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martes, 1 de diciembre de 2009

A VUELTAS CON EL IMAGINARIO, DE LA EDAD MEDIA A LA EDAD GLOBAL.

A VUELTAS CON EL IMAGINARIO, DE LA EDAD MEDIA A LA EDAD GLOBAL.
Por Jesús Turiso Sebastián.



A riesgo de caer en la simplificación se impone una primera aclaración a cerca del término imaginario. Podríamos decir que lo imaginario entra dentro del campo de las elaboraciones mentales y abarca todo un cosmos de realidades que no se identifican necesariamente con el mundo material pero que tienen tanta influencia como otros fenómenos más tangibles, como por ejemplo, el económico. Se trata de cómo en un determinado período los hombres han intentado comprender y explicarse el mundo que les rodea, es decir, las representaciones colectivas que se han elaborado de él. Por ello sería fácil afirmar que cada civilización, cada cultura, cada sociedad tiene sus imaginarios. Los griegos de la antigüedad tuvieron no sólo a sus dioses olímpicos, sino a los personajes homéricos. Arquetipos donde el hombre, sus límites, sus carencias ontológicas, se ven retratadas, ensalzadas, cantadas y resumidas más de una vez y en las más diversas circunstancias. De aquí se deriva que a lo largo de la historia el hombre haya construido toda una serie de imágenes, símbolos, comportamientos y actitudes para llenar el vacío de lo inexplicable por la razón. Es el horror a este vacío explicativo lo que, por ejemplo, impulsó el surgimiento de los primeros imaginarios filosóficos: los mitos. Durante la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XVI, se tenía la certeza de que el mundo era plano, de que alrededor de la tierra giraban el sol y los planetas. Se creía que debajo de la línea del ecuador se encontraba el territorio de los antípodas, seres que vivían cabeza abajo. Asimismo, se pensaba que más allá del finis terrae del mundo conocido (el Finisterre gallego y otros finisterres a lo largo del mundo) se encontraba el mundo de las tinieblas, del vacío, hábitat de monstruos fantásticos y terroríficos. Ese mismo imaginario, que confeccionó las leyendas del Reino del Preste Juan y de las Amazonas, o el mito del Dorado, fue el artífice de preparar la alquimia mental de unos pocos visionarios que impulsarán empresas descubridoras de tierras desconocidas en los siglos XV y XVI. Ahora bien, el imaginario también fue utilizado como mecanismo ideológico de control desde el poder temporal y también del espiritual, los cuales caminaron durante mucho tiempo de la mano. Éste supuso un poderoso anestésico de la población, justificante de la verticalidad jerárquica: a partir del siglo XI, desde el poder se elabora un imaginario feudal de origen divino en el que se va a sustentar cuerpo social, “el cuerpo de la república”. Se trata de una sociedad perfecta, imaginada como un cuerpo humano donde unos oran, otros combaten y los demás trabajan. Cumplir con el papel que ha sido otorgado por Dios desde el nacimiento supone trabajarse la purificación para alcanzar la vida eterna. El hecho de intentar rebelarse contra el orden social feudal supone desobedecer o ir en contra de la voluntad divina y, por consiguiente, la condena eterna. En un mundo donde la mayor parte de los hombres son analfabetos, los mass media de la época (sermones, arte, etc.) cumplen una función divulgativa fundamental de los imaginarios. Las catedrales góticas, por ejemplo, se llenan de simbolismo: desde las enormes vidrieras por donde penetra la luz exterior que representa la luz divina con cuya iluminación se despierta la espiritualidad del creyente, pasando por los rosetones que encarnan la rueda de la existencia o los pináculos que imaginariamente nos conducen hasta el cielo, hasta los cimborrios y bóvedas cuya luz descendente es la imagen presente de la misericordia divina. Con el avanzar del tiempo se intensifica la función propagandística de la ideología dominante a través de la imagen, como en El Jardín de las Delicias, alegoría en tres etapas que encarna la caída del hombre, o los retratos triunfantes e idealizados de emperadores y reyes de los siglos XVI al XVIII, que simbolizan en el poder real y el triunfo del Estado. La Edad de la Razón, productora de monstruos, aunque parezca un contrasentido, tuvo también sus imaginarios. A diferencia de épocas precedentes el imaginario se construyó en torno a utopías, entendidas como las aspiraciones particulares de una sociedad, imaginario elaborado basándose en representaciones abstractas: libertad, fraternidad e igualdad. Los imaginarios románticos, sin embargo, evocan paisajes lejanos, exóticos, ruinas no desprovistas de cierto tenebrismo, se sustituye la razón ilustrada por el sentimiento. Nuestra época, la que llaman de la globalización, los imaginarios nos entran por los ojos a través de ese animal incombustible llamado televisión o a través de la virtualidad de ciberespacio. Estos imaginarios emparentados con el color verde del dinero nos amaestran y nos instigan a concurrir al delirante frenesí consumista. Pero hoy también, como en la Edad Media, algunos imaginarios están vinculados a concepciones milenaristas, sectas y locos de todo tipo hablan del fin del mundo: ¡Arrepentios pecadores! ¡Llega el 2012 de la catastrófica profecía maya!. Como hace mil años los mass media, con visiones apocalípticas del fin, contribuyen a divulgar este viejo imaginario resultado de las permanencias históricas, porque, como diría el historiador francés George Duby “los hombres y las mujeres que vivieron hace mil años son nuestros antepasados. Hablaban casi nuestro mismo lenguaje y sus concepciones del mundo no estaban tan distantes de las nuestras. Existen analogías entre las dos épocas, pero también diferencias y éstas son las que más nos enseñan”. Sin embargo, no parece que aprendamos muy rápido, porque seguimos reproduciendo la guerra, el terror, la muerte, y sus imágenes inducen en nosotros representaciones mentales que construyen un imaginario que es común a todas las épocas: el miedo.






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viernes, 6 de noviembre de 2009

MEXICO: ESPERPENTO, DEMOCRACIA Y UTOPÍA.

Estadisticas y contadores web gratis MEXICO: ESPERPENTO, DEMOCRACIA Y UTOPÍA.

Jesús Turiso Sebastián.

