¿QUÉ
SON LAS MENTALIDADES?: MENTALIDADES E IDEAS EN MÉXICO.
Por
Jesús Turiso Sebastián
La Historia de las Ideas es una disciplina que de
alguna manera puede considerarse como una disciplina histórica en donde hay una
filtración fundamentalmente de la Filosofía, pero es una disciplina
histórica. Aparentemente, cada época
desarrolla una serie de razonamientos y de conclusiones, si bien sobre los
mismos problemas de siempre. El número de ideas filosóficas o motivos dialécticos
esencialmente distintos es relativamente limitado. Lo que parece más novedoso
des estos sistemas es la manera en cómo utilizan u ordenan los antiguos
elementos que los componen. Es decir, que existen ciertas ideas o complejos de
ideas persistentes a lo largo de la historia y que actúan o han actuado como
presupuestos teóricos fundamentales. En una de las obras ya clásicas de Hobsbawm (La era de la revolución: 1789-1848 ), oportunamente hace referencia a la idea de que una
cosa es lo que hombres piensan del mundo y otra muy distinta los términos en
que lo hacen. Además nos permitiríamos añadir que otra más es cómo se actúa,
porque no siempre la forma de entender el mundo es coherente con las creencias
al uso. La Historia de las Mentalidades también es una disciplina histórica,
donde también hay evidentes referentes filosóficos, no tanto de las grandes
corrientes filosóficas como de los sistemas de pensamiento elaborados desde
distintos tipos de cosmovisiones.
La historia
de las mentalidades es la historia de las lentitudes, por ello, como señala
Duby[1],
deberíamos aplicar a su estudio el esquema acerca del tiempo histórico que
propuso Fernand Braudel[2]. El
tiempo de la historia (heterogéneo, local y cualitativo) no es el tiempo astronómico
(homogéneo, universal y cuantitativo). Existen diferentes ritmos históricos en
la medida que hay distintas situaciones evolutivas en las sociedades; y, a su
vez, dentro de éstas, distintos “tiempos” según aspectos económicos, sociales,
políticos, de mentalidad, etc., que configuran imbricándose, la vida de una
colectividad en su proceso temporal.
Por tanto, no es lo mismo el tiempo histórico, que
expresa las palpitaciones de una determinada formación social, que el tiempo
cronológico, medidor necesario de esas palpitaciones y del fluir del tiempo
general y homogéneo que erosiona y destruye los cuerpos y las cosas. Teniendo
en cuenta todo esto y simplificándolo para que se entienda, Braudel establece
en historia existen tres tiempos:
1. Tiempo corto: es el tiempo propio de los
acontecimientos. Es el tiempo periodístico por antonomasia. Comprende fenómenos
heterogéneos cuya vida es efímera. Por ejemplo, el hundimiento de un petrolero
en el mar y la catástrofe ecológica producida, un atentado terrorista, la boda
de un alto dignatario y su repercusiones sociales, etc.
2. Tiempo medio: es un tiempo de mayor duración que el
de los acontecimientos, se trata del tiempo de las coyunturas. Se ha impuesto
sobre todo en la jerga de los economistas. Por ejemplo, la toma de la Bastilla,
símbolo de la Revolución francesa, es un hecho puntual derivado de la
exasperación de una crisis de subsistencia (coyuntura) que a su vez expresa un
aspecto peculiar del modo de producción feudal del Antiguo Régimen (estructura)
3. Tiempo largo. Es el mayor de todos y es
precisamente el tiempo que corresponde a las estructuras. La estructura sería una
organización, unas relaciones suficientemente fijas entre realidades y masas
sociales. Pierre Vilar define la historia como investigación de los mecanismos
que vinculan la sucesión de acontecimientos a la dinámica de las estructuras. El
tiempo largo está compuesto de elementos unidos entre sí por relaciones fijas. Se
podría hablar así de cuatro tipos de estructuras:
a)
Estructuras políticas: el comunismo.
b)
Estructuras económicas: el capitalismo.
c)
Estructuras sociales: la familia.
d)
Estructuras mentales: las religiones.
