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martes, 15 de marzo de 2011

LA INVESTIGACIÓN EN MÉXICO



Por Jesús Turiso Sebastián.

Uno de los principales parámetros que se consideran para establecer el desarrollo de un país es sin duda la situación de la investigación. En este sentido, México, una de las quince mayores economías del mundo, no sale demasiado bien parado. Podemos afirmar sin mucho temor a equivocarnos que México no se significa precisamente por estar dentro del grupo de países punteros en investigación y tecnología, a pesar de que no carece de potencial humano para desarrollarlo. La realidad es tan abrumadora como que la inversión pública en investigación, en muchos casos mal gestionada, apenas llega al 0.6 por ciento del Producto Interno Bruto y que la inversión privada es casi inexistente. El resultado es que nuestro país depende casi exclusivamente de la tecnología exterior y que la baja cantidad de patentes propias es verdaderamente preocupante, si no alarmante. La política científica mexicana hasta no hace mucho tiempo estaba dejada, no sólo de la mano de Dios, sino también de los gobernantes. La consecuencia es que brillantes científicos han tenido que emigrar al extranjero, donde se han formado y donde, por lo general, terminan realizando su labor investigadora, cuyo eco patéticamente resuena en México en algún noticiero por la consecución de un descubrimiento importante, que enardece un nacionalismo primario pero que, sin embargo, los resultados de tal investigación no repercute directamente en el desarrollo del país.
Las razones para este subdesarrollo son muchas y profundas: carencia de una política de Estado, falta de apoyo económico y limitadas infraestructuras, insuficiente respaldo institucional por parte de muchas universidades a sus investigadores, exagerada burocratización administrativa, desmesurada centralización, reducido número de cuerpos académicos consolidados, universidades dominadas por sindicatos paquidérmicos cuyos intereses endogámicos e irresponsabilidad entorpecen la incorporación de investigadores externos, inexistencia de una planificación racional, etcétera. Además, quisiera destacar una que me parece muy preocupante: el crecimiento de los postgrados en México, resultado de la esquizofrénica competencia de las universidades públicas con las privadas por ofrecer mayor número de titulaciones superiores, enfocadas más a la profesionalización que a la investigación.
Sin embargo, este incremento de postgrados no ha llevado aparejado el aumento significativo de nuevos investigadores, cuya preparación, a veces, es deficiente. La excesiva escolarización de maestrías y doctorados, duplicándose sus proyecciones en muchos casos, sin duda va en detrimento de la tarea investigadora. Por otro lado, el hecho de que los postgrados no estén integrados dentro de las universidades públicas, obliga a que tengan que ser autofinanciables, con lo que las cuotas de colegiaturas de los alumnos son enormes, por lo que, si no es por medio de una beca, alumnos brillantes con una economía modesta no pueden acceder a ellos. Asimismo, otro de los problemas fundamentales de maestrías y doctorados con respecto a la investigación es la exigencia de una eficiencia terminal, muy deseable sin duda, pero concebida con un criterio más flexible y racional. Estos dos problemas conllevan que, en más ocasiones de lo deseable, se regateen los reglamentos de postgrado e investigación, se permita la entrada de alumnos mal preparados de disciplinas alejadas del programa que se va a cursar para alcanzar el número suficiente de alumnos que mantengan la maestría o el doctorado. El resultado final son tesis cuyo rigor, calidad e innovación científica es muy discutible, dándose éstas por buenas, en ocasiones bochornosamente con mención honorífica.
Ahora bien, además de la crítica se tienen que ofrecer propuestas para superar los problemas. Las soluciones son múltiples, tantas como los problemas. Para sacar de este estancamiento a la investigación en México es preciso con urgencia una política de estado. Asimismo, es necesario un mayor apoyo y financiación de las investigaciones así como de los investigadores, tanto desde las instituciones gubernamentales como desde las universidades. También, es necesario ofrecer más y mejores becas de investigación a alumnos de postgrado. Junto a ello, se tendría que brindar unas condiciones propicias para la repatriación de investigadores mexicanos que están en el extranjero. Por otra parte, es urgente el cambio de filosofía y modernización de la administración académica; ésta debe servir de apoyo a la investigación y la docencia, no al revés. Mayores recursos y una mejor infraestructura beneficiarían, sin duda, los resultados finales de una investigación. En este marco de urgencias tecnológicas, sería un error terrible olvidarse de las ciencias humanísticas, cuyo papel en el desarrollo de un país es fundamental y, por ello, deben considerarse tan importantes y necesarias como las ciencias empíricas. Para concluir, desearía significar la necesidad de un replanteamiento de las licenciaturas, los postgrados y la investigación en las instituciones de educación superior. Deben establecerse unas directrices claras y obligatorias que impidan que determinadas casas de estudio ofrezcan postgrados cuyo nivel debiera sonrojar a cualquier académico. La falta de articulación entre maestrías y doctorados podría superarse bien eliminando las primeras, o bien combinando ambas, con una figura similar a la del Diplomado de Estudios Avanzados de Francia o España, dedicando el doctorado básicamente a la investigación. Unido a esto, se ha de imponer un mayor grado de exigencia y seguimiento de los programas, cuerpos académicos y control de calidad de investigaciones y de tesis por parte de las autoridades académicas, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y de la Secretaría de Educación Pública, mediante distintos instrumentos de evaluación y acreditación. No estaría de más tener en cuenta modelos de desarrollo científico que se han seguido en otros países, como por ejemplo el español, donde, tras una feroz dictadura y aislamiento, en dos décadas se pasó de la inanición científica y el erial tecnológico a entrar dentro del selecto grupo de países destacados en investigación y desarrollo. Si queremos un país desarrollado y con altas cuotas de calidad de vida de los ciudadanos, México está obligado a subirse a este carro del progreso de la investigación científica y tecnológica.