Por Jesús Turiso Sebastián
Los sucesos de 1989 con la caída del muro de Berlín, la
ruptura de la política de bloques, la guerra del Golfo Pérsico, la Guerra en la
antigua Yugoslavia; los acontecimientos del 11 de Septiembre
de 2001, de Madrid y Londres, la Guerra del Golfo y la de Afganistán, el recrudecimiento de la guerra en Palestina e Israel, el
establecimiento de un Nuevo Orden Mundial, parecieran dar la razón a las
proclamas de Fukuyama de fin de la
Historia o a Alain Minc[1]
y Umberto Eco[2]
de la llegada de un Nueva Edad, lo
cual demuestra hasta qué punto continuamos pensado con esquemas de la
modernidad. Sin embargo, esto se contradice con las enseñanzas que nos ofrece
el conocimiento histórico acerca de la inexistencia de una meta prevista y
predecible de la humanidad, y ejemplos podríamos encontrar más de uno. La
realidad de la Historia no es tan
evidente como los símiles históricos o los juegos metafóricos nos dan a
entender. La Historia es más
espinosa que los simples métodos interpretativos y mecanicistas de metáforas
donde se pierde la perspectiva, como sucede con las que anteriormente
señalamos. Puede resultar fácil “atar moscas por el rabo” de distintas épocas
con comparaciones o sucesiones repetitivas, en algunos casos, anacrónicas y
ahistóricas. La ideología posmoderna[3],
sin duda, ha tenido mucha culpa de esto. Su crítca feroz a la idea de progreso
y la teoría del todo vale
metodológico lo que incita a no pocos historiadores a albergarse en la
fracmentación. Desaparece la Histotia a favor de la proliferación de historias.
Su carácter destuctivo la inabilita como alternatica a la nueva modernidad annalista y marxista.
Sin embargo, estas corrientes críticas de la historia, que
insistieron en la idea de agotamiento de la teoría histórica y enfetizaron en la idea de la historia
que avanza hacia un final prefijado, tuvieron prescisamente la capacidad provocadora
para sacar a la historia de su letargo dialéctico. Provocaron que la historia
entrara en crisis, es decir, en
crítica y recuperaron un debate postergado acerca del ser y el hacer de la
historia.
Hoy como en el 1949 de Jaspers “nuestra época es la época de
las simplificaciones. Las
consignas, las teorías universales que todo lo explican, las grandes y burdas
antítesis, tienen éxito. Mientras la sencillez cristaliza en símbolos míticos,
la simplificación recurre a absolutos seudocientíficos"[4]. François Chatêlet, al explicar los
rasgos de la conciencia histórica, lo
deja claro: “si el pasado y el presente pertenecen a las esferas de lo mismo, se sitúan en la esfera de la
alteridad. Si es cierto que los episodios pasados ya se desarrollaron, y que
esta dimensión los caracteriza de modo esencial, también es cierto que su
‘pertenencia al pasado’ los diferencia de cualquier otro episodio que podría
parecérseles. La idea de que en la historia haya repeticiones (res gestae), de que ‘no hay nada nuevo
bajo el sol’ e incluso la idea de que se pueden extraer lecciones del pasado,
no tiene sentido sino para una mentalidad no histórica”[5].
Por ello, como historiadores no debemos abandonarnos a la
rigidez, al esquematismo y a la insuficiencia del modelo en nombre de lo
particular. El marxismo es, como dice Braudel, un mundo de modelos.
Precisamente, Sartre se alzó contra ese mundo de modelos que proponía el
marxismo, por rígidos y esquemáticos. Nosotros ahora también tenemos que
levantamos, no contra los modelos sino contra el uso que de ellos se hace
porque, como el marxismo, se ha concedido al modelo valor de ley de explicación
automática, aplicable a todos los lugares y a una sociedad tan diversa como la sociedad de nuestro tiempo. Lucien
Febvre diría que la función del pasado es “organizar el pasado en función del presente”[6].