Precisamente, las estructuras mentales o mentalidades
son las que más tardan en cambiar, o mejor dicho, las que más permanecen en el
tiempo. Teniendo en cuenta lo anterior, hay que referirse a estas alturas
necesariamente al origen del estudio de las mentalidades.
Desde un punto de vista histórico, se podría afirma que
tiene sus inicios más inmediatos con la revolución historiográfica que comenzó
a darse en los años treinta del siglo pasado. Estos estudios surgieron dentro
de la escuela histórica francesa y sus mentores fueron historiadores de la
talla de Marc Bloch, Lucien Febvre y, posteriormente, tomaron su testigos otros
como Robert Mandrou, George Duby, Philippe Ariès, Michel Vovelle, etc. A lo
largo de los años 60, el impulso de estos últimos de estudio de la historia las
mentalidades y la aparición de nuevos temas de estudio dentro de este campo
dará un vuelco a la historiografía francesa. Así, comienzan a publicarse
investigaciones donde la temática gravitaba entorno a estudios sobre la
familia, la mujer, la cultura popular, la locura, el amor, la sexualidad, la
muerte, etc. Supone una nueva forma de entender la historia, donde los
protagonistas de la misma pasan a ser los hombres y mujeres silenciados por la
historiografía tradicional y positivista. De esta manera, surge la Nueva Historia, cuyo pilar fundamental
será la recocida Escuela de los Anales.
Sin embargo, la consolidación del proyecto analista no careció de enemigos. Desde
otras ciencias sociales se van a intensificar los ataques a la historia, a la
que se va a despreciar acusándola de falta de cientificidad. En este panorama
va a parecer la figura de Fernand Braudel, quien en un artículo publicado en
1958 sobre la larga duración, va a definir por primera vez la historia
de las mentalidades y, lo va a hacer desde una manera novedosa, al entenderlas
como “prisiones” de larga duración. Pero poco después, E. Labrousse, poco
después definía el estudio de las mentalidades como la historia de las
resistencias. Más recientemente, historiadores como Georges Duby o Jacques Le
Goff han situado el estudio de los procesos socio-históricos dentro del mundo
de la subjetividad, relacionándolo directamente con la psicología. De tal
manera, que poco a poco el término está cayendo en desuso[3]
Pues bien,
hablar de mentalidad es hablar casi necesariamente de “mentalidades colectivas.
Por lo tanto, se podría decir, de manera simple, que
la mentalidad es el conjunto de actitudes que un individuo o grupo de
individuos adoptan ante el mundo que les rodea. Es, en pocas palabras, la
relación que se tiene con la realidad y la conducta individual o colectiva
resultante de ello. Por ejemplo, Carlos
II, en cuya personalidad convivían sin problemas su incontinencia sexual y, a
la vez, su gran religiosidad. Otro ejemplo del mismo rey cuando moribundo
recibe todos los cuidados médicos, pero cuando la ciencia no responde, los
galenos recomiendan que se desentierre a la momia de San Isidro y se le acueste
junto al rey para que obrara un milagro.
Así pues, el objeto de estudio de las mentalidades es un trinomio: una
representación mental, un comportamiento y la relación entre ambos. Además, es
necesario que estos tres elementos se refieran a un grupo social concreto y que
se haya difundido en ese grupo, de tal manera que formen su cultura. Por ello,
el objeto de la historia de las mentalidades no puede ser otro que la actividad
mental humana en su globalidad, con el fin de comprender mejor el
comportamiento y las relaciones de la sociedad, y los hechos que ha
protagonizado el sujeto colectivo de la historia. Señala
Bartolomé Bennassar que “cada concepción de la vida es personal e
intransferible, del mismo modo que cada uno proyecta su existencia o se deja
llevar por las circunstancias”. Pero de pende luego de la época a la que
nuestro estudio se dedique. Ahora bien, el término mentalidad guarda relación
con otro término no menos controvertido, ideología. Entre
las dos nociones existe en ocasiones una imperceptible línea divisoria, que ha
llevado a no pocas confusiones. Es innegable que cada etapa histórica ha tenido
sus propios referentes, valores, miedos, querencias o modas ideológicas, que no
necesariamente se ajustan a los de otros períodos anteriores o posteriores.
