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martes, 19 de abril de 2011

POSMODERNIDAD, METÁFORAS APOCALÍPTICAS Y FINES DE LA HISTORIA (I)


De la tortuosa subida al monte “camelo”[1].
Desde finales de los años sesenta, la crítica al progreso y a la modernidad va a sentenciar a muerte las ideas y creencias y, por qué no decirlo, esperanzas salidas de la Ilustración. En esos momentos aparece con fuerza la utilización del término posmodernidad en los círculos intelectuales de Europa y EE.UU. Término, en principio, que se relacionó con la estética, fue extendiéndose a otras disciplinas humanísticas como la filosofía, la sociología, la literatura y, cómo no, la historia. Este término tan ambiguo como sus análisis y propuestas tradicionalmente se ha establecido dentro del llamado “pensamiento débil” y, en algunos de sus autores, del “todo vale” metodológico. Aún siendo aproximadas estas consideraciones, habría que añadir una serie de rasgos más que lo caracterizan[2]:
A.                 El culto a un presente absoluto en el que el pasado (distorsionado y confeccionado al gusto de las masas consumistas) es coextensivo con un indefinido “espacio-de-tiempo”en el que el futuro ya no existe[3].
B.                 Obsesiva atención narcisista al cuerpo y los placeres.
C.                 Frente a la lógica de la producción, se potencia la lógica de la información y el intercambio de signos, facilitadas por las nuevas tecnologías.
D.                 Estetización de todas las formas de vida y preocupación exclusiva y enfermiza por lo seductor y efímero.
E.                 Conservacionismo radical de todo lo existente, por irrelevante que sea; para ello se emplea el vídeo, con el consiguiente difuminado de la “distancia histórica” hasta llegar a ese aparente absurdo del tiempo real (coincidencia del evento y su registro), lo cual supone la desaparición de la Historia en beneficio de las historias.
F.                 Impulso del hipertexto, que fomenta y acelera la conversión de obras y narraciones en numerosísimas citas de citas.  
G.                 Hiperobjetivismo deformado mediante las técnicas de reproducción, con lo que el original desaparece (vid. pop art)
H.                 Absolutización del relativismo cultural.
Dentro de las corrientes históricas cercanas al estructuralismo y el pensamiento posmoderno podemos destacar a Michel Foucault, cuya posición colinda con nihilismo filosófico de Nietzsche. Foucault, es de esos grandes autores de culto y comunión diaria a los, que me da la impresión, se les ha dado más predicamento en el mundo intelectual del que realmente su obra pueda merecer, con ello no quiero negar la impronta de su pensamiento. Lo interesante del sistema foucaultiano es el estudio que hace de las discontinuidades en las relaciones entre sistema y acontecimiento.  Para Foucault, no existe un sujeto permanente dentro de la historia y la historia carece de unidad, con lo que de un plumazo se quita de encima el lastre de las categorías tradicionales. Foucault destaca por encima otras disciplinas como la etnología o el psicoanálisis. La primera, porque va a relativizar el Humanismo de Occidente y, la segunda, porque el sujeto se diluye en el campo del inconsciente de las impresiones. A estas dos habría que añadir una tercera, que la historia se reduce a la mera opinión. Y esto es así porque el historiador no puede conocer la realidad de la historia, porque sus protagonistas ya no están entre nosotros y su contenido depende de otras disciplinas como la psicología, la sociología o las ciencias del lenguaje[4]; a lo sumo lo que se puede conocer son los discursos o enunciados, lo que dicen los documentos transformados en monumentos. La historia en nuestra época, para Foucault, “… tiende a la arqueología, a la descripción intrínseca del monumento”[5], es decir, lo que Gustavo Bueno denomina “reliquias del pasado”[6]. Por ello, lo que más importa es el lenguaje, es decir, el análisis de los discursos que se han dicho y conservado entre nosotros. La obra de Foucault se caracteriza por las discontinuidades y la vaguedad, las rupturas y las lagunas, sus vacíos y argumentos. No es de extrañar que haya fascinado a muchos, como dice Hayden White, no porque “ofrezca una explicación coherente o incluso una interpretación de nuestra incoherencia cultural actual, sino porque niega la autoridad de que ha gozado la distinción coherencia/incoherencia en el pensamiento occidental desde Platón”[7]. Otra de los puntos que se han tenido por débiles de la teoría foucaultiana es su concepción de la epistemología histórica. Foucault establece una episteme distinta para cada período de la historia. Reconoce la existencia de tres epistemes[8]: la del Renacimiento, que sustenta el conocimiento en la trama semántica de lo que denomina “soberanía de lo Semejante” (la convenientia, la aemulatio, la analogía y las simpatías); la de los siglos XVII y XVIII, que responderá al análisis de la representación, en donde el lenguaje o discurso es el elemento que dará unidad al saber; y la del siglo XIX, asociada a la historicidad, la cual impone a las cosas “aquellas formas de orden implícitas en la continuidad del tiempo…”, y, así,  “… el lenguaje pierde su lugar de privilegio y se convierte, a su vez, en una figura de la historia coherente con la densidad de sus pasado”[9]. Lo que prima en esta sucesión de epistemes es jugar con las discontinuidades, olvidándose que existen nexos que unen a unos períodos con otros. Por otro parte, arrincona al sujeto ante el lenguaje, sujeto que, se quiera ver o no, es artífice de discontinuidades y continuidades[10]. El resultado sería, a decir de Piaget, que Foucault termina por casi olvidarse del hombre y considerar “a las ciencias humanas como el simple producto momentáneo de esas «mutaciones», «a priori históricas» o epistemas que se suceden sin orden en el curso de los tiempos”[11]. Este olvido del hombre ha servido para que autores desde posiciones marxistas tildaran el sistema de Foucault de antihumanista, ya que su estructuralismo no lo dedica al análisis del hombre, sino que es empleado para sustituir al hombre de un plumazo del mundo de la racionalidad “… en tanto que éste es el verdadero objeto de la ciencia, por el examen de las reglas formales del «discurso» o «sistema»”[12].  
El discurso posmoderno ha reducido la historia a la mínima expresión de relato o “fetichizar” la multiplicidad de interpretaciones del lenguaje y los discursos, convirtiéndola en un simulacro. A diferencia de las ciencias naturales, que todavía no han sucumbido a esta hecatombe, la historia ha cedido a una gran variedad de metáforas, que pueden resultar elegantes e, incluso, ingeniosas, pero que no sirven para analizar la esencia misma de los hechos históricos. Como afirma Julio Quesada, “los juegos de palabras comienzan a sustituir el análisis de los hechos porque no hay hechos sino sólo interpretaciones o diferentes ‘lecturas’ […] Y pudiera ser que este ‘agnosticismo epistemológico’ esté tan en marcha que algo así como ‘cambios sociales’ ya haya sido borrado de nuestro mapa conceptual”[13] . De tal manera, por ejemplo, que en el pensamiento posmoderno, como señala Antonio Campillo, “la identidad no es fondo previo ni punto de fuga central, sino más bien el efecto óptico causado por la mutua combinación de las diferencias, efecto que lógicamente varía según el punto de vista, según el lugar, según la diferencia desde el cual se perciba el conjunto, como en los cuadros manieristas”[14]. Si “ya no existe un centro y se reconoce que existen tantas formas de entender, interpretar, concebir y escribir la(s) historia(s) como pueblos, grupos, tendencias, comunidades o naciones haya, y nadie tiene razón de imponerle su versión a los demás”[15], entonces se puede decir que es válido y correcto “interpretar” que la muerte de millones de judíos, gitanos, comunistas, etc. en los hornos de la muerte alemanes Tercer Reich fueron fruto de una casualidad mal calculada, de daños colaterales o simplemente de la perturbación de las mónadas. Por tanto, vemos cómo este calidoscopio posmoderno de interpretaciones, en vez de contribuir liberarnos de la ignorancia, nos hace esclavos del relativismo, de la sobreinterpretación y, en el peor de los casos, del amparo de atrocidades. Por encima de interpretaciones o sobreinterpretaciones está la existencia humana y, ésta, a mi modesto modo de ver, no es relativa: un asesinato es un crimen de lesa humanidad, lo cometa Hitler, Stalin, Bush o el Papa de Roma y sino que pregunten a los millones de personas asesinadas a lo largo de la historia. El fascismo totalitario es ontológicamente incompatible con la vida humana y, esto, no es interpretable por mucho fetichismo interpretativo que se imponga.  
            Por todo ello, debemos estar alerta sobre los peligros que corre la ciencia histórica a caer en el “todo vale”, el “todo es relativo” que pretende ampararse en la subjetividad propia del historiador. El hecho histórico es ya una verdad objetiva, dado que ya existió en un determinado momento. El análisis e interpretación de los hechos se lleva acabo dentro del marco espacio temporal con un absoluto rigor, sustentado en una disciplinada metodología, y un estricto utillaje conceptual, encaminado a encontrar la verdad en las fuentes, sometidas a un escrupuloso cuestionamiento continuo.