Aunque muchos aspiremos a cambiar el mundo o, para ser más precisos, a conseguir el trinomio ilustrado de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los hombres, no nos queda otra que reconocer que la expresión más abierta para ello teóricamente es la democracia. A pesar de sus limitaciones e imperfecciones, la democracia es, por el momento, la formula que más se acerca a la, si se quiere, utopía social. Sin embargo, esta utopía social ha sido convertida en estos tiempos en un cubo donde se pretende meter al mar. La política y los políticos actuales, en muchos casos, están vaciando de contenido semántico y efectivo la democracia. Decía hace ya más de un siglo el canciller alemán Bismarck que la diferencia entre el político y el estadista residía en que mientras el político piensa en la próxima elección, el estadista lo hace en la próxima generación. Desgraciadamente, México está gobernado por políticos más que por estadistas. No hace mucho llegué a escuchar que el problema de la gran abstención a votar del ciudadano es la falta de cultura política. Sin duda, esta es una excusa bien sonante y autocomplaciente para estómagos agradecidos que esconde una realidad más profunda: el alejamiento de las elites políticas del ciudadano. Quiero pensar que sólo sea eso y no la falta de interés casi total por aquellos que cada seis años les dan las riendas para dirigir el país. Y, así, la democracia se ha convierte en un ritual formalista que manejan pocos y comprenden menos. Lo cierto es que el ciudadano está cada vez más arrinconado frente a las pretensiones de sus autoridades - que no sus líderes políticos- involucradas muchas veces en luchas intestinas por mantener el poder o por alcanzarlo sea como sea y caiga quien caiga. Los esperpénticos espectáculos que llevan a cabo en el teatro de lo político, día sí y día también, los que debieran ser los representantes de la voluntad ciudadana, denigran a los que supuestamente representan y degradan los grandilocuentes principios que aparentemente defienden: democracia, libertad, justicia, etc. De tal manera que, como sucedió hace no muchos días, estos representantes de sus propios intereses o ambiciones, más que de la voluntad popular que cacarean, convirtieron la casa de todos los mexicanos en un big brother grotesco y bochornoso donde los actores pasaban por ser con demasiada asiduidad de hooligans a repartirse tamales y, de ahí, a escenificar una obra burlesca para coronar a un nuevo Ubu Roi en un Honorable Congreso de la Unión transformado en corral de comedias. Dentro de este escenario queda claro que el ciudadano está relegado a ser mero instrumento para conseguir los fines electorales, a ser el objeto paciente -¿hasta cuándo?- de los dislates de una jet set política caprichosa y desahogada. Mientras, la ciudadanía observa cómo poco a poco tiene más recortados sus derechos. De tal manera que, uno de los principales que todavía le quedaban, el de escoger a sus representantes, se reduce cada vez más a la elección de autoridades que se encargan de limitar más aún los pocos derechos que conserva, así como reducir la, cada vez menor, capacidad de respuesta, para salvaguardar la buena salud del sistema. Un sistema sustentado en el gasto de enormes cantidades de dinero en innobles e ignominiosas campañas de propaganda política y de promoción de los logros del dirigente de turno con dinero público, que sirven de impulso a su imagen para alcanzar ambiciones más altas. Y, todo ello, se lleva a cabo en detrimento de programas sociales fundamentales como la lucha contra la pobreza, la educación o la sanidad. Al mismo tiempo, en un claro afán pedagógico, se le hace ver al ciudadano lo importante que es su participación para el funcionamiento de este engranaje a través de la rimbombantemente llamada sociedad civil, entelequia adocenante promocionada por “sabios” genuflexos al poder, que llegan a hacer la vista gorda a golpes de Estado encubiertos. En este ambiente, los ciudadanos terminamos por poner nuestras expectativas e ilusiones en caudillos y falsos mesías populares que han llegado con el discurso de que van a resolver los males del mundo en siete días, con lo que seguimos cayendo en las fauces de los mismos perros pero con distintos collares. Con este panorama pareciera que existen pocos espacios para la esperanza, que la suerte está echada y que, finalmente, nos hemos abandonado a aguardar que la providencia venga a librarnos alguna vez de la desazón del determinismo histórico de una política corrupta urdida por una minoría en beneficio de una minoría. Y, en el camino, no nos estamos dando cuenta que los dioses ya hace mucho tiempo que dejaron de hacer horas extraordinarias por la humanidad. Pero aún no está todo perdido, precisamente la esperanza es lo poco que nos va quedando, y ésta, junto con la acción ciudadana, deben ser el detonante para la reconstrucción o reelaboración de la utopía democrática. Recientemente se está empezando a dar una convocatoria ciudadana desde algunos medios de comunicación mexicanos para acabar con la figura de los diputados y senadores plurinominales, es decir, de aquellos que son elegidos en virtud del sistema de representación proporcional por los partidos políticos y no por el pueblo soberano. Este llamamiento para eliminar este sistema, me parece un hecho sin precedentes en la Historia de México. Creo que, si finalmente, se consigue este fin, será un importe triunfo de la ciudadanía frente a estos yuppies de la política. La significativa respuesta que está teniendo entre la sociedad mexicana habla del hastío que siente por unas instituciones que no le representan y habla asimismo de la degradación política y social a la que se ha llegado en México. Movilizar a la ciudadanía por una causa justa e imprescindible es, sin duda, muy loable. Sin embargo, soy de la opinión que habría que ser más ambiciosos: estas alturas del partido lo que requiere México no es parchear agujeros, que es lo que habitualmente se hace. Lo que, a mi juicio, necesita México es la refundación de la república sobre unas bases totalmente diferentes a las actuales. Para ello, es preciso apelar a la desobediencia civil, la cual supone un acto de civismo y un deber ciudadano consecuente, destinado a demostrar la injusticia de un sistema corrupto desde la raíz, para influir decisivamente en el cambio de las estructuras existentes. La desobediencia civil es sin duda la respuesta más apropiada al statu quo que padecemos impotentes, porque la soberanía popular es mera retórica en los labios de los vesánicos profesionales de la política mexicana. A diferencia de estas estimables convocatorias cívicas, pero fútiles, que no van más allá de su carácter discursivo, la desobediencia civil es demostrativa y efectiva. La desobediencia civil en México debe tener como fin último la creación de una nueva república que represente a todos y no solamente a una elite de poder político que con dificultad se representa a sí misma. Refundar la república no es tarea fácil porque requiere de la actuación de todos los ciudadanos y, sin embargo, es urgente llevarla a cabo. La nueva república tiene, primero, que pasar obligatoriamente por un proceso de reflexión acerca de quiénes somos y qué queremos ser en el futuro. En dicho proceso deberían intervenir todos los ámbitos de la sociedad mexicana, dirigidos por intelectuales, académicos, gentes de la ciencia y de la sociedad civil. El resultado final saldría de un consenso general. Conociendo quiénes somos y adónde queremos llegar, se puede empezar a transformar todo este sistema trasnochado y pernicioso, empezando por elaborar una nueva constitución consensuada por todos los mexicanos, donde que quepan todos, incluso los que en la actualidad se sirven de ella para denigrar al país con sus actitudes. Otras naciones, en circunstancias peores que México ya lo hicieron en su momento, por ejemplo, Francia después de la Segunda Guerra Mundial, con la Cuarta y la Quinta República, o España, tras la muerte del dictador Franco, con los Pactos de la Moncloa. Y si no nos parecen estos ejemplos al uso, miremos casos más cercanos como Chile o Brasil. Si otros lo pudieron hacer, y hay que ver dónde están en el concierto mundial del desarrollo, por qué no lo vamos a poder hacer nosotros. México tiene el potencial suficiente para ello, nada más hace falta una disposición más cívica y decidida por mejorar y transformar las cosas. Para ello, es necesario que los mexicanos cambiemos de actitud, dejemos de echar la culpa de nuestras desgracias a todo el mundo, de taparnos los ojos con una venda de lo que somos responsables, dejemos de caer sistemáticamente en la desazón del “pues ya ni modo” o del “así es México”. ¡No!, México no es así, pero sí los que caen en ese senequismo estoicista que nos impide mirar al gran futuro que se le presenta a México más allá de sus adversidades. En lo personal, me niego a caer en este círculo vicioso de la desesperanza. México es un país de gran futuro, sólo hace falta voluntad para modificarlo. Si bien, la propuesta por eliminar a los plurinominales es válida, porque moviliza e incita a la ciudanía a pensar que existen otros méxicos posibles, de poco sirve si no se va más allá y se avanza en la reconstrucción del erial presente. Porque, ¿de qué sirve que se eliminen los plurinominales si los partidos políticos, las instituciones, los sindicatos, e incluso, la sociedad son verticales y carecen de democracia interna? Los ciudadanos tenemos que exigir participar e intervenir en la vida pública de manera activa, hacernos escuchar -y no precisamente a través de encuestas o programas de radios adeptos al color político de turno- y reivindicar que se tenga en cuenta nuestra opinión. Se me podrá decir que esto es utópico, pero el quid de la utopía precisamente reside en batallar para conseguir que deje de ser irrealizable. Desde Tomás Moro, pasando por Tomás Campanella y, después, la Ilustración, hasta el filósofo Charles Fourier o el sociólogo Karl Mannheim las utopías han servido para construir el mundo moderno y han contribuido decisivamente con la evolución humana. Leonardo da Vinci imaginó hace quinientos años máquinas voladoras, ilusorias para la época, hoy día se preparan expediciones a Marte. Durante gran parte de la historia el hombre estuvo sometido a sistemas políticos teocrático-monárquicos. Para aquellos hombres era impensable concebir que siglos después pudieran intervenir políticamente o que las mujeres, desde el punto de vista legal y jurídico, tuvieran la misma consideración que los hombres. Si esta evolución se ha producido, entonces, ¿por qué no pensar que en un futuro la utopía democrática puede ser realizable?, ¿por qué no aspirar, por ejemplo, a la desaparición de instancias intermedias entre el ciudadano y su gobierno?, ¿por qué no aspirar a la desaparición Estados y cada hombre se autogobierne con plena libertad y responsabilidad con respecto de la sociedad? El cambio del mundo y de la sociedad comienza creyendo que es posible llevarlo a cabo.

viernes, 2 de octubre de 2009

EL ENGAÑO DEL “FIN DE LA HISTORIA”.

