de la muerte es el reflejo de una mentalidad que todavía perdura: la necesidad
de vencer a la muerte a través de la perpetuación de la memoria, en definitiva,
de eternizar su nombre. Así, por ejemplo, al visitar la Capilla Real de
Cholula, tanto dentro como fuera de la misma, y adosadas a sus paredes, nos
encontramos numerosas tumbas de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, con nombres y
apellidos todavía legibles[11].
Otro aspecto
interesante de la cosmovisión de la muerte lo encontramos en las realidades que
representa el universo mágico. Lo real-maravilloso se manifiesta de manera
evidente en la incorruptibilidad de los cuerpos de algunos santos o mártires y
los prodigios en forma de milagros que llevan a cabo. El santo en sí representa
lo sobrenatural y el milagro es el fenómeno que le conecta con el mundo de los
vivos. Muchas iglesias de México están jalonadas de exvotos y ofrendas por las
gracias obtenidas de un determinado santo, santa, virgen o cristo. Algunos
santos son especialmente venerados por milagrosos. Es el caso de fray Sebastián
de Aparicio, muerto en 1602, cuyo cuerpo se encuentra incorrupto en la Iglesia
del Convento de San Francisco de Puebla. El milagro surge una vez invocado al
santo de turno, al cual se recurre para sanar las enfermedades que la
incapacidad médica no permite. Los mismos médicos, dejando de lado su
mentalidad racional (en algún momento también ellos habitan en ese mundo
mágico), son los que aconsejan recurrir al milagro cuando no encuentran
soluciones científicas para la curación[12]. En vida y
en muerte se recurre a los santos como correa de transmisión entre lo humano y
lo divino, debido a la capacidad que tienen para obtener una gracia. Hasta bien
entrado el siglo XIX, se puede observar cómo las disposiciones testamentarias
están jalonadas de invocaciones a vírgenes y santos. La Virgen como abogada y
los santos como intermediarios se convierten en una póliza de seguros para el
más allá.
En fin, para el mexicano la muerte es un suceso no sólo social, sino también cultural,
la fiesta del Día de Muertos puede servir de ejemplo. Esta fiesta supone la
fusión de elementos simbólicos españoles, indígenas y, también, africanos.
Pareciera que las actitudes del mexicano dieran la razón a la sentencia de que
“el olvido de la muerte es la deserción misma de la vida” y convierte un suceso
tan radical en una forma más de festejo, de un lado, y de recuerdo permanente
de los que se fueron. Los hombres, como se ha visto, son espectadores y actores
de un desenlace universal que, por tanto, nos permite llevar a cabo un análisis
de sus gestos y ritos. La muerte es sentida y vivida por todos y en todo
tiempo, es decir, la muerte es histórica y, como tal, es preciso estudiarla.
[1] HOBSBAWM, Eric. La era de las revoluciones (1789-1848).
Barcelona, Ed. Crítica, 1987, p. 222.
[2] BOLAÑOS, Fray Tomás de (1792). La portentosa vida de la muerte. Edición
crítica de Blanca López de Marisca, México, Colegio de México, 1992, p. 86.
[3] VOVELLE, Michel. Ideologías y
mentalidades. Barcelona, Editorial Ariel, 1985, p. 106.
[4] CARO BAROJA,
Julio. Las formas complejas de la vida
religiosa (Siglos XVI y XVI). Madrid, Ed. Sarpe, 1985, pp. 156-157.
[5] AGUILAR, José de. Sermones varios predicados en la ciudad de
Lima, Corte de los Reynos del Perú.
Bruselas, 1684, p. 382.
[6] BOLAÑOS, Fray Tomás de, 1992, p.
122.
[7] OLMOS, Fray Andrés de
(1533-1539). Tratado sobre los siete pecados
mortales. Edición de Georges Baudot, México, UNAM, 1996, p. 115.
[8] Es preciso decir que esta
obra se publica justamente durante la celebración del Concilio de Trento
(1545-1563) y la doctrina de la Iglesia después de Trento es permanente, es
decir, perfectamente se puede aplicar a cualquier época posterior. Por otro
lado, la Guía de pecadores, por su estilo sencillo y por su espíritu
difusor de las virtudes cristianas, es un best-seller religioso de
nuestra historia literaria y fue seguramente el libro de cabecera de muchas
personas. GRANADA, Fray Luis de (1556-1557). Guía de pecadores. Madrid,
1758, pp. 264-265.
[9] SAHAGÚN, Fray Bernardino de
(1579). Adiciones, apéndice a la
apostilla y ejercicio cotidiano. Edición de Arthur J. Anderson, México,
UNAM, 1993, pp. 77 y 79.
[10]En este sentido, la ideología hay que
entenderla como una forma concreta y objetiva de representaciones explicativas
de la visión del mundo. Esta visión se universaliza y prende en el inconsciente
colectivo. Además, manifiesta, repite
y transmite una serie de actitudes establecidas en el corpus ideológico, y con el tiempo, las
reelabora en un proceso de transformación continua.
[11] El culto por la muerte llega en México al extremo de exhibirla en los
museos, como en el Museo de las momias de Guanajuato. Con un carácter devoto y
religioso esto se venía dando desde hacía siglos en España o Italia y en el
propio México dentro de las iglesias.
[12] Se cuenta una anécdota
reveladora sobre esto último. En 1700, con el rey Carlos II agonizando y
agotados todos los recursos médicos, los galenos del rey sugieren se traiga la
momia incorrupta de San Isidro y se le acueste junto al monarca. Durante dos
días y sus noches Carlos II compartió alcoba y colchón con el santo y al tercer
día falleció, lo que desconocemos es si el desenlace se produjo como resultado
natural del proceso o por la presencia de la momia del santo.