Por
Jesús Turiso Sebastián
“El patriotismo es el
último refugio de los canallas”
Samuel Johnson.
Decía Savater en
un estupendo libro titulado Contra las
patrias (1996) que los seres humanos necesitamos darle un sentido a nuestro
vivir en comunidad unidos a otros, es decir, sabernos que formamos parte de un grupo que nos da
significado como unidad. La patria es ese sentimiento de pertenecia que nos
identifica con una comunidad como individuos con respecto a otros individuos
pertenecientes a una comunidad diferente. La dimensión pasional del concepto
patria lo daría el término patriotismo,
es decir, el estado subjetivo de amor a la patria. Ese patriotismo sería el que
puede mover a los ciudadanos de un país, por ejemplo, a dar su vida en una
guerra para salvaguradar la independencia de la nación o llevar a cabo actos
extraordianarios en nombre de la patria.
Pues bien, no es
ninguna novedad que la noción de patria hoy en día no se entiende como se
concebía en épocas pasadas; que sus símbolos y mitos se han vaciado de
contenido por mucho que se intenten reflotar en las escuelas los lunes por la
mañana a la entrada al colegio, es bastante evidente; que el compromiso con el
país de los ciudadanos no es el mismo, lo daría por sentado hasta el mimísimo Pero
Grullo. De hecho, la idea de patria ha ido evolucionando a lo largo de la
historia, desde lo afectivo a lo institucional, háciendose, como afirma
Savater, cada vez más convencional y subjetiva.
No sería extraño
escuchar a algún nostálgico preguntar adónde se fue aquella patria legendaria
que cantaban los poetas o abanderaban revolucionarios que pretendía cambiar el
mundo o adónde fue a parar el sentido y los alcances del himno nacional cada
vez con más competidores, difuminado por himnos regionales sacados de una
barata para exaltar la figura del jerarca populista de turno. Pareciera que ya
sólo sirve para diferenciar a nuestro país de Trinidad y Tobago o Costa Rica en
algún campeonato del mundo que nunca se gana o para entonarlo como papagayo en
eventos ad hoc. Y ahora que surgen
como champiñones caudillos interesados en sus intereses, salvadores
endemoniados por la ambición, que desunen más aún lo que, tal vez, jamás estuvo
unido; qué fue de aquella novedosa noción de patria surgida para sustituir la
caduca concepción teocrática medieval, de los orígenes de la modernidad y cuyo
fundamento era cohesionar a toda una sociedad y dar sentido a su identidad.
Da la impresión
de que el mes de septiembre ha quedado reservado para que unos hagan negocio
vendiendo banderas y para que otros, sacándolas en procesión, demuestren al
menos una vez al año que son auténticos patriotas de comunión diaria; o,
también, de que el día 15 de septiembre sirva de excusa para institucionalizar
y dar sentido “patriótico” a las borracheras cotidianas de fin de semana.
Alguien,
seguramente, dotado de una mente perniciosa y mal pensante, pero no sin razón,
me podría alegar: “si los líderes de nuestra nación, que debieran servir de
referencia, se adueñan de los símbolos que nos identifican a todos, cuando los
mercantilizan a favor de la
promoción de su imagen, bien siendo más guadalupano que la virgen de
Guadalupe, bien amenazando con usurpar el grito de independencia al que
legalmente eligieron los ciudadanos para representarlos o bien asociando el día
de la independencia con la figura y los logros políticos del mandatario de
turno en grandes cartelones que se encuentran hasta en la sopa, etc., etc., cómo
va a ser, entonces, la actitud de los ciudadanos a quien dicen representar”. Por ello, no sería de extrañar que más
de un esclarecido patriota, que los tiene que haber, clamara al cielo por esta
falta de respeto a símbolos que son considerados sagrados. Seá, seguramente, el
signo de los tiempos: esto es lo que hay, no le demos más vueltas.
Qué se puede
esperar, pues, de la pasividad de unos ciudadanos que sólo se “acuerdan” de la
patria cada 15 de septiembre, y el resto del año, en el mejor de los casos, la
ignoran. No estoy muy convencido de que una patria o la nación se construyan
sacando en romería la bandera una vez a la año, sino más bien ejerciendo la
virtud de la civilidad siempre, algo que por desgracia no abunda en estos
convulsos tiempos de egoísmo e insolidaridad. Más aún, cuando el concepto de
patria ha quedado restringido a un ejercicio demagógico que la rebaja de
contenido ya no sólo simbólico, sino también real. Si a esto está abocada la
idea de patria o de nación actual, casi, casi más de uno estaríamos por decir
aquello de “que paren el mundo que me bajo en la próxima”. Y, ¿a esto ha
quedado reducida la patria, a empujar a bajar en la siguiente parada a los que
están en contra de patrias así, a los que descreemos de las patrias? Hay cada
vez más patriotas de tarjeta de visita a los que se les llena la boca cada vez
que pronuncian el nombre de México, que ciudadanos virtuosos que se comporten
como tales, construyendo el país día a día sin alharacas. El patriotismo actual
o, mejor dicho, el patrioterismo de saldo y ganga se acentúa más aún en la
política. Cansados estamos de ver que los más altos dirigentes de un país en
tiempos de crisis o de guerra apelen con pasión al fervor patriótico de los
ciudadanos para defender los intereses de la nación. Estos ciudadanos son
finalmente los que arriesgan e, incluso, pierden su vida por defender la “noble
causa” de la patria. Sin embargo, rara vez veremos a los hijos o hijas de presidentes,
reyes, primeros ministros, gobernadores, etc., regresando en una caja de madera
por defender la “noble causa” de la soberanía nacional.
