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viernes, 10 de septiembre de 2010

EN QUÉ HA QUEDADO LA PATRIA DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS.




Por Jesús Turiso Sebastián

“El patriotismo es el último refugio de los canallas”
Samuel Johnson.

Decía Savater en un estupendo libro titulado Contra las patrias (1996) que los seres humanos necesitamos darle un sentido a nuestro vivir en comunidad unidos a otros, es decir,  sabernos que formamos parte de un grupo que nos da significado como unidad. La patria es ese sentimiento de pertenecia que nos identifica con una comunidad como individuos con respecto a otros individuos pertenecientes a una comunidad diferente. La dimensión pasional del concepto patria lo daría el término patriotismo, es decir, el estado subjetivo de amor a la patria. Ese patriotismo sería el que puede mover a los ciudadanos de un país, por ejemplo, a dar su vida en una guerra para salvaguradar la independencia de la nación o llevar a cabo actos extraordianarios en nombre de la patria.
Pues bien, no es ninguna novedad que la noción de patria hoy en día no se entiende como se concebía en épocas pasadas; que sus símbolos y mitos se han vaciado de contenido por mucho que se intenten reflotar en las escuelas los lunes por la mañana a la entrada al colegio, es bastante evidente; que el compromiso con el país de los ciudadanos no es el mismo, lo daría por sentado hasta el mimísimo Pero Grullo. De hecho, la idea de patria ha ido evolucionando a lo largo de la historia, desde lo afectivo a lo institucional, háciendose, como afirma Savater, cada vez más convencional y subjetiva.
No sería extraño escuchar a algún nostálgico preguntar adónde se fue aquella patria legendaria que cantaban los poetas o abanderaban revolucionarios que pretendía cambiar el mundo o adónde fue a parar el sentido y los alcances del himno nacional cada vez con más competidores, difuminado por himnos regionales sacados de una barata para exaltar la figura del jerarca populista de turno. Pareciera que ya sólo sirve para diferenciar a nuestro país de Trinidad y Tobago o Costa Rica en algún campeonato del mundo que nunca se gana o para entonarlo como papagayo en eventos ad hoc. Y ahora que surgen como champiñones caudillos interesados en sus intereses, salvadores endemoniados por la ambición, que desunen más aún lo que, tal vez, jamás estuvo unido; qué fue de aquella novedosa noción de patria surgida para sustituir la caduca concepción teocrática medieval, de los orígenes de la modernidad y cuyo fundamento era cohesionar a toda una sociedad y dar sentido a su identidad.
Da la impresión de que el mes de septiembre ha quedado reservado para que unos hagan negocio vendiendo banderas y para que otros, sacándolas en procesión, demuestren al menos una vez al año que son auténticos patriotas de comunión diaria; o, también, de que el día 15 de septiembre sirva de excusa para institucionalizar y dar sentido “patriótico” a las borracheras cotidianas de fin de semana.
Alguien, seguramente, dotado de una mente perniciosa y mal pensante, pero no sin razón, me podría alegar: “si los líderes de nuestra nación, que debieran servir de referencia, se adueñan de los símbolos que nos identifican a todos, cuando los mercantilizan a favor de la  promoción de su imagen, bien siendo más guadalupano que la virgen de Guadalupe, bien amenazando con usurpar el grito de independencia al que legalmente eligieron los ciudadanos para representarlos o bien asociando el día de la independencia con la figura y los logros políticos del mandatario de turno en grandes cartelones que se encuentran hasta en la sopa, etc., etc., cómo va a ser, entonces, la actitud de los ciudadanos a quien dicen representar”.  Por ello, no sería de extrañar que más de un esclarecido patriota, que los tiene que haber, clamara al cielo por esta falta de respeto a símbolos que son considerados sagrados. Seá, seguramente, el signo de los tiempos: esto es lo que hay, no le demos más vueltas.
Qué se puede esperar, pues, de la pasividad de unos ciudadanos que sólo se “acuerdan” de la patria cada 15 de septiembre, y el resto del año, en el mejor de los casos, la ignoran. No estoy muy convencido de que una patria o la nación se construyan sacando en romería la bandera una vez a la año, sino más bien ejerciendo la virtud de la civilidad siempre, algo que por desgracia no abunda en estos convulsos tiempos de egoísmo e insolidaridad. Más aún, cuando el concepto de patria ha quedado restringido a un ejercicio demagógico que la rebaja de contenido ya no sólo simbólico, sino también real. Si a esto está abocada la idea de patria o de nación actual, casi, casi más de uno estaríamos por decir aquello de “que paren el mundo que me bajo en la próxima”. Y, ¿a esto ha quedado reducida la patria, a empujar a bajar en la siguiente parada a los que están en contra de patrias así, a los que descreemos de las patrias? Hay cada vez más patriotas de tarjeta de visita a los que se les llena la boca cada vez que pronuncian el nombre de México, que ciudadanos virtuosos que se comporten como tales, construyendo el país día a día sin alharacas. El patriotismo actual o, mejor dicho, el patrioterismo de saldo y ganga se acentúa más aún en la política. Cansados estamos de ver que los más altos dirigentes de un país en tiempos de crisis o de guerra apelen con pasión al fervor patriótico de los ciudadanos para defender los intereses de la nación. Estos ciudadanos son finalmente los que arriesgan e, incluso, pierden su vida por defender la “noble causa” de la patria. Sin embargo, rara vez veremos a los hijos o hijas de presidentes, reyes, primeros ministros, gobernadores, etc., regresando en una caja de madera por defender la “noble causa” de la soberanía nacional.
Qué dirían hoy las madres que dieron a sus hijos para que derramaran su sangre por su patria, patria ingrata, que se olvidó de ellas, de sus pérdidas, de sus sufrimientos.  ¿Habra algo que celebrar doscientos años después?, ¿hay patria que conmemorar? Se supone que lo que debemos celebrar es la soberanía de la nación. Pero, de qué soberanía estamos hablando hoy: ¿de la soberanía de partidos políticos corrompidos hasta la médula y desideologizados cuya prioridad es su clientela?, o ¿hablamos de una soberanía popular ilusoria que anestesia al ciudadano con la creencia de que en él reside el poder de elegir cada tres o seis años a aquellos que van a gestionar su soberanía?

