Por Jesús Turiso Sebastián.
“Qué pena me da mirarte, cuando te miro”, se lamenta el valsecito criollo limeño, lamento, que bien pudiera aplicarse al sistema democrático actual. Porque aunque muchos aspiren sanamente a cambiar el mundo con, el tal vez, iluso o inocente interés de mejorar la vida de los seres humanos, coincidirán conmigo que la empresa se presenta harto complicada. Hasta la fecha, para los defensores del sistema, la democracia, con sus limitaciones e imperfecciones, es el procedimiento menos injusto para organizar la vida social y la formula que más se acerca a la utópica aspiración de la igualdad de derechos de los hombres. Sin embargo, la realidad es otra diferente: la democracia ha sido despojada de gran parte de su originario contenido moral, si se quiere, espiritual. La evidencia clara es las propuestas para remodelarla, -desde la idea de la “democracia consociativa” de Daalder y Arendt Lijpart, pasando por la democracia procedimental de Michael Sander, la deliberativa de Habermas y Bobio o la democracia electrónica del e-voting hasta la “democracia marketing”- propuestas señaladas en un acertado artículo de Vidal-Beneyto (El País, 14-III-2009). Así pues, se ha llegado a un punto en el que la política y los políticos han vaciando de contenido semántico y efectivo el concepto de democracia.
Hace ya más de un siglo el canciller alemán Leopold von Bismarck hacía la diferencia entre el político y el estadista, la cual residía en que mientras el político piensa en la próxima elección, el estadista lo hace en la próxima generación. Estadistas, definitivamente, hay pocos, así que el mundo ha quedado en manos de los políticos. No hace mucho llegué a escuchar a uno de estos políticos sentenciar que el problema de la gran abstención a votar del ciudadano es la falta de cultura política. Lo cual, no deja de ser, en mi opinión, una excusa bien sonante y autocomplaciente para estómagos agradecidos que esconde una realidad más profunda: el alejamiento del las elites políticas del ciudadano. A pocos se les escapa ya que la democracia se ha convertido en un ritual formalista y litúrgico que manejan pocos y comprenden menos. De tal guisa que el ciudadano cada vez está más arrinconado frente a las pretensiones de sus autoridades, que no sus líderes, involucrados muchas veces en luchas intestinas por mantener el poder o por alcanzarlo. En este escenario la ciudadanía queda relegada a mero instrumento para conseguir los fines electorales.
Los partidos políticos se han convertido desde hace tiempo en verdaderas máquinas de poder que no tienen otra razón de ser que ganar las elecciones y el propio sistema induce a ello. ¿Les interesan realmente los electores? En cierta forma sí, pero sólo hasta el día de la elección. La consecución del poder alienta la propia supervivencia de los partidos y la de toda una cohorte de vividores, en el sentido objetivo de la palabra, que necesitan de la victoria de su candidato para subsistir hasta las siguientes elecciones. La realidad es que tenemos candidatos que conocen más la clasificación de la ATP de tenis o la de la PGA de golf que los problemas de su distrito electoral –esto no es para ellos realmente un problema-. Por su distrito sólo se les ve en campaña u ocasionalmente de paso para tomar, precisamente, el avión e ir al US Open o al British Open. Así vemos que, por lo general, los partidos no promueven al candidato más preparado, apto o eficiente sino al que, por su popularidad social, influencia económica o garantía de éxito les lleve a mantener o lograr el poder en tal o cual municipio o conseguir tal o cual diputación. De esta manera, los candidatos –ignorantes funcionales, en muchos casos-, objetivamente no van a representar a sus posibles electores porque, como vemos, son tan sólo un engranaje de la máquina de poder de sus partidos que pretende rentabilizarlos para sus fines. La democracia, como concepto pomposo, al que todos ellos sin dudarlo apelan y, sin embargo, en la mayoría de los casos desconocen, es prostituida por aquellos que se dicen ser sus representantes, de tal manera que su esencia queda manipulada con el fin concreto de alcanzar el poder. Los electores, por su parte, creen que están eligiendo al mejor candidato, cuando lo que realmente se trata es de elegir a uno, no interesa quién sea. No importaría que la elección se hiciera lanzando una moneda, porque el resultado final sería básicamente el mismo: el desprecio por los votantes. Lo anteriormente dicho sería razón no sólo suficiente, sino necesaria para que el elector reflexivo -sin “estímulos” externos al propio sufragio y de dudosa legalidad electoral- diera la espalda a todos estos aspirantes al, teórico, servicio público. Sin embargo, lo peor está más allá de la mera disertación teórica y se sitúa en la desazón de la realidad de los propios hechos y situaciones de los procesos electorales. La poca confianza que ofrecen los candidatos se rubrica en la ambición de poder que éstos anteponen a los valores cívicos e ideologías políticas. La utilización