EL ENGAÑO DEL “FIN DE LA HISTORIA”.
Por Jesús Turiso Sebastián.
Ahora que el mundo parece estar cabeza abajo, aprovechan algunos intelectuales para elaborar apocalípticas recetas sobre enfrentamiento de civilizaciones o previsibles finales de la historia. Ya, a raíz de la caída del muro de Berlín en 1989, que suponía de hecho el hundimiento de la ideología comunista y la cercanía del fin del milenio, comenzaron a aparecer una serie de escritos de pensadores, críticos, algunos, y “apolo(jetas)”, la mayoría, empeñados en enterrar casi todo. Estos escritos desde planteamientos distintos, bien en tono autosatisfecho sustentado en el optimismo alcanzado por el triunfo y la plenitud de la democracia liberal capitalista y el desarrollo del tecnológico, bien en tono apocalíptico al estilo de las ideas milenaristas del fin del mundo en la Edad Media, elaboraban una realidad bien calculada. A partir del “luctuoso” año de 1989 para la Historia en el que se anunció su defunción, estos trabajos van a sugerir no sólo la conclusión de una etapa que se asociaba con el término de la evolución ideológica de la humanidad, sino el comienzo de una serie de indicios que presagiaban una cercana Tercera Guerra Mundial resultado del choque de la civilización occidental y la islámica (Samuel Huntington). La publicación del obituario de la historia de Francis Fukuyama provocó un gran revuelo en los ambientes intelectuales mundiales. Aunque, en realidad, el artículo Fukuyama, inspirado en Hegel y Kojève, tiene poco de novedoso al combinar el pensamiento de los dos. Del primero, toma dos argumentos: el liberalismo hegeliano y el desarrollo de la libertad de la humanidad como existencia objetiva. Del segundo, coge el goce que ofrece la sociedad consumista y la idea de agotamiento de la concepción de Estado-nación. La derrota del nazismo y la caída de los fascismos, primero, y la desaparición del sistema comunista, después, suponía para Fukuyama la eliminación de los últimos obstáculos para el desarrollo total de la democracia liberal y de la economía de mercado que la sustentaría y, por ende, la globalización de la libertad a todo el mundo, lo cual confirmaba su inevitabilidad histórica. Pero diversos actos terroristas del fundamentalismo islámicos a lo largo del mundo y la llamada “guerra” contra el terrorismo emprendida por Bush y que continúa en la actualidad, parecieran dar la razón a Huntintong y se la quita a Fukuyama. Sin embargo, no hace mucho salía Fukuyama de nuevo a la palestra con un artículo titulado “Seguimos en el fin de la historia”. En él explicaba el sentido de su escrito de 1989 había sido malinterpretado, ya que se “refería al avance de la humanidad a lo largo de los siglos hacia la modernidad, caracterizada por instituciones como la democracia liberal y el capitalismo”. Las objeciones que se le pusieron iban desde el orden político al económico, pasando por el social y el cultural. Una primera refutación simple que se le puede hacer es la falta de generalización de su modelo, de tal manera, por ejemplo, que la democracia no se desarrollada ni al mismo nivel ni a la misma velocidad en todos los lugares. No puede ser concebible un pleno desarrollo de la sociedad capitalista justa cuando, en muchos países, desarrollados o no, existen grandes desigualdades y enormes bolsas de pobreza. Ahora bien, desde algunas tribunas se han planteado rigurosos y profundos análisis del artículo de Fukuyama, tomando como punto de partida la filosofía de la historia. Por definición uno de los caracteres principales de la historia es la especulación. Es decir, la investigación histórica da pie a la reflexión profunda o a la teorización, pero también a caer en hipótesis sin base real. Esto último permite que el sentido figurado e, incluso, ficticio se imponga al sentido real. El peligro que lleva consigo el concepto fin o final es su ambigüedad. ¿Se habla de fin como término de un proceso vital del hombre o de una civilización? (pesimismo histórico) o ¿se habla de fin en el sentido de llegar a unas consecuencias últimas que establecen “un mundo feliz y perfecto”? (optimismo histórico) En este aspecto, la idea de final se debe poner en un plano incuestionable como fin de la humanidad, dado que la historia, parafraseando a Marc Bloch es “la ciencia de los en el tiempo” en todas sus dimensiones. En las ideas que plantea Fukuyama no está presente este fin del género humano, sino más bien la llegada del sistema que, para él, le parece ideal: “Seguimos estando en el fin de la historia porque sólo hay un sistema de Estado que continuará dominando la política mundial, el del Occidente liberal y democrático. Esto no supone un mundo libre de conflictos, ni la desaparición de la cultura como rasgo distintivo de las sociedades”. Desde el punto de vista histórico la tesis de Fukuyama es insostenible. No es posible deducir que al haberse llegado a este estadio los problemas constituyentes de la humanidad se hayan resuelto, porque si, como sostiene el filósofo Gustavo Bueno, “las sociedades humanas se mueven por motores permanentes (…) que se mantienen en la base de la vida real; si lo que llamamos ‘historia’ no es otra cosa sino una designación de sucesos que tienen lugar en la superficie; si las ‘revoluciones históricas’ no significan antropológicamente mucho más que lo que pudieron significar los cambios de dinastía en la historia del Egipto de los faraónico, entonces ¿por qué en las postrimerías del segundo milenio y no en las postrimerías del primero o del primero antes de nuestra era?”. Dos últimas reflexiones: primera, que el determinismo en historia no existe, siempre ha habido futuros plurales y alternativos. La segunda, nos tiene que remitir necesariamente a pensar históricamente en el futuro, de tal manera que nos impida repetir las grandes tragedias que se vivieron en el siglo pasado: fascismo, racismo, nacionalismo tribal y agresivo, fundamentalismo, totalitarismo. Tal vez, como creía Ortega y Gasset el hombre sea una variable que oscila en el devenir, las circunstancias futuras son imprevisibles. Por tanto, no sería malo tener los geniales versos del buen poeta andaluz Juan Miguel González: “Contra el fin de la Historia, Armando Manzanedo, y por cada utopía dos pollos para el pecho”.
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martes, 1 de septiembre de 2009

MES PATRIO… PERO MENOS.

MES PATRIO… PERO MENOS.
Por Jesús Turiso Sebastián.

Que la noción de patria no se entiende como se entendía antes, no es ninguna novedad; que sus símbolos y mitos se han vaciado de contenido por mucho que se intenten reflotar en las escuelas los lunes por la mañana a primera hora, es bastante evidente; que el patriotismo de los ciudadanos no es el mismo, lo daría por sentado hasta Pero Grullo.
Adónde se fue aquella patria legendaria que cantaban los poetas o abanderaban revolucionarios que pretendía cambiar el mundo. Dónde fue a parar el sentido y los alcances del himno nacional cada vez con más competidores, difuminado por himnos regionales sacados de una barata para exaltar la figura del jerarca populista de turno. Pareciera que ya sólo sirve para diferenciar a nuestro país de Trinidad y Tobago o Costa Rica en algún campeonato del mundo que nunca se gana o para entonarlo como papagayo en eventos ad hoc.
Y ahora que surgen como champiñones caudillos interesados en sus intereses, salvadores endemoniados por la ambición, que desunen más aún lo que, tal vez, jamás estuvo unido, qué fue de aquella novedosa noción de patria surgida, para sustituir la caduca concepción teocrática medieval, de los orígenes de la modernidad y cuyo fundamento era cohesionar a toda una sociedad y dar sentido a su identidad.
Da la impresión de que el mes de septiembre ha quedado reservado para que unos hagan negocio vendiendo banderas y para que otros, sacándolas en procesión demuestren al menos una vez al año, que son auténticos patriotas de comunión diaria; y que el día 15 de septiembre sirva de excusa para institucionalizar y dar sentido “patriótico” las borracheras cotidianas de fin de semana.
Alguien, seguramente, dotado de una mente perniciosa y mal pensante, pero no sin razón, me podría alegar: “si los líderes de la patria, que debieran servir de referencia, se adueñan de los símbolos que nos identifican a todos, cuando los mercantilizan a favor de la promoción de su imagen, bien siendo más guadalupano que la virgen de Guadalupe, bien amenazando con usurpar el grito de independencia al que legalmente eligieron los ciudadanos para representarlos o bien asociando el día de la independencia con la figura y los logros políticos del mandatario de turno en grandes cartelones que se encuentran hasta en la sopa, cómo va a ser, entonces, la actitud de nosotros los ciudadanos”. Por ello, no sería de extrañar que más de un esclarecido patriota, que los tiene que haber, clamara al cielo por esta falta de respeto a símbolos que son considerados sagrados. Pero convenzámonos, es el signo de los tiempos: esto es lo que hay.
Qué se puede esperar, pues, de unos ciudadanos que sólo se “acuerdan” de la patria cada 15 de septiembre y el resto del año, en el mejor de los casos, la ignoran. No estoy muy convencido de que la patria se construya sacando en procesión una bandera una vez a la año, sino ejerciendo la virtud de la civilidad en todo momento, ¡siempre!, algo que por desgracia no abunda en estos convulsos tiempos de egoísmo e insolidaridad. Si a esto está abocada la idea de patria y de nación actual, casi, casi más de uno estaríamos por decir aquello de “que paren el mundo que me bajo en la próxima”. Y, ¿a esto ha quedado reducida la patria, a empujarnos a bajar en la siguiente parada? Como dice el valsecito peruano "Qué pena me da mirarte cunado te miro".
El concepto de patria ha quedado restringido a un ejercicio demagógico que la ha rebajado de contenido ya no sólo simbólico, sino también real. Hay cada vez más patriotas de tarjeta de visita a los que se les llena la boca cada vez que pronuncian el nombre de su país, que ciudadanos virtuosos que se comporten como tales en el día a día. Este patriotismo de saldo o ganga se acentúa más aún en la política. Así, es común que los más altos dirigentes de un país en tiempos de crisis o de guerra apelen con pasión al fervor patriótico de los ciudadanos para defender los intereses de la nación. Estos ciudadanos son finalmente los que arriesgan e, incluso, pierden su vida por defender la “noble causa” de la patria. Sin embargo, rara vez veremos que los hijos o hijas de presidentes, primeros ministros, reyes, etc., regresen en una caja de madera por defender dicha “noble causa”.
Qué dirían hoy las madres que dieron a sus hijos para que derramaran su sangre por su patria, patria ingrata y desagradecida, que se olvidó de ellas, de sus pérdidas, de sus sufrimientos. Después de todo esto, me adhiero a la letra de la canción de un cantautor que hace tiempo dejo de ser lo que era y que decía “cuando me hablen de la patria no me hablen del honor, no me cuenten batallas ganadas Cara al Sol, quizá si me dijeran que no importa el color, ni el sexo, ni la raza, ni el bando en que luchó”. Y, es que, como diría Jerónimo Feijoo, “se juzga ser amor de la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia”.

martes, 4 de agosto de 2009











A VUELTAS CON EL IMAGINARIO, DE LA EDAD MEDIA A LA EDAD GLOBAL.

