(SEGUNDA PARTE)
Por Jesús Turiso Sebastián.
La llegada del cristianismo a América supone una auténtica conmoción que revolucionará las mentalidades existentes. La mudanza de la concepción tradicional del tiempo circular a la del tiempo lineal cristiano necesariamente tuvo que afectar la cosmovisión de las culturas mesoamericanas. No es de extrañar que la cultura popular se afiliara al tiempo circular de la liturgia cristiana, como muchos siglos antes lo habían hecho los indígenas de la Península Ibérica cuando se impuso el cristianismo en sus territorios. En tierras mexicanas, los indígenas en contacto con los ladinos comienzan a experimentar una metamorfosis mental y cultural que se hará más patente en los siglos XVII y XVIII[1]. Por su parte, los españoles que llegan a tierras americanas comienzan a dejar de serlo, al menos no lo eran ya de la misma manera que la de sus paisanos peninsulares. ¿Qué quiero decir con esto? Que, del caos cultural que se produce con la reciprocidad de intercambios, se va a originar una nueva mentalidad, novedosa con respecto a la que tenían los unos y distinta a la que trajeron los otros. La anarquía del mexicano y el papel que juega la religiosidad o la muerte dan buena cuenta de ello. Más allá de situaciones políticas, ideológicas, económicas o sociales, cuyo papel es incuestionable, las circunstancias mentales o, si se quiere, las mentalidades desempeñaron una labor fundamental, es decir, las actitudes que se presentan frente al mundo, frente a la vida, frente a la muerte. La mentalidad es aquello que cambia con mayor lentitud, a través de ella nos podemos asomar a nuestro pasado y acercarnos a su comprensión más allá de fríos datos estadísticos o discursos ideológicos. Ahora bien, no serán las ideas de Santo Tomas o de San Agustín o el escolasticismo decadente, por mucho que se empeñara la Iglesia, las que dirigieron los espíritus de los habitantes de la Nueva España durante tres siglos, sino las nebulosas mentales en las que los ecos deformados de sus doctrinas, migajas depauperadas, palabras fracasadas sin contexto, han desempeñado su papel [2]. Pero también una mentalidad no puede construirse sin sistemas culturales, de valores, de creencias, etc., que cada generación los mantiene e, incluso, los va reelaborando y, así, evolucionan, como lo hace también la propia historia, la cual no es inmóvil.
Siempre he tenido el convencimiento que el ser hispánico, en su mentalidad, es ácrata sin saberlo, es decir, se rebela contra toda imposición de poder, sobre todo si proviene de otros ajenos a su grupo o es consecuencia de una imposición del poder considerada como arbitraria. Esta rebeldía se ha manifestado a lo largo de toda la historia en actitudes como, por ejemplo, la del movimiento cristero reaccionando contra la política anticlerical de Plutarco Elías Calles. Y esto es porque creemos que sólo en nuestro yo se encuentra la fuente de toda certidumbre y de todo derecho[3]. En este sentido, gran parte de la historia mexicana y española de los siglos XIX y XX parece cortada por el mismo patrón. Una historia que demuestra que caudillos, revueltas, levantamientos populares, pronunciamientos militares, intentan negar el estado centralizador, contemplado como autoritario. Y, todo ello, lo constatan los quince instrumentos constitucionales que hubo en México en 180 años, los mismos curiosamente que en España, así como los incontables cambios de gobierno que hubo a lo largo de todos esos años. Pero esto no debería entenderse como algo novedoso propio de los siglos XIX y XX. En la época virreinal el dominio político que, si se quiere, correspondía a la Corona española, fue respondido desde los primeros momentos de la conquista por la adquisición, motu propio, de una autonomía de los súbditos de Su Majestad en tierras americanas. Para bien o para mal, los pueblos hispánicos, las Españas, como antaño se decía, son imaginativos y a la imaginación no puede replegarse a la imposición y al orden. De ahí, que no nos extrañe que durante tres siglos, yo diría que igual más, cuando llegaba un una ley o un decreto desde un poder centralista y centralizado a miles de kilómetros de distancia fuera común en tierras americanas el “recíbase pero no se cumpla”. De ahí, también los denodados intentos de los Borbones en el siglo XVIII por centralizarlo todo. De ahí, asimismo la respuesta en forma de revueltas populares durante varios siglos en nuestra América.