       En un país donde lo que urge se antempone siempre a lo que realmente es importante, donde se prefiere tapar los baches a reasfaltar la carretera o donde los “patriotas” son vampiros canallas que le subcionan la vida a México, que se llenan la boca con su nombre bajo el amparo de un acta de representatividad de la voluntad ciudadana. Y, es que, como diría Jerónimo Feijóo, estos adláteres endiende como “amor a la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia”. Por ello, se necesita buscar salidas a esta apología del despropósito en el que se ha convertido la república. El ciudadano, verdadero dueño de México, se ve atado de manos por un sistema trasnochado que legitima a esa pequeña elite perpetuada en él porque ésta maneja los hilos del sistema. Ante esto, ¿qué se puede hacer? La desobediencia civil sería sin duda la respuesta más apropiada para empezar a superar el statu quo que padecemos impotentes en estos ominosos días, porque la soberanía popular es mera retórica en los labios vesánicos de los profesionales de la política mexicana. La desobediencia civil debería tener como fin último transformar México, la creación de una nueva república. Refundar la república no sería tarea fácil porque requiere de la actuación de todos los ciudadanos, sin embargo, es urgente llevarla a cabo y reconstruir sus bases éticas. En esta concienciación civil, la educación debe desempeñar un papel fundamental: sin educación no hay capacidad de desarrollar las potencialidades de la reflexión y la crítica. La nueva república tiene, primero, que pasar obligatoriamente por un proceso de reflexión acerca de  quiénes somos y qué queremos llegar a ser en el futuro. En dicho proceso deberían intervenir todos los ámbitos de la sociedad mexicana, dirigidos por intelectuales, académicos, científicos y representantes de toda la sociedad. El resultado final saldría de un consenso general. Conociendo quiénes somos y adónde queremos llegar, se puede empezar a transformar todo el sistema, comenzando por elaborar una nueva constitución consensuada por todos los mexicanos, donde quepan todos. Otros países, en circunstancias peores que México ya lo hicieron en su momento, por ejemplo, Francia después de la Segunda Guerra Mundial, con la Cuarta y la Quinta República, o España, tras la muerte del dictador Franco, con los Pactos de la Moncloa. Y si no nos parecen equiparables o válidos a nuestra realidad estos ejemplos al uso, asomémonos a casos más cercanos como Chile o Brasil. Si otros lo pudieron hacer, y hay que ver dónde están en el concierto mundial del desarrollo, por qué no lo va a poder hacer México. Yo creo que existe el potencial suficiente para ello, nada más hace falta una disposición más cívica y decidida por mejorar las cosas y cambiar la sociedad. Por eso, es preciso que los mexicanos cambiemos de actitud, que dejemos de echar la culpa de nuestras desgracias a todo y a todos, mientras dejamos de lado la autocrítica, es imperioso que renunciemos a taparnos los ojos con una venda de lo que somos responsables, que abandonemos la terrible costumbre de sucumbir sistemáticamente a la asfixiante desazón del “pues ya ni modo” o en la incapacidad del intelecto del “así es México”. ¡No!, México no es así, pero sí los que caen en ese senquismo estoicista que nos impide mirar al gran futuro que se le presenta a México más allá de sus adversidades de este círculo pernicioso que nos limita progresar. Me niego a sucubir a este vicio común de la desesperanza. México es un país de futuro, sólo hace falta voluntad para trasformarlo y creer en se puede hacer. En fin, no dejemos que bajo el concepto patria sigan encotrando refugio la canalla parásita que vive y medra de los ciudadanos. Es responsablidad del ciudadano no seguir permitiendo que México siga siendo el orgullo de la ignoracia.