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lunes, 17 de enero de 2011

¿QUÉ SON LAS MENTALIDADES?: MENTALIDADES E IDEAS EN MÉXICO.


¿QUÉ SON LAS MENTALIDADES?: MENTALIDADES E IDEAS EN MÉXICO.
Por
Jesús Turiso Sebastián

La Historia de las Ideas es una disciplina que de alguna manera puede considerarse como una disciplina histórica en donde hay una filtración fundamentalmente de la Filosofía, pero es una disciplina histórica.  Aparentemente, cada época desarrolla una serie de razonamientos y de conclusiones, si bien sobre los mismos problemas de siempre. El número de ideas filosóficas o motivos dialécticos esencialmente distintos es relativamente limitado. Lo que parece más novedoso des estos sistemas es la manera en cómo utilizan u ordenan los antiguos elementos que los componen. Es decir, que existen ciertas ideas o complejos de ideas persistentes a lo largo de la historia y que actúan o han actuado como presupuestos teóricos fundamentales. En una de las obras ya clásicas de Hobsbawm (La era de la revolución: 1789-1848 ), oportunamente hace referencia a la idea de que una cosa es lo que hombres piensan del mundo y otra muy distinta los términos en que lo hacen. Además nos permitiríamos añadir que otra más es cómo se actúa, porque no siempre la forma de entender el mundo es coherente con las creencias al uso. La Historia de las Mentalidades también es una disciplina histórica, donde también hay evidentes referentes filosóficos, no tanto de las grandes corrientes filosóficas como de los sistemas de pensamiento elaborados desde distintos tipos de cosmovisiones.
La historia de las mentalidades es la historia de las lentitudes, por ello, como señala Duby[1], deberíamos aplicar a su estudio el esquema acerca del tiempo histórico que propuso Fernand Braudel[2]. El tiempo de la historia (heterogéneo, local y cualitativo) no es el tiempo astronómico (homogéneo, universal y cuantitativo). Existen diferentes ritmos históricos en la medida que hay distintas situaciones evolutivas en las sociedades; y, a su vez, dentro de éstas, distintos “tiempos” según aspectos económicos, sociales, políticos, de mentalidad, etc., que configuran imbricándose, la vida de una colectividad en su proceso temporal.
Por tanto, no es lo mismo el tiempo histórico, que expresa las palpitaciones de una determinada formación social, que el tiempo cronológico, medidor necesario de esas palpitaciones y del fluir del tiempo general y homogéneo que erosiona y destruye los cuerpos y las cosas. Teniendo en cuenta todo esto y simplificándolo para que se entienda, Braudel establece en historia existen tres tiempos:
1. Tiempo corto: es el tiempo propio de los acontecimientos. Es el tiempo periodístico por antonomasia. Comprende fenómenos heterogéneos cuya vida es efímera. Por ejemplo, el hundimiento de un petrolero en el mar y la catástrofe ecológica producida, un atentado terrorista, la boda de un alto dignatario y su repercusiones sociales, etc.
2. Tiempo medio: es un tiempo de mayor duración que el de los acontecimientos, se trata del tiempo de las coyunturas. Se ha impuesto sobre todo en la jerga de los economistas. Por ejemplo, la toma de la Bastilla, símbolo de la Revolución francesa, es un hecho puntual derivado de la exasperación de una crisis de subsistencia (coyuntura) que a su vez expresa un aspecto peculiar del modo de producción feudal del Antiguo Régimen (estructura)
3. Tiempo largo. Es el mayor de todos y es precisamente el tiempo que corresponde a las estructuras. La estructura sería una organización, unas relaciones suficientemente fijas entre realidades y masas sociales. Pierre Vilar define la historia como investigación de los mecanismos que vinculan la sucesión de acontecimientos a la dinámica de las estructuras. El tiempo largo está compuesto de elementos unidos entre sí por relaciones fijas. Se podría hablar así de cuatro tipos de estructuras:
a)      Estructuras políticas: el comunismo.
b)      Estructuras económicas: el capitalismo.
c)      Estructuras sociales: la familia.
d)     Estructuras mentales: las religiones.
