Por Jesús Turiso Sebastián
De un tiempo a esta parte, se puede asistir a cómo las nuevas tecnologías nos están conduciendo hacia un mundo de virtualidad en donde la relaciones sociales sean virtuales, la economía sea virtual, la diversión sea virtual y hasta el amor llegue a ser virtual. ¿Eso significa que va a desaparecer la realidad o que se transforme en irreal con respecto a la virtualidad? No me atrevería a decir tanto. Pero lo cierto es que el mundo virtual gana terreno a pasos agigantados y se manifiesta en muchos ámbitos de la vida como lo más normal, como si siempre hubiera estado ahí. No sé si usted, amable lector, recordará aquella película tan holliwoodiense titulada “MATRIX”, un mundo artificial creado por computadoras. En él los hombres vivían una vida virtual pero estaban inconscientes de su irrealidad y sólo un pequeño grupo de disidentes habían escapado a este mundo creado por las computadoras y luchaban para subvertirlo y devolver al hombre la libertad que había perdido. Pues bien, la democracia, esa democracia con la que tanto se llenan la boca algunos que viven como parásitos de ella, está más cercana del mundo de MATRIX que de la realidad donde la ciudadanía es la hacedora de su presente y de su porvenir. La democracia que tantos mártires ha dado, puede sonar fuerte pero no por eso es menos cierto, es un artificio. A través de una buena campaña de marketing, se ha creado en el ciudadano una ilusión necesaria y hasta se le ha convencido de la importancia de su participación en esta democracia prefabricada y enlatada, pero la verdad es que no da más de sí que eso. La ciudadanía se constituye entonces en un rebaño desconcertado, que diría algún vocero del sistema imperante, al que se le manipula y se mantiene en estado de coma controlado, mediante expectativas e ilusiones como mecanismo necesario de control social. En realidad, hasta esa minoría de notables aventajados instituida por el sistema, reconocida con el nombre de “clase política”, son títeres de esta virtualidad que les mantiene también inertes, privilegiadamente inertes, diría yo. Por ello no se plantean dar un paso más allá para superarla y se conforman con exprimir lo máximo su momento de gloria, sirviéndose lo que pueden del sistema. Así, las elecciones que cada cierto tiempo se llevan a cabo para cumplir ese programa de control social sirven para elegir a los menos malos o, como me decía la mamá de una querida amiga mía esta mañana, al que menos robe de los representantes populares que necesita el sistema para realizar su plan y mantenerse vivo. Ahora bien, si bien esta democracia, virtualmente participativa es irreal, los problemas y el sufrimiento de la gente no son virtuales, esos sí son reales. Pero al pueblo se le sabe mantener contento con el viejo recurso del pan y circo, convertido por mor de la modernidad en olimpiadas, Big Brother, fastuosas y mediáticas bodas principescas, drogas, alcohol o similares, verdaderos lubricantes sociales. No nos engañemos, el dominio mundial se juega en las ligas mayores de las grandes multinacionales y los especuladores internacionales. Al resto nos toca bailar al son que ellos toquen.
Hasta aquí la realidad de las cosas y, a partir de ahí, lo que uno espera del futuro: las utopías democráticas. Por utopía democrática entiendo la consecución y establecimiento de, lo que en la Grecia clásica, se denominaba “areté”. Aunque esta palabra no tiene una traducción literal al español, se podría asimilar con “virtud” o, en su sentido más amplio, con la “excelencia humana”. Por ello, la auténtica y real democracia debería empezar por cada uno, practicando precisamente la virtud frente al sálvese quien pueda y la tranza. La virtud consiste en ser ciudadanos de la “polis” y comportarnos como tales, cumpliendo cada uno con nuestro cometido, es decir, procurando ser honradamente los mejores en el ámbito profesional y ciudadano en el que nos desenvolvemos.
Esta democracia no consistiría en hacer lo que uno quiera o vivir de acuerdo a su capricho, como sucede normalmente ahora. En la democracia las reglas democráticas son para todos y todos, sin excepción, deben cumplirlas, pero todos también tenemos derechos que deben ser respetados no sólo por el Estado, sino por el resto de los ciudadanos. Está utopía, me dirán, es la antítesis de lo que estamos acostumbrados a padecer: abusos de poder, falta de civismo, etc. No es posible que a costa de que se cumplan las expectativas y egoísmos de unos pocos padezcamos sus dislates la mayoría: mariachis que llegan en la madrugada para festejar algún cumpleañero trasnochador, las bandas de guerra de colegios que interrumpen el sueño a los vecinos a las seis de la mañana, desaprensivos que ensucian las calles y contaminan con sus vehículos porque nadie les pone freno, profesionales del volante que se creen con el derecho a saltarse las leyes de tránsito, etc. En una democracia real esto debe ser no sólo inviable, sino perseguido y despreciado por el resto de la sociedad. Por ello, urge llevar a cabo un aútentico esfuerzo de "ingeniería inversa" de la realidad social, potenciar todo aquello que nos ha hecho evolucionar como seres sociables y cambiar todo aquello que nos impide desarrollarnos más como tales.
En esta democracia real no se trataría de elegir entre el menos malo, de la misma forma que uno no debería casarse con su “peor es nada”, sino de buscar y construir lo mejor a través de la virtud. En democracia, como en el amor, no se debe ser conformista porque se corre el riesgo de perderlo todo. Se me dirá que esta democracia que aquí se plantea es inalcanzable, tal vez, pero yo diría que es la utopía más hermosa a la que el hombre puede aspirar y de eso se trata. ¿A caso las utopías no han sido el combustible de la historia que ha hecho avanzar a la humanidad? ¿Dónde estaríamos, por ejemplo, si unos cuantos locos, primero, en el Renacimiento y, después, en la Ilustración, no hubieran devuelto el protagonismo al hombre y promovido los derechos e igualdad de todos los seres humanos?