Jesús Turiso Sebastián.


A riesgo de caer en la simplificación se impone una primera aclaración a cerca del término imaginario. Podríamos decir que lo imaginario entra dentro del campo de las elaboraciones mentales y abarca todo un cosmos de realidades que no se identifican necesariamente con el mundo material pero que tienen tanta influencia como otros fenómenos más tangibles, como por ejemplo, el económico. Se trata de cómo en un determinado período los hombres han intentado comprender y explicarse el mundo que les rodea, es decir, las representaciones colectivas que se han elaborado de él. Por ello sería fácil afirmar que cada civilización, cada cultura, cada sociedad tiene sus imaginarios. Los griegos de la antigüedad tuvieron no sólo a sus dioses olímpicos, sino a los personajes homéricos. Arquetipos donde el hombre, sus límites, sus carencias ontológicas, se ven retratadas, ensalzadas, cantadas y resumidas más de una vez y en las más diversas circunstancias. De aquí se deriva que a lo largo de la historia el hombre haya construido toda una serie de imágenes, símbolos, comportamientos y actitudes para llenar el vacío de lo inexplicable por la razón. Es el horror a este vacío explicativo lo que, por ejemplo, impulsó el surgimiento de los primeros imaginarios filosóficos: los mitos.
Durante la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XVI, se tenía la certeza de que el mundo era plano, de que alrededor de la tierra giraban el sol y los planetas. Se creía que debajo de la línea del ecuador se encontraba el territorio de los antípodas, seres que vivían cabeza abajo. Asimismo, se pensaba que más allá del finis terrae del mundo conocido (cabo de Finisterre, Galicia) se encontraba el mundo de las tinieblas, del vacío, hábitat de monstruos fantásticos y terroríficos. Ese mismo imaginario, que confeccionó las leyendas del Reino del Preste Juan y de las Amazonas, o el mito del Dorado, fue el artífice de preparar la alquimia mental de unos pocos visionarios que impulsarán empresas descubridoras de tierras desconocidas en los siglos XV y XVI. Ahora bien, el imaginario también fue utilizado como mecanismo ideológico de control desde el poder temporal y también del espiritual, los cuales caminaron durante mucho tiempo de la mano. Éste supuso un poderoso anestésico de la población, justificante de la verticalidad jerárquica: a partir del siglo XI, desde el poder se elabora un imaginario feudal de origen divino en el que se va a sustentar cuerpo social, “el cuerpo de la república”. Se trata de una sociedad perfecta, imaginada como un cuerpo humano donde unos oran, otros combaten y los demás trabajan. Cumplir con el papel que ha sido otorgado por Dios desde el nacimiento supone trabajarse la purificación para alcanzar la vida eterna. En teoría, esta eterniddad cristiana era la solución perfecta, que diría Octavio Paz, a las contradicciones y desasosiegos de la existencia humana, el punto de encuentro del fin de la historia y el fin del tiempo. El hecho de intentar rebelarse contra el orden social feudal supone desobedecer o ir en contra de la voluntad divina y, por consiguiente, la condena eterna y el infierno. En un mundo donde la mayor parte de los hombres son analfabetos, los mass media de la época (sermones, arte, etc.) cumplen una función divulgativa fundamental de los imaginarios. Las catedrales góticas, por ejemplo, se llenan de simbolismo: desde las enormes vidrieras por donde penetra la luz exterior que representa la luz divina con cuya iluminación se despierta la espiritualidad del creyente, pasando por los rosetones que encarnan la rueda de la existencia o los pináculos que imaginariamente nos conducen hasta el cielo, hasta los cimborrios y bóvedas cuya luz descendente es la imagen presente de la misericordia divina.
Con el avanzar del tiempo se intensifica la función propagandística de la ideología dominante a través de la imagen, como en El Jardín de las Delicias, alegoría en tres etapas que encarna la caída del hombre, o los retratos triunfantes e idealizados de emperadores y reyes de los siglos XVI al XVIII, que simbolizan el poder real y el triunfo del Estado. La Edad de la Razón, productora de monstruos, aunque parezca un contrasentido, tuvo también sus imaginarios. A diferencia de épocas precedentes el imaginario se construyó en torno a utopías, entendidas como las aspiraciones particulares de una sociedad, imaginario elaborado basándose en representaciones abstractas: libertad, fraternidad e igualdad. Los imaginarios románticos, sin embargo, evocan paisajes lejanos, exóticos, ruinas no desprovistas de cierto tenebrismo, se sustituye la razón ilustrada por el sentimiento.
Nuestra época, la que llaman de la globalización, los imaginarios nos entran por los ojos a través de ese animal incombustible llamado televisión o a través de la virtualidad de ciberespacio. Estos imaginarios emparentados con el color verde del dinero nos amaestran y nos instigan a concurrir al delirante frenesí consumista. Pero hoy también, como en la Edad Media, algunos imaginarios están vinculados a concepciones milenaristas, sectas y locos de todo tipo hablan del fin del mundo: ¡Arrepentios pecadores! Como hace mil años los mass media, con visiones apocalípticas del fin, contribuyen a divulgar este viejo imaginario resultado de las permanencias históricas, porque, como diría el historiador francés George Duby “los hombres y las mujeres que vivieron hace mil años son nuestros antepasados. Hablaban casi nuestro mismo lenguaje y sus concepciones del mundo no estaban tan distantes de las nuestras. Existen analogías entre las dos épocas, pero también diferencias y éstas son las que más nos enseñan”. Sin embargo, no parece que aprendamos muy rápido, porque seguimos reproduciendo la guerra, el terror, la muerte, y sus imágenes inducen en nosotros representaciones mentales que construyen un imaginario que es común a todas las épocas: el miedo.

