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Por Jesús Turiso Sebastián.
Malos tiempos para la prensa corren, amigo Sancho, que diría hoy don Quijote. Aquel contrapeso otro tiempo del poder político y conciencia de la sociedad considerado que representaron los medios de comunicación y que fueron ascendidos al grado de cuarto poder, se han trasformado en un excrecencia del poder político y los intereses creados. Los medios de comunicación, como los intelectuales y periodistas que trabajan para ellos, en la mayoría de los casos se han convertido en la voz de su amo. Un ejemplo de ello lo encontramos en Veracruz: perderíamos el tiempo si buscáramos a lo largo y ancho de los medios veracruzanos algún tipo de crítica al gobernador o a su gestión de gobierno. Esta prostitución de la prensa no es una anécdota dentro de la totalidad reflejada en nuestro estado, más bien es una desgracia generalizada que viene dándose en cualquier parte del mundo. En algún momento y en algún lugar, para la prensa, formar e informar, es decir, contribuir a la construcción de la civilidad ciudadana, supuso un dogma no sólo sagrado, sino de fe entre los propios profesionales. Sin embargo, en la actualidad los medios son corporaciones empresariales que representan intereses particulares de propietarios subastados, en muchos casos, al mejor postor de turno o las leyes del mercado. De tal manera que, la figura del informador independiente, crítico y voz de la sociedad, se ha convertido en una imagen espectral de vulgar mercenario creador y generador de opinión. Ya no se escribe o se dice necesariamente la verdad, sino que se escribe al dictado lo que interesa que se conozca y lo que más convenga al poderoso.
Esta tragedia para la libertad de expresión ha derivado en un claro y evidente deterioro del sistema democrático. La prueba más evidente se nos muestra en las campañas electorales. Si observamos detenidamente los mensajes que se nos ofrecen en ellas, éstos van encaminados a vendernos un candidato, como si de un detergente que lava mejor y deja la ropa más limpia que el de la competencia se tratara. En realidad no interesan cuáles son sus capacidades o sus propuestas, las cuales son mera retórica electoral. Lo que en realidad importa es su imagen, que sea un buen gancho, como se dice, para atraer votantes. Así, dejarse llevar sólo por la imagen exterior que proyecta se podría comparar como el no conocer las cualidades y bondades que encierra el detergente.
Los medios de comunicación se nutren de las noticias generadas desde el poder y su entorno. Las noticias son previamente filtradas y cocinadas desde el poder político con el fin de simplificar a los medios de comunicación su labor informativa, ¡qué generosidad! En este sentido, los medios se convierten en los portavoces del poder sin, muchas veces, cuestionar ni criticar la información que les ofrecen. En este tenor, la crítica al poder tanto en los medios públicos como privados es impensable. En los públicos, porque constituyen el soporte propagandístico del poder. En los privados, porque es muy difícil situarse en una posición de crítica dado que, en muchos casos, éstos subsisten de la publicidad institucional y morder la mano de quien les da de comer supone un suicidio empresarial. En resumen, este es un sistema sustentado en los pilares de la propaganda y la manipulación, como muchos han señalado (Chomsky y Herman, 1990, Los guardianes de la libertad) De esta forma, el sistema elabora todo un engranaje que responde a las necesidades del poder político y económico y se pone al servicio de la difusión de un catecismo ideológico-doctrinal. El fin último que se persigue, sería para Chomsky y Herman, la eliminación del pensamiento disidente. El hecho de la existencia de abundantes medios de comunicación con diferentes tendencias y líneas editoriales no implica que necesariamente exista una pluralidad informativa, antes bien, supone un elemento más de la manipulación y adoctrinamiento a la que debe ser sometida la sociedad. Se podrá cuestionar y criticar dentro del sistema y con las reglas del sistema, pero con dificultades se podrá cuestionar y criticar al sistema en sí en el que se sustenta toda una sociedad. Cuantas veces, por ejemplo, nos han dicho que votar en democracia es un deber ciudadano, cuando de lo que en realidad es de un derecho. El simple hecho de cuestionar el ir a votar o de promover el no voto nos sitúa ante los ojos de este sistema falsas creencias en el ámbito de la indigencia democrática.
En este panorama, pluralismo y libertad de prensa son una verdadera entelequia que sólo son invocados cuando algún periodista o medio de comunicación, al pasarse de la raya de lo “permitido”, es llevado ante los tribunales por una información que perjudica gravemente los intereses del poder. Otra práctica común que se da, especialmente en estados totalitarios o formalmente democráticos pero con perfiles totalitarios, es silenciar al mensajero cuando las noticias que porta son perjudiciales a la oligarquía del poder: por ejemplo, se secuestran o cierran medios de comunicación o se impide que salga determinada información comprometedora mediante coacciones o amenazas. Es por ello, que la prensa, inserta necesariamente en el sistema y en un mundo competitivo y bastardo, lucha por sobrevivir a su propia condición. Las nuevas tecnologías permiten que outsiders e inconformistas se refugien en redes, blogs y páginas web desde donde se puede censurar el sistema y ofrecer un pensamiento alternativo; ¿hasta cuándo?: algunos estados ya están elaborado legislaciones acerca del acceso a Internet cuyo fin es el control del pensamiento. Hasta que llegue el día del pleno control de Internet, las televisiones continuarán sirviendo al poder, siendo la dormidera perfecta de la reflexión crítica del ciudadano, fabricando o revelando -siguiendo las categorías taxonómicas del filósofo Gustavo Bueno -la realidad cotidiana. Sobre este análisis de la realidad televisiva actual, Bueno distingue entre dos planos de la basura que se proyecta en los medios de comunicación, y concretamente en la televisión: la telebasura o basura fabricada y la telebasura revelada o desvelada. La primera, consistiría en programas que están explícitamente hechos sabiendo que son de mala calidad y que, sin embargo, se hacen porque es lo que vende o interesa. Por su parte, la telebasura revelada o desvelada sería la trasmisión de un hecho que no está fabricado, sino desvelado, porque el hecho en sí mismo que presentan ya es basura: por ejemplo, los populares programas del corazón que desvelan las miserias de los famosos o programas que muestran y se recrean las miserias humanas (Bueno, 2002, Telebasura y democracia).