Qué dirían hoy
las madres que dieron a sus hijos para que derramaran su sangre por su patria,
patria ingrata, que se olvidó de ellas, de sus pérdidas, de sus sufrimientos. ¿Habra algo que celebrar doscientos
años después?, ¿hay patria que conmemorar? Se supone que lo que debemos
celebrar es la soberanía de la nación. Pero, de qué soberanía estamos hablando
hoy: ¿de la soberanía de partidos políticos corrompidos hasta la médula y
desideologizados cuya prioridad es su clientela?, o ¿hablamos de una soberanía
popular ilusoria que anestesia al ciudadano con la creencia de que en él reside
el poder de elegir cada tres o seis años a aquellos que van a gestionar su
soberanía?
En un país donde lo que urge se antempone
siempre a lo que realmente es importante, donde se prefiere tapar los baches a
reasfaltar la carretera o donde los “patriotas” son vampiros canallas que le
subcionan la vida a México, que se llenan la boca con su nombre bajo el amparo
de un acta de representatividad de la voluntad ciudadana. Y, es que, como diría
Jerónimo Feijóo, estos adláteres endiende como “amor a la patria lo que
sólo es amor de la propia conveniencia”. Por ello, se necesita buscar salidas a esta apología del despropósito en
el que se ha convertido la república. El ciudadano, verdadero dueño de México,
se ve atado de manos por un sistema trasnochado que legitima a esa pequeña
elite perpetuada en él porque ésta maneja los hilos del sistema. Ante esto,
¿qué se puede hacer? La desobediencia civil sería sin duda la respuesta más
apropiada para empezar a superar el statu
quo que padecemos impotentes en estos ominosos días, porque la soberanía
popular es mera retórica en los labios vesánicos de los profesionales de la
política mexicana. La desobediencia civil debería tener como fin último
transformar México, la creación de una nueva república. Refundar la república
no sería tarea fácil porque requiere de la actuación de todos los ciudadanos,
sin embargo, es urgente llevarla a cabo y reconstruir sus bases éticas. En esta
concienciación civil, la educación debe desempeñar un papel fundamental: sin
educación no hay capacidad de desarrollar las potencialidades de la reflexión y
la crítica. La nueva república tiene, primero, que pasar obligatoriamente por
un proceso de reflexión acerca de
quiénes somos y qué queremos llegar a ser en el futuro. En dicho proceso
deberían intervenir todos los ámbitos de la sociedad mexicana, dirigidos por
intelectuales, académicos, científicos y representantes de toda la sociedad. El
resultado final saldría de un consenso general. Conociendo quiénes somos y
adónde queremos llegar, se puede empezar a transformar todo el sistema,
comenzando por elaborar una nueva constitución consensuada por todos los
mexicanos, donde quepan todos. Otros países, en circunstancias peores que
México ya lo hicieron en su momento, por ejemplo, Francia después de la Segunda
Guerra Mundial, con la Cuarta y la Quinta República, o España, tras la muerte
del dictador Franco, con los Pactos de la Moncloa. Y si no nos parecen equiparables
o válidos a nuestra realidad estos ejemplos al uso, asomémonos a casos más
cercanos como Chile o Brasil. Si otros lo pudieron hacer, y hay que ver dónde
están en el concierto mundial del desarrollo, por qué no lo va a poder hacer
México. Yo creo que existe el potencial suficiente para ello, nada más hace
falta una disposición más cívica y decidida por mejorar las cosas y cambiar
la sociedad. Por eso, es preciso que los mexicanos cambiemos de actitud, que
dejemos de echar la culpa de nuestras desgracias a todo y a todos, mientras
dejamos de lado la autocrítica, es imperioso que renunciemos a taparnos los
ojos con una venda de lo que somos responsables, que abandonemos la terrible
costumbre de sucumbir sistemáticamente a la asfixiante desazón del “pues ya ni
modo” o en la incapacidad del intelecto del “así es México”. ¡No!, México no es
así, pero sí los que caen en ese senquismo estoicista que nos impide mirar al
gran futuro que se le presenta a México más allá de sus adversidades de este
círculo pernicioso que nos limita progresar. Me niego a sucubir a este vicio
común de la desesperanza. México es un país de futuro, sólo hace falta voluntad
para trasformarlo y creer en se puede hacer. En fin, no dejemos que bajo el
concepto patria sigan encotrando refugio la canalla parásita que vive y medra
de los ciudadanos. Es responsablidad del ciudadano no seguir permitiendo que
México siga siendo el orgullo de la ignoracia.