De la tortuosa subida
al monte “camelo”[1].
Desde finales de los años sesenta, la crítica al progreso y a la
modernidad va a sentenciar a muerte las ideas y creencias y, por qué no
decirlo, esperanzas salidas de la Ilustración. En esos momentos aparece con
fuerza la utilización del término posmodernidad en los círculos intelectuales
de Europa y EE.UU. Término, en principio, que se relacionó con la estética, fue
extendiéndose a otras disciplinas humanísticas como la filosofía, la
sociología, la literatura y, cómo no, la historia. Este término tan ambiguo
como sus análisis y propuestas tradicionalmente se ha establecido dentro del
llamado “pensamiento débil” y, en algunos de sus autores, del “todo vale”
metodológico. Aún siendo aproximadas estas consideraciones, habría que añadir
una serie de rasgos más que lo caracterizan[2]:
A.
El culto a un presente absoluto en el que el
pasado (distorsionado y confeccionado al gusto de las masas consumistas) es
coextensivo con un indefinido “espacio-de-tiempo”en el que el futuro ya no
existe[3].
B.
Obsesiva atención narcisista al cuerpo y los
placeres.
C.
Frente a la lógica de la producción, se potencia la lógica de la información y el intercambio de signos, facilitadas por las nuevas
tecnologías.
D.
Estetización de todas las formas de vida y
preocupación exclusiva y enfermiza por lo seductor y efímero.
E.
Conservacionismo radical de todo lo existente,
por irrelevante que sea; para ello se emplea el vídeo, con el consiguiente difuminado de la “distancia histórica”
hasta llegar a ese aparente absurdo del tiempo real (coincidencia del evento y
su registro), lo cual supone la desaparición de la Historia en beneficio de las
historias.
F.
Impulso del hipertexto, que fomenta y acelera la conversión de obras y
narraciones en numerosísimas citas de
citas.
G.
Hiperobjetivismo deformado mediante las
técnicas de reproducción, con lo que el original desaparece (vid. pop art)
H.
Absolutización del relativismo cultural.
Dentro de las corrientes históricas
cercanas al estructuralismo y el pensamiento posmoderno podemos destacar a
Michel Foucault, cuya posición colinda con nihilismo filosófico de Nietzsche.
Foucault, es de esos grandes autores de culto y comunión diaria a los, que me
da la impresión, se les ha dado más predicamento en el mundo intelectual del
que realmente su obra pueda merecer, con ello no quiero negar la impronta de su
pensamiento. Lo interesante del sistema foucaultiano es
el estudio que hace de las discontinuidades en las relaciones entre sistema y
acontecimiento. Para Foucault, no existe un sujeto permanente dentro de
la historia y la historia carece de unidad, con lo que de un plumazo se quita
de encima el lastre de las categorías tradicionales. Foucault destaca por
encima otras disciplinas como la etnología o el psicoanálisis. La primera,
porque va a relativizar el Humanismo de Occidente y, la segunda, porque el
sujeto se diluye en el campo del inconsciente de las impresiones. A estas dos
habría que añadir una tercera, que la historia se reduce a la mera opinión. Y
esto es así porque el historiador no puede conocer la realidad de la historia,
porque sus protagonistas ya no están entre nosotros y su contenido depende de
otras disciplinas como la psicología, la sociología o las ciencias del lenguaje[4]; a lo sumo lo que se puede
conocer son los discursos o enunciados, lo que dicen los documentos
transformados en monumentos. La historia
en nuestra época, para Foucault, “… tiende a la arqueología, a la descripción
intrínseca del monumento”[5], es decir, lo que Gustavo
Bueno denomina “reliquias del pasado”[6]. Por ello, lo que más
importa es el lenguaje, es decir, el análisis de los discursos que se han dicho
y conservado entre nosotros. La obra de Foucault se caracteriza por las
discontinuidades y la vaguedad, las rupturas y las lagunas, sus vacíos y
argumentos. No es de extrañar que haya fascinado a muchos, como dice Hayden
White, no porque “ofrezca una explicación coherente o incluso una
interpretación de nuestra incoherencia cultural actual, sino porque niega la
autoridad de que ha gozado la distinción coherencia/incoherencia en el
pensamiento occidental desde Platón”[7]. Otra de los puntos que se
han tenido por débiles de la teoría foucaultiana es su concepción de la
epistemología histórica. Foucault establece una episteme distinta para cada período de la historia. Reconoce la
existencia de tres epistemes[8]: la del Renacimiento, que
sustenta el conocimiento en la trama semántica de lo que denomina “soberanía de
lo Semejante” (la convenientia, la aemulatio, la analogía y las simpatías);
la de los siglos XVII y XVIII, que responderá al análisis de la representación,
en donde el lenguaje o discurso es el elemento que dará unidad al saber; y la
del siglo XIX, asociada a la historicidad,
la cual impone a las cosas “aquellas formas de orden implícitas en la
continuidad del tiempo…”, y, así, “… el
lenguaje pierde su lugar de privilegio y se convierte, a su vez, en una figura
de la historia coherente con la densidad de sus pasado”[9]. Lo que prima en esta
sucesión de epistemes es jugar con
las discontinuidades, olvidándose que existen nexos que unen a unos períodos
con otros. Por otro parte, arrincona al sujeto ante el lenguaje, sujeto que, se
quiera ver o no, es artífice de discontinuidades y continuidades[10]. El resultado sería, a
decir de Piaget, que Foucault termina por casi olvidarse del hombre y
considerar “a las ciencias humanas como el simple producto momentáneo de esas «mutaciones»,
«a priori históricas» o epistemas que
se suceden sin orden en el curso de los tiempos”[11]. Este olvido del hombre
ha servido para que autores desde posiciones marxistas tildaran el sistema de
Foucault de antihumanista, ya que su estructuralismo no lo dedica al análisis
del hombre, sino que es empleado para sustituir al hombre de un plumazo del
mundo de la racionalidad “… en tanto que éste es el verdadero objeto de la
ciencia, por el examen de las reglas formales del «discurso» o «sistema»”[12].