[1] Retomo aquí una feliz expresión que suele repetir Julio Quesada Martín cuando hace referencia al actual derive hermenéutico posmoderno.
[2] Vid.  F. Duque: “Oscura la Historia y clara la pena: informe sobre la posmodernidad”, en La filosofía hoy, J. Muguerza y  P. Cerezo (Eds.), Crítica, Barcelona, 2000.
[3] Vid. Jean François Lyotard: La condición posmoderna. Cátedra, Madrid, 1984
[4] Michel Foucault: Las palabras y las cosas. México, E. Siglo XXI, 1974, pp. 359-360.
[5] Michel Foucault: La arqueología del saber. México, Ed. Sigo XXI, 1988, p. 11.
[6] Define Bueno las “reliquias” como hechos físicos, corpóreos y presentes, son realidades dadas y que coexisten entre otras realidades que no son reliquias. Gustavo Bueno: “Reliquias y Relatos: construción  del concepto de «Historia fenoménica». El Basilisco, 1ª época, nº 1, 1978, páginas 5-16.
[7] Hayden White (1987), El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Barcelona, Ed. Paidós, 1992, p. 126.
[8] Foucault, 1974, pp. 26-52.
[9] Foucault, 1974, pp. 8.
[10] Vid. Foucault, 1988, pp. 33-49.
[11] Jean Piaget: El estructuralismo. Buenos Aires, Ed. Proteo, 1971, p. 110.
[12] Carlos Nelson Coutinho: El estructuralismo y la miseria de la razón. México, Ed. Era, 1973, p. 119.
[13] Julio Quesada Martín, La filosofía y el mal, Madrid, Ed. Síntesis, 2004.
[14] Antonio Campillo, Adiós al progreso. Una meditación sobre la historia, Madrid, Ed. Síntesis, 1995, p. 91.
[15] Marijke Van Rosmalen Farías, “Nihilismo y deconstrucción. El desafío de Nietzsche”, en Coexistencia, n° 1, otoño 2004, p. 36.