Jesús Turiso Sebastián.
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”.
(José Martí)
Hoy día se están produciendo dos fenómenos aparentemente antitéticos: uniformidad y diversidad. Sin embargo, más allá de las apariencias, estos dos procesos confluyen con frecuencia en la contención de derechos y libertades individuales. Contra la aberrante uniformidad que se está dando, de pocos años hacia acá ha surgido la, no menos aberrante, devoción a una diversidad mal entendida. Se trata, en muchos casos, de transigencias al servicio y dictado de ideologías que llevaron en otro tiempo, por ejemplo, a hacer la vista gorda a las atrocidades que cometía la Unión Soviética por el mundo, mientras se censuraban enérgicamente las prácticas no menos atroces de los Estados Unidos.
Los intelectuales, sin duda, tienen mucha responsabilidad en esta situación. Desde algunas corrientes de la antropología, por ejemplo, obsesionadas por encontrar y preservar la singularidad se ha contribuido a amplificar las diferencias. En este sentido, la identidad -que supone una explicación del “yo” frente al “otro”, es decir, la relación del individuo o un grupo de individuos con el resto de la sociedad-, mal expresada, intensifica la práctica de la diferencia segregacionista. Sin embargo, la identidad como tal no es algo con lo cual nacemos, más bien se va construyendo, elaborando y reelaborando a lo largo de nuestra vida. A lo largo de la historia, mediante la identidad los grupos se han diferenciado y reafirmado frente a sus contrarios: civilizados-bárbaros, cristianos-musulmanes, conservadores-progresistas, nosotros-ellos. La identidad ha servido, entre otras cosas, para que los distintos grupos humanos primitivamente se organizaran en tribus y, más recientemente, ha sido uno de los elementos catalizadores de la nación, del sentimiento nacionalista o de los fundamentalismos religiosos.
Sin ser partidario de la homogeneización cultural, sin embargo, la preservación de ciertos tipos de peculiaridades conduce no sólo a la discriminación, sino también en algunos casos a la demonización de una cultura. En muchos países occidentales esto ya es un hecho, de tal manera que, detrás de la consigna de la tolerancia a la diversidad en todas sus manifestaciones, los defensores de la etnia y las culturas únicas e irrepetibles propenden imponer un todo vale, con tal de no alterar la “pureza” y autenticidad de las tradiciones, total, como todo es cuestión de opinión o de interpretación… El hecho de que en una sociedad sea costumbre despreciar, abandonar e, incluso, matar a una niña recién nacida porque existe una preferencia y necesidad familiar por los varones, no significa que esta costumbre deba ser admitida por una falsa idea de respeto a la diversidad.
En Europa, una errónea entendida tolerancia a la diversidad cultural está causando amenazadores problemas a las “ilustradas” sociedades europeas. La llegada masiva de flujos migratorios de países africanos con mentalidades diferentes ha suscitado la disyuntiva de respetar las tradiciones de los inmigrantes o facilitar su integración en una cultura diferente. Para los defensores multiculturalismo la solución está clara: el establecimiento de una discriminación positiva de los inmigrantes. Así, por ejemplo, proponen que ciertas facetas de la vida pública se adapten a la realidad cultural de los inmigrantes, que la educación pública de sus hijos sea bilingüe e integre aspectos identitarios y que el estado les subvencione estudios étnicos. Otros abogan porque los estados democráticos defiendan y promuevan el pluralismo, el cual necesariamente consiste en impulsar diferencias étnicas y culturales. Algunos van más lejos, al sostener que debieran asignarse a estos inmigrantes territorios específicos, con recursos y poderes de autogobierno para que desarrollen su identidad cultural independiente del resto de la sociedad. Ello impediría la injerencia del Estado, por ejemplo, en prácticas atávicas como el sometimiento de niñas a matrimonios concertados entre familias o en prácticas rituales como la ablación del clítoris. En general, la intrusión del Estado no solo es mal recibida, sino que es entendida como un atentado contra los derechos de estos ciudadanos a desarrollar sus propias tradiciones. Sin embargo, esto es algo que pone en contradicción sociedades democráticas con tradiciones basadas en la opresión y el tribalismo. Ahora bien, el multiculturalismo, planteado en estos términos o que implique la defensa de grupos culturales cuya identidad contraría los principios democráticos, supone el rejón de muerte del Estado democrático. Alain Touraine denominó a este hecho “falsos multiculturalismos”.
A mi juicio, esta manera de entender la identidad cultural, imbuida de un carácter fuertemente comunitario, restringe la libertad individual, lo cual recuerda más a la xenofobia que al respeto al otro. Esta escuela de idiotez, que llamaría mi amigo Julio Quesada, va a provocar que al final recurramos a defender el cristianismo y rogar a Dios que nos envíe un Papa con tantas luces como ganas de viajar (La filosofía y el mal, 2004). Por ello, creo firmemente que la libertad del ser humano en cuanto tal debiera ponerse por encima de la pertenencia a tal o cual cultura, tribu, secta social o identidad colectiva. La tolerancia a las culturas e identidades colectivas debe situarse en el respeto a los derechos fundamentales y universales del ser humano. Cuando identidad grupal y sociedad entran en conflicto deben prevalecer los derechos humanos y la igualdad de derechos ante las leyes.