Los medios de comunicación masiva, asumiendo plenamente este papel de Big Brother, continuarán dando carnaza a sus consumidores habituales a través de la selección sistemática de temas, ideas, modas o noticias previamente depuradas y marcarán el tempo en el que deben ver la luz y el interés de lo que debe ser publicable o no. Es decir, esta forma de adoctrinamiento esta constituida por creaciones, ficticias o no, que se adecuan a los requerimientos y necesidades de la sociedad. La toxicidad de este modelo de comunicación de masas es evidente y se reproduce constantemente. Me quiero quedar con un acontecimiento reciente que ha venido a turbar las prístinas conciencias de México: la desaparición, primero, y deceso, después, de la pequeña Paulette. Durante varias semanas México ha estado conmocionado por este suceso, hasta tal punto que era la noticia de cabecera de la mayoría de los medios de comunicación. Los medios han hecho un verdadero espectáculo de un suceso luctuoso tan lamentable del que están siendo partícipes autoridades, prensa, sociedad e, incluso, los mismos parientes de la niña. En las tertulias de café, en la peluquería las señoras, en las comidas familiares, etc., no ha habido otro asunto de discusión mientras, como dice la canción del tango, “el mundo yira, yira”. Sin embargo, este suceso, casualmente, ha tenido anestesiada a la población, concentrada en la culpabilidad o no de la madre en la muerte de su hija. En estas semanas, casi ha pasado desapercibida la coincidencia de la cuarta subida de la gasolina -ocho céntimos esta vez-, sin embargo, nadie “osaba” sacarlo a colación porque el tema era la muerte de Paulette. Las implicaciones de los medios en el caso, en su tratamiento y difusión son evidentes. Se trata de una creación y recreación del hecho continuada. No quiero decir con ello que sea una invención, porque suceder ha sucedido. A lo que me refiero es a que muertes de niños de forma violenta o en extrañas circunstancias hay desgraciadamente todas las semanas en México pero el tratamiento que se les dispensa no es el mismo. Entonces, ¿qué es lo que hace diferente este caso de otros? En mi opinión, la sobredimensión que tomó este caso se puede explicar por tres aspectos: uno, que se da en una familia muy acomodada, influyente y con nexos cercanos a los grupos de poder. Dos, lo confuso de las circunstancias que han rodeado a la muerte de la pequeña. Y, tres, la falta de reparos de las autoridades al filtrar información interesada sobre las investigaciones, manifestada en una plétora de detalles innecesarios de la vida privada de la madre que ha servido para construir un perfil perverso y asesino, el cual conduce irremediablemente a pensar en su culpabilidad. Del resto, de la condena sumarísima social, se han encargado muchos medios de comunicación con tan pocos escrupulosos como desahogados. Así, lo interesante ha sido crear, como se ha creado, una masa acrítica movida por la pasión visceral que sirviera finalmente de coartada al uso de que “el fin justifica los medios”. Y, así, con su dedo acusador, los medios han expuesto al escarnio público, mucho antes de que exista una sentencia judicial, a la madre, a amigos, allegados y, someterían también a dicho escarnio si fuera preciso, hasta un señor de traje gris que pasara por ahí. ¿Dónde queda la presunción de inocencia que a todo ciudadano se le presume en un estado democrático? ¿Quién y cómo va a restituir el buen nombre si finalmente resulta que todos los señalados son inocentes? Se demuestra una vez más aquí la concepción hobbesiana del homo homini lupus (el hombre es el lobo para el hombre) y de la sociedad como un bellum omnium contra omnes (la guerra de todos contra todos) La falta de celo y profesionalidad y los interés mercantiles de los medios y sus periodistas les lleva a repetir informaciones poco claras o falaces que dan por reales porque es lo que más conviene a los intereses corporativos del medio. Y todo ello se lleva a cabo en connivencia, más o menos explícita, con los intereses políticos de las propias autoridades. Esto nos lleva a observar cómo en México el axioma jurídico de “uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario” es sustituido por “el sospechoso tiene que demostrar su inocencia” porque “el que no la debe, no la teme”. En definitiva, la falta de valores de los medios de comunicación y, en general del sistema que debiera ser el garante de nuestras libertades, no es si no un reflejo de la sociedad a la que dicen representar y servir.
Una reflexión final. En una sociedad democrática donde todo el mundo es igual ante la ley, se da el caso de que algunos son más iguales que otros: a los poderosos cuando se les investiga se les “arraiga en hoteles”, a los desposeídos se les encierra en hediondos calabozos hasta que se demuestra su inocencia y ya sabemos lo lenta que puede ser la burocracia en México cuando no hay incentivos pecuniarios, esto puede llevar años. De ejemplos así también se nutren las cárceles.