No cabe duda, entonces, que el conocimiento histórico se lleva a cabo a través
de conexiones entre el pasado y el presente. Y, ya que la historia es una
ciencia del tiempo, deberemos asociarla con las concepciones temporales que se
hayan tenido en un determinado momento (circular o lineal). El tiempo histórico
desempeña, pues, un papel fundamental. En historia se habla de tres velocidades
o tiempos históricos: tiempo corto, tiempo medio y tiempo largo. Entiendo que
para construir un conocimiento histórico completo hay que recurrir casi
necesariamente, sin despreciar las otras velocidades, a la larga duración, a
las permanencias en el tiempo. Así, por ejemplo, muchos caminos construidos por
los romanos eran utilizados en la Edad Medía, en el siglo XVI eran importantes
vías de comunicación que unían Europa y, hoy, sobre esas rutas se han levantado
carreteras y autopistas que están contribuyendo a la vertebración de una Europa
unificada. No por nada se ha dicho desde siempre que ”todos los caminos llevan
a Roma”. Si desde la geografía son comprobables estas continuidades, no es
menos fácil realizar observaciones desde la demografía. El carácter, las formas
y métodos e, incluso, las motivaciones de la emigración española a América son
similares a finales del siglo XV que a mediados del siglo XX. La emigración en
cadena, solo rota por eventuales coyunturas, puede dar buena fe de ello. Estás
mismas permanencias se dan también en el marco cultural. Por ejemplo, la
civilización latina del Bajo Imperio Romano sobrevivió hasta el nacimiento de
las literaturas nacionales bien entrado el siglo XIV. En el campo de la
técnica, la convivencia de permanencias milenarias con la última tecnología
punta puede causarnos sorpresa. En tiempos pretéritos, una de las grandes
revoluciones agrícolas que se produjeron, después del abandono del nomadismo y
la domesticación de determinadas plantas que fueron la base alimenticia en
aquel momento del hombre, fue la invención del arado. El arado romano de
rascado con una reja de hierro tirado por bueyes, con pocas modificaciones,
continúa utilizándose en muchos lugares todavía. Ello no es óbice para poder
encontrarte, como lo hicimos no hace mucho tiempo, con un labrador trabajando
la tierra de la misma manera que se hacía hace más de dos mil años pero
acompañado de un teléfono celular por el que su esposa le iba avisar cuando se
fuera a poner de parto su vaca “Perla” o cuándo la comida estaría lista. Si nos
acercamos ya al ámbito de las mentalidades, el tiempo largo será imprescindible
para poder explicar algunos de los comportamientos que seguimos conservando
desde tiempos pretéritos. Ello no es el resultado, insisto, de la inmovilidad
de la Historia, sino más bien del desarrollo de los tiempos históricos. Y, en
el tiempo más largo, las permanencias que más tardan en modificarse son las de
la mentalidad. Nuestra actitud en torno a la muerte sería un dato demostrativo
de ello. Si nos paseamos por algunas de las iglesias más antiguas de México
podremos observar enterramientos dentro o fuera de ellas. Está práctica que
puede parecernos atávica, de otro tiempo, podemos hallarla presente hoy en día.
Y, es que, todavía está muy incrustada la creencia de que ser enterrado cerca
de las devociones particulares facilita su protección y la ganancia de sus
favores. No cabe duda, que detrás de esta actitud, hoy, igual que hace
cuatrocientos años, se esconde, en muchos casos, un cierto alo de vanidad, de
trascendencia, elemento que forma parte de la mentalidad del hombre en todo
tiempo y espacio. La explicación
de ello se debe a que hay características de nuestro comportamiento que se
perpetúan a través de un tiempo de
larga duración. Pero eso no
significa que la Historia se
repita o que hayamos llegado al final del trayecto histórico. En historia, al
igual que en otras disciplinas humaniísticas, todavía hay mucho “pescado que
vender”.
La Histroriografía actual tiene como pendiente el ser mucho
más plural y dialógica. No podemos prescindir de la interdisciplinaridad.
Siempre se nos viene la imagen del historiador clásico metido entre sus
documentos, libros y datos ajeneo al resto de los saberes. Sin embargo, vemos
cómo discplinas afines a la historia (antropología, geografía, sociología,
literatura, sicología, etc.) han venido siendo aplicadas con éxito por
historiadores marxistas y annalistas. Por ello es nescesario que se
intensifique este diálogo entre distinatas disciplinas. Como ha señalado Carlos
Barros, el posmodernismo nos ha llevado a veces a los historiadores a caer en
la subalternidad, en debates bizantinos a partir de 1989-1991 con los debates
entre Fukuyama y Huntington[7]
“para arrojar luz y polémica sobre el futuro de la humanidad”[8].
Se pretende, entonces, sustituir el paradigma pasado/presente/futuro por
aquello que está todavía por venir.
