Hace unos años en el interior de las páginas del diario El País venía publicada una viñeta del genial y corrosivo dibujante El Roto. En ella aparecía acostado en un banco del parque, cubierto con periódicos, un indigente; junto a él, pasaban mirándolo dos yuppies trajeados y encorbatados, uno de los cuales comentaba al otro con lástima “fíjate, pobre hombre, seguro que no tiene ni amo”. Está demoledora crítica social evidencia la apocalíptica realidad en la que ha quedado sumido el ser humano o, mejor dicho, el “hombre-masa” de Ortega y Gasset: ya no se trata de que el hombre en cuanto tal tenga miedo a la libertad (Eric Fromm), sino de que necesita un amo que le maneje y le recorte su libertad de acción para vivir en sociedad. No puede concebir, por ejemplo, un estado político y social donde no exista algo o alguien que fiscalice o controle ese estatus. Ello le provoca un horror vacui, le deja sin referencias a las que asirse ante el terror que suscita ese vacío de poder, a ese estado de naturaleza de guerra de todos contra todos hobbesiano anterior al contrato social sosegador” que el propio Hobbes, Locke, Rousseau o Rawls han descrito y justificado su necesidad. Pues bien, la historia, testigo insobornable que da o quita razones, ha demostrado que hace tiempo que se ha roto ese contrato social por el cual los individuos habían decidido por convención renunciar a sus derechos naturales, cedérselos a un individuo o grupo de individuos para que se les salvaguardaran y constituirse en sujetos de derechos civiles. Y se ha roto porque, en definitiva, esta teoría del contrato social es poco más que una coartada ética de la imposición del poder general por encima de individuos libres e iguales sobre los que, en teoría, reside en última instancia la soberanía. Los sistemas políticos surgidos de este contrato social como mecanismo de organización y control social no sólo han servido para “domesticar” al hombre dentro de la colectividad, sino además para restringir su independencia y, como consecuencia, también para recortar sus libertades.
Un modelo práctico lo vemos, por ejemplo, en la nueva tendencia política que se está dando en una parte de nuestra América: la llegada al poder de mesías “salvapatrias” que, amparados en un imperialismo ideológico supuestamente marxista, pretende liberar –al menos en el discurso- a la Humanidad del yugo de la sociedad capitalista. Claro, esta se convierte en el subterfugio perfecto para perpetuarse en el poder “hasta el 2021 o más”. Será cierto lo que José Vidal Beneyto escribía: “nos hemos quedado sin izquierda porque nos han malbaratado sus valores, sus temas, sus proyectos”, (El País, 17 de Noviembre, 2007). Esto serviría de regocijo a la derecha genuflexa al capital y sus hacedores, sino fuera porque, parafraseando a la nana del genial escritor peruano Alfredo que Bryce Echenique, nos hemos quedado “dando pena a la tristeza” de ver en lo que se ha convertido el proyecto de la izquierda. La paradoja de la democracia constitucional es que permite que individuos, que a todas luces no son demócratas –no hay que olvidar el intento de golpe de Estado de Chávez en 1992- , se sirvan de ella para convertirse en sus verdugos. De esta manera, surgen esperpénticos reyes de taifas (caciques musulmanes) que canalizan el descontento popular de los más pobres, olvidados históricamente por toda clase de amos y con cuya hambre se ha jugado sistemáticamente, y manipulan con maestría goebbelsiana el hartazgo y desazón de los más desfavorecidos. Así, no solo les incitan a seguirles ciegamente ofreciéndoles el paraíso de El Dorado totalitario, sino incluso se les azuza a comerse la paloma de la paz con el fin de perpetuar al amo. “Los que voten por el sí en el referéndum, votan por Chávez, los que voten por el no votan contra Chávez”, advertía el dirigente venezolano: no hay término medio dentro de este escolasticismo o dogmatismo chavista, es decir, “o copelas o cuellos”, que diría el chino aquel. Eso sí, ese tipo de izquierda de tarjeta de visita, chaqueta de pana y kafiya palestino que clama contra el neoliberalismo salvaje de los holdings y multinacionales pero que se queda sin voz y sin memoria para recordar los millones de asesinatos cometidos por el genocidio de Estado de Stalin (cerca de 50 millones de personas) o de Pol Pot (más de millón y medio de personas), aplaude el pensamiento único, el totalitarismo y la mordaza que intentan aplicar los amos bolivarianos a los que no siguen el dictado oficial de comunión diaria. ¿Terminarán siendo considerados subversivos, y por lo tanto perseguidos y represaliados, los estudiantes bolivianos, venezolanos y todos aquellos que se resisten a perder más libertad y a la imposición de Constituciones a la carta del amo? Tal vez sería preciso releer la estupenda novela de Milán Kundera La insoportable levedad del ser (1984) que muestra el lado más amargo y terrorífico de los totalitarismos. Imagen que parece no existir para los que ahora vitorean los exabruptos y los accesos de intolerancia de estos autócratas para los que la represión policial y los asesinatos de Estado son “un reajuste social necesario”.
¿En qué ha cambiado la esencia del poder ilimitado del amo? En casi nada. Los reyes absolutos de siglos pasados justificaban su posición en el poder por ser éste ungido por Dios. El argumento de los amos populistas actuales que les encumbra como tales también es teológico, aunque ahora el “Dios” que justifica su poder es el pueblo y el combate contra la explotación capitalista y el neoliberalismo. Los mismos perros con distintos collares, que diría la sabiduría popular. En realidad, Dios parece que aún sigue muy vivo, mi estimado Nietzsche. El totalitarismo, pónganle el apellido que quieran –dictadura del proletariado, poder popular, teocracia islámica o democracia liberal- es más que una contingencia, una desgracia de proporciones colectivas que sufre toda una sociedad. Y, siempre, siempre, los que terminan padeciendo sus consecuencias más abyectas son aquellos a los que supuestamente la mayoría de los discursos políticos de estos amos intentan salvar: los más desfavorecidos, porque, como dice el refrán, “al poder le ocurre como al nogal: no deja crecer nada bajo su sombra”.
Ante este desolador panorama, pocas alternativas, al menos hasta que escampe y en espera de tiempos mejores, se nos presentan. Personalmente se me ocurren dos posibles: aquella del genial poeta valenciano Jaime Gil de Biedma de "no leer,/ no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,/ y vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia..." o la del no menos genial poeta malagueño Juan Miguel González cuya receta ofrece “contra el fin de la Historia,/ Armando Manzanero,/ y por cada utopía/ dos pollos para el pecho…” No es casualidad, amable lector, que esta lucidez venga de los poetas, porque la poesía, la literatura en general, que diría mi amigo Julio Quesada en su magnífico libro La Filosofía y el Mal, (Ed. Síntesis, 2004), tal vez sea el último reducto democrático para disfrutar de esa libertad plena sin tener que dar pena a la tristeza.