Precisamente, las estructuras mentales o mentalidades son las que más tardan en cambiar, o mejor dicho, las que más permanecen en el tiempo. Teniendo en cuenta lo anterior, hay que referirse a estas alturas necesariamente al origen del estudio de las mentalidades.

Desde un punto de vista histórico, se podría afirma que tiene sus inicios más inmediatos con la revolución historiográfica que comenzó a darse en los años treinta del siglo pasado. Estos estudios surgieron dentro de la escuela histórica francesa y sus mentores fueron historiadores de la talla de Marc Bloch, Lucien Febvre y, posteriormente, tomaron su testigos otros como Robert Mandrou, George Duby, Philippe Ariès, Michel Vovelle, etc. A lo largo de los años 60, el impulso de estos últimos de estudio de la historia las mentalidades y la aparición de nuevos temas de estudio dentro de este campo dará un vuelco a la historiografía francesa. Así, comienzan a publicarse investigaciones donde la temática gravitaba entorno a estudios sobre la familia, la mujer, la cultura popular, la locura, el amor, la sexualidad, la muerte, etc. Supone una nueva forma de entender la historia, donde los protagonistas de la misma pasan a ser los hombres y mujeres silenciados por la historiografía tradicional y positivista. De esta manera, surge la Nueva Historia, cuyo pilar fundamental será la recocida Escuela de los Anales. Sin embargo, la consolidación del proyecto analista no careció de enemigos. Desde otras ciencias sociales se van a intensificar los ataques a la historia, a la que se va a despreciar acusándola de falta de cientificidad. En este panorama va a parecer la figura de Fernand Braudel, quien en un artículo publicado en 1958 sobre la larga duración, va a definir por primera vez la historia de las mentalidades y, lo va a hacer desde una manera novedosa, al entenderlas como “prisiones” de larga duración. Pero poco después, E. Labrousse, poco después definía el estudio de las mentalidades como la historia de las resistencias. Más recientemente, historiadores como Georges Duby o Jacques Le Goff han situado el estudio de los procesos socio-históricos dentro del mundo de la subjetividad, relacionándolo directamente con la psicología. De tal manera, que poco a poco el término está cayendo en desuso[3]
Pues bien, hablar de mentalidad es hablar casi necesariamente de “mentalidades colectivas. Por lo tanto, se podría decir, de manera simple, que la mentalidad es el conjunto de actitudes que un individuo o grupo de individuos adoptan ante el mundo que les rodea. Es, en pocas palabras, la relación que se tiene con la realidad y la conducta individual o colectiva resultante de ello. Por ejemplo, Carlos II, en cuya personalidad convivían sin problemas su incontinencia sexual y, a la vez, su gran religiosidad. Otro ejemplo del mismo rey cuando moribundo recibe todos los cuidados médicos, pero cuando la ciencia no responde, los galenos recomiendan que se desentierre a la momia de San Isidro y se le acueste junto al rey para que obrara un milagro.
