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miércoles, 5 de mayo de 2010

CONSIDERACIONES ACERCA DE LA CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA DE LA IDENTIDAD DE MÉXICO

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(PRIMERA PARTE)
Por Jesús Turiso Sebastián







Uno de los problemas con los que generalmente la filosofía se ha topado es dar la espalda a la vida y los problemas cotidianos del ciudadano común. Como ya observó Américo Castro, la filosofía europea ha hablado mucho de “vida”, pero al llegar a la “hora de la verdad” suele procederse como si tal noción no existiera. Precisamente encontramos una honrosa excepción a esa tendencia en la tradición del pensamiento hispanoamericano, en autores como Ortega, Unamuno, Gaos, Ramos, O´Gorman, Villoro, etc. Llama la atención que estos autores logran abrir un espacio a esta reflexión por su enfoque heterodoxo de la deliberación filosófica, lo que les permite eludir el corsé de la especialización académica.
En una época actual en la que la posmodernidad se empeña en decosnstruirlo todo, a partir del yo mismo podemos pensar en cómo se construye el yo colectivo. Por ello, en nuestro trabajo se rescata la propuesta humanista de los siglos XVI y XVII, de ese Barroco que, tal como Arriarán expone, es la expresión de una modernidad fracasada, que constituye el meollo de nuestras identidades culturales. Nuestro enfoque será claramente transdisciplinario, es el proceso de la construcción del pensamiento y las mentalidades en México. Para ello vamos a centrarnos en el periodo novohispano, época de configuración del proyecto del México moderno, y la temática a investigar son dos conceptos clave fácilmente rastreables: la vida cotidiana y la muerte. Ahora bien, el enfoque se lleva a cabo desde el rastreo de las mentalidades, a caballo entre la filosofía, la historia, la antropología y la psicología social.
Pero, ¿qué es una mentalidad? Definir significa poner límites. Por tanto, dar una definición de una experiencia social tan dilatada e imprecisa es constreñirla y, por lo tanto, dejar de lado muchos retales que confeccionan su realidad. La mentalidad, hija de la filosofía inglesa del siglo XVII, representa un puente entre la historia y la psicología en el estudio del psiquismo colectivo. Supone un lugar de encuentro entre lo individual y lo colectivo, el tiempo de los acontecimientos y las largas estructuras, de lo inconsciente y lo deliberado, de lo marginal y lo general[1].  Las mentalidades se componen básicamente de creencias, las cuales son realidad auténtica y primaria. Ortega define las creencias como todas aquellas cosas con las que absolutamente contamos sin, necesariamente, pensar en ellas; es decir, estamos seguros de su existencia y su manifestación es automática. Diferencia claramente la naturaleza de las creencias de la de las ideas, las cuales son “cosas” elaboradas conscientemente porque, precisamente, no creemos en ellas, por ello surgen de la existencia de un vacío de creencia[2]. Una mentalidad, pues, se sitúa dentro del mundo de lo maquinal, es decir, de la reproducción muchas veces de actos de forma involuntaria. En definitiva, encarna un modo intrínseco y propio de pensar y sentir de “un pueblo, de cierto grupo de personas, etc.”[3].  
Señala el historiador francés Bartolomé Bennassar que “cada concepción de la vida es personal e intransferible, del mismo modo que cada uno proyecta su existencia o se deja llevar por las circunstancias”[4]. De ahí, siguiendo con Ortega, que el hombre posea una pluralidad de mundos interiores[5]. Ahora bien, no es menos cierto que cada época tiene sus referentes, sus valores, sus ídolos, sus atracciones y temores, sus tópicos y sus usos ideológicos. En este sentido, se nos hace indispensable examinar todo ese conjunto de actitudes de un individuo o de un grupo ante el mundo que les rodea, es decir, estudiar la relación con la realidad y la conducta individual o colectiva resultante de ello.