Ahora bien, llegados a este punto se debe hacer una precisión necesaria: en la historia de las mentalidades se emplea el
concepto representación mental y no ideología, porque el concepto ideología
tiene un significado concreto en ciencias sociales referido a una construcción
del mundo, pero formada con ideas claras, distintas y organizadas lógicamente
en una estructura racional. La ideología es un producto muy elaborado del
pensamiento humano, que difícilmente puede ser asimilado por la mayoría de los
individuos de un grupo social y que, además, no es motivo suficiente y
necesario para que toda una sociedad lo comparta. Por otra parte, la ideología tampoco
necesariamente ideología y comportamiento práctico van siempre de la mano, es
decir, que podemos encontrar hay personas que sostienen una determinada
ideología, aunque en la cotidianeidad del día a día una cosa es como piensan y
otra es como actúan. Quiero acordarme, por ejemplo, de algunos artistas
comprometidos con revoluciones o ideologías revolucionarías y progresistas que,
sin embargo, mantienen un modo de vida contrario a los principios que dicen
creer y predican. Como vemos, esto supone una contradicción con una de las
tantas definiciones de ideología que se han dado, me refiero a la de Althuser,
quien la define como “la relación imaginaria de los individuos con sus
condiciones reales de existencia”[4]. Una opinión similar encuentra Vovelle cuando sostiene
que para conciliar ideología y mentalidad habría que establecer un estudio de
las meditaciones y las relaciones dialécticas entre las condiciones objetivas
de la vida de los hombres y la forma en que viven y cuentan su vida; en este
nivel se diluyen las contradicciones entre ideología y mentalidades[5]. La
ideología, por tanto, supone una forma concreta, interpretativa y racional de
explicar el mundo, forma parte de la mentalidad y se funde con ella.
Sin embargo, existen muchos comportamientos que se escapan a la
definición de ideología. Por ello, el término de mentalidad se considera más
dilatado o amplio. La razón estriba en que una representación mental no solo va
encierra una serie de pensamientos e ideas claros construidos con una lógica
aparente, sino que admite además formalizaciones no tan organizadas o
polarizadas, como es el caso de los comportamientos mágicos y religiosos. Una representación religiosa del mundo no soporta
el análisis lógico, pero existe en las personas y es capaz de influir sobre sus
comportamientos. El concepto de representación mental acepta muchos elementos
que no se apegan a nuestra lógica cartesiana, incluso algunos meramente
emotivos, pero pueden constituir una imagen de la realidad, imagen suficiente que
tiene la facultad de sistematizar o ajustar las conductas de la gente. De esta
manera, por ejemplo, en las sociedades más tradicionales, dentro del imaginario
(mentalidad) colectivo lo sagrado sometía al ser humano, creyente y devoto, a
los designios sobrenaturales de Dios, en los que la ideología constituía el soporte
fundamental y necesario que sustentaba un orden socio-político casi
inmutable.
La imagen de la realidad es la que se conoce como visión del mundo, o los antropólogos denominan cosmovisión. Como podremos observar,
estos son términos que expresan una «visión» global del conjunto del universo.
