Por Jesús Turiso Sebastián.
Uno de los principales parámetros que se consideran
para establecer el desarrollo de un país es sin duda la situación de la
investigación. En este sentido, México, una de las quince mayores economías del
mundo, no sale demasiado bien parado. Podemos afirmar sin mucho temor a equivocarnos que México no se significa precisamente por estar dentro del grupo de países
punteros en investigación y tecnología, a pesar de que no carece de potencial
humano para desarrollarlo. La realidad es tan abrumadora como que la inversión
pública en investigación, en muchos casos mal gestionada, apenas llega al 0.6
por ciento del Producto Interno Bruto y que la inversión privada es casi
inexistente. El resultado es que nuestro país depende casi exclusivamente de la
tecnología exterior y que la baja cantidad de patentes propias es verdaderamente
preocupante, si no alarmante. La política científica mexicana hasta no hace
mucho tiempo estaba dejada, no sólo de la mano de Dios, sino también de los
gobernantes. La consecuencia es que brillantes científicos han tenido que
emigrar al extranjero, donde se han formado y donde, por lo general, terminan
realizando su labor investigadora, cuyo eco patéticamente resuena en México en
algún noticiero por la consecución de un descubrimiento importante, que enardece
un nacionalismo primario pero que, sin embargo, los resultados de tal
investigación no repercute directamente en el desarrollo del país.
Las razones para este subdesarrollo son muchas y profundas: carencia de una política de Estado, falta de apoyo
económico y limitadas infraestructuras, insuficiente respaldo institucional por
parte de muchas universidades a sus investigadores, exagerada burocratización
administrativa, desmesurada centralización, reducido número de cuerpos
académicos consolidados, universidades dominadas por sindicatos paquidérmicos
cuyos intereses endogámicos e irresponsabilidad entorpecen la incorporación de
investigadores externos, inexistencia de una planificación racional, etcétera.
Además, quisiera destacar una que me parece muy preocupante: el crecimiento de
los postgrados en México, resultado de la esquizofrénica competencia de las
universidades públicas con las privadas por ofrecer mayor número de titulaciones
superiores, enfocadas más a la profesionalización que a la investigación.
Sin embargo, este incremento de postgrados no ha llevado aparejado el aumento
significativo de nuevos investigadores, cuya preparación, a veces, es
deficiente. La excesiva escolarización de maestrías y doctorados, duplicándose
sus proyecciones en muchos casos, sin duda va en detrimento de la tarea
investigadora. Por otro lado, el hecho de que los postgrados no estén integrados
dentro de las universidades públicas, obliga a que tengan que ser
autofinanciables, con lo que las cuotas de colegiaturas de los alumnos son
enormes, por lo que, si no es por medio de una beca, alumnos brillantes con una
economía modesta no pueden acceder a ellos. Asimismo, otro de los problemas
fundamentales de maestrías y doctorados con respecto a la investigación es la
exigencia de una eficiencia terminal, muy deseable sin duda, pero concebida con
un criterio más flexible y racional. Estos dos problemas conllevan que, en más
ocasiones de lo deseable, se regateen los reglamentos de postgrado e
investigación, se permita la entrada de alumnos mal preparados de disciplinas
alejadas del programa que se va a cursar para alcanzar el número suficiente de
alumnos que mantengan la maestría o el doctorado. El resultado final son tesis
cuyo rigor, calidad e innovación científica es muy discutible, dándose éstas por
buenas, en ocasiones bochornosamente con mención honorífica.
Ahora bien, además de la crítica se tienen que ofrecer propuestas para
superar los problemas. Las soluciones son múltiples, tantas como los problemas.
Para sacar de este estancamiento a la investigación en México es preciso con
urgencia una política de estado. Asimismo, es necesario un mayor apoyo y
financiación de las investigaciones así como de los investigadores, tanto desde
las instituciones gubernamentales como desde las universidades. También, es
necesario ofrecer más y mejores becas de investigación a alumnos de postgrado.
Junto a ello, se tendría que brindar unas condiciones propicias para la
repatriación de investigadores mexicanos que están en el extranjero. Por otra
parte, es urgente el cambio de filosofía y modernización de la administración
académica; ésta debe servir de apoyo a la investigación y la docencia, no al
revés. Mayores recursos y una mejor infraestructura beneficiarían, sin duda, los
resultados finales de una investigación. En este marco de urgencias
tecnológicas, sería un error terrible olvidarse de las ciencias humanísticas,
cuyo papel en el desarrollo de un país es fundamental y, por ello, deben
considerarse tan importantes y necesarias como las ciencias empíricas. Para
concluir, desearía significar la necesidad de un replanteamiento de las
licenciaturas, los postgrados y la investigación en las instituciones de
educación superior. Deben establecerse unas directrices claras y obligatorias
que impidan que determinadas casas de estudio ofrezcan postgrados cuyo nivel
debiera sonrojar a cualquier académico. La falta de articulación entre maestrías
y doctorados podría superarse bien eliminando las primeras, o bien combinando
ambas, con una figura similar a la del Diplomado de Estudios Avanzados de
Francia o España, dedicando el doctorado básicamente a la investigación. Unido a
esto, se ha de imponer un mayor grado de exigencia y seguimiento de los
programas, cuerpos académicos y control de calidad de investigaciones y de tesis
por parte de las autoridades académicas, Consejo Nacional de Ciencia y
Tecnología, y de la Secretaría de Educación Pública, mediante distintos
instrumentos de evaluación y acreditación. No estaría de más tener en cuenta
modelos de desarrollo científico que se han seguido en otros países, como por
ejemplo el español, donde, tras una feroz dictadura y aislamiento, en dos
décadas se pasó de la inanición científica y el erial tecnológico a entrar
dentro del selecto grupo de países destacados en investigación y desarrollo. Si
queremos un país desarrollado y con altas cuotas de calidad de vida de los
ciudadanos, México está obligado a subirse a este carro del progreso de la
investigación científica y tecnológica.