Por todo ello, la labor del historiador tiene que ir focalizada en una doble dirección. Primero, la de demostrar que siempre han existido futuros plurales y alternativos. Que el determinismo en historia no existe. Para ello tenemos que olvidar el objetivismo mecaniscista, acomañado de secuelas no exentas de fatalismo milenarista y conformismo, de esta manera poderemos conseguir un sujeto histórico más libre, tanto en el pasado como en el presente[9]. La segunda, nos tiene que remitir necesariamente a pensar históricamente en el futuro, de tal manera que nos impida repetir las grandes tragedias que se vivieron en el siglo pasado: fascismo, racismo, nacionalismo tribal y agresivo, fundamentalismo, totalitarismo. Coincidimos en este sentido con Barros, que es necesario construir un nuevo racionalismo, una nueva ilustración “que nos permita seguir progresando” en libertad[10]. Pero para eso debemos abordar, que diría Braudel, en sí mismas y para sí mismas, las realidades sociales[11]. Para ello sería necesario salir de nuestra torre de marfil y también acercarnos a la sociedad a través de una historia más práctica, si se quiere, más comprensible. Los historiadores debemos jugar un papel preponderante dentro de esta demanda social e intelectual. Por eso debemos librar todos los días un combate por nuestra disciplina que, y en ello coincido plenamente con Pierre Villar, sería un “combate contra las barreras entre disciplinas, a favor de una relación orgánica entre historia, economía, geografía, etnología, sociología, por consiguiente a favor de la unidad de la materia y de la reflexión histórica; combate contra las barreras entre especialistas, a favor de una historia comparada de los lugares y de los tiempos, sin exceptuar el presente; combate contra el aislamiento del investigador, en favor del trabajo colectivo; combate contra la investigación ciega en el caos de los hechos, a favor de una investigación conducida por hipótesis y por problemas”[12].
Por todo ello, la labor del historiador tiene que ir focalizada en una doble dirección. Primero, la de demostrar que siempre han existido futuros plurales y alternativos. Que el determinismo en historia no existe. Para ello tenemos que olvidar el objetivismo mecaniscista, acomañado de secuelas no exentas de fatalismo milenarista y conformismo, de esta manera poderemos conseguir un sujeto histórico más libre, tanto en el pasado como en el presente[9]. La segunda, nos tiene que remitir necesariamente a pensar históricamente en el futuro, de tal manera que nos impida repetir las grandes tragedias que se vivieron en el siglo pasado: fascismo, racismo, nacionalismo tribal y agresivo, fundamentalismo, totalitarismo. Coincidimos en este sentido con Barros, que es necesario construir un nuevo racionalismo, una nueva ilustración “que nos permita seguir progresando” en libertad[10]. Pero para eso debemos abordar, que diría Braudel, en sí mismas y para sí mismas, las realidades sociales[11]. Para ello sería necesario salir de nuestra torre de marfil y también acercarnos a la sociedad a través de una historia más práctica, si se quiere, más comprensible. Los historiadores debemos jugar un papel preponderante dentro de esta demanda social e intelectual. Por eso debemos librar todos los días un combate por nuestra disciplina que, y en ello coincido plenamente con Pierre Villar, sería un “combate contra las barreras entre disciplinas, a favor de una relación orgánica entre historia, economía, geografía, etnología, sociología, por consiguiente a favor de la unidad de la materia y de la reflexión histórica; combate contra las barreras entre especialistas, a favor de una historia comparada de los lugares y de los tiempos, sin exceptuar el presente; combate contra el aislamiento del investigador, en favor del trabajo colectivo; combate contra la investigación ciega en el caos de los hechos, a favor de una investigación conducida por hipótesis y por problemas”[12].
[1] MINC, A.: La nueva Edad
Media.El gran vacío ideológico. Madrid, 1994.
[2] ECO, U.: La nueva Edad Media.
Ed. Alianza, Madrid, 1996.
[3] El significado de posmodernismo es tan ambiguo, como el propio
tiempo en que se gesta. Su desarrollo se da en entre 1975 y 1988: La toma de
conciecia de la posmodernidad viene reflejada en Arts und Humanities Citation Index. Y su corpus ideológico viene
recogido en LYOTARD, J.F.: La condición
posmoderna. Ed. Cátedra, 1984
[4] Karl Jasper: Origen y meta de
la Historia. Alianza Universidad, Madrid, 1985, p. 178.
[5] CHATÊLET, François: La
naissance de l’histoire. La formation de la pensée historienee en Grèce.
Minuit, Paris, 1962. Cfr. LE GOFF, J.: Pensar...,
op. cit., p.184.
[6] FEBVRE, Lucien: Combates por
la historia., Ed. Ariel, Barcelona, 1992, p. 245.
[7] Samuel Huntington, asegura que no sólo no estamos ante el fin de la
Historia gracias al establecimiento de “la paz capitalista y libera” predicada
por Fukuyama, sino que predice una más que posible guerra mundial contra los
fundamentalismos religiosos.
[8] BARROS, C.: “La historia que viene”. Ponecia presentada en el
Congreso Internacional Historia a debate, Santiago de
Compostela, 7 al 11 de Julio de 1993.
[9] Ibidem.
[10] Ibidem.
[11] BRAUDEL, F. (1968): La historia y las ciencias sociales.Alianza,
Madrid, 1999, p. 29.
[12] Cfr. SOSA, I.: “Los unsos de la historia. Balance que se refiere
fundamentalmente a los últimos años”, en
ZEA, L. (Comp.) Quinientos años de
histora, sentido y proyección. México, FCE, 1991, p. 84.