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viernes, 5 de febrero de 2010

LA CULTURA: ¿UNA QUIMERA?

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Por Jesús Turiso Sebastián


La cultura, según su definición supone un conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, adquiridos por los miembros de una sociedad. La importancia que la sociedad da a la cultura se manifiesta, por ejemplo, en las numerosas disciplinas, programas y especialidades que ofrecen las universidades: filosofía de la cultura, antropología cultural, historia de la cultura, culturas prehispánicas, etc.

Sin duda, la cultura es una de las virtudes y excelencias más valoradas en un ser humano; claro está, esta excelencia está dada por la norma y consideración de la sociedad. Los comportamientos, las maneras, el sentir, en una palabra, la conducta revelan para el grupo social la cultura. Cuántas veces no hemos escuchado expresiones de la guisa de “qué hombre más culto” para referirse a una persona de buenas costumbres y mejores modales, gustos refinados por la música, la literatura, el arte, y cumplidor con los patrones normativos establecidos. Esta, a mi juicio, ucucucdistorsionada imagen o sobrevaloración de la cultura nos ha llevado a considerar personajes con un alto nivel cultural y exquisitez en los gustos artísticos pero que, sin embargo, resultaron ser eficientes asesinos o genocidas. Es conocido, por ejemplo, el amor por el arte y la música de la Alemania nacionalsocialista.

Los griegos, en algún tiempo, asociaron la cultura con el espíritu, de tal manera que éste era considerado en su primigenia como un campo yermo que necesita ser cultivado. En la Grecia clásica el hombre inculto era aquel que no estaba cultivado, por el contrario, el culto era aquel que se preocupaba por alimentar su espíritu. La cultura para los griegos estaba ligada a la paideia, es decir, al proceso de educación y a las nociones de cultura y de civilización.

La Cultura, entendida con mayúsculas, es la de un pequeño grupo dominante. Esta elite ha definido y delimitado qué es cultura y qué es barbarie. Ahora bien, paralelamente ha discurrido otra cultura de carácter mayoritario: la cultura popular. Ésta ha sido históricamente deslegitimada por los grupos más poderosos que, a la vez, han intentado controlar y transformar. En muchos casos, las manifestaciones de la cultura popular representaban una válvula de escape para las tensiones, como el caso del carnaval en la Edad Media o el Renacimiento, pero también en ocasiones desembocaba en revueltas que ponían en peligro, si no el orden social, sí la estabilidad y prosperidad de las clases elevadas.

Hoy día la cultura es un buen mecanismo de control y propaganda ideológica, en cuya ardua y meditada dedicación se vuelca la intelectualidad orgánica. La propaganda ideológica hábilmente manejada permite a los “hombres responsables” (la elite dirigente) mantener anestesiado al llamado “rebaño desconcertado” (el común de los ciudadanos), denominados así por Walter Lippmann. Para la dirigencia el “rebaño desconcertado” es peligroso e ignorante, los miembros que lo integran deben ser sujetos pacientes y no agentes activos. Su participación debe limitarse a ser meros espectadores, excepto en momentos periódicos en los que se requiera su opinión, (opinión finamente dirigida, por su puesto) a cerca de quien deben ser “los hombres responsables” que les lideren y representen. Hasta ese momento y en el ínterin se fabrica una cultura apoyada por la inestimable colaboración de los medios de comunicación masiva. No es de extrañar que de un tiempo a esta parte proliferen en la televisión telenovelas, espacios de chismes o telebasura, revelada o fabricada, en palabras del filósofo Gustavo Bueno, de tal manera que programas como Big Brother sirven para alimentar el morbo y adormecer el espíritu. ¿Será que, como advierte el refrán, el perro mientras come y se distrae no ladra? Mientras, parte de la elite intelectual y de sus vacas sagradas, anestesiados también por la voz de su amo, se encierran en su pequeño ombligo del mundo desde donde teorizan, elaboran sistemas y discuten, ajenos en muchos casos a la realidad social, sobre las grandes incógnitas de nuestro tiempo, la globalización o la cultura y la posmodernidad. Un papel destacado en este adocenamiento es llevado a cabo por las fundaciones internacionales. Estas reconocidas instituciones, creadas por entidades políticas y económicas, son los nuevos mecenas que alimentan a este nuevo conjunto de intelectuales laxos y afines al sistema. Gracias al amparo de sus becas, ayudas económicas y contratos estudian y reflexionan acerca de los problemas de nuestro mundo, ofreciéndonos un verdadero océano de sabiduría pero con la profundidad y crítica de un plato de sopa con más agua que sustancia. No es de extrañar que muchos de ellos terminen como altos funcionarios estatales o de corporaciones económicas. Me viene a la memoria el ejemplo del Presidente del Perú, Alejandro Toledo, quien cursó estudios de Economía en Estados Unidos y trabajó para el Banco Mundial. Sin duda, debió ser uno de sus funcionarios más aventajados, porque a su llegada a la presidencia impuso políticas neoliberales que han elevado el nivel de miseria y provocado el levantamiento de gran parte de la población contra él.

La cultura, que debiera ser el medio fundamental para que, sin grandilocuencias ni misticismos, el hombre lograra mayores cuotas de libertad e independencia, es, sin embargo, un medio eficaz de fiscalización ideológica. De ahí, la necesidad de los poderes de implantar una cultura manipulada y prostituida que limite la libertad de la sociedad y, en consecuencia, someta a los individuos, porque “resulta más difícil controlar a la chusma por la fuerza”, que diría Noam Chomsky. Es el sino de nuestros tiempos.