miércoles, 1 de julio de 2009

DE LA NARCOTIZACIÓN ELECTORAL A LA FARSA DEMOCRÁTICA

Por Jesús Turiso Sebastián.
“Qué pena me da mirarte, cuando te miro”, se lamenta el valsecito criollo limeño, lamento, que bien pudiera aplicarse al sistema democrático actual. Porque aunque muchos aspiren sanamente a cambiar el mundo con, el tal vez, iluso o inocente interés de mejorar la vida de los seres humanos, coincidirán conmigo que la empresa se presenta harto complicada. Hasta la fecha, para los defensores del sistema, la democracia, con sus limitaciones e imperfecciones, es el procedimiento menos injusto para organizar la vida social y la formula que más se acerca a la utópica aspiración de la igualdad de derechos de los hombres. Sin embargo, la realidad es otra diferente: la democracia ha sido despojada de gran parte de su originario contenido moral, si se quiere, espiritual. La evidencia clara es las propuestas para remodelarla, -desde la idea de la “democracia consociativa” de Daalder y Arendt Lijpart, pasando por la democracia procedimental de Michael Sander, la deliberativa de Habermas y Bobio o la democracia electrónica del e-voting hasta la “democracia marketing”- propuestas señaladas en un acertado artículo de Vidal-Beneyto (El País, 14-III-2009). Así pues, se ha llegado a un punto en el que la política y los políticos han vaciando de contenido semántico y efectivo el concepto de democracia.
Hace ya más de un siglo el canciller alemán Leopold von Bismarck hacía la diferencia entre el político y el estadista, la cual residía en que mientras el político piensa en la próxima elección, el estadista lo hace en la próxima generación. Estadistas, definitivamente, hay pocos, así que el mundo ha quedado en manos de los políticos. No hace mucho llegué a escuchar a uno de estos políticos sentenciar que el problema de la gran abstención a votar del ciudadano es la falta de cultura política. Lo cual, no deja de ser, en mi opinión, una excusa bien sonante y autocomplaciente para estómagos agradecidos que esconde una realidad más profunda: el alejamiento del las elites políticas del ciudadano. A pocos se les escapa ya que la democracia se ha convertido en un ritual formalista y litúrgico que manejan pocos y comprenden menos. De tal guisa que el ciudadano cada vez está más arrinconado frente a las pretensiones de sus autoridades, que no sus líderes, involucrados muchas veces en luchas intestinas por mantener el poder o por alcanzarlo. En este escenario la ciudadanía queda relegada a mero instrumento para conseguir los fines electorales.
Los partidos políticos se han convertido desde hace tiempo en verdaderas máquinas de poder que no tienen otra razón de ser que ganar las elecciones y el propio sistema induce a ello. ¿Les interesan realmente los electores? En cierta forma sí, pero sólo hasta el día de la elección. La consecución del poder alienta la propia supervivencia de los partidos y la de toda una cohorte de vividores, en el sentido objetivo de la palabra, que necesitan de la victoria de su candidato para subsistir hasta las siguientes elecciones. La realidad es que tenemos candidatos que conocen más la clasificación de la ATP de tenis o la de la PGA de golf que los problemas de su distrito electoral –esto no es para ellos realmente un problema-. Por su distrito sólo se les ve en campaña u ocasionalmente de paso para tomar, precisamente, el avión e ir al US Open o al British Open. Así vemos que, por lo general, los partidos no promueven al candidato más preparado, apto o eficiente sino al que, por su popularidad social, influencia económica o garantía de éxito les lleve a mantener o lograr el poder en tal o cual municipio o conseguir tal o cual diputación. De esta manera, los candidatos –ignorantes funcionales, en muchos casos-, objetivamente no van a representar a sus posibles electores porque, como vemos, son tan sólo un engranaje de la máquina de poder de sus partidos que pretende rentabilizarlos para sus fines. La democracia, como concepto pomposo, al que todos ellos sin dudarlo apelan y, sin embargo, en la mayoría de los casos desconocen, es prostituida por aquellos que se dicen ser sus representantes, de tal manera que su esencia queda manipulada con el fin concreto de alcanzar el poder. Los electores, por su parte, creen que están eligiendo al mejor candidato, cuando lo que realmente se trata es de elegir a uno, no interesa quién sea. No importaría que la elección se hiciera lanzando una moneda, porque el resultado final sería básicamente el mismo: el desprecio por los votantes. Lo anteriormente dicho sería razón no sólo suficiente, sino necesaria para que el elector reflexivo -sin “estímulos” externos al propio sufragio y de dudosa legalidad electoral- diera la espalda a todos estos aspirantes al, teórico, servicio público. Sin embargo, lo peor está más allá de la mera disertación teórica y se sitúa en la desazón de la realidad de los propios hechos y situaciones de los procesos electorales. La poca confianza que ofrecen los candidatos se rubrica en la ambición de poder que éstos anteponen a los valores cívicos e ideologías políticas. La utilización del grave problema de la miseria, por ejemplo, con fines electorales por parte de algunos candidatos a través de asociaciones, fundaciones, etc., para ganar simpatías y adhesión a través de “ayudas” a las necesidades básicas de los más desfavorecidos no solamente roza la ilegalidad, sino que es sencillamente indecente. Por otro lado, institucionalmente la tendencia habitual a utilizar los bienes o privilegios públicos para favorecer al candidato oficial de turno es indecente. Esta situación que en otras democracias sería perseguida y castigada por tratarse de corrupción, vemos cómo en México se solapa y se desfigura. Los mismos mandatarios pareciera como si estuvieran en campaña permanente al seguir promocionándose, con dinero público, una vez alcanzado el poder. Esto no sólo es una falta de pudor democrático, sino que además es un abuso de poder que rara vez se condena. El oportunismo y la ambición se ven reflejados en las campañas electorales: ofrecen y dicen lo que un público necesitado precisa escuchar. Por ejemplo, de otra manera no podría entenderse que algún partido que defiende el ecologismo promueva la pena de muerte, ¿qué dislate es éste? En fin, no es posible que se vaya a votar por candidatos que se desconoce, que sólo se sepa de ellos a través de carteles publicitarios y eslóganes muy primarios que prometen entelequias y paraísos que jamás se explica cómo van a hacerlos realidad, pero no ofrecen propuestas reales de mejorar la vida de los ciudadanos y remediar los problemas verdaderos que la gente padece diariamente y que siempre quedan a la espera de una solución.
Ante este panorama, a cualquier persona sensata y reflexiva no le quedará otra salida democrática, esto sí es democrático, que declararse insumiso electoral y anular su voto o, mejor aún, no votar. Pero inmediatamente después, algún ínclito político le soltaría aquel “democrático” exabrupto de “si no votas, después no tienes derecho a reclamar” (ésta es una idea totalitaria de la democracia que sólo permite la acción política dentro del sistema). Creo, sin embargo, que sería muy sano que la demos –la ciudadanía- respondiera a los partidos políticos y a estos candidatos-marioneta, adláteres del poder establecido, aquello que le espetó el campesino a un aspirante a diputado de buena apariencia, mejores palabras y dudosas intenciones: “desde que te vi venir te conocí la ventaja, tú serás buen albañil pero a mí no me trabajas”. Sería un gran paso para conseguir un sistema que realmente velara por los intereses de todos y no por la ambición y codicia de una minoría oligárquica de poder.

miércoles, 17 de junio de 2009

IDENTIDADES ASESINAS

Por Jesús Turiso Sebastián


“¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?” son tres preguntas que el hombre ha intentado responder a lo largo de la historia. Pues bien, tal vez sea la primera de ellas la que más inquietudes ha creado y crea. Ésta, sin duda, es la pregunta. La pregunta que responde fielmente a la búsqueda de lo que llamamos “identidad”. Nuestro diccionario de la lengua española define identidad como la “cualidad de lo idéntico”, es decir, aquello “que es lo mismo que otra cosa con que se compara”. Dentro de este ámbito semántico una de las formulaciones claves de la identidad es "¿quién soy yo?". En este sentido, la identidad supone una explicación del “yo” frente al “otro”, tanto en términos sociales como psicológicos, es decir, la relación del individuo con el resto de la sociedad. Los criterios de pertenencia a un grupo pueden ser diversos: etnia, parentesco, filiación, creencia, etc. La identidad como tal no es algo con lo cual nacemos, más bien se va construyendo, elaborando y reelaborando a lo largo de nuestra vida. El hombre, en cuanto hombre, es su ser social y, por lo tanto, necesita pertenecer a un grupo. El grupo le dota de una personalidad social a través de la conciencia de formar parte de una comunidad. Al mismo tiempo, el grupo le ofrece elementos de diferencia con respecto a los "otros", es lo que llamaríamos identidad. A lo largo de la historia, mediante la identidad los grupos se han diferenciado y reafirmado frente a sus contrarios: civilizados-bárbaros, cristianos-musulmanes, conservadores-progresistas, nosotros-ellos. La identidad sirvió de fijador para que los distintos grupos humanos primitivamente se organizaran en tribus y, más recientemente en el tiempo, ha sido uno de los elementos catalizadores de la nación, del sentimiento nacionalista o de los fundamentalismos religiosos. En el día a día, la identidad se manifiesta en muchos de aspectos cotidianos. Cada fin de semana, por ejemplo, cuántos de nosotros, seguidores de tal o cual equipo de fútbol, acostumbramos a manifestar nuestra pertenencia o simpatía a los colores de dicho equipo utilizando los símbolos que lo identifican o, simplemente, reafirmándonos en tertulias de café ante nuestros contrarios. Se podría decir que la identificación con unos colores, a nivel micro, es comparable a la identificación con una nación o con una creencia, a nivel macro. Ahora bien, la perversión de la identidad comienza cuando, para reivindicarnos frente al “otro”, construimos mecanismos de exclusión. Ésta comienza en el momento en el que los dispositivos dialógicos entre alteridades son sustituidos por la violencia. Es entonces cuando las identidades se convierten en asesinas.
El resurgimiento actual de los nacionalismos excluyentes (el nacionalismo lleva en sí, finalmente, un componente xenófobo) o de los fundamentalismos es el resultado, más allá de la necedad de las elites gobernantes que espolean la diferencia, del cortacircuito que se ha producido en el diálogo entre los hombres. Desde aquellos tiempos no tan lejanos de la Alemania hitleriana, o los más recientes de la depuración étnica en Bosnia y Kosovo, las identidades asesinas se manifiestan con demasiada asiduidad: judíos-palestinos, rusos-chechenios, turcos-kurdos, terrorismo vasco de ETA, etc. Varias son las causas que pueden esgrimirse para explicar el resurgimiento de identidades asesinas: la manoseada globalización, impuesta por el occidente capitalista y desvalorizado, el postmodernismo del “todo vale” necrófilo sobre los ideales ilustrados, el antioccidentalismo visceral desde el fundamentalismo islámico, las finas actitudes neofascistas de algunos dirigentes mundiales, etc. Sin embargo, más allá de explicaciones epidérmicas del problema, lo cierto es que la identidad o, mejor dicho, la manipulación indentitaria es el problema. En estos malos tiempos que corren, desde distintos foros y ciertas voces “¿autorizadas?”, de manera más o menos abierta, por ejemplo, se nos está diseñando la lucha de dos identidades contrarias: la occidental y la islámica. Algo -identidades distintas-, que en realidad existe como las razas o los sexos pero que, en verdad, puede hacerse compatible, se desvirtúa hasta tal grado de poner al pie de los caballos a la humanidad. El tiempo, juez insobornable, termina por desenmascarar a los grandes ideales y a los falsos salvadores, “libertadores de la humanidad” ajenos al clamor de la mayoría de los seres humanos. El ciudadano comienza a despertar, a descreer de propagandas bienintencionadas y a dar la espalda a identidades asesinas fabricadas a golpe de talonario e intereses creados.
¿Cuál sería el arreglo del problema? Yo, desde luego, ni creo en soluciones simples y milagrosas ni tan siquiera tengo una idea clara de cuáles debieran ser éstas. El mundo no es tan fácil de componer como un mecano con una llave de tuercas. Ello no significa, sin embargo, una resignada claudicación y que dejemos de trabajar y luchar por componerlo. Tal vez, el primer paso ya se esté dando con la oposición firme de la mayoría de los ciudadanos del mundo a la guerra. El siguiente, quizá, debiera ir encaminado a poner en su sitio a esta minoría de dirigentes sicópatas y mesiánicos empeñados en enfrentar al mundo para “salvar al mundo”: extrañarlos del poder y recluirlos en las ruinas de la indiferencia.

