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domingo, 17 de mayo de 2026

Cuando los imperios se miran a los ojos: diferentes tensiones, viejos paradigmas


 Por Jesús Turiso Sebastián

        


Hay momentos históricos que parecen condensar, en una sola imagen, las ansiedades enteras de una época. La reciente visita de Donald Trump a Pekín, recibido con solemnidad imperial por Xi Jinping, tuvo precisamente algo de eso: de fotografía destinada a convertirse en símbolo. Mientras las cámaras buscaban el gesto adecuado y los analistas se apresuraban a hablar de un “nuevo orden mundial”, en el fondo flotaba una pregunta mucho más profunda, más incómoda y, si se quiere, más humana: ¿estamos realmente entrando en una era inédita o simplemente contemplamos una nueva versión de las viejas disputas que han movido históricamente a las grandes potencias?

        Nuestro presente tiene la costumbre de pensarse a sí mismo como excepcional. Cada generación cree vivir el momento decisivo de la historia. Sin embargo, como advertía Eric Hobsbawm, las sociedades modernas son el resultado de procesos históricos de larga duración, sedimentaciones lentas donde las rupturas aparentes suelen esconder profundas continuidades. El mundo contemporáneo, pese a su revolución tecnológica, pese a la inteligencia artificial, las cadenas globales de producción o la hiperconectividad digital, sigue respondiendo a impulsos extraordinariamente antiguos: la lucha por el poder, el control de los recursos y la necesidad de hegemonía.

        La escena de Pekín esta semana entre Xi Jimping y Donald Trump no fue únicamente un episodio diplomático. Fue, sobre todo, la teatralización de una transición histórica.

        Durante décadas, el planeta estuvo organizado alrededor de la tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aquella Guerra Fría estructuró no solo la política internacional, sino también la imaginación ideológica del siglo XX. El mundo parecía dividido en dos universos incompatibles: capitalismo y comunismo, mercado y planificación estatal, liberalismo y revolución.

        Hoy el escenario es distinto, aunque no tanto como solemos pensar. La rivalidad entre Washington y Pekín no enfrenta ya dos modelos económicos radicalmente opuestos. Y ahí reside quizá la principal diferencia con el siglo pasado. China no desafía al capitalismo desde fuera del sistema; lo hace desde dentro. Ha aprendido a utilizar las reglas del mercado global con una eficacia que inquieta profundamente a Occidente. El gigante asiático no busca destruir la economía mundial liberal: pretende liderarla.

     Durante años se habló de la llamada “Chimérica”, ese matrimonio económico entre una China productora y exportadora y unos Estados Unidos consumidores y endeudados. Pekín fabricaba, Washington compraba. Uno ahorraba, el otro consumía. Ambos se necesitaban mutuamente.

       Pero esa relación simbiótica ha comenzado a resquebrajarse. La disputa comercial, tecnológica y financiera de los últimos años demuestra que el problema ya no es la integración de China en el sistema, sino precisamente el éxito de esa integración. El conflicto no gira alrededor de destruir el capitalismo global, sino alrededor de quién controlará sus mecanismos fundamentales: las cadenas de suministro, los chips, las rutas marítimas, las telecomunicaciones, la inteligencia artificial o las materias primas estratégicas. En el fondo, asistimos al paso de un mundo unipolar, dominado tras 1991 por Estados Unidos, hacia un escenario mucho más incierto y competitivo.

        En los años noventa, Samuel Huntington sostuvo que los grandes conflictos del futuro no serían ideológicos ni económicos, sino culturales. El mundo —decía— se fracturaría en civilizaciones enfrentadas: Occidente, el Islam, China, el mundo ortodoxo, etcétera. La tesis tuvo enorme éxito porque ofrecía una explicación sencilla para un mundo que acababa de perder la claridad bipolar de la Guerra Fría. Sin embargo, la realidad ha terminado mostrando algo mucho más complejo. Es cierto que Huntington comprendió antes que muchos el ascenso chino y la importancia geopolítica que tendría Asia en el siglo XXI. Pero redujo en exceso las dinámicas históricas a identidades culturales abstractas. 

        El problema es que las guerras reales rara vez obedecen únicamente a diferencias religiosas o civilizatorias. Detrás de los discursos identitarios suelen encontrarse intereses materiales extraordinariamente concretos. Basta observar conflictos recientes como Siria. Presentarlo como un simple enfrentamiento cultural entre “Islam y Occidente” supone ignorar factores decisivos: rutas energéticas, intereses regionales, gasoductos, alianzas militares, control territorial o competencia estratégica entre potencias. Las identidades culturales existen, desde luego, pero frecuentemente son instrumentalizadas por estructuras de poder mucho más profundas.