 Así pues, el objeto de estudio de las mentalidades es un trinomio: una representación mental, un comportamiento y la relación entre ambos. Además, es necesario que estos tres elementos se refieran a un grupo social concreto y que se haya difundido en ese grupo, de tal manera que formen su cultura. Por ello, el objeto de la historia de las mentalidades no puede ser otro que la actividad mental humana en su globalidad, con el fin de comprender mejor el comportamiento y las relaciones de la sociedad, y los hechos que ha protagonizado el sujeto colectivo de la historia. Señala Bartolomé Bennassar que “cada concepción de la vida es personal e intransferible, del mismo modo que cada uno proyecta su existencia o se deja llevar por las circunstancias”. Pero de pende luego de la época a la que nuestro estudio se dedique. Ahora bien, el término mentalidad guarda relación con otro término no menos controvertido, ideología.   Entre las dos nociones existe en ocasiones una imperceptible línea divisoria, que ha llevado a no pocas confusiones. Es innegable que cada etapa histórica ha tenido sus propios referentes, valores, miedos, querencias o modas ideológicas, que no necesariamente se ajustan a los de otros períodos anteriores o posteriores. Ahora bien, llegados a este punto se debe hacer una precisión necesaria: en la historia de las mentalidades se emplea el concepto representación mental y no ideología, porque el concepto ideología tiene un significado concreto en ciencias sociales referido a una construcción del mundo, pero formada con ideas claras, distintas y organizadas lógicamente en una estructura racional. La ideología es un producto muy elaborado del pensamiento humano, que difícilmente puede ser asimilado por la mayoría de los individuos de un grupo social y que, además, no es motivo suficiente y necesario para que toda una sociedad lo comparta. Por otra parte, la ideología tampoco necesariamente ideología y comportamiento práctico van siempre de la mano, es decir, que podemos encontrar hay personas que sostienen una determinada ideología, aunque en la cotidianeidad del día a día una cosa es como piensan y otra es como actúan. Quiero acordarme, por ejemplo, de algunos artistas comprometidos con revoluciones o ideologías revolucionarías y progresistas que, sin embargo, mantienen un modo de vida contrario a los principios que dicen creer y predican. Como vemos, esto supone una contradicción con una de las tantas definiciones de ideología que se han dado, me refiero a la de Althuser, quien la define como “la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia”[4].  Una opinión similar encuentra Vovelle cuando sostiene que para conciliar ideología y mentalidad habría que establecer un estudio de las meditaciones y las relaciones dialécticas entre las condiciones objetivas de la vida de los hombres y la forma en que viven y cuentan su vida; en este nivel se diluyen las contradicciones entre ideología y mentalidades[5]. La ideología, por tanto, supone una forma concreta, interpretativa y racional de explicar el mundo, forma parte de la mentalidad y se funde con ella.
Sin embargo, existen muchos comportamientos que se escapan a la definición de ideología. Por ello, el término de mentalidad se considera más dilatado o amplio. La razón estriba en que una representación mental no solo va encierra una serie de pensamientos e ideas claros construidos con una lógica aparente, sino que admite además formalizaciones no tan organizadas o polarizadas, como es el caso de los comportamientos mágicos y religiosos. Una representación religiosa del mundo no soporta el análisis lógico, pero existe en las personas y es capaz de influir sobre sus comportamientos. El concepto de representación mental acepta muchos elementos que no se apegan a nuestra lógica cartesiana, incluso algunos meramente emotivos, pero pueden constituir una imagen de la realidad, imagen suficiente que tiene la facultad de sistematizar o ajustar las conductas de la gente. De esta manera, por ejemplo, en las sociedades más tradicionales, dentro del imaginario (mentalidad) colectivo lo sagrado sometía al ser humano, creyente y devoto, a los designios sobrenaturales de Dios, en los que la ideología constituía el soporte fundamental y necesario que sustentaba un orden socio-político casi inmutable.   
La imagen de la realidad es la que se conoce como visión del mundo, o los antropólogos denominan cosmovisión. Como podremos observar, estos son términos que expresan una «visión» global del conjunto del universo. De esta manera, el ser humano va a alcanzar el sentido que el universo tiene para el hombre, no solo desde un aspecto puramente especulativo, como harían las ideologías, sino también vital. Precisamente, la concepción vital que el hombre tiene del universo va a ofrecerle el marco de referencia para llevar acabo su acción práctica. Para elaborar esta imagen del universo vital serán fundamentales no solo las ideas lógica y conscientemente construidas, sino también las actitudes, las creencias, los juicios de valor y, por supuesto, los sentimientos. Todos ellos constituirían en el campo de la realidad humana que se enmarcaría dentro de la irracionalidad, el inconsciente y, por qué no, la costumbre. Robert Mandrou, en este sentido, definía las mentalidades como la historia de “las visiones del mundo”, definición que, si bien para Vovelle era hermosa y satisfactoria para él, no dejaba de ser “innegablemente imprecisa”[6]. Aquí es necesario remitirse al maestro Ortega y Gasset cuando expresaba en “Estudios sobre el corazón” su idea de que los seres humanos “no somos, pues, en última instancia, conocimiento, puesto que éste depende de un sistema de preferencias que más profundo y anterior existe entre nosotros”. Este sistema de preferencias es precisamente el que, como dice Ortega, nos hace reconocernos como especie y nos hace entendernos de alguna manera, pero también es cierto que cada raza, cada época y cada individuo “ponen su modulación particular en el preferir, y esto es lo que nos separa, nos diferencia y nos individualiza, lo que hace que sea imposible al individuo comunicar enteramente con otro”.   Estoy convencido de que el pensamiento y la mentalidad es un reflejo de la vida misma: se piensa y se siente en función de cómo se vive.