del grave problema de la miseria, por ejemplo, con fines electorales por parte de algunos candidatos a través de asociaciones, fundaciones, etc., para ganar simpatías y adhesión a través de “ayudas” a las necesidades básicas de los más desfavorecidos no solamente roza la ilegalidad, sino que es sencillamente indecente. Por otro lado, institucionalmente la tendencia habitual a utilizar los bienes o privilegios públicos para favorecer al candidato oficial de turno es indecente. Esta situación que en otras democracias sería perseguida y castigada por tratarse de corrupción, vemos cómo en México se solapa y se desfigura. Los mismos mandatarios pareciera como si estuvieran en campaña permanente al seguir promocionándose, con dinero público, una vez alcanzado el poder. Esto no sólo es una falta de pudor democrático, sino que además es un abuso de poder que rara vez se condena. El oportunismo y la ambición se ven reflejados en las campañas electorales: ofrecen y dicen lo que un público necesitado precisa escuchar. Por ejemplo, de otra manera no podría entenderse que algún partido que defiende el ecologismo promueva la pena de muerte, ¿qué dislate es éste? En fin, no es posible que se vaya a votar por candidatos que se desconoce, que sólo se sepa de ellos a través de carteles publicitarios y eslóganes muy primarios que prometen entelequias y paraísos que jamás se explica cómo van a hacerlos realidad, pero no ofrecen propuestas reales de mejorar la vida de los ciudadanos y remediar los problemas verdaderos que la gente padece diariamente y que siempre quedan a la espera de una solución.
Ante este panorama, a cualquier persona sensata y reflexiva no le quedará otra salida democrática, esto sí es democrático, que declararse insumiso electoral y anular su voto o, mejor aún, no votar. Pero inmediatamente después, algún ínclito político le soltaría aquel “democrático” exabrupto de “si no votas, después no tienes derecho a reclamar” (ésta es una idea totalitaria de la democracia que sólo permite la acción política dentro del sistema). Creo, sin embargo, que sería muy sano que la demos –la ciudadanía- respondiera a los partidos políticos y a estos candidatos-marioneta, adláteres del poder establecido, aquello que le espetó el campesino a un aspirante a diputado de buena apariencia, mejores palabras y dudosas intenciones: “desde que te vi venir te conocí la ventaja, tú serás buen albañil pero a mí no me trabajas”. Sería un gran paso para conseguir un sistema que realmente velara por los intereses de todos y no por la ambición y codicia de una minoría oligárquica de poder.
“Qué pena me da mirarte, cuando te miro”, se lamenta el valsecito criollo limeño, lamento, que bien pudiera aplicarse al sistema democrático actual. Porque aunque muchos aspiren sanamente a cambiar el mundo con, el tal vez, iluso o inocente interés de mejorar la vida de los seres humanos, coincidirán conmigo que la empresa se presenta harto complicada. Hasta la fecha, para los defensores del sistema, la democracia, con sus limitaciones e imperfecciones, es el procedimiento menos injusto para organizar la vida social y la formula que más se acerca a la utópica aspiración de la igualdad de derechos de los hombres. Sin embargo, la realidad es otra diferente: la democracia ha sido despojada de gran parte de su originario contenido moral, si se quiere, espiritual. La evidencia clara es las propuestas para remodelarla, -desde la idea de la “democracia consociativa” de Daalder y Arendt Lijpart, pasando por la democracia procedimental de Michael Sander, la deliberativa de Habermas y Bobio o la democracia electrónica del e-voting hasta la “democracia marketing”- propuestas señaladas en un acertado artículo de Vidal-Beneyto (El País, 14-III-2009). Así pues, se ha llegado a un punto en el que la política y los políticos han vaciando de contenido semántico y efectivo el concepto de democracia.
Hace ya más de un siglo el canciller alemán Leopold von Bismarck hacía la diferencia entre el político y el estadista, la cual residía en que mientras el político piensa en la próxima elección, el estadista lo hace en la próxima generación. Estadistas, definitivamente, hay pocos, así que el mundo ha quedado en manos de los políticos. No hace mucho llegué a escuchar a uno de estos políticos sentenciar que el problema de la gran abstención a votar del ciudadano es la falta de cultura política. Lo cual, no deja de ser, en mi opinión, una excusa bien sonante y autocomplaciente para estómagos agradecidos que esconde una realidad más profunda: el alejamiento del las elites políticas del ciudadano. A pocos se les escapa ya que la democracia se ha convertido en un ritual formalista y litúrgico que manejan pocos y comprenden menos. De tal guisa que el ciudadano cada vez está más arrinconado frente a las pretensiones de sus autoridades, que no sus líderes, involucrados muchas veces en luchas intestinas por mantener el poder o por alcanzarlo. En este escenario la ciudadanía queda relegada a mero instrumento para conseguir los fines electorales.