lunes, 4 de mayo de 2009

IDENTIDAD Y MULTICULTURALISMO: EL NUEVO MITO DE LA CAVERNA.


Jesús Turiso Sebastián.


“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea”.
(José Martí)




Hoy día se están produciendo dos fenómenos aparentemente antitéticos: uniformidad y diversidad. Sin embargo, más allá de las apariencias, estos dos procesos confluyen con frecuencia en la contención de derechos y libertades individuales. Contra la aberrante uniformidad que se está dando, de pocos años hacia acá ha surgido la, no menos aberrante, devoción a una diversidad mal entendida. Se trata, en muchos casos, de transigencias al servicio y dictado de ideologías que llevaron en otro tiempo, por ejemplo, a hacer la vista gorda a las atrocidades que cometía la Unión Soviética por el mundo, mientras se censuraban enérgicamente las prácticas no menos atroces de los Estados Unidos.
Los intelectuales, sin duda, tienen mucha responsabilidad en esta situación. Desde algunas corrientes de la antropología, por ejemplo, obsesionadas por encontrar y preservar la singularidad se ha contribuido a amplificar las diferencias. En este sentido, la identidad -que supone una explicación del “yo” frente al “otro”, es decir, la relación del individuo o un grupo de individuos con el resto de la sociedad-, mal expresada, intensifica la práctica de la diferencia segregacionista. Sin embargo, la identidad como tal no es algo con lo cual nacemos, más bien se va construyendo, elaborando y reelaborando a lo largo de nuestra vida. A lo largo de la historia, mediante la identidad los grupos se han diferenciado y reafirmado frente a sus contrarios: civilizados-bárbaros, cristianos-musulmanes, conservadores-progresistas, nosotros-ellos. La identidad ha servido, entre otras cosas, para que los distintos grupos humanos primitivamente se organizaran en tribus y, más recientemente, ha sido uno de los elementos catalizadores de la nación, del sentimiento nacionalista o de los fundamentalismos religiosos.
Sin ser partidario de la homogeneización cultural, sin embargo, la preservación de ciertos tipos de peculiaridades conduce no sólo a la discriminación, sino también en algunos casos a la demonización de una cultura. En muchos países occidentales esto ya es un hecho, de tal manera que, detrás de la consigna de la tolerancia a la diversidad en todas sus manifestaciones, los defensores de la etnia y las culturas únicas e irrepetibles propenden imponer un todo vale, con tal de no alterar la “pureza” y autenticidad de las tradiciones, total, como todo es cuestión de opinión o de interpretación… El hecho de que en una sociedad sea costumbre despreciar, abandonar e, incluso, matar a una niña recién nacida porque existe una preferencia y necesidad familiar por los varones, no significa que esta costumbre deba ser admitida por una falsa idea de respeto a la diversidad.
En Europa, una errónea entendida tolerancia a la diversidad cultural está causando amenazadores problemas a las “ilustradas” sociedades europeas. La llegada masiva de flujos migratorios de países africanos con mentalidades diferentes ha suscitado la disyuntiva de respetar las tradiciones de los inmigrantes o facilitar su integración en una cultura diferente. Para los defensores multiculturalismo la solución está clara: el establecimiento de una discriminación positiva de los inmigrantes. Así, por ejemplo, proponen que ciertas facetas de la vida pública se adapten a la realidad cultural de los inmigrantes, que la educación pública de sus hijos sea bilingüe e integre aspectos identitarios y que el estado les subvencione estudios étnicos. Otros abogan porque los estados democráticos defiendan y promuevan el pluralismo, el cual necesariamente consiste en impulsar diferencias étnicas y culturales. Algunos van más lejos, al sostener que debieran asignarse a estos inmigrantes territorios específicos, con recursos y poderes de autogobierno para que desarrollen su identidad cultural independiente del resto de la sociedad. Ello impediría la injerencia del Estado, por ejemplo, en prácticas atávicas como el sometimiento de niñas a matrimonios concertados entre familias o en prácticas rituales como la ablación del clítoris. En general, la intrusión del Estado no solo es mal recibida, sino que es entendida como un atentado contra los derechos de estos ciudadanos a desarrollar sus propias tradiciones. Sin embargo, esto es algo que pone en contradicción sociedades democráticas con tradiciones basadas en la opresión y el tribalismo. Ahora bien, el multiculturalismo, planteado en estos términos o que implique la defensa de grupos culturales cuya identidad contraría los principios democráticos, supone el rejón de muerte del Estado democrático. Alain Touraine denominó a este hecho “falsos multiculturalismos”.
A mi juicio, esta manera de entender la identidad cultural, imbuida de un carácter fuertemente comunitario, restringe la libertad individual, lo cual recuerda más a la xenofobia que al respeto al otro. Esta escuela de idiotez, que llamaría mi amigo Julio Quesada, va a provocar que al final recurramos a defender el cristianismo y rogar a Dios que nos envíe un Papa con tantas luces como ganas de viajar (La filosofía y el mal, 2004). Por ello, creo firmemente que la libertad del ser humano en cuanto tal debiera ponerse por encima de la pertenencia a tal o cual cultura, tribu, secta social o identidad colectiva. La tolerancia a las culturas e identidades colectivas debe situarse en el respeto a los derechos fundamentales y universales del ser humano. Cuando identidad grupal y sociedad entran en conflicto deben prevalecer los derechos humanos y la igualdad de derechos ante las leyes.

martes, 7 de abril de 2009

DANDO PENA A LA TRISTEZA

Por Jesús Turiso Sebastián.

