Por Jesús Turiso Sebastián.

A riesgo de caer en la simplificación se impone una primera aclaración a cerca del término imaginario. Podríamos decir que lo imaginario entra dentro del campo de las elaboraciones mentales y abarca todo un cosmos de realidades que no se identifican necesariamente con el mundo material pero que tienen tanta influencia como otros fenómenos más tangibles, como por ejemplo, el económico. Se trata de cómo en un determinado período los hombres han intentado comprender y explicarse el mundo que les rodea, es decir, las representaciones colectivas que se han elaborado de él. Por ello sería fácil afirmar que cada civilización, cada cultura, cada sociedad tiene sus imaginarios. Los griegos de la antigüedad tuvieron no sólo a sus dioses olímpicos, sino a los personajes homéricos. Arquetipos donde el hombre, sus límites, sus carencias ontológicas, se ven retratadas, ensalzadas, cantadas y resumidas más de una vez y en las más diversas circunstancias. De aquí se deriva que a lo largo de la historia el hombre haya construido toda una serie de imágenes, símbolos, comportamientos y actitudes para llenar el vacío de lo inexplicable por la razón. Es el horror a este vacío explicativo lo que, por ejemplo, impulsó el surgimiento de los primeros imaginarios filosóficos: los mitos. Durante la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XVI, se tenía la certeza de que el mundo era plano, de que alrededor de la tierra giraban el sol y los planetas. Se creía que debajo de la línea del ecuador se encontraba el territorio de los antípodas, seres que vivían cabeza abajo. Asimismo, se pensaba que más allá del finis terrae del mundo conocido (el Finisterre gallego y otros finisterres a lo largo del mundo) se encontraba el mundo de las tinieblas, del vacío, hábitat de monstruos fantásticos y terroríficos. Ese mismo imaginario, que confeccionó las leyendas del Reino del Preste Juan y de las Amazonas, o el mito del Dorado, fue el artífice de preparar la alquimia mental de unos pocos visionarios que impulsarán empresas descubridoras de tierras desconocidas en los siglos XV y XVI. Ahora bien, el imaginario también fue utilizado como mecanismo ideológico de control desde el poder temporal y también del espiritual, los cuales caminaron durante mucho tiempo de la mano. Éste supuso un poderoso anestésico de la población, justificante de la verticalidad jerárquica: a partir del siglo XI, desde el poder se elabora un imaginario feudal de origen divino en el que se va a sustentar cuerpo social, “el cuerpo de la república”. Se trata de una sociedad perfecta, imaginada como un cuerpo humano donde unos oran, otros combaten y los demás trabajan. Cumplir con el papel que ha sido otorgado por Dios desde el nacimiento supone trabajarse la purificación para alcanzar la vida eterna. El hecho de intentar rebelarse contra el orden social feudal supone desobedecer o ir en contra de la voluntad divina y, por consiguiente, la condena eterna. En un mundo donde la mayor parte de los hombres son analfabetos, los mass media de la época (sermones, arte, etc.) cumplen una función divulgativa fundamental de los imaginarios. Las catedrales góticas, por ejemplo, se llenan de simbolismo: desde las enormes vidrieras por donde penetra la luz exterior que representa la luz divina con cuya iluminación se despierta la espiritualidad del creyente, pasando por los rosetones que encarnan la rueda de la existencia o los pináculos que imaginariamente nos conducen hasta el cielo, hasta los cimborrios y bóvedas cuya luz descendente es la imagen presente de la misericordia divina. Con el avanzar del tiempo se intensifica la función propagandística de la ideología dominante a través de la imagen, como en El Jardín de las Delicias, alegoría en tres etapas que encarna la caída del hombre, o los retratos triunfantes e idealizados de emperadores y reyes de los siglos XVI al XVIII, que simbolizan en el poder real y el triunfo del Estado. La Edad de la Razón, productora de monstruos, aunque parezca un contrasentido, tuvo también sus imaginarios. A diferencia de épocas precedentes el imaginario se construyó en torno a utopías, entendidas como las aspiraciones particulares de una sociedad, imaginario elaborado basándose en representaciones abstractas: libertad, fraternidad e igualdad. Los imaginarios románticos, sin embargo, evocan paisajes lejanos, exóticos, ruinas no desprovistas de cierto tenebrismo, se sustituye la razón ilustrada por el sentimiento. Nuestra época, la que llaman de la globalización, los imaginarios nos entran por los ojos a través de ese animal incombustible llamado televisión o a través de la virtualidad de ciberespacio. Estos imaginarios emparentados con el color verde del dinero nos amaestran y nos instigan a concurrir al delirante frenesí consumista. Pero hoy también, como en la Edad Media, algunos imaginarios están vinculados a concepciones milenaristas, sectas y locos de todo tipo hablan del fin del mundo: ¡Arrepentios pecadores! ¡Llega el 2012 de la catastrófica profecía maya!. Como hace mil años los mass media, con visiones apocalípticas del fin, contribuyen a divulgar este viejo imaginario resultado de las permanencias históricas, porque, como diría el historiador francés George Duby “los hombres y las mujeres que vivieron hace mil años son nuestros antepasados. Hablaban casi nuestro mismo lenguaje y sus concepciones del mundo no estaban tan distantes de las nuestras. Existen analogías entre las dos épocas, pero también diferencias y éstas son las que más nos enseñan”. Sin embargo, no parece que aprendamos muy rápido, porque seguimos reproduciendo la guerra, el terror, la muerte, y sus imágenes inducen en nosotros representaciones mentales que construyen un imaginario que es común a todas las épocas: el miedo.
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