Los partidos políticos se han convertido desde hace tiempo en verdaderas máquinas de poder que no tienen otra razón de ser que ganar las elecciones y el propio sistema induce a ello. ¿Les interesan realmente los electores? En cierta forma sí, pero sólo hasta el día de la elección. La consecución del poder alienta la propia supervivencia de los partidos y la de toda una cohorte de vividores, en el sentido objetivo de la palabra, que necesitan de la victoria de su candidato para subsistir hasta las siguientes elecciones. La realidad es que tenemos candidatos que conocen más la clasificación de la ATP de tenis o la de la PGA de golf que los problemas de su distrito electoral –esto no es para ellos realmente un problema-. Por su distrito sólo se les ve en campaña u ocasionalmente de paso para tomar, precisamente, el avión e ir al US Open o al British Open. Así vemos que, por lo general, los partidos no promueven al candidato más preparado, apto o eficiente sino al que, por su popularidad social, influencia económica o garantía de éxito les lleve a mantener o lograr el poder en tal o cual municipio o conseguir tal o cual diputación. De esta manera, los candidatos –ignorantes funcionales, en muchos casos-, objetivamente no van a representar a sus posibles electores porque, como vemos, son tan sólo un engranaje de la máquina de poder de sus partidos que pretende rentabilizarlos para sus fines. La democracia, como concepto pomposo, al que todos ellos sin dudarlo apelan y, sin embargo, en la mayoría de los casos desconocen, es prostituida por aquellos que se dicen ser sus representantes, de tal manera que su esencia queda manipulada con el fin concreto de alcanzar el poder. Los electores, por su parte, creen que están eligiendo al mejor candidato, cuando lo que realmente se trata es de elegir a uno, no interesa quién sea. No importaría que la elección se hiciera lanzando una moneda, porque el resultado final sería básicamente el mismo: el desprecio por los votantes. Lo anteriormente dicho sería razón no sólo suficiente, sino necesaria para que el elector reflexivo -sin “estímulos” externos al propio sufragio y de dudosa legalidad electoral- diera la espalda a todos estos aspirantes al, teórico, servicio público. Sin embargo, lo peor está más allá de la mera disertación teórica y se sitúa en la desazón de la realidad de los propios hechos y situaciones de los procesos electorales. La poca confianza que ofrecen los candidatos se rubrica en la ambición de poder que éstos anteponen a los valores cívicos e ideologías políticas. La utilización del grave problema de la miseria, por ejemplo, con fines electorales por parte de algunos candidatos a través de asociaciones, fundaciones, etc., para ganar simpatías y adhesión a través de “ayudas” a las necesidades básicas de los más desfavorecidos no solamente roza la ilegalidad, sino que es sencillamente indecente. Por otro lado, institucionalmente la tendencia habitual a utilizar los bienes o privilegios públicos para favorecer al candidato oficial de turno es indecente. Esta situación que en otras democracias sería perseguida y castigada por tratarse de corrupción, vemos cómo en México se solapa y se desfigura. Los mismos mandatarios pareciera como si estuvieran en campaña permanente al seguir promocionándose, con dinero público, una vez alcanzado el poder. Esto no sólo es una falta de pudor democrático, sino que además es un abuso de poder que rara vez se condena. El oportunismo y la ambición se ven reflejados en las campañas electorales: ofrecen y dicen lo que un público necesitado precisa escuchar. Por ejemplo, de otra manera no podría entenderse que algún partido que defiende el ecologismo promueva la pena de muerte, ¿qué dislate es éste? En fin, no es posible que se vaya a votar por candidatos que se desconoce, que sólo se sepa de ellos a través de carteles publicitarios y eslóganes muy primarios que prometen entelequias y paraísos que jamás se explica cómo van a hacerlos realidad, pero no ofrecen propuestas reales de mejorar la vida de los ciudadanos y remediar los problemas verdaderos que la gente padece diariamente y que siempre quedan a la espera de una solución.
Ante este panorama, a cualquier persona sensata y reflexiva no le quedará otra salida democrática, esto sí es democrático, que declararse insumiso electoral y anular su voto o, mejor aún, no votar. Pero inmediatamente después, algún ínclito político le soltaría aquel “democrático” exabrupto de “si no votas, después no tienes derecho a reclamar” (ésta es una idea totalitaria de la democracia que sólo permite la acción política dentro del sistema). Creo, sin embargo, que sería muy sano que la demos –la ciudadanía- respondiera a los partidos políticos y a estos candidatos-marioneta, adláteres del poder establecido, aquello que le espetó el campesino a un aspirante a diputado de buena apariencia, mejores palabras y dudosas intenciones: “desde que te vi venir te conocí la ventaja, tú serás buen albañil pero a mí no me trabajas”. Sería un gran paso para conseguir un sistema que realmente velara por los intereses de todos y no por la ambición y codicia de una minoría oligárquica de poder.