La anarquía del mexicano no es el resultado de, un malentendido, a mi juicio, individualismo español del que habla Samuel Ramos, adscribiéndose a la teoría de Salvador de Madariaga. No. No comparto la idea de que “el español de ultramar era tan individualista como su hermano Europeo”[4]. Cuando se afirma esto de manera tan categórica caemos en la imprecisión. No cabe duda que todos los seres humanos somos individuos, seres únicos, pero también somos seres que vivimos en sociedad, y el vivir en sociedad une a los hombres a sus semejantes. Lo que separa y caracteriza a los pueblos no es su individualidad singular o colectiva, nunca ausente por otra parte, sino el contenido de valor que en ella se ponga. El protestantismo, por ejemplo, fomenta la individualidad: un Dios individual frente a un creyente individual, sin puentes colectivos ni intermediarios entre ellos. El mundo anglosajón tiene más razones de ser considerado individualista, partidario de la libre conciencia, del libre mercado, del libre cambio y da la diferenciación de las actividades laboriosas[5]. En cambio, para el mexicano, y en general para los hispánicos, se piensa en su rebeldía contra toda norma impuesta, es decir, se piensa en un separatismo de la persona. Desde esa perspectiva, no es entonces sorprendente que Erasmo, desde su falta de comprensión de la mentalidad hispánica, dijera aquella lapidaria frase de “non placet Hispania”. Erasmo consideraba al español un desenlace de judíos, moros y cristianos, y esta precipitación de realidades le había convertido en un heterodoxo ignorante y supersticioso. Nuestra mentalidad, como el Barroco, como lo barrocos que somos, es un mundo que se alimenta de los contrastes, muchas veces, si se quiere, surreales. El realismo mágico que tanto llama la atención en el occidente desarrollado pero decadente de imaginación lírica puede ser una buena muestra. Nuestra vida se sitúa, más bien, entre la inercia y los arranques de voluntarismo en los que la persona saca todo lo que de valor hay de sí en momentos oportunos (quiero acordarme ahora de los arranques de solidaridad colectiva en tiempos de dificultades) El mexicano se debate entre la insensibilidad política y social, en un “me vale madres”, y las violentas revueltas que vienen dándose desde el siglo XVIII; entre la apatía por transformar la riqueza natural y el uso de los bienes públicos como si fueran propios (la corrupción no es otra cosa que debilidad o total ausencia de estado); entre las formas arcaicas, casi inmóviles, de vivir y la asunción de los modelos más modernos, de última generación, importados de fuera. Unamuno para el caso español, gemelo del mexicano, lo sentenció con una frase lapidaria “que inventen ellos”[6]. Antes de cualquier gran proyecto, por ejemplo un campeonato mundial de fútbol, se exageran las expectativas de triunfo, pero cuando inevitablemente se produce el fracaso, se culpabiliza de éste al árbitro, a una confabulación, al mal estado del terreno, al clima, a la mala suerte o al empedrado. Todos nuestros males son obra de los demás o, como pensaba don Quijote, ocasionados por “encantadores”.
Por eso, ese llamado “individualismo rebelde” habría que cambiarlo por “absolutismo personal”, que diría don Américo Castro, o por el de emancipación de la realidad; porque, como respondió alguien muy pobre que se negó a votar por un diputado que no era de su agrado, a pesar de haberle ofreció dinero por su voto, “en mi hambre mando yo”. Esta rebeldía se ha manifestado en representaciones tan pintorescas, como la que podemos leer en un edicto de 1651 del Tribunal de la Inquisición, por el cual se obligaba a “(...) todas cualesquier personas, de cualquier estado y calidad que fuesen, que supieren o hubieren oído decir qué persona o personas con poco temor de Dios Nuestro Señor, fueron los que quitaron la cruz de madera que estaba en su peana, enfrente de la iglesia de Santa María de Gracia, y la habían arrojado al suelo con menosprecio y borrado las letras INRI, las manifestasen dentro de cierto término, so penas graves”[7]. En fin, estas no son más que manifestaciones de un quijotismo tan sobrado de presunción como de falta de recursos.
[1] A la hora de hablar de cultura coincido con la idea de que “es una función del espíritu destinada a humanizar la realidad”, que diría Samuel Ramos, 1987, op. cit, p. 86.
[2] Jacques Le Goff, “La mentalidad una historia ambigua”, en Hacer la Historia, Barcelona, Ed. Laia, 1980, vol. II, p. 95.
[3] Esta expresión es atribuida a Francisco Pi y Margall, presidente de la primera República Española, recogida en el prólogo a las obras de San Juan de la Cruz. Citado por Américo Castro, La realidad histórica de España, México, Ed. Porrúa, 1987, p. 241.
[6] Esto supone la misma sentencia que purgan los mexicanos: “Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, sí, pero sobre todo cerrados frente al pasado”. Octavio Paz, 1997, p. 225. Lo que ya no aseguraría tanto es que sea una negación del pasado. Precisamente, al recordar el pasado dorado y heroico, la desazón es mayor en la actualidad al observar que de él solo quedan reliquias. Los mexicanos sienten que fueron herederos de grandes imperios, el azteca, el maya, que dominaron el mundo, al menos el mundo conocido por estos, así como del español. Los españoles durante mucho tiempo también transitaron por un vía crucis melancólico de un pasado glorioso y los paraísos perdidos donde en su imperio nunca se ponía el sol. El impacto psicológico de la pérdida del imperio supuso un enclaustramiento en sí mismo, en un olvido temporal de los mundos que le rodean y se tradujo en un culpar a todo el mundo, menos a uno mismo, por supuesto, de aquella pérdida y las calamidades que siguieron. Por ello, y parafraseando a Ortega, “gravitan sobre nosotros tres siglos de error y de dolor: ¿cómo ha de ser lícito, con frívolo gesto, desentenderse de esa secular pesadumbre?’”, citado por José Ortega y Gasset, “La pedagogía social como programa político”, en Personas, obras, cosas, Madrid, 1922, p. 201.