De esta manera, el ser humano va a alcanzar el sentido que el universo tiene
para el hombre, no solo desde un aspecto puramente especulativo, como harían
las ideologías, sino también vital. Precisamente, la concepción vital que el
hombre tiene del universo va a ofrecerle el marco de referencia para llevar
acabo su acción práctica. Para elaborar esta imagen del universo vital serán
fundamentales no solo las ideas lógica y conscientemente construidas, sino
también las actitudes, las creencias, los juicios de valor y, por supuesto, los
sentimientos. Todos ellos constituirían en el campo de la realidad humana que
se enmarcaría dentro de la irracionalidad, el inconsciente y, por qué no, la
costumbre. Robert Mandrou, en este sentido, definía las mentalidades
como la historia de “las visiones del mundo”, definición que, si bien para
Vovelle era hermosa y satisfactoria para él, no dejaba de ser
“innegablemente imprecisa”[6]. Aquí es necesario
remitirse al maestro Ortega y Gasset cuando expresaba en “Estudios sobre el
corazón” su idea de que los seres humanos “no somos, pues, en última instancia,
conocimiento, puesto que éste depende de un sistema de preferencias que más
profundo y anterior existe entre nosotros”. Este sistema de preferencias es
precisamente el que, como dice Ortega, nos hace reconocernos como especie y nos
hace entendernos de alguna manera, pero también es cierto que cada raza, cada
época y cada individuo “ponen su modulación particular en el preferir, y esto es
lo que nos separa, nos diferencia y nos individualiza, lo que hace que sea
imposible al individuo comunicar enteramente con otro”. Estoy convencido de que el
pensamiento y la mentalidad es un reflejo de la vida misma: se piensa y se
siente en función de cómo se vive.
Así,
pues, es preciso diferenciar la historia de las mentalidades de la historia de las
ideas. Ello es necesario porque, por ejemplo, pareciera que tenemos la certeza
que las ideas de de Santo Tomás de Aquino o San Agustín estuvieron ampliamente
difundidas durante la Edad Media y ellas fueron las que construyeron las
conciencias de la gente de esa época y su manera de entender su mundo. Sin
embargo, la realidad fue muy diferente: el mundo o la alquimia mental que
gobernó los espíritus de la mayoría de la población se situaba más cercana a lo
mágico que a lo racional, y era más inmediato a lo pagano que a lo religioso. Ahora bien, esta mentalidad ligada al
inconsciente y su reflejo en las actitudes no tiene que sujetarse
solo a automatismos, que anularía la parte consciente de la historia. Por ello, no
debemos de obviar la influencia que en todo momento tuvieron los sistemas de
pensamiento. Estos elaboran respuestas al entorno humano. Sin ellos, por
ejemplo, no podríamos entender la estructura social medieval que pervivió
durante más de diez siglos. Podemos comprobar cómo a través de la historia existen
mentalidades muy diversas. Como caso ejemplarizante pondremos el de la
mentalidad sexual en la Nueva España.
Desde la
llegada del cristianismo a América, y durante varios siglos, las creencias
dominantes en América vinieron impuestas por una religión culta basada en las
ideas expuestas por los primeros padres y la escolástica medieval. A partir del
Concilio de Trento, la Iglesia católica va a insistir en los dogmas medievales,
añadiendo otros nuevos que dejaran su impronta moralizadora en la conciencia
religiosa de la época. En un ambiente de escisión religiosa entre católicos y
protestantes, en la que los unos tildaban de herejes a los otros y los otros a
los unos, la situación propiciará el ejercicio de un mayor control no solo en
la religiosidad de la población sino en su moralidad y adoctrinamiento. Ahora
bien, la realidad doctrinaria y el imaginario popular muchas veces,
especialmente en América, donde se estaba gestando una sociedad sincrética, no
siempre coincidían. A veces, incluso el propio imaginario reinterpretaba las
creencias de la religiosidad culta a sus usos y costumbres. Así, por ejemplo,
en cuanto a la representación de la realidad, es común que no existiera una
clara diferencia entre el mundo natural y el sobrenatural; de ahí, la
espontaneidad con que se recurría a la hechicería y brujería para ordenar el
mundo cercano que rodeaba a los individuos, de cuya usanza habitual dan muestra
los procesos inquisitoriales.