La construcción histórica de la identidad de México es algo inabarcable si se quiere ser preciso y mucho menos en unas cuantas cuartillas. Por eso, no es nuestra aspiración imprimir a este trabajo de un radical carácter teórico, ni siquiera le alentará un cierto aire sistemático. La idea no es pretender tapar el sol con un dedo, ni tan siquiera abarcar el grueso árbol que impide contemplar, muchas más veces de lo que desearía, el bosque del conocimiento. Antes bien, estos folios que aquí expongo solo son el resultado de una serie de cavilaciones, salidas de mi alquimia mental, que desde hace un tiempo vengo realizando a resultas de un ejercicio continuo de búsqueda de la intrahistoria a través de cotidianas sesiones de mirar mucho y, a veces, solo a veces, ver algo.  Este “ver algo” me ha llevado a tener la convicción de que ese grupo de “desesperados” de España que llegaron a América sin idea de lo que se encontraron, tan denostados por su brutalidad y tan incomprendidos por esos “jueces” de la historia que sentencian el pasado con códigos del presente, terminaron construyendo América a imagen y semejanza de sus propios sueños.  
Octavio Paz considera que tanto el mexicano, como la mexicanidad se definen como ruptura y negación, ruptura con el pasado histórico y negación de la tradición[6]. Yo no estaría tan seguro de esta radicalidad. Es curioso observar cómo en la literatura que se ha escrito a cerca de la mexicanidad nos encontramos con expresiones como “nos tocó el destino de ser conquistados por una teocracia católica...., etc.”[7] o, más al cabo de la calle, escuchar otras como “los españoles nos invadieron...., etc.” Pues bien, todas ellas son naturales y surgen del propio no-consciente, que diría Ariès, del mexicano para integrarse en su mentalidad. Este espontáneo nos asocia directamente al mexicano de hoy, sin tamiz ni matiz alguno, con las culturas prehispánicas, tamiz y matiz que, por otro lado, no son necesarios porque se asume que se es heredero de ellas.
Por otra parte, la presencia de este componente mental no sólo es exclusiva del mexicano, ya que en gran parte de las naciones americanas se da esta misma asunción. Tal vez sea el componente necesario, aunque no suficiente, para poner de por medio tierra y océano de una metrópoli cuyo proceso de separación fue, ya de por sí, traumático. Curiosamente esto no sucede, por ejemplo, en el caso de buena parte de los europeos con respecto a los romanos de la antigüedad. Se me dirá que, ciertamente, la tradición europea es greco-latina, pero los europeos no asumen ese nos de la forma que se hace en México. En Europa, la construcción de los Estado-nación y sus identidades se hizo definiéndose frente a identidades sincrónicas cercanas de otros Estado-nación, no contra identidades históricas alejadas en el tiempo y el espacio. Entonces, podremos decir que, seguramente, el componente indígena actual de la sociedad mexicana recuerda permanente el origen de la misma. Sin embargo, en otras naciones de nuestra América, como Argentina o Uruguay, sucede exactamente lo mismo a pesar de que, tras las guerras de la Independencia, hubo una depuración casi absoluta de este componente, y a pesar, asimismo, de sentirse los más europeos de América.
Permítaseme contar una breve experiencia personal. En 1992, varios intelectuales peruanos publicaron una carta dirigida al Rey de España reclamando el pago de la deuda, con cuenta  detallada y justificada, a imagen y semejanza de un comprobante de supermercado (eso sí, sin ningún valor fiscal), por todo el oro que “los españoles nos robaron” y los daños morales que  causaron, decían. La misma observación, con el mismo nos hacía una amiga mía, peruana en primera generación, hija de padre y madre emigrantes italianos. En estas dos actitudes quiero destacar tres detalles que llaman la atención: primero, la ideología se encabalga y sobrepone a la perspectiva histórica, es decir, se recurre a la historia para manipular el pasado asimilado totalmente al presente; segundo, se asume como propia una parte de la personalidad histórica del pasado que ya no existe y se condena al  hombre del presente, considerado como el mismo sujeto histórico de un pasado remoto que tampoco existe, a pagar por los pecados cometidos por un hombre extraño a nuestro tiempo; y, por último, se lleva a cabo un  juicio paralelo al que ya hizo en su día la Historia y se sentencia dos veces a dos sujetos históricos distintos, tan alejados en el tiempo como en su mentalidad. Santificamos o demonizamos el pasado sin comprender muchas veces el significado de sus categorías, imágenes y símbolos. Recurrir a solo a los andrajos de la historia nos aleja de la comprensión de la misma[8].  
