Jesús
Turiso Sebastián
Con
motivo de la beatificación de Juan Pablo II, hemos sido rebosados, como cuando
falleció hace ya seis años, con infinitud de informaciones, en su mayoría
laudatorias, a propósito de su figura. Se le ha calificado como Juan Pablo “El
Grande” y, por tanto, desde el mismo día en que falleció se ha venido pidiendo
con fuerza su santificación dentro de la Iglesia Católica. El balance positivo que
se hizo y se sigue haciendo de su gestión se ha basado casi exclusivamente
en su imagen viajera y en su mediática labor pastoral. Seguramente, si hubiera
sido sólo un político su figura sería tildada despectivamente por los medios más
reaccionarios de populista, pero como fue la cabeza espiritual y carismática de
los católicos sencillamente se le aúpa a los altares. El problema es que es
difícil deslindar su imagen espiritual como máximo representante de la Iglesia
Católica de su imagen temporal como jefe del Estado del Vaticano. En todo caso,
la historia de todo hombre tiene luces y sombras, al fin y al cabo somos sólo
eso, hombres, que tampoco es poco. Yo no
me atrevería decir si en la de Karol Wojtyla hay más sombras que luces, pero
tampoco estaría muy seguro de afirmar lo contrario. Ahora bien, no cabe duda de que ya está ocupando
un papel destacado en la historia al lado de los personajes más sobresalientes
del siglo XX. Sin duda se lo ha ganado, igual no tanto por las maravillas que
se le atribuyen, seguramente algunas menos que otros papas que con menos ruido
han llevado a cabo (por ejemplo, Juan XXIII), como por la importancia que han
tenido los medios de comunicación masiva y las nuevas tecnologías para la
proyección de su imagen. El marketing
que ha rodeado siempre a Juan Pablo II ha sabido sacar rédito de hechos
históricos muy significativos, como atribuirle todo el protagonismo en la caída
del muro de Berlín, por ejemplo (no hace mucho escuchaba en una televisión
“Juan Pablo II ha derribado con su acción pastoral el muro de Berlín”). No me atrevería a cuestionar su papel en el
proceso, no sé si más importante o no que el de Gorvachov, Reagan, Kohl o
Mitterrand, por ejemplo. Ahora bien, de lo que sí estoy convencido es que quien
llevó el peso fundamental de aquellos acontecimientos fue la sociedad civil
hastiada de vivir entre muros y alambradas. Sin embargo, estos “hagiógrafos”
papales no la han tenido en cuenta en sus afirmaciones. Despreciar, como se ha
hecho, el papel de la ciudadanía en la caída de los regímenes totalitarios de
Europa del Este me parece una falta de respeto, es insultar la memoria de las
miles y miles de personas que murieron y otros que se jugaron la vida en
aquellos países a causa de su lucha democrática. ¿Quedarán sus nombres impresos
con letras de oro en el libro de la historia o se les subirá a los altares?
Creo que no.
Desde su muerte,
el papanatismo de muchos medios de comunicación sólo ha querido mostrar una
historia políticamente correcta del pontificado de Juan Pablo II, no
necesariamente exacta pero sí conveniente: un Papa humilde cercano a los
pobres, un Papa jovial y deportista siempre al lado de los jóvenes, un Papa
dialogante con otras confesiones religiosas, un Papa viajero y misionero, un
Papa mediador de conflictos bélicos y opositor de las guerras, etc. Pero junto
a este retrato existe otro que no, por menos difundido, se acerca menos a la
realidad histórica. Su pontificado se sustentó en un nutrido grupo de
ultraconservadores fundamentalistas que impuso una política doctrinal no solo
ajena a las reformas que demandaba la Iglesia incluidas ya en el Concilio
Vaticano II, sino persecutoria contra cualquier atisbo de “disidencia” o
subversión de la doctrina oficial vaticana. Recordemos, por ejemplo, la purga
que se hizo entre los teólogos de la Liberación, el desprecio casi absoluto a
los informes que hubo acerca de las denuncias de la Iglesia de los Pobres sobre
las persecuciones que sufrían por las dictaduras en Centroamérica, que derivó
en los asesinatos de Monseñor Romero en 1980, a quien, por cierto, poco antes
el Papa se había negado a recibir un informe sobre la represión que sufrían los
salvadoreños y la Iglesia. Recordemos, también, los asesinatos de numerosos
religiosos y civiles en Guatemala, Nicaragua y el Salvador en esta década, como
los de Ignacio Ellacuría y otros seis jesuitas en El Salvador en 1989. ¿Acaso
se olvida que el Vaticano y Ronald Reagan poco antes habían llegado a un
“acuerdo” tácito y táctico para combatir desde sus respectivos “espacios” de
influencia el comunismo en Centroamérica? La anatemización de los pobres y la
persecución de los que defendieron su causa han dado como resultado cruentas
guerras de revolución y contrarrevolución en toda esa parte del mundo, miles de
muertos y la deserción de muchos católicos hacia sectas que les prometían una
esperanza ilusoria. Tampoco se menciona que mientras Juan Pablo II condenaba
los regímenes autoritarios comunistas, se olvidaba de censurar aquellas otras
dictaduras de signo contrario pero católicas militantes. Por ejemplo, se ha
beatificado a los mártires de la Cruzada de la Guerra Civil española, pero se
ha marginado otras muchas gentes buenas también asesinadas en esa guerra
cruenta, por cierto, también cristianas aunque opuestas al fascismo. Y, así, en
2002 se subió a los altares a José María Escrivá de Balaguer, el cual respaldó
la dictadura de Franco y encubrió con su silencio los más de doscientos mil
asesinatos, resultado de la represión iniciada después de 1939. Escrivá también
fue un firme apoyo de la dictadura de Pinochet en Chile. Por otro lado,
mientras el Papa reprendía con gran virulencia gestual, frente a millones de
telespectadores, al religioso y ministro de Educación Ernesto Cardenal en su
visita a Nicaragua en 1983, publicaba encíclicas como “Dives in misericordia”,
referente al papel de la misericordia en el hombre, o la “Sollicitudo rei sociales”,
que aborda los problemas económicos y la injusticias sociales de los pobres,
entre otras. Mientras se oponía a la secularización eclesiástica, se intentaban
silenciar y ocultar los escándalos dentro de la organización eclesiástica
(recordemos el de los curas pederastas en Estados Unidos y otras partes del
mundo o el fundador de los Legionarios
de Cristo, Marcial Maciel, por cuyos pecados el actual Papa ha pedido perdón y
ha reconocido el error de la Iglesia en no investigarlo en su momento). Las
consecuencias no debemos obviarlas, por mucho que no sea agradable reconocerlo:
el amordazamiento de una parte de la iglesia más comprometida con los pobres,
la deserción de muchos católicos a otras confesiones y sectas, el preocupante
descenso vocacional, la falta de sintonía entre las reformas que la sociedad
urgentemente solicita y el quietismo de la curia vaticana. Ciertamente, no es
oro todo lo que reluce aunque se empeñen en darle a la una historia un lustre
que encierra una verdad a medias o le declare Benedicto XVI Venerable al Papa que deshonró a su
iglesia encubriendo las perversiones de la misma.