        Lo mismo sucede con la rivalidad entre China y Estados Unidos. Cuando Trump viaja a Pekín acompañado de empresarios tecnológicos, financieros y energéticos, no está discutiendo sobre filosofía confuciana ni sobre valores occidentales. Está negociando mercados, tecnología, comercio y poder. Porque, al final, los imperios casi siempre hablan el lenguaje de los intereses materiales.

          Si Huntington representó el temor al conflicto permanente, Francis Fukuyama encarnó el optimismo triunfalista posterior a 1989. Su famosa tesis del “Fin de la Historia” sostenía que la caída del bloque soviético demostraba la victoria definitiva de la democracia liberal y la economía de mercado como horizonte universal de la humanidad.

        Durante un tiempo, Occidente creyó sinceramente en ello. Parecía que la globalización económica conduciría inevitablemente a la democratización política. Sin embargo, China desmontó esa convicción. El desarrollo económico no desembocó allí en una democracia liberal al estilo occidental, sino en un modelo híbrido: capitalismo de Estado, control político centralizado y sofisticación tecnológica autoritaria.

        La historia, lejos de terminar, volvió a llenarse de incertidumbres. De hecho, muchas de las tensiones contemporáneas muestran que las ideologías no desaparecieron; simplemente mutaron. El nacionalismo económico, los populismos soberanistas, las autocracias tecnológicas y el retorno de discursos proteccionistas indican que el consenso liberal de los años noventa atraviesa una profunda crisis de legitimidad. La democracia liberal ya no se percibe universalmente como destino inevitable de la civilización, sino como una opción histórica más dentro de un escenario de competencia global.

     Quizá uno de los grandes errores de nuestra época ha consistido en creer que las innovaciones tecnológicas han transformado la naturaleza profunda de las relaciones humanas y políticas. Pero las sociedades, pese a sus cambios superficiales, continúan moviéndose por tensiones extraordinariamente antiguas. Como señalaba Gustavo Bueno, existen “motores permanentes” que atraviesan históricamente la vida de las naciones: la lucha por el poder, el control de los recursos y la necesidad de legitimación. Eso explica que detrás de fenómenos aparentemente distintos encontremos dinámicas semejantes: las guerras comerciales esconden disputas por la autosuficiencia productiva; la competencia tecnológica refleja la búsqueda de superioridad militar y estratégica; las cumbres diplomáticas funcionan como escenificaciones de fuerza y estabilidad ante públicos internos y externos; y, si bien, las formas cambian, los impulsos permanecen. En ese sentido, la actual confrontación entre China y Estados Unidos no representa tanto una ruptura radical con el pasado como una adaptación contemporánea de viejas dinámicas imperiales. El tablero ha cambiado, pero las pasiones políticas fundamentales siguen siendo reconocibles.

        Tal vez la gran lección de nuestro tiempo sea precisamente la imposibilidad de prever con claridad el rumbo de la historia. Durante demasiado tiempo se asumió que la supremacía occidental era irreversible. Sin embargo, el ascenso chino ha introducido una incertidumbre estructural que transforma completamente el equilibrio global. Y no se trata únicamente de economía. China representa hoy un desafío tecnológico, industrial y geopolítico de una magnitud que la Unión Soviética nunca llegó a alcanzar plenamente. Su capacidad productiva, su integración comercial y su creciente influencia internacional dibujan un escenario mucho más complejo que el de la vieja Guerra Fría. Ahora bien, tampoco sería prudente interpretar este momento como el nacimiento automático de un nuevo orden estable. La historia rara vez avanza de manera lineal. Más bien parece moverse entre crisis, reajustes y equilibrios precarios.

       La fotografía de Trump y Xi en Pekín no cerró ninguna etapa definitiva. No inauguró un orden acabado. Lo que mostró fue algo más inquietante: que el mundo atraviesa una transición cuyos resultados todavía desconocemos. Porque, al final, las sociedades humanas continúan atrapadas entre los mismos dilemas esenciales que han acompañado a la civilización desde hace siglos: poder, miedo, riqueza, hegemonía y supervivencia. El decorado tecnológico cambia. Los actores se renuevan. Pero el gran teatro de la historia continúa representando, bajo nuevas máscaras, las mismas tensiones de siempre.

 

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