Ahora bien,
en lo que se refiere a la sexualidad también una cosa será lo que los hombres
entiendan por sexo, otra los términos en que lo hacen y otra es como van a
vivir o manifestar su sexualidad. Nos encontramos cómo también es este aspecto
donde en ocasiones se entra en un conflicto dicotómico. Por un lado, está la
ideología imperante proyectada a través de los discursos teológicos oficiales
de la Iglesia, centrados en la idea de pecado, y de las leyes civiles. Por otro,
la mentalidad, reflejada en el imaginario sexual de la gente. Entre ambos se
encuentra la influencia y control moral de las autoridades mediante la
utilización de medios coercitivos. Una mentalidad, la del siglo XVI o XVII,
diferente a la nuestra. Se trata, en suma, de una mentalidad donde conviven con
naturalidad presupuestos antagónicos (antagónicos, al menos, para nuestros
días): profunda religiosidad y conductas morales entendidas por la iglesia con
transgresoras de la moralidad. Sin embargo, a partir del siglo XVIII,
coincidiendo con la decadencia de la Inquisición y la llegada de nuevas modas y
nuevas ideas desde la lejana Europa, asistimos a una transformación paulatina
de los valores culturales y de las relaciones sexuales en ámbitos como la concepción
del honor-virtud.
Pues bien, a
través de distintos tratadistas, desde Santo Tomás, Fray Luis de Granada, Fray
Bernardino de Sahagún o Fray Francisco de Lárraga, hemos podido asistir a cómo
la ideología va construyendo los imaginarios sexuales de la sociedad y, a su
vez, va a ejercer de mecanismo de control y represión moral. La Iglesia
determinaba los comportamientos en casi todos los órdenes de la vida y, por
supuesto, cómo debía vivirse la sexualidad. La teología católica, racional y
escolástica, concebía la sexualidad como el resultado del matrimonio legítimo
cuyo fin último será la procreación y la formación de una familia. El
matrimonio era bendecido por Dios a través de sus representantes en la tierra,
el clero, y se consumaba mediante la unión carnal de la pareja. La familia se
constituirá entonces en el modelo de vida para el cristiano. Por lo tanto, la
Iglesia va a entender por comportamientos desviados todas las demás conductas
sexuales llevadas a cabo fuera del matrimonio y cuyo resultado además no fuera
la búsqueda de descendencia. Asimismo, completaremos el panorama normativo con
los discursos oficiales civiles a través de las leyes que imperaban en los
reinos hispánicos. Estás leyes, recogidas en la Novísima Recopilación y en las Leyes
de Indias tienen su base fundamental en la legislación medieval castellana,
Fuero Juzgo, Las Partidas, etc. que,
con distintas modificaciones, estuvieron vigentes hasta el siglo XIX en España
y América.
Por otro
lado, a través de la investigación estamos llevando nos hemos percatado de cómo
la realidad de las conductas sexuales en el ámbito privado se cruza y
transgrede en muchas ocasiones las regulaciones oficiales. Así, por ejemplo,
hemos observado cómo la inmoralidad de las costumbres sexuales debió llegar a
extremos insoportables para los procelosos y cristianos hábitos de Felipe II,
porque la creciente “depravación” sexual trajo como consecuencia que en 1566 el
rey firmara una pragmática que castigaba severamente “a los maridos que por
precio consintieren que sus mujeres sean malas de su cuerpo”[7]; o, en
1639, cuando fue firmada otra pragmática real prohibiendo que las mujeres se
mostrasen tapadas, a pie o en coche,
so pena de multa y destierro[8]. Las
costumbres a los ojos de las autoridades en los territorios hispánicos debieron
estar ciertamente muy deterioradas, ya que en tiempos de Felipe IV, el
Conde-Duque de Olivares creo una Junta de
Reformación para combatir el libertinaje, la cual elaboró en disposiciones,
por ejemplo, contra el celibato, dada su inutilidad o para favorecer a aquellas
personas que casaran jóvenes[9].
Como en
otros ordenes sociales, el dualismo también aquí se hace presente, dualismo que
no implica una doble moral como se entiende hoy en día. Observamos que, dentro
de la mentalidad de una buena parte de la sociedad de la época, convivían con
relativa naturalidad las devociones más sinceras con de la espontaneidad de las
prácticas sexuales, sin que ello suponga para muchos miembros de la sociedad
virreinal una contradicción.