Así, pues, es preciso diferenciar la historia de las mentalidades de la historia de las ideas. Ello es necesario porque, por ejemplo, pareciera que tenemos la certeza que las ideas de de Santo Tomás de Aquino o San Agustín estuvieron ampliamente difundidas durante la Edad Media y ellas fueron las que construyeron las conciencias de la gente de esa época y su manera de entender su mundo. Sin embargo, la realidad fue muy diferente: el mundo o la alquimia mental que gobernó los espíritus de la mayoría de la población se situaba más cercana a lo mágico que a lo racional, y era más inmediato a lo pagano que a lo religioso.   Ahora bien, esta mentalidad ligada al inconsciente y su reflejo en las actitudes no tiene que sujetarse solo a automatismos, que anularía la parte consciente de la historia. Por ello, no debemos de obviar la influencia que en todo momento tuvieron los sistemas de pensamiento. Estos elaboran respuestas al entorno humano. Sin ellos, por ejemplo, no podríamos entender la estructura social medieval que pervivió durante más de diez siglos. Podemos comprobar cómo a través de la historia existen mentalidades muy diversas. Como caso ejemplarizante pondremos el de la mentalidad sexual en la Nueva España.
Desde la llegada del cristianismo a América, y durante varios siglos, las creencias dominantes en América vinieron impuestas por una religión culta basada en las ideas expuestas por los primeros padres y la escolástica medieval. A partir del Concilio de Trento, la Iglesia católica va a insistir en los dogmas medievales, añadiendo otros nuevos que dejaran su impronta moralizadora en la conciencia religiosa de la época. En un ambiente de escisión religiosa entre católicos y protestantes, en la que los unos tildaban de herejes a los otros y los otros a los unos, la situación propiciará el ejercicio de un mayor control no solo en la religiosidad de la población sino en su moralidad y adoctrinamiento. Ahora bien, la realidad doctrinaria y el imaginario popular muchas veces, especialmente en América, donde se estaba gestando una sociedad sincrética, no siempre coincidían. A veces, incluso el propio imaginario reinterpretaba las creencias de la religiosidad culta a sus usos y costumbres. Así, por ejemplo, en cuanto a la representación de la realidad, es común que no existiera una clara diferencia entre el mundo natural y el sobrenatural; de ahí, la espontaneidad con que se recurría a la hechicería y brujería para ordenar el mundo cercano que rodeaba a los individuos, de cuya usanza habitual dan muestra los procesos inquisitoriales.
Ahora bien, en lo que se refiere a la sexualidad también una cosa será lo que los hombres entiendan por sexo, otra los términos en que lo hacen y otra es como van a vivir o manifestar su sexualidad. Nos encontramos cómo también es este aspecto donde en ocasiones se entra en un conflicto dicotómico. Por un lado, está la ideología imperante proyectada a través de los discursos teológicos oficiales de la Iglesia, centrados en la idea de pecado, y de las leyes civiles. Por otro, la mentalidad, reflejada en el imaginario sexual de la gente. Entre ambos se encuentra la influencia y control moral de las autoridades mediante la utilización de medios coercitivos. Una mentalidad, la del siglo XVI o XVII, diferente a la nuestra. Se trata, en suma, de una mentalidad donde conviven con naturalidad presupuestos antagónicos (antagónicos, al menos, para nuestros días): profunda religiosidad y conductas morales entendidas por la iglesia con transgresoras de la moralidad. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, coincidiendo con la decadencia de la Inquisición y la llegada de nuevas modas y nuevas ideas desde la lejana Europa, asistimos a una transformación paulatina de los valores culturales y de las relaciones sexuales en ámbitos como la concepción del honor-virtud.