Hace unos años en el interior de las páginas del diario El País venía publicada una viñeta del genial y corrosivo dibujante El Roto. En ella aparecía acostado en un banco del parque, cubierto con periódicos, un indigente; junto a él, pasaban mirándolo dos yuppies trajeados y encorbatados, uno de los cuales comentaba al otro con lástima “fíjate, pobre hombre, seguro que no tiene ni amo”. Está demoledora crítica social evidencia la apocalíptica realidad en la que ha quedado sumido el ser humano o, mejor dicho, el “hombre-masa” de Ortega y Gasset: ya no se trata de que el hombre en cuanto tal tenga miedo a la libertad (Eric Fromm), sino de que necesita un amo que le maneje y le recorte su libertad de acción para vivir en sociedad. No puede concebir, por ejemplo, un estado político y social donde no exista algo o alguien que fiscalice o controle ese estatus. Ello le provoca un horror vacui, le deja sin referencias a las que asirse ante el terror que suscita ese vacío de poder, a ese estado de naturaleza de guerra de todos contra todos hobbesiano anterior al contrato social sosegador” que el propio Hobbes, Locke, Rousseau o Rawls han descrito y justificado su necesidad. Pues bien, la historia, testigo insobornable que da o quita razones, ha demostrado que hace tiempo que se ha roto ese contrato social por el cual los individuos habían decidido por convención renunciar a sus derechos naturales, cedérselos a un individuo o grupo de individuos para que se les salvaguardaran y constituirse en sujetos de derechos civiles. Y se ha roto porque, en definitiva, esta teoría del contrato social es poco más que una coartada ética de la imposición del poder general por encima de individuos libres e iguales sobre los que, en teoría, reside en última instancia la soberanía. Los sistemas políticos surgidos de este contrato social como mecanismo de organización y control social no sólo han servido para “domesticar” al hombre dentro de la colectividad, sino además para restringir su independencia y, como consecuencia, también para recortar sus libertades.
Un modelo práctico lo vemos, por ejemplo, en la nueva tendencia política que se está dando en una parte de nuestra América: la llegada al poder de mesías “salvapatrias” que, amparados en un imperialismo ideológico supuestamente marxista, pretende liberar –al menos en el discurso- a la Humanidad del yugo de la sociedad capitalista. Claro, esta se convierte en el subterfugio perfecto para perpetuarse en el poder “hasta el 2021 o más”. Será cierto lo que José Vidal Beneyto escribía: “nos hemos quedado sin izquierda porque nos han malbaratado sus valores, sus temas, sus proyectos”, (El País, 17 de Noviembre, 2007). Esto serviría de regocijo a la derecha genuflexa al capital y sus hacedores, sino fuera porque, parafraseando a la nana del genial escritor peruano Alfredo que Bryce Echenique, nos hemos quedado “dando pena a la tristeza” de ver en lo que se ha convertido el proyecto de la izquierda. La paradoja de la democracia constitucional es que permite que individuos, que a todas luces no son demócratas –no hay que olvidar el intento de golpe de Estado de Chávez en 1992- , se sirvan de ella para convertirse en sus verdugos. De esta manera, surgen esperpénticos reyes de taifas (caciques musulmanes) que canalizan el descontento popular de los más pobres, olvidados históricamente por toda clase de amos y con cuya hambre se ha jugado sistemáticamente, y manipulan con maestría goebbelsiana el hartazgo y desazón de los más desfavorecidos. Así, no solo les incitan a seguirles ciegamente ofreciéndoles el paraíso de El Dorado totalitario, sino incluso se les azuza a comerse la paloma de la paz con el fin de perpetuar al amo. “Los que voten por el sí en el referéndum, votan por Chávez, los que voten por el no votan contra Chávez”, advertía el dirigente venezolano: no hay término medio dentro de este escolasticismo o dogmatismo chavista, es decir, “o copelas o cuellos”, que diría el chino aquel. Eso sí, ese tipo de izquierda de tarjeta de visita, chaqueta de pana y kafiya palestino que clama contra el neoliberalismo salvaje de los holdings y multinacionales pero que se queda sin voz y sin memoria para recordar los millones de asesinatos cometidos por el genocidio de Estado de Stalin (cerca de 50 millones de personas) o de Pol Pot (más de millón y medio de personas), aplaude el pensamiento único, el totalitarismo y la mordaza que intentan aplicar los amos bolivarianos a los que no siguen el dictado oficial de comunión diaria. ¿Terminarán siendo considerados subversivos, y por lo tanto perseguidos y represaliados, los estudiantes bolivianos, venezolanos y todos aquellos que se resisten a perder más libertad y a la imposición de Constituciones a la carta del amo? Tal vez sería preciso releer la estupenda novela de Milán Kundera La insoportable levedad del ser (1984) que muestra el lado más amargo y terrorífico de los totalitarismos. Imagen que parece no existir para los que ahora vitorean los exabruptos y los accesos de intolerancia de estos autócratas para los que la represión policial y los asesinatos de Estado son “un reajuste social necesario”.
¿En qué ha cambiado la esencia del poder ilimitado del amo? En casi nada. Los reyes absolutos de siglos pasados justificaban su posición en el poder por ser éste ungido por Dios. El argumento de los amos populistas actuales que les encumbra como tales también es teológico, aunque ahora el “Dios” que justifica su poder es el pueblo y el combate contra la explotación capitalista y el neoliberalismo. Los mismos perros con distintos collares, que diría la sabiduría popular. En realidad, Dios parece que aún sigue muy vivo, mi estimado Nietzsche. El totalitarismo, pónganle el apellido que quieran –dictadura del proletariado, poder popular, teocracia islámica o democracia liberal- es más que una contingencia, una desgracia de proporciones colectivas que sufre toda una sociedad. Y, siempre, siempre, los que terminan padeciendo sus consecuencias más abyectas son aquellos a los que supuestamente la mayoría de los discursos políticos de estos amos intentan salvar: los más desfavorecidos, porque, como dice el refrán, “al poder le ocurre como al nogal: no deja crecer nada bajo su sombra”.
Ante este desolador panorama, pocas alternativas, al menos hasta que escampe y en espera de tiempos mejores, se nos presentan. Personalmente se me ocurren dos posibles: aquella del genial poeta valenciano Jaime Gil de Biedma de "no leer,/ no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,/ y vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia..." o la del no menos genial poeta malagueño Juan Miguel González cuya receta ofrece “contra el fin de la Historia,/ Armando Manzanero,/ y por cada utopía/ dos pollos para el pecho…” No es casualidad, amable lector, que esta lucidez venga de los poetas, porque la poesía, la literatura en general, que diría mi amigo Julio Quesada en su magnífico libro La Filosofía y el Mal, (Ed. Síntesis, 2004), tal vez sea el último reducto democrático para disfrutar de esa libertad plena sin tener que dar pena a la tristeza.

sábado, 21 de marzo de 2009

LA INCONGRUENCIA

LA INCONGRUENCIA.
Jesús Turiso Sebastián



La incongruencia, como el mal aliento, es esa parte del ser humano de la que nunca nos podemos desprender del todo y, esto es así, porque queramos o no somos imperfectos y ¡bendita sea la imperfección! No podría asegurar que en esencia somos incongruentes. Ahora bien, como diría el filósofo inglés Francis Bacon, las conductas como las enfermedades se contagian de unos a otros, y si esto es así, la incongruencia humana hace tiempo que se ha convertido en pandemia.
En la historia nos encontramos con muchos casos de la incongruencia humana: baste como ejemplo uno sucedido después de la muerte en 1226 de San Francisco, como todos saben patrono de los pobres, con la construcción del convento y la basílica de la orden en Asís. Su grandeza y suntuosidad fue muy criticada en la época entre diversos sectores católicos, dado que su monumentalidad se consideraba incongruente con los ideales de pobreza de Francisco. En literatura muchos autores han parodiado la incongruencia humana, sin ir más lejos, ahora que se ha puesto tan de moda y casi todos lo hemos leído mínimo diez veces en nuestra vida, Cervantes en El Quijote. Precisamente, los escritores, son notarios con talento de las actitudes de la sociedad que les ha tocado padecer. Quien más quien menos ha sido o es incongruente en algún momento, como quien más quien menos ha exagerado alguna vez o ha dicho una mentira, digamos, “blanca” o “piadosa” (si es que esta categoría existe), y no por ello le llamamos exagerado o mentiroso (término, por otro lado, sumamente insultante e hiriente) El problema radica en que las incongruencias de los demás nos parecen, por supuesto y cómo no, más indignantes, más insoslayables y más incongruentes que las nuestras. O, hablando en román paladino, que la paja del ojo ajeno nos parece una viga y la nuestra no la vemos ni en el microscopio. Nos cuesta reconocer que nos equivocamos. Cuando criticamos a los demás, lo hacemos porque nosotros somos tan débiles e imperfectos como ellos y caemos en las mismas contradicciones que censuramos, lo cual sienta como un tiro reconocérnoslo a nosotros mismos. Y esto es así porque la realidad es vista por los ojos del que la ve y la interpreta de acuerdo a cómo la ve o cree que la ve (por su puesto, una visión infalible, porque todos llevamos dentro buenas dosis de infalibilidad papal).
En la actualidad, en la que ya es un hecho que la homogeneidad del mundo lo está transformando en Disneylandía, la incongruencia está en que cada vez hay más individualismo, más lucha por la identidad, más intolerancia a lo que pudiera quedar de diversidad y un sinfín de etcéteras igual de incongruentes. La paradoja democrática, predicadora de la tolerancia y el respeto, que llama todos a entrar bajo su manto protector, arrincona, cuando no persigue, a los “outlanders”, a los disidentes, seguramente porque son muy malos ciudadanos, son antisistema, y no se merecen vivir en esta sociedad tan “wonderland” que tenemos. No hay, pues, margen para la disidencia dentro de estas sociedades tan “democráticas”. Hay que estar de acuerdo, por lo civil o por lo criminal, con este sistema porque, según se predica desde los púlpitos de la bienpensante tolerancia por pontífices de comunión diaria de la Democracia, éste es el menos malo de los sistemas: no se permite aspirar a uno mejor pues es, según ellos, metafísicamente imposible que pueda existir. Más incongruencias democráticas: es muy habitual que en época de elecciones suceda que, en una cerrada lucha entre dos o tres candidatos que puedan parecernos nefastos, nos resignemos a optar por el que nos parezca menos malo o que menos nos vaya a limpiar el bolso, aunque en realidad nos gusten más las propuestas de un cuarto candidato. Ahora bien, es más que probable que reconozcamos públicamente aquello de: “pues ¡qué pena!, sería un gran presidente, gobernador o alcalde, pero tengo que votar, aunque no me guste, por Fulanito, porque si gana Menganito, Dios nos pille confesados”. Esto es como aquel el que se casa con “su peor es nada” porque a determinada edad en el mercado matrimonial se reducen las opciones y tiene pavor a quedarse más solo que la una para los restos. O como el gran aficionado al fútbol que prefería que su equipo, a punto de quedar campeón de liga en la última jornada, perdiera porque de esta manera el equipo de eterna rivalidad del suyo descendía a segunda división. Pero, bajando al albero más cotidiano, sin duda, la mayoría queremos mucho a nuestros hijos, queremos lo mejor para ellos, les educamos en el respeto a los demás, les bombardeamos con todos nuestros alardeados Valores casi siempre de tarjeta de visita, les advertimos del peligro de los vicios, entonces ¿por qué fumamos delante de ellos o por qué no sabemos darles una respuesta congruente de porqué nosotros fumamos y ellos no pueden comer chocolates y dulces en la misma proporción? Pues bien, si algún despistado, como yo, me preguntara a estas alturas qué es la incongruencia, buena o mala, yo solo podría responder que la incongruencia “es”, que no es poco. En fin, habrá que concluir con que, nos parezca o no, el principio de contradicción tiene erigido un altar dentro de cada uno nosotros, de mí el primero, como no podría ser de otra manera. Y, salvando lo presente, perdonen la imperfección de este que aquí les ha escrito, seguramente repleto de incongruencias.

