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Por Jesús Turiso Sebastián
Desde la muerte de Juan Pablo II, un profesional engranaje propagandístico ha ido construyendo una mítica imagen a través de informaciones, en su mayoría laudatorias, de la figura de Juan Pablo II. Se le ha calificado como Juan Pablo “El Grande” y, desde el mismo día de su fallecimiento, dentro del mundo católico se ha pedido con fuerza e insistencia su santificación. El balance positivo que se ha hizo de su gestión se basó casi exclusivamente en su imagen viajera y en su mediática labor pastoral. Seguramente, si hubiera sido sólo un político, su figura sería tildada despectivamente por los medios más reaccionarios de populista, pero como fue la cabeza espiritual y carismática de los católicos sencillamente se le aúpa a los altares. El problema es que es difícil deslindar su imagen espiritual como máximo representante de la Iglesia Católica de su figura temporal como jefe del Estado del Vaticano. En todo caso, la historia de todo hombre tiene luces y sombras, al fin y al cabo somos sólo eso, hombres, que tampoco es poco. Yo no me atrevería decir si en la historia de Karol Wojtyla hay más sombras que luces, pero tampoco estaría muy seguro de afirmar lo contrario. Ahora bien, no cabe duda de que ya ocupa un papel destacado en la historia al lado de los personajes más sobresalientes del siglo XX. Sin duda se lo ha ganado, igual no tanto por las maravillas que se le atribuyen -seguramente algunas menos que otros papas que con menos ruido también llevaron a cabo (por ejemplo, Juan XXIII)-, como por la importancia que han tenido los medios de comunicación masiva y las nuevas tecnologías para la proyección de su imagen. El marketing que rodeó siempre a Juan pablo II supo sacar rédito de hechos históricos muy significativos, como atribuirle todo el protagonismo en la caída del muro de Berlín: por ejemplo (en su momento una televisión de gran audiencia llegó afirmar que “Juan Pablo II había derribado con su acción pastoral el muro de Berlín”). Yo no me atrevería a cuestionar que desempeño su papel en aquel proceso, no sé si más importante o no que el de Gorvachov, Reagan, Kohl o Mitterrand, por ejemplo. Ahora bien, de lo que sí estoy convencido es que quien llevó el peso fundamental de aquellos acontecimientos fue la sociedad civil. Sin embargo, los “hagiógrafos” papales no la han tenido en cuenta en sus afirmaciones. Despreciar, como se ha hecho, el papel de la ciudadanía en la caída de los regímenes totalitarios de Europa del Este me parece una falta de respeto, es insultar la memoria de las miles y miles de personas que murieron y otros que se jugaron la vida en aquellos países en defesa de la causa democrática. ¿Quedarán sus nombres impresos con letras de oro en el libro de la historia o se les subirá a los altares? Creo que no.
El papanatismo de muchos medios de comunicación sólo quiso mostrar una historia políticamente correcta del pontificado de Juan Pablo II, no necesariamente exacta pero sí conveniente: un Papa humilde cercano a los pobres, un Papa jovial y deportista siempre al lado de los jóvenes, un Papa dialogante con otras confesiones religiosas, un Papa viajero y misionero, un Papa mediador de conflictos bélicos y opositor de las guerras, etc. Pero junto a este retrato existe otro que no, por menos difundido, se acerca menos a la realidad histórica. Su pontificado se sustentó en un nutrido grupo de ultraconservadores fundamentalistas que impuso una política doctrinal no solo ajena a las reformas que demandaba la Iglesia incluidas ya en el Concilio Vaticano II, sino persecutoria contra cualquier atisbo de “disidencia” o subversión de la doctrina oficial vaticana. Recordemos, por ejemplo, la purga que se hizo entre los teólogos de la Liberación, el desprecio casi absoluto a los informes que hubo acerca de las denuncias de la Iglesia de los Pobres sobre las persecuciones que sufrían por las dictaduras en Centroamérica, que derivó en los asesinatos de Monseñor Romero en 1980, a quien, por cierto, poco antes el Papa se había negado a recibir un informe sobre la represión que sufrían los salvadoreños y la Iglesia. Recordemos, también, los asesinatos de numerosos religiosos y civiles en Guatemala, Nicaragua y el Salvador en esta década, como los de Ignacio Ellacuría y otros seis jesuitas en El Salvador en 1989. ¿Acaso se olvida que el Vaticano y Ronald Reagan poco antes habían llegado a un “acuerdo” tácito y táctico para combatir desde sus respectivos “espacios” de influencia el comunismo en Centroamérica? La anatemización de los pobres y la persecución de los que defendieron su causa, no nos olvidemos, dio como resultado cruentas guerras de revolución y contrarrevolución en toda esa parte del mundo, miles de muertos y la deserción de muchos católicos hacia sectas que les prometían una esperanza ilusoria. Tampoco se menciona que mientras Juan Pablo II condenaba los regímenes autoritarios comunistas, se olvidaba de censurar aquellas otras dictaduras de signo contrario pero católicas militantes. Por ejemplo, en su momento Juan Pablo II beatificó a “los mártires de la Cruzada de la Guerra Civil española”, pero se marginó y despreció a otras muchas gentes, buenas también, asesinadas en esa guerra cruenta, por cierto, también cristianas aunque opuestas al fascismo y asesinadas por éste. Y, así, en 2002 se subió a los altares a José María Escrivá de Balaguer, el cual respaldó la dictadura de Franco y encubrió con su silencio los más de doscientos mil asesinatos, resultado de la represión iniciada después de 1939. Escrivá asimismo, recordemos, también fue un firme apoyo de la dictadura de Pinochet en Chile. Por otro lado, mientras Juan Pablo II reprendió con gran virulencia gestual, frente a millones de telespectadores, al religioso y ministro de Educación Ernesto Cardenal en su visita a Nicaragua en 1983, publicaba encíclicas como “Dives in misericordia”, referente al papel de la misericordia en el hombre, o la “Sollicitudo rei sociales”, que abordaba los problemas económicos y la injusticias sociales de los pobres, entre otras. Mientras se oponía a la secularización eclesiástica, se intentaban silenciar los escándalos dentro de la organización eclesiástica (recordemos, sin ir más lejos, el de el fundador de los Legionarios de Cristo, el cual Benedicto XVI, ordenó investigar tras recibir la mitra papal). Las consecuencias no debemos obviarlas, por mucho que para muchos no sea agradable reconocer: el amordazamiento de una parte de la iglesia más comprometida con los pobres, la deserción de muchos católicos a otras confesiones y sectas, el preocupante descenso vocacional, la falta de sintonía entre las reformas que la sociedad urgentemente solicita y el quietismo de la curia vaticana.