Pues bien, a través de distintos tratadistas, desde Santo Tomás, Fray Luis de Granada, Fray Bernardino de Sahagún o Fray Francisco de Lárraga, hemos podido asistir a cómo la ideología va construyendo los imaginarios sexuales de la sociedad y, a su vez, va a ejercer de mecanismo de control y represión moral. La Iglesia determinaba los comportamientos en casi todos los órdenes de la vida y, por supuesto, cómo debía vivirse la sexualidad. La teología católica, racional y escolástica, concebía la sexualidad como el resultado del matrimonio legítimo cuyo fin último será la procreación y la formación de una familia. El matrimonio era bendecido por Dios a través de sus representantes en la tierra, el clero, y se consumaba mediante la unión carnal de la pareja. La familia se constituirá entonces en el modelo de vida para el cristiano. Por lo tanto, la Iglesia va a entender por comportamientos desviados todas las demás conductas sexuales llevadas a cabo fuera del matrimonio y cuyo resultado además no fuera la búsqueda de descendencia. Asimismo, completaremos el panorama normativo con los discursos oficiales civiles a través de las leyes que imperaban en los reinos hispánicos. Estás leyes, recogidas en la Novísima Recopilación y en las Leyes de Indias tienen su base fundamental en la legislación medieval castellana, Fuero Juzgo, Las Partidas, etc. que, con distintas modificaciones, estuvieron vigentes hasta el siglo XIX en España y América.
Por otro lado, a través de la investigación estamos llevando nos hemos percatado de cómo la realidad de las conductas sexuales en el ámbito privado se cruza y transgrede en muchas ocasiones las regulaciones oficiales. Así, por ejemplo, hemos observado cómo la inmoralidad de las costumbres sexuales debió llegar a extremos insoportables para los procelosos y cristianos hábitos de Felipe II, porque la creciente “depravación” sexual trajo como consecuencia que en 1566 el rey firmara una pragmática que castigaba severamente “a los maridos que por precio consintieren que sus mujeres sean malas de su cuerpo”[7]; o, en 1639, cuando fue firmada otra pragmática real prohibiendo que las mujeres se mostrasen tapadas, a pie o en coche, so pena de multa y destierro[8]. Las costumbres a los ojos de las autoridades en los territorios hispánicos debieron estar ciertamente muy deterioradas, ya que en tiempos de Felipe IV, el Conde-Duque de Olivares creo una Junta de Reformación para combatir el libertinaje, la cual elaboró en disposiciones, por ejemplo, contra el celibato, dada su inutilidad o para favorecer a aquellas personas que casaran jóvenes[9].
Como en otros ordenes sociales, el dualismo también aquí se hace presente, dualismo que no implica una doble moral como se entiende hoy en día. Observamos que, dentro de la mentalidad de una buena parte de la sociedad de la época, convivían con relativa naturalidad las devociones más sinceras con de la espontaneidad de las prácticas sexuales, sin que ello suponga para muchos miembros de la sociedad virreinal una contradicción.
Acabamos de ver brevemente el reflejo de una mentalidad, pero de qué manera estamos trabajando y que metodología utilizamos. El período de estudio abarcará desde el siglo XVI hasta el fin de la época virreinal y el ámbito espacial estará centrado en la Nueva España, con especial atención a la ciudad de México. A través de este largo periodo de tiempo se estudiarán las permanencias y transformaciones tanto en los discursos oficiales como en las actitudes sociales, observando hasta qué punto la sociedad novohispana y las relaciones de poder se irán construyendo y modificando a lo largo de esta etapa. Para ello se recopilará la información, tanto de fuentes primarias como secundarias, de manera rigurosa para presentarla meticulosa y clara, respetando siempre las tipologías y categorías del período de estudiado.