El discurso posmoderno ha reducido la historia a la mínima expresión
de relato o “fetichizar” la multiplicidad de interpretaciones del lenguaje y
los discursos, convirtiéndola en un simulacro. A diferencia de las ciencias
naturales, que todavía no han sucumbido a esta hecatombe, la historia ha cedido
a una gran variedad de metáforas, que pueden resultar elegantes e, incluso,
ingeniosas, pero que no sirven para analizar la esencia misma de los hechos
históricos. Como afirma Julio Quesada ,
“los juegos de palabras comienzan a sustituir el análisis de los hechos porque
no hay hechos sino sólo interpretaciones o diferentes ‘lecturas’ […] Y pudiera
ser que este ‘agnosticismo epistemológico’ esté tan en marcha que algo así como
‘cambios sociales’ ya haya sido borrado de nuestro mapa conceptual”[13]
. De tal manera, por ejemplo, que en el pensamiento posmoderno, como señala
Antonio Campillo, “la identidad no es fondo previo ni punto de fuga central,
sino más bien el efecto óptico causado por la mutua combinación de las
diferencias, efecto que lógicamente varía según el punto de vista, según el
lugar, según la diferencia desde el cual se perciba el conjunto, como en los
cuadros manieristas”[14].
Si “ya no existe un centro y se reconoce que existen tantas formas de entender,
interpretar, concebir y escribir la(s) historia(s) como pueblos, grupos,
tendencias, comunidades o naciones haya, y nadie tiene razón de imponerle su
versión a los demás”[15],
entonces se puede decir que es válido y correcto “interpretar” que la muerte de
millones de judíos, gitanos, comunistas, etc. en los hornos de la muerte
alemanes Tercer Reich fueron fruto de una casualidad mal calculada, de daños
colaterales o simplemente de la perturbación de las mónadas. Por tanto, vemos
cómo este calidoscopio posmoderno de interpretaciones, en vez de contribuir
liberarnos de la ignorancia, nos hace esclavos del relativismo, de la
sobreinterpretación y, en el peor de los casos, del amparo de atrocidades. Por
encima de interpretaciones o sobreinterpretaciones está la existencia humana y,
ésta, a mi modesto modo de ver, no es relativa: un asesinato es un crimen de
lesa humanidad, lo cometa Hitler, Stalin, Bush o el Papa de Roma y sino que
pregunten a los millones de personas asesinadas a lo largo de la historia. El
fascismo totalitario es ontológicamente incompatible con la vida humana y, esto,
no es interpretable por mucho fetichismo interpretativo que se imponga.
Por todo ello, debemos estar alerta
sobre los peligros que corre la ciencia histórica a caer en el “todo vale”, el “todo
es relativo” que pretende ampararse en la subjetividad propia del historiador.
El hecho histórico es ya una verdad objetiva, dado que ya existió en un
determinado momento. El análisis e interpretación de los hechos se lleva acabo
dentro del marco espacio temporal con un absoluto rigor, sustentado en una disciplinada
metodología, y un estricto utillaje conceptual, encaminado a encontrar la
verdad en las fuentes, sometidas a un escrupuloso cuestionamiento continuo.
[1] Retomo
aquí una feliz expresión que suele repetir Julio
Quesada Martín cuando hace referencia al actual derive
hermenéutico posmoderno.
[2] Vid. F. Duque: “Oscura la Historia y clara la
pena: informe sobre la posmodernidad”, en La
filosofía hoy, J. Muguerza y P.
Cerezo (Eds.), Crítica, Barcelona, 2000.
[6] Define Bueno las “reliquias”
como hechos físicos, corpóreos y presentes, son realidades dadas y que
coexisten entre otras realidades que no son reliquias. Gustavo Bueno:
“Reliquias y Relatos: construción del
concepto de «Historia fenoménica». El Basilisco, 1ª época, nº
1, 1978, páginas 5-16.
[7] Hayden White (1987), El contenido de la forma. Narrativa,
discurso y representación histórica, Barcelona, Ed. Paidós, 1992, p. 126.
[12] Carlos
Nelson Coutinho: El estructuralismo y la
miseria de la razón. México, Ed. Era, 1973, p. 119.
[14] Antonio Campillo, Adiós al progreso. Una meditación sobre la historia,
Madrid, Ed. Síntesis, 1995, p. 91.
[15] Marijke Van
Rosmalen Farías, “Nihilismo y deconstrucción. El desafío de Nietzsche”, en Coexistencia, n° 1, otoño 2004, p. 36.