Acabamos de
ver brevemente el reflejo de una mentalidad, pero de qué manera estamos
trabajando y que metodología utilizamos. El período de estudio abarcará desde
el siglo XVI hasta el fin de la época virreinal y el ámbito espacial estará
centrado en la Nueva España, con especial atención a la ciudad de México. A
través de este largo periodo de tiempo se estudiarán las permanencias y
transformaciones tanto en los discursos oficiales como en las actitudes
sociales, observando hasta qué punto la sociedad novohispana y las relaciones
de poder se irán construyendo y modificando a lo largo de esta etapa. Para ello
se recopilará la información, tanto de fuentes primarias como secundarias, de
manera rigurosa para presentarla meticulosa y clara, respetando siempre las
tipologías y categorías del período de estudiado.
Los nuevos
métodos y temáticas de la investigación histórica nos permiten adentrarnos en
las prácticas sexuales de los novohispanos. Para la realización de este trabajo
estamos recurriendo, en primer lugar, a las fuentes escritas por tratadistas
morales y la legislación vigentes de la época; en segundo lugar, estamos
trabajando con documentación civil, eclesiástica e inquisitorial de diversos
archivos históricos: Archivo General de la Nación de México (secciones Inquisición,
Criminal, Clero secular y regular y Matrimonios), Archivo Histórico Nacional de
Madrid (sección Inquisición) y Archivo General de Indias (secciones Audiencia
de México e Indiferente General) El
material documental y la literatura encontrada se organiza de manera
cronológica por temas en dos grandes apartados: discursos oficiales y prácticas
cotidianas. Asimismo, la documentación oficial de la Inquisición posteriormente
va a ser organizada en series para determinar los ritmos de la actividad represiva,
el tipo de conductas que más se perseguían, confrontando las normas procesales
con la praxis.
Es muy
importante la documentación eclesiástica de este período, en especial los
confesionarios, devocionarios, sermonarios, etc. de los siglos XVI al XIX, a
través de ellos nos podemos asomar a las preocupaciones respecto del orden
sexual que más inquietaban a la Iglesia, que nos podrán mostrar cuán habituales
eran las diferentes desviaciones al orden que se mencionan, las contradicciones
y confusiones entre teólogos y,
asimismo, se verá hasta qué punto evolucionaran la postura de la Iglesia
durante estos tres siglos. Muchas veces
estos textos son escritos para protegerse contra los deseos, considerados como
pecaminosos, o las pulsiones que ponen en peligro la moralidad.
En cuanto a la documentación oficial civil, estudiamos
también los códigos y las legislaciones que operaban en este período (Las
Partidas, Fuero Juzgo, Leyes de Toro, Nueva Recopilación, Leyes de Indias,
etc.), observando su evolución y sus transformaciones a lo largo del tiempo,
ello nos indicara la relevancia que se dará a los delitos, la trascendencia o
la pérdida de ésta de los mismos. Para ello, también la información se organiza
cronológicamente por temas: adulterio, estupro, violación, incesto, etc. De la
misma manera, es muy interesante asistir a si existen cambios o no en la
definición de las distintas prácticas a partir del significado que le van dando
los diccionarios de la época desde el Diccionario de Autoridades. Asimismo,
también tendremos muy presente los testimonios personales expresados en los
interrogatorios de la Inquisición, donde los inculpados o los testigos delatan
comportamientos sexuales desviados y la cotidianidad sexual de la sociedad.
Con
todo esto nos podemos hacer un panorama general, por esquemático, de los
alcances del estudio de la Historia de las Mentalidades y de qué manera se
puede establecer un tipo de metodología para llevar una investigación en
concreto.
[1] Georges
Duby: “Historia de las mentalidades”. En Obras
Selectas, México, Fondo de Cultura
Económica, 1999, p. 45.
[2] Fernand
Braudel: La historia y las ciencias
sociales. Madrid, Alianza Editorial, 1968.
[3] Jacques Le
Goff: “Las mentalidades una historia ambigua”. En Le Goff y Nora (ed.) Hacer la historia, Barcelona, , p. 81.
[4]
Vid. Louis Althouser: Ideología
y aparatos ideológicos del estado. México, Eds. Quinto Sol, 2000.
[5] Michel
Vovelle: Ideología y mentalidades.
Barcelona, Ed. Ariel, 1985, p. 19.
[6] Ibidem., p. 12.