Los nuevos métodos y temáticas de la investigación histórica nos permiten adentrarnos en las prácticas sexuales de los novohispanos. Para la realización de este trabajo estamos recurriendo, en primer lugar, a las fuentes escritas por tratadistas morales y la legislación vigentes de la época; en segundo lugar, estamos trabajando con documentación civil, eclesiástica e inquisitorial de diversos archivos históricos: Archivo General de la Nación de México (secciones Inquisición, Criminal, Clero secular y regular y Matrimonios), Archivo Histórico Nacional de Madrid (sección Inquisición) y Archivo General de Indias (secciones Audiencia de México e Indiferente General)  El material documental y la literatura encontrada se organiza de manera cronológica por temas en dos grandes apartados: discursos oficiales y prácticas cotidianas. Asimismo, la documentación oficial de la Inquisición posteriormente va a ser organizada en series para determinar los ritmos de la actividad represiva, el tipo de conductas que más se perseguían, confrontando las normas procesales con la praxis.
Es muy importante la documentación eclesiástica de este período, en especial los confesionarios, devocionarios, sermonarios, etc. de los siglos XVI al XIX, a través de ellos nos podemos asomar a las preocupaciones respecto del orden sexual que más inquietaban a la Iglesia, que nos podrán mostrar cuán habituales eran las diferentes desviaciones al orden que se mencionan, las contradicciones y confusiones entre teólogos  y, asimismo, se verá hasta qué punto evolucionaran la postura de la Iglesia durante estos tres siglos.  Muchas veces estos textos son escritos para protegerse contra los deseos, considerados como pecaminosos, o las pulsiones que ponen en peligro la moralidad.
En cuanto a la documentación oficial civil, estudiamos también los códigos y las legislaciones que operaban en este período (Las Partidas, Fuero Juzgo, Leyes de Toro, Nueva Recopilación, Leyes de Indias, etc.), observando su evolución y sus transformaciones a lo largo del tiempo, ello nos indicara la relevancia que se dará a los delitos, la trascendencia o la pérdida de ésta de los mismos. Para ello, también la información se organiza cronológicamente por temas: adulterio, estupro, violación, incesto, etc. De la misma manera, es muy interesante asistir a si existen cambios o no en la definición de las distintas prácticas a partir del significado que le van dando los diccionarios de la época desde el Diccionario de Autoridades. Asimismo, también tendremos muy presente los testimonios personales expresados en los interrogatorios de la Inquisición, donde los inculpados o los testigos delatan comportamientos sexuales desviados y la cotidianidad sexual de la sociedad.
     Con todo esto nos podemos hacer un panorama general, por esquemático, de los alcances del estudio de la Historia de las Mentalidades y de qué manera se puede establecer un tipo de metodología para llevar una investigación en concreto.


[1] Georges Duby: “Historia de las mentalidades”. En Obras Selectas, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 45.
[2] Fernand Braudel: La historia y las ciencias sociales. Madrid, Alianza Editorial, 1968.
[3] Jacques Le Goff: “Las mentalidades una historia ambigua”. En Le Goff y Nora (ed.) Hacer la historia, Barcelona, , p. 81.
[4] Vid. Louis Althouser: Ideología y aparatos ideológicos del estado. México, Eds. Quinto Sol, 2000.
[5] Michel Vovelle: Ideología y mentalidades. Barcelona, Ed. Ariel, 1985, p. 19.
[6] Ibidem., p. 12.
[7] Novísima Recopilación, libro XII, tit. XXVIII.
[8] Cartas de Andrés Almansa, carta 16, p. 302.
[9] Ibidem, Carta 10, 11 de Febrero de 1623.