Pues bien, el nos mencionado antes ha sido elaborado e insertado en la mentalidad del mexicano, bien fuera a través de la educación en las escuelas donde la ideología nacionalista ha representado un papel muy importante desde el porfiriato, o bien fuera por reproducción cultural familiar a lo largo de su historia como nación independiente. Ello es el resultado de la traumática emancipación que tuvieron los americanos de España que rescató la llamada Leyenda Negra, real o exagerada, eso es secundario ahora, como modo de reafirmarse como identidad nacional autónoma de lo español y ello se ha proyectado hasta el presente. Lo indígena se asocia siempre a lo hereditario, es decir, supone, como dice Villoro, “un legado que está en nuestra sangre más que en nuestra razón […] Así, parece el mestizo simbolizar los elementos de un espíritu escindido, con nociones de sus componentes raciales”[9]. Sin embargo, en la actualidad el estereotipo que se proyecta del mexicano, que es la imagen que ofrece la televisión, es irreal o silencia parte de la realidad. Da la impresión de que para los medios de comunicación el buen indio es el indio invisible: se esconde al indio porque su imagen es obscena, en el sentido del teatro griego (fuera de escena). Si nos damos un paseo por los distintos programas de la televisión nacional observaremos cómo la mayoría de sus presentadores, conductores, actores, etc. que salen en la pantalla son racialmente “güeros”, lo cual no es si no una manifestación sesgada de la realidad.  Ahora bien, el indio admirado es el indio mítico de las grandes hazañas culturales y civilizadoras, es un indio que no existe ya. Creo que esto es debido a que el necesita héroes míticos, reales o no, para construirlo. México es un país donde el nacionalismo está más presente. Su proyecto nacional, en construcción permanente, necesita de alteridades respecto a las que definirse y diferenciarse. Primero, después de la independencia, fueron los españoles y, en la actualidad, a éstos se han unido los que estadounidenses. En los dos casos se observa una curiosa una curiosa anfibología de rechazo y admiración a la vez.
El ser humano, pues, es un ente que se crea y se define distintamente sólo en contacto con los otros. Por lo que respecta a esa peculiar relación amor-odio con la “madre patria”, los otros son los españoles. Esos mismos españoles que también se sintieron otros, después de echar raíces en América, en relación con sus paisanos de la Península. Como muestra valga un botón: durante la guerra de independencia venezolana, un coronel español en las filas del ejército bolivariano, se jactaba de la intención de acabar con todos los españoles y,  una vez muertos todos, se iba a suicidar para que no quedara ninguno. Es un caso extremo, loco, si se quiere, pero no es sino un reflejo de una realidad personal que experimenta la transformación enajenada de su mundo originario. En México, como reflejo de esta realidad, tenemos una expresión no tan barroca pero igualmente explicita: “mueran los gachupines”. Pues bien, esta manifestación que, de manera más bien folclórica en nuestros días, continúa escuchándose cada 15 de Septiembre, este renegar de una parte de nuestro yo colectivo es, al fin y al cabo, una manera de revelarse contra España a la española[10]. Esta actitud no es meramente mecánica, sino que además se ajusta con facilidad a un contexto ideológico sistemático. Con ello quiero decir que los signos son los que hacen la conciencia, y no al revés. Esto es el desenlace de que la conciencia, que diría Bajtín, “es conciencia sólo cuando se ha llenado de contenido ideológico (semiótico)”[11]
Lo cierto es que, si bien se reivindica un origen y se procura desdeñar el otro, el ser mexicano está a caballo de estas dos tradiciones, más otras que se fueron incorporando posteriormente. La construcción mental de México se ha llevado y se lleva a cabo a través de un largo proceso de sedimentación de mentalidades. México no existía antes de 1520, como no existía América antes de 1507.  De la misma manera, tampoco existían los mexicanos. Había mexicas, mayas, totonacos, zapotecas, tarascos, etc. El mexicano, lo mexicano comienza a nacer con la primera generación de mestizos. El mestizo, germen del alma mexicana, es un es y un no es, un vivir y no vivir, como el barroco con el que se identificó, como el mexicano y, por qué no decirlo, también como muchos españoles. España y América son productos del Barroco, de la decadencia de sus imperios. El mestizo es, pues, el resultado de una decadencia no planeada, no esperada. Octavio Paz lo singulariza brillantemente en el “mito de la chingada” operado por igual, aunque por motivos diferentes en unos y otros (peninsulares, criollos, indios y mestizos) El mestizo, sin embargo, va a oficiar como arquetipo de este mito: negado por la familia de la madre (violada y vencida) y por su padre (violador y vencedor), se identificaba secretamente con éste, en tanto que era su "padre", al igual que toda la sociedad española, lo rechazaba como "no es español", ya que además de ser "medio indio" es hijo ilegítimo. El elemento materno, en realidad, es negado en tanto que perdedoras de la historia, siendo simbólicamente asumido por la Virgen de Guadalupe, quedando, pues, un vacío paterno que tiene que ser llenado por algo o por alguien. El padre se negó a hacerlo, y la madre india, además de ser rechazada, no lo podía suplir (el "tener poca madre" en el lenguaje actual de México denota una persona desvergonzada y despreciable) Así, este vacío paterno es llenado por una "madre" ilusoria, no india y, por tanto, inexistente. ¿Resultado? La transposición de esa madre ilusoria en lugar del padre real, todo ello manifiesto en el término "madre patria" para referirse a España (símbolo en realidad del padre). Así, el "Edipo trastocado del mestizo se patenta quizá en una actitud ambigua: un gran y sincero amor por España y a la vez en resentimiento hacia ella por el rechazo del que fue objeto"[12]. Por ello, el mestizo se adhiere, por una parte, a lo español y, por otra, mantiene presente e interiorizado su pasado indígena. Villoro concreta lo europeo en lo reflexivo del Yo y lo indígena en la parte espiritual que “se escapa a nuestra racionalización”[13].


[1] Jacques Le Goff, “Las mentalidades una historia ambigua”, en Hacer la historia, vol. II, Barcelona, Ed. Laía, 1980, p. 85.
[2] José Ortega y Gasset, Ideas y creencias, Madrid, 1997, p. 42-43.
[3] Jacques Le Goff, 1980, op. cit. p. 88.
[4] Bartolomé Bennassar, Los españoles, actitudes y mentalidades desde el s. XVI al s. XIX, San Lorenzo del Escorial, Sawn, 1985.
[5] José Ortega y Gasset, 1997, op. cit., pp 52-57.
[6] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, Madrid, ed. Cátedra, 1997, pp. 225-226.
[7] Samuel Ramos (1934), El perfil del hombre y la cultura en México, México, Lecturas Mexicanas, UNAM-SEP, 1987, p. 28.
[8] No estaría de más releer a Marc Bloch, para quien “una nomenclatura impuesta al pasado acabará siempre por deformarlo, si tiene como fin, o únicamente como resultado, la reducción de sus categorías a las nuestras, alzadas hasta lo eterno para tal propósito. Frente a esta etiquetas, no cabe más actitud razonable que eliminarlas.” Citado en Introducción a la Historia, México, Fondo de Cultura Económica, 2001 (4ª edición), p. 168.
[9] Luis Villoro (1950), Los grandes momentos del indigenismo en México, México, CIESAS y SEP, 1987, p. 227.
[10] Samuel Ramos, 1987, p. 31.
[11] Citado por Fernando Gómez Cabia, Estructura y actualidad del pensamiento de Mijail Bajtín, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, 1998, p. 55.
[12] Octavio Paz, 1997, pp. 222-224.Vid. también Joaquín González Martínez, “Los nacionalismos latinoamericanos”, en América latina: regiones en transición, Albacete, Universidad de Castilla-La Mancha, 1991, p. 25.
[13] Luis Villoro, 1987, op. cit., p. 226.