lunes, 9 de febrero de 2009

ANATOMIA DEL DESPOTISMO POPULISTA O DE LA DEPRAVACIÓN DEL PODER.

El término populismo es escurridizo e impreciso, no existe coincidencia ya no solo en su definición, sino también en su caracterización. Así, no es lo mismo el populismo de Chávez, supuestamente de izquierda, que el populismo de derecha de Berlusconi, el de ultra derecha del estadounidense Pat Buchanan o, incluso, el populismo de garrafón del gobernador de Veracruz Fidel Herrera Beltrán. Muchas veces no se sabe diferenciar claramente si realmente es populismo o populismo oportunista. Sin embargo, lo cierto es que su práctica esta viviendo en la actualidad un renacimiento preocupante por lo nocivo que puede llegar a resultar a medio y largo plazo este estilo de hacer política. El déspota populista recurre sistemáticamente al pueblo tanto en su discurso como en su acción política. Se recurre al pueblo no en tanto realidad, sino en cuanto abstracción ideal que guarda los valores más nobles y auténticos de la comunidad. En este sentido, la comunidad es un sujeto unitario, donde el individuo no es considerado en su individualidad y autonomía, sino como miembro que integra y contribuye a dar consistencia a la comunidad. De ahí que el populismo tenga habitual predicamento en las ideologías nacionalistas o regionalistas. Por lo general, el líder populista proviene o pretende originarse en el propio pueblo y representa las esperanzas, inquietudes y reclamos de éste. Por este motivo, la estrategia de lograrse un clientelismo será fundamental para lograr sus objetivos. Así, el caudillo populista al tomar el poder se rodea de toda una “corte” de adláteres y tecnócratas que se van a encargar de poner en práctica su programa de intereses creados y privados, apoyado en la filosofía de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. El poder se convierte entonces en un fenómeno fáctico que, en su máxima degeneración despótica, necesita de control total no solo de todos los ámbitos cotidianos, sino también de cualquier tipo de disidencia que cuestione su legitimidad y autoridad. Cualquier forma de oponerse, es definida como complot político y debe ser desterrada. Y esto sucede cuando el poder se personaliza, entonces deriva en dictadura.
Existen diversas fórmulas para llegar a una dictadura, sin necesariamente tener que eliminar el formalismo y la estética democrática. Tal vez, una de las más engañosas se da dentro de una democracia. En ella, en un momento determinado asoma el caudillismo totalitario. Éste necesitará disfrazarse con el manto democrático para perseverar en sus fines: el control político, económico y social, sin ofender en demasía los principios básicos de la soberanía popular. Sucede entonces un tipo de gobierno de autoridad singular, sustentado en el abuso de superioridad e imposición del control absoluto sobre los ciudadanos. Precisamente, la “democracia” así entendida desprecia la democracia representativa y, más aún, la democracia participativa, ya que necesita concentrar la mayor parte del poder en manos de una persona o de un grupo reducido de personas. Eso sí, de cara al exterior se hace ver al ciudadano que él es el protagonista de la soberanía popular. Surge así la idea de que todo es por y para el pueblo, pero a ser posible sin que intervenga el pueblo. Se recurre entonces al paradigma del populismo. Esto suele ser común en momentos y lugares donde prepondera un partido político sobre los demás durante mucho tiempo o donde un líder mesiánico aparece para salvar al mundo liberarlo de todos sus males. Los parlamentos y asambleas representantes de la voluntad popular quedan relegados a ser meros títeres del poder e instrumentos que legitimen la arbitrariedad y el vicio público. La única alternativa es que no haya alternativa. No existe crítica, porque los medios para la crítica están de una u otra manera amordazados. La oposición se silencia con prebendas o amenazas, o se crea un clima contrario entre la población acusándola sistemáticamente de maquinar complots. A la vez, se elabora toda una maquinaria informativa y desinformativa de alienación a través de unos medios de comunicación masiva al dictado de un oficialismo monocorde. Para ello se compran voluntades y conciencias no solo con dinero o pago de prestaciones a través de la propaganda institucional, sino también con presiones, intimidaciones y, en último término, violencia física. De la misma manera, se derrocha el dinero público -dinero de los contribuyentes- para captar simpatías y adhesiones inquebrantables con despensas, refrigeradores o fastos públicos, circos populares planeados para manifestar el culto a la personalidad caciquil del gobernante. Éste se presentará siempre en loor de multitudes en medio del espectáculo rodeado de abrazafaroles que viven al, y del, dictado del dedo caprichoso de su señor. Esta es la imagen del caudillo tradicional maquillada por la profesionalidad del betún de la modernidad. El cuadillo necesita del populismo no como contenido, sino como estilo de hacer política.
En todo ello juega un papel fundamental la propaganda institucional. Grandes sumas de dinero se destinan al fomento y proyección de la imagen del déspota populista y sus actividades públicas: propaganda de su acción gobierno en cualquier rincón, la aparición de su imagen en cualquier evento público, en periódicos, en las televisiones (incluso en los programas más inverosímiles), y en la radio y televisión pública se obliga hablar de él o de los logros de su gobierno en cualquier espacio, se componen canciones de dudoso gusto al gobernarte ejecutadas por intérpretes de discutible calidad, se pintan obras públicas, edificios públicos, escuelas, etc., con colores y símbolos distintivos del gobernante populista, y si fuera posible se le reservaría un espacio en el santoral. Este tipo de prohombre es como Dios, está en todas partes pero visible, haciéndose acreedor, no sin dificultad, al canto con ironía de algún díscolo maldiciente de aquella copla popular que dice “¡Viva San Emerenciano!, que es nuestro santo patrón, obispo, virgen, mártir y madre del Salvador”.
El sector privado tampoco se escapa a esta presión, de tal manera que la disidencia se silencia y se llega, incluso, a clausurar medios de comunicación contrarios o perseguir como subversivos a todos aquellos que se oponen a la voluntad del caudillo-gobernante. Y todo ello se hace con una mal entendida noción de bien público, eso sí, con dinero público. Un dinero público, por cierto, de algunos o muchos que no comparten la idea que derrochen sus impuestos en promociones personales del gobernarte de turno. Pero, efectivamente, los caudales públicos en estas dictaduras encubiertas -llamémoslas por su nombre- son destinados a beneficiar a cualquiera menos al interés público, ya que la voluntad de servicio es una patraña demagógica. La realidad es otra muy diferente: desde un principio, estos caudillos despóticos, más que servir a la voluntad popular –para lo cual se les elige-, vienen a servirse de ella. Finalmente, su torpeza y mayor debilidad es el desconocimiento de la historia, la cual nos enseña que estos personajes terminan fagocitados por el sistema que ellos mismos crearon: dura lex sed lex. Y la razón estriba en que sus despóticos manejos suponen una traición al ciudadano que le otorgó su representación. Pero también es una traición al espíritu de la democracia, democracia a la que juraron lealtad y respeto al asumir el mandato de la voluntad popular, terminando por corromperla para enriquecerse a través de ella. Bastante les importa derrochar a manos llenas el dinero público entre sus cómplices, seguidores cercanos y alguna que otra amiga con derecho a roce. Total, el ciudadano paga y, éste, es un rebaño desconcertado, peligroso e ignorante, al que se debe anestesiar con un plato de lentejas, entretener y controlar para que no entre en pánico. ¿Será que, como advierte el refrán, el perro mientras come y se distrae no ladra?