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sábado, 21 de marzo de 2009

LA INCONGRUENCIA

LA INCONGRUENCIA.
Jesús Turiso Sebastián



La incongruencia, como el mal aliento, es esa parte del ser humano de la que nunca nos podemos desprender del todo y, esto es así, porque queramos o no somos imperfectos y ¡bendita sea la imperfección! No podría asegurar que en esencia somos incongruentes. Ahora bien, como diría el filósofo inglés Francis Bacon, las conductas como las enfermedades se contagian de unos a otros, y si esto es así, la incongruencia humana hace tiempo que se ha convertido en pandemia.
En la historia nos encontramos con muchos casos de la incongruencia humana: baste como ejemplo uno sucedido después de la muerte en 1226 de San Francisco, como todos saben patrono de los pobres, con la construcción del convento y la basílica de la orden en Asís. Su grandeza y suntuosidad fue muy criticada en la época entre diversos sectores católicos, dado que su monumentalidad se consideraba incongruente con los ideales de pobreza de Francisco. En literatura muchos autores han parodiado la incongruencia humana, sin ir más lejos, ahora que se ha puesto tan de moda y casi todos lo hemos leído mínimo diez veces en nuestra vida, Cervantes en El Quijote. Precisamente, los escritores, son notarios con talento de las actitudes de la sociedad que les ha tocado padecer. Quien más quien menos ha sido o es incongruente en algún momento, como quien más quien menos ha exagerado alguna vez o ha dicho una mentira, digamos, “blanca” o “piadosa” (si es que esta categoría existe), y no por ello le llamamos exagerado o mentiroso (término, por otro lado, sumamente insultante e hiriente) El problema radica en que las incongruencias de los demás nos parecen, por supuesto y cómo no, más indignantes, más insoslayables y más incongruentes que las nuestras. O, hablando en román paladino, que la paja del ojo ajeno nos parece una viga y la nuestra no la vemos ni en el microscopio. Nos cuesta reconocer que nos equivocamos. Cuando criticamos a los demás, lo hacemos porque nosotros somos tan débiles e imperfectos como ellos y caemos en las mismas contradicciones que censuramos, lo cual sienta como un tiro reconocérnoslo a nosotros mismos. Y esto es así porque la realidad es vista por los ojos del que la ve y la interpreta de acuerdo a cómo la ve o cree que la ve (por su puesto, una visión infalible, porque todos llevamos dentro buenas dosis de infalibilidad papal).
En la actualidad, en la que ya es un hecho que la homogeneidad del mundo lo está transformando en Disneylandía, la incongruencia está en que cada vez hay más individualismo, más lucha por la identidad, más intolerancia a lo que pudiera quedar de diversidad y un sinfín de etcéteras igual de incongruentes. La paradoja democrática, predicadora de la tolerancia y el respeto, que llama todos a entrar bajo su manto protector, arrincona, cuando no persigue, a los “outlanders”, a los disidentes, seguramente porque son muy malos ciudadanos, son antisistema, y no se merecen vivir en esta sociedad tan “wonderland” que tenemos. No hay, pues, margen para la disidencia dentro de estas sociedades tan “democráticas”. Hay que estar de acuerdo, por lo civil o por lo criminal, con este sistema porque, según se predica desde los púlpitos de la bienpensante tolerancia por pontífices de comunión diaria de la Democracia, éste es el menos malo de los sistemas: no se permite aspirar a uno mejor pues es, según ellos, metafísicamente imposible que pueda existir. Más incongruencias democráticas: es muy habitual que en época de elecciones suceda que, en una cerrada lucha entre dos o tres candidatos que puedan parecernos nefastos, nos resignemos a optar por el que nos parezca menos malo o que menos nos vaya a limpiar el bolso, aunque en realidad nos gusten más las propuestas de un cuarto candidato. Ahora bien, es más que probable que reconozcamos públicamente aquello de: “pues ¡qué pena!, sería un gran presidente, gobernador o alcalde, pero tengo que votar, aunque no me guste, por Fulanito, porque si gana Menganito, Dios nos pille confesados”. Esto es como aquel el que se casa con “su peor es nada” porque a determinada edad en el mercado matrimonial se reducen las opciones y tiene pavor a quedarse más solo que la una para los restos. O como el gran aficionado al fútbol que prefería que su equipo, a punto de quedar campeón de liga en la última jornada, perdiera porque de esta manera el equipo de eterna rivalidad del suyo descendía a segunda división. Pero, bajando al albero más cotidiano, sin duda, la mayoría queremos mucho a nuestros hijos, queremos lo mejor para ellos, les educamos en el respeto a los demás, les bombardeamos con todos nuestros alardeados Valores casi siempre de tarjeta de visita, les advertimos del peligro de los vicios, entonces ¿por qué fumamos delante de ellos o por qué no sabemos darles una respuesta congruente de porqué nosotros fumamos y ellos no pueden comer chocolates y dulces en la misma proporción? Pues bien, si algún despistado, como yo, me preguntara a estas alturas qué es la incongruencia, buena o mala, yo solo podría responder que la incongruencia “es”, que no es poco. En fin, habrá que concluir con que, nos parezca o no, el principio de contradicción tiene erigido un altar dentro de cada uno nosotros, de mí el primero, como no podría ser de otra manera. Y, salvando lo presente, perdonen la imperfección de este que aquí les ha escrito